Perú: balotage incierto, candidaturas débiles, democracia en crisis recurrente

En Perú -país al que por lo general no se le presta la atención debida- estaban habilitados al 12 de abril, el día en el que se celebraron las elecciones presidenciales y legislativas de primera vuelta, 36 partidos, la mayor parte de los cuales no tiene ni plataforma, ni programa, ni un ideario fácilmente reconocible. Y que tampco cuentan con los apoyos imprescindibles para gobernar. .

 

De ese modo, quien finalmente resulte triunfador en el balotaje que se celebrará el 7 de junio entre Keiko Fujimori (veterana infaltable en estas lides) y Roberto Sánchez, representante del neo-castillismo (si tal cosa existiera), tendrá apoyos parlamentarios tan débiles y tan lábiles que podría durar lo que un lirio.

A Keiko, que llega a una segunda vuelta presidencial por 4ª vez, la votó apenas un 17% de quienes concurrieron a las urnas. A Sánchez, que necesitó que transcurriera más de un mes antes de ser confirmado en el segundo lugar, lo votó algo más del 12%, en un cuasi-empate con el ex-alcalde de Lima Rafael López Aliaga, un entusiasta de la «mano dura» que, por cierto, ya ha reclamado haber sido víctima de fraude, amenazando a las autoridades electorales con un juicio por «tración a la patria».

La hija de aquel Alberto Fujimori que sobre el fin del Siglo XX encarnó en Perú la síntesis casi perfecta entre tecno-déspota y corrupto, es la representante fiel de la derecha más rancia, la ultraderecha más extrema y excluyente, y el «centrismo» mejor adaptado a un sistema político/empresarial en el que no creen del todo pero aceptan sin chistar.

De Roberto Sánchez es poco lo que se sabe a ciencia cierta. Es psicólogo. Fue parlamentario entre 2021 y 2026 en representación del partido Juntos por Perú, que llevó a la presidencia a Juan Castillo Terrones -el maestro rural que triunfó sobre Keiko Fujimori en las elecciones de 2021, se sostuvo en el cargo poco más de un año. y está encarcelado desde entonces-. Fue Ministro de Comercio Exterior en aquel gobierno fallido. Tiene un aura de izquierda, vago, de escaso brillo, y no del todo convincente. Ha prometido indultar a Pedro Castillo y usa un sombrero idéntico al suyo. Parece respaldar aquellos deseos igualitaristas que le aseguraron a Juntos por Perú el voto de la población campesina e indígena de la Sierra. Y eso, visto el panorama, aunque parezca poco, basta.

Es el candidato de lo posible en donde lo posible es siempre menos que lo necesario. En un país que no cuenta con un sistema electoral que dé las garantías suficientes y cuya democracia enfrenta desde hace décadas una crisis de legitimidad recurrente (algo que a diferencia de lo ocurrido en Venezuela, no parece molestar a nadie).

Dos mundos

El balotage será nuevamente (a grandes razgos) entre fujimorismo y antifujimorismo, entre costeños y serranos, y entre los intereses de los sectores medios y altos, enfrentados a los de quienes viven en ese Perú profundo, indígena y mestizo que no aparece en las tarjetas postales.

Una estimación de los resultados presidenciales -dado que el conteo al Senado, al redactarse esta nota aún no ha concluído- permitiría anticipar un escenario en el que las dos fuerzas principales estarán en un virtual empate, y en que todas las votaciones del quinquenio dependerán de hacia dónde se vuelquen los representantes de los 8 partidos menores que contarán con representación parlamentaria.

De todos modos, lo que no debemos olvidar es aquello en lo que ambos candidatos se parecen y a lo que hacíamos referencia antes: la debilidad en un Congreso en el que muchos de quienes han sido elegidos por un partido estarán dispuestos a votar las propuestas del contario -por diferentes que sean a las suyas- siempre que se les de con el precio.

En un país en el que los presidentes difícilmente finalizan su mandato o son encarcelados o se suicidan después que les quitan el poder, no podrá extrañarnos si a Roberto Sánchez o a Keiko Fujimori lo/la declaran loco/a o incapaz en cuanto suceda algo que despierte las cosquillas de los poderes fácticos.

Por supuesto, Sánchez, de resultar electo, tendrá muchas posibilidades de que eso le suceda.

Durante los próximos años, el apetito del trumpismo por hacerse de los recursos de una Latinoamerica que parece condenada a continuar siendo el patio trasero del Imperio, no tendrá límites, y los márgenes de maniobra de los gobiernos débiles, serán poco más que nulos.

Y es muy posible que Perú, como hizo hace dos años Argentina y como desde hace algunos meses está haciendo Chile, se haya decidido a comprar un problema (el entreguismo en cualquiera de sus formas) que, llegado el momento, nadie podrá resolver.

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