Perú: El temido regreso de los indios desmembrados y una plegaria anticolonial

«Por donde el Marañón rompe las cordilleras en voluntarioso afán de avance, la tierra peruana tiene una bravura de puma acosado (…) Entonces uno siente respeto hacia la correntada y entiende su rugido como una advertencia personal (…) No sabemos donde nace ni donde muere este río que nos mataría si quisiéramos medirlo con nuestras balsas, pero ella nos habla claramente de su inmensidad.»
Ciro Alegría – La serpiente de oro (*) .

 

Cuando en septiembre de 2020, en el noticiero de ATV, una de las principales cadenas de la televisión peruana, la periodista Drusila Zileri definía a Tupac Amaru como “este indio que fue desmembrado”, aparecía en escena, iluminado y ante cámaras, uno de los problemas esenciales del Perú: el desajuste entre dos universos que, a pesar del mestizaje y el paso de los siglos, permanecen ajenos.

Porque sin importar que Tupac Amaru II (a quien recordábamos en Diálogos hace dos semanas, al celebrarse un nuevo aniversario de su muerte) esté hoy considerado como una de las personalidades que prefiguraron la independencia de los pueblos americanos y su imagen esté impresa hasta en los billetes de banco del país, su presencia en el imaginario de las clases medias y altas -por lo general carentes de cultura propia- sigue estando asociada más al castigo recibido, más a la tortura y el dolor que padecen los explotados que se rebelan, que a sus sueños o a la legitimidad de sus deseos.

Dicho sea de paso, en esas cinco palabras diáfanamente claras: “este indio que fue desmembrado”, adquiere un valor especial el demostrativo “este”, que le añade, a la estolidez de la frase, un tono despectivo y casi amenazador adicional. Quienes heredan los privilegios saben cómo abusar de ellos incluso mediante el uso del lenguaje.

Con esos antecedentes, no podía extrañar que cuando el día 11 de abril se produjo “eso” que nadie esperaba y las encuestas de opinión no fueron capaces de detectar a tiempo, cuando iban llegando los votos del Perú profundo y fue necesario anunciar que un campesino medio indígena y rondero, apenas maestro, activista sindical y sospechosamente pobre, había obtenido el mayor porcentaje de votos en primera vuelta, los encargados de realizar los gráficos con los resultados electorales debieran colocar un perfil hueco en lugar de una fotogarafía suya. Todavía no tenían ninguna. El indio les había pasado por debajo del radar.

Los indios no están. Votan, a veces, pero lejos. En esos lugares extraños en que viven. Por lo general hacen lo que se les indica. Por eso no se los escucha… y cuando hablan, allá en la inmensidad perdida, sus voces quedan dando vueltas entre los cerros y los valles y no llegan hasta Lima.

Por eso, si después de transcurridos 9 días y con el 100% de los votos contabilizados se siguen estirando las horas y no se termina de asumir oficialmente que Pedro Castillo será el nuevo presidente peruano, no es tanto por los recursos que ha interpuesto el equipo de abogados de la incansable Keiko Fujimori, sino por algo más profundo y acuciante. A casi el 50% del Perú le cuesta horrores aceptar que esto haya sucedido y cada hora, cada minuto que pase antes de reconocer el desastre, la ilusión del Perú “de mis abuelos”, seguirá existiendo.

Incapacidad y peligrosidad en unas elecciones post-pandemia

Durante las semanas transcurridas desde aquel día improbable en que se supo que la opción ya no sería entre Keiko y algún otro político o militar confiable sino entre ella y alguien que hasta ese momento había sido un nadie invisible, la zozobra se adueñó de las buenas conciencias. Buenas conciencias de buenas gentes que nunca se habían imaginado a si mismas votando a una mujer acusada de actos de corrupción, de complicidad con la dictadura de su padre, y con la esterilización forzada de mujeres indígenas, pero se negaban a aceptar que su país fuera gobernado por un peligroso incapaz.

Porque ese fue el principal argumento de quienes comenzaron a volcarse al principio tímidamente y luego con entusiasmo digno de mejor causa por «el menor de los males» -como admitió sin pudor Mario Vargas Llosa-. Por encima y por delante de las acusaciones a Pedro Castillo de simpatizar con el terrorismo o ser un comunista neo-venezolano, primó la anti-cualidad por excelencia de los indios y de los que llegan desde esa extranjería social que es el Perú alejado de las ciudades y la costa: la incapacidad y la peligrosidad.

Esa es la razón por la cual antes aún de haberse reconocido el triunfo de Pedro Castillo, desde la política tradicional ya se habla de anular las elecciones, y desde las Fuerzas Armadas se anuncia un Golpe de Estado. No sólo porque estén seducidos por la posibilidad de emular a Trump (¡eso también!), sino por el odio, el miedo y el desprecio que han cultivado por generaciones. Desde mucho antes de que las redes sociales lo emponzoñaran todo.

Para ellos, lo que importa es la incapacidad y la peligrosidad del otro. Y se dicen a sí mismos a través de esas redes de la cobardía anónima: «que si estos indios viven como viven es porque no sirven para otra cosa… que están como están por incapaces y porque es imposible adaptarlos a un mundo que no comprenden… que aterra imaginar los desastres que pueden hacer si se les deja… que habría que volver a esterilizar a esas sucias… Que vaya a saber si más temprano que tarde no nos será preciso desmembrarlos.

Pre estallido juvenil y votos imprevistos

En el estallido juvenil que se produjo en el Perú el 9 de noviembre y que reseñábamos en aquel momento en la nota: Perú: cómo y por qué un proyecto autoritario cayó en sólo 6 días, estaba preanuciado lo que acaba de ocurrir. Ese estallido de indignación era también un acontecimiento desacostumbrado en la política peruana de las últimas décadas. Se lo recibió en aquel momento como una reacción saludable a un estado de cosas insostenible y efectivamente lo era.

Existe una percepción generalizada de que la corrupción ha llegado a límites intolerables. Existe una sensación de hartazgo y de desesperanza que se tradujo en la fragmentación de la oferta electoral y por último en una polarización extrema. Existe una desigualdad que no sólo no ha retrocedido sino que aumentó en el último quinquenio y esa desigualdad, como consecuencia de la pandemia, se ha incrementado aún más. Y ante ese panorama desolador en el que el 70% de la población creía, en marzo de este mismo año, que independientemente de quien triunfara en la elecciones su situación personal y la del país empeoraría, ¿podría sorprender el resultado?

El tembladeral y las incertidumbres

Hoy Perú está en una encrucijada y quien ha sido elegido Presidente enfrenta un panorama que haría temblar a los políticos más experimentados. No sería extraño que Keiko Fujimori en su fuero íntimo esté festejando que quien quede a cargo del tembladeral sea un enemigo.

Se podría pensar que Perú acaba de elegir, más que un nuevo presidente, alguien a quien culpar si las cosas no salen bien y sucede lo que acostumbra suceder en el país.

Ha llegado al gobierno alguien sin esa cercanía y esa complicidad a las instituciones del estado y al poder que suelen tener quienes acceden a la presidencia de un país. Tuvo el apoyo (inesperadamente alto) de sólo un 20% del electorado y estará en minoría en el nuevo parlamento. Deberá intentar reformar una constitución que no sólo está diseñada para propiciar la entrega del país a intereses extranjeros, sino que permite declarar la incapacidad moral de un presidente con sólo 2/3 de sus votos.

Y puede dar por descontado el rechazo pasivo y activo de quienes verán amenazados sus privilegios por él, pero sobre todo por lo que él representa. Desde quienes en el interior lo acusan de senderista, hasta quienes desde el exterior (como es el caso de las empresas mineras canadienses) verán sus intereses afectados si un nuevo gobierno se empecinara demasiado en defender la soberanía y las riquezas del subsuelo del país. Porque como en la descripción del Marañón que hace Ciro Alegría en el fragmento con el que comienza esta nota, entienden el rugido de la correntada como una advertencia personal.

Las 3 alternativas de un hombre en peligro y una plegaria anticolonial

Pedro Castillo tiene entonces delante suyo tres alternativas, que para el momento que vivimos podrían ser aún menos.

1) Puede durar lo que un lirio. En un escenario de fragmentación partidaria como el del Perú hoy, los sectores del “conservadurismo reaccionario” de su país pueden comprar, en el momento en que lo consideren oportuno, los pocos votos que necesitarían para que, de acuerdo a la constitución vigente (herencia precisamente del Fujimorismo), el parlamento lo declare incapaz. Se lo han hecho en el pasado y sin piedad a personas menos peligrosas y menos indígenas que él.

2) Puede verse, como quizá le haya sucedido a Ollanta Humala, envuelto en la maraña de acuerdos, alianzas, sonrisas y sobornos con las que el sistema político peruano ha ido tejiendo durante décadas su propia inoperatividad y su propio desprestigio. Debe ser muy difícil abtraerse del miedo, las tentaciones y el pantano.

3) Puede tener suerte. En el espacio de incertidumbre y crisis que sucederá a la pandemia en toda nuestra América, podría hacer coincidir su conservadurismo social (preocupante), con una izquierda más moderna que aspira a salir de la irrelevancia, y con un centro que posiblemente no quiera volver a las andadas. En ninguna parte está escrito que eso no pueda suceder.

Y además, si lograra cierta estabilidad, podría tener, si la taba no cae de culo, el apoyo de sus vecinos y la distracción de un imperio que quizás estará ocupado apagando los incendios que él mismo contribuye a crear en otras regiones del planeta.

Por Perú, crucemos los dedos.

Y podríamos (porque en estos casos orar nunca está de más), repetir la «Plegaria anticolonial por Fernandito Tupac Amaru Bastidas» de la artista peruana Daniela Ortiz:

Plegaria anticolonial a Fernandito Tupac Amaru Bastidas – 2020 – Daniela Ortiz

Apu Fernandito Tupac Amaru de Lavapiés, que naciste en los Andes de tus padres rebeldes Micaela Bastidas y Tupac Amaru II, que fuiste obligado por los colonos españoles a ver la muerte de tur padres por enfrentarse al orden colonial, que fuiste encerrado desde tus 13 años y condenado al destierro en África, pero finalmente trasladado a España por el temor del colono a tu espíritu insurgente. Viviste la violencia del poder colonial encerrado en una mazmorra de San Sebastián y Santa Catalina en Cádiz y que finalmente fuiste trasladado a Madrid y en el barrio de Lavapiés fue donde la muerte te vino a encontrar. Apu Fernandito, ampáranos, protégenos y guíanos en el camino de la rebelión antirracista y contra el poder colonial, la rebelión por la justicia y por la reparación.

Puedes acercarte a las cuatro plegarias realizadas por Daniela Ortiz y a la figura de Fernandito Tupac Amaru en nuestra nota El niño que lo vio todo y fue sentenciado a ser «una sombra que duele».


 

(*) «Por donde el Marañón rompe las cordilleras en voluntarioso afán de avance, la tierra peruana tiene una bravura de puma acosado. Con ella en torno, no es cosa de estar al descuido. Cuando el río carga, brama contra las peñas invadiendo la amplitud de las playas y cubriendo el pedrerío. Corre burbujeando, rugiendo en las torrenteras y recodos, ondulando en los espacios llanos, untuosos y ocres de limo fecundo. Un rumor profundo que palpita en todos los ámbitos, denuncia la creciente máxima que ocurre en febrero. Entonces uno siente respeto hacia la correntada y entiende su rugido como una advertencia personal. Nosotros, los cholos del Marañón, escuchamos su voz con el oído atento. No sabemos donde nace ni donde muere este río que nos mataría si quisiéramos medirlo con nuestras balsas, pero ella nos habla claramente de su inmensidad.»
Ciro Alegría . La serpiente de oro.

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