Perú: un balotage incierto entre dos candidatos extremadamente débiles

En Perú -país al que últimamente no le hemos dado la atención debida- estaban habilitados al 12 de abril, el día en el que se celebraron las elecciones presidenciales y legislativas de primera vuelta, 43 partidos, la mayor parte de los cuales no tiene ni plataforma, ni programa, ni un ideario fácilmente reconocible. .

De ese modo, quien finalmente resulte triunfador en el balotaje que se celebrará el 7 de junio entre Keiko Fujimori (veterana en estas lides) y Roberto Sánchez, representante del neo-castillismo (si tal cosa existiera), tendrá apoyos parlamentarios tan débiles y tan lábiles que podría durar lo que un lirio.

A Keiko, que llega a una segunda vuelta presidencial por 4ª vez, la votó apenas un 17% de quienes concurrieron a las urnas. A Sánchez, que necesitó que transcurriera más de un mes antes de ser confirmado en el segundo lugar, lo votó algo más del 12%, en un cuasi-empate con un ex-alcalde de Lima entusiasmado con la idea de ser el Bukele del Sur que, por cierto, ya ha reclamado haber sido víctima de un fraude, amenazando a las autoridades electorales con un juicio por «tración a la patria».

La hija de aquel Alberto Fujimori que sobre el fin del Siglo XX encarnó en Perú la síntesis casi perfecta entre déspota y corrupto, es una fiel representante de la derecha más rancia, la ultraderecha más extrema y excluyente, y el «centrismo» mejor adaptado a un sistema político/empresarial en el que por lo general, nadie cree.

De Roberto Sánchez es poco lo que se sabe a ciencia cierta. Es psicólogo. Fue parlamentario entre 2021 y 2026 en representación del partido Juntos por Perú, que llevó a la presidencia a Juan Casillo Terrones -aquel maestro rural que triunfó sobre Keiko Fujimori en las elecciones de 2021 y se sostuvo en el cargo poco más de un año-. Fue Ministro de Comercio Exterior en aque gobierno fallido. Tiene un aura de izquierda, vago y con poco brillo. Ha prometido indultar a Pedro Castillo y usa un sombrero idéntico al suyo. Parece respaldar aquellos deseos igualitaristas que le aseguraron a Juntos por Perú el voto de la población campesina e indígena de la Sierra. Y eso, visto el panorama, aunque parezca poco, basta.

Dos mundos

El balotage será nuevamente (a grandes razgos) entre fujimorismo y antifujimorismo, entre Costa y Sierra, y entre sectores medios y altos, enfrentados a quienes viven en ese Perú profundo, indígena y mestizo que no aparece en las tarjetas postales.

Una estimación de los resultados presidenciales -dado que el conteo al Senado, al redactarse esta nota aún no ha concluído- permitiría anticipar un escenario parlamentario en el que las dos fuerzas principales estarán en un virtual empate, y en que todas las votaciones del quinquenio dependerán de hacia dónde se vuelquen los representantes de los partidos menores.

De todos modos, lo que no debemos olvidar es aquello en lo que ambos candidatos se parecen y a lo que hacíamos referencia antes: la debilidad parlamentaria en un Congreso en el que muchos de quienes han sido elegidos por un partido estarán siempre dispuestos a votar las propuestas de otro -por diferentes que sean a las suyas- siempre que se les de con el precio.

En un país en el que los presidentes difícilmente finalizan su mandato o son encarcelados o se suicidan después que les quitan el poder, no podrá extrañarnos si a Roberto Sánchez o a Keiko Fujimori lo/la declaran loco/a o incapaz en cuanto suceda algo que despierte las iras del Congreso.

Y, por supuesto, Sánchez tendrá muchas más posibilidades de que eso le suceda, sobre todo si tenemos en cuenta que durante los próximos años el apetito del trumpismo por hacerse de los recursos de los patios traseros del Imperio, no tendrá límites.

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