18 de mayo de 1781 – Tupac Amaru: Desesperación, desmembramiento, y preámbulo

Faltaban pocos días para la Navidad de 1781 y la montaña, vista desde el Cuzco, «parecía el lomo de un puercoespín, con las lanzas de 40.000 rebeldes que servían como espinas». José Gabriel Condorcanqui, que había tomado el nombre de Tupac Amaru (Serpiente Resplandeciente) comenzaba el sitio de uno de los principales enclaves del Virreinato. Bastaría un soplo de todo aquel gentío armado y decidido para derribar toda resistencia. .

El momento

Habían confluido en aquel momento situaciones que no podían dar otro resultado que un estallido feroz y eso era lo que estaba sucediendo.

250 años de política colonial y de sistemas de servidumbre obligatoria en mitas y obrajes, habían reducido a los pueblos indígenas al agotamiento y la desesperación. La tierra se marchitaba y se vaciaba y la introducción de esclavos para sustituir a la población originaria había sumado más dolor al dolor. Las Reformas Borbónicas de Carlos III, de una voracidad fiscal sin límites, empobrecían y despojaban a los mestizos y marginaban a los criollos. La creación del Virreynato del Río de la Plata debilitaba y desbalanceaba la economía de todo el Alto Perú. La expulsión de los jesuítas, ocurrida 13 años antes, había generado una grieta entre la religiosidad oficial de las ciudades amuralladas, y las creencias de la población campesina de extramuros, que volvía a depositar sus flacas esperanzas en el regreso milagroso de los antiguos dioses.

Desesperación

José Gabriel, mestizo que contaba por entonces 40 años, estaba casado con una mujer excepcional, Micaela Bastidas Puyucahua y tenía con ella tres hijos. Había heredado el cacicazgo de tres pueblos, poseía plantaciones de coca y cerca de medio millar de mulas, que lo ubicaban como uno de los principales arrieros de toda la región andina. Había sido educado en el Real Colegio de Caciques San Francisco de Borja, una institución educativa jesuíta especializada en la formación de niños provenientes de la nobleza indígena (para alejarlos de la cultura de sus padres), y luego en la Universidad de San Marcos. Hablaba tres lenguas, el quechua, el español y el latín, era buen lector, y habían llegado a sus manos traducciones clandestinas de textos de Voltaire y Rousseau.

Se trataba de un hombre razonablemente culto, inquieto, que vestía a la moda europea, con capacidad de conducción, a caballo entre dos tradiciones y culturas contrapuestas pero forzadamente complementarias, y que gracias a su ubicación era capaz de entender hasta qué punto la sociedad en la que vivía se sostenía sobre la exclusión, el desprecio y la explotación inhumana.

Vivía Gabriel el ensanchamiento de una grieta de injusticias sin límite, al borde mismo de un volcán, y si bien el 4 de noviembre, cuando tomó prisionero al corregidor Antonio de Arriaga, sólo se había planteado exigir la renuncia de algunas autoridades locales a las que identificaba con “el mal gobierno” y solicitar la eliminación de algunos impuestos de reciente creación, con el paso de los días todo cambió a una velocidad de vértigo.

Para el 18 de ese mismo mes, la multitud de indios sometidos a servidumbre, negros, mulatos y zambos esclavos, algunos pequeños comerciantes criollos, peones de haciendas, y varios curas de provincia que se le habían sumado en su marcha hacia el Cusco ya sumaban varias decenas de miles y habían derrotado a las fuerzas enviadas para detener su avance en Sarangará. José Gabriel ya se había declarado Inca con el nombre de Tupac Amaru II en recuerdo del último de los Incas, asesinado en 1572, y sus bandos y proclamas incluían la abolición de la esclavitud, la eliminación de las instituciones que sometían a los indígenas a la servidumbre, la anulación de las leyes que inhabilitaban a los criollos para ejercer actividades que estaban reservadas a los peninsulares, y la independencia total de América de cualquier poder europeo. Extrañas ideas que hoy nos pueden resultar familiares pero a las que aún no les había llegado la hora. (Puedes leer los bandos y las proclamas de Tupac Amaru II siguiendo este vínculo).

Ese cambio de perspectiva, entre lo que pudo ser una rebelión indígena como las muchas que le antecedieron y lo que resultó ser un proyecto de emancipación continental construido prácticamente de la nada, es lo que asombra. Por ello, lo sucedido entre aquel noviembre de 1780 y el día 6 y 7 de abril de 1871, cuando Tupac Amaru, Micaela Bastidas, dos de sus hijos, varios familiares y algunos de sus más estrechos colaboradores fueron capturados, fue más que un alzamiento emanado de la desesperación. Fue más que un intento ingenuo por volver atrás la historia. Fue más que batallas y enfrentamientos entre fuerzas dispares. Fue el resplandor, fugaz pero tremendo, de un proyecto liberador, socialmente igualitario y racialmente integrador.

No hubo toma del Cuzco aquella Navidad cuando desde el interior de la ciudad amurallada los aterrados cuzqueños veían enfrente suyo el cerro erizado de lanzas vengadoras. Pero hubo permanencia en la historia, a pesar de lo terrible e inhumano del final.

El desmembramiento como única respuesta

Lo sucedido el 18 de mayo de 1871, hace exactamente 240 años, cuando los capturados fueron ejecutados en la Plaza Mayor del Cuzco forma parte de los episodios más abyectos de la historia americana pero enraiza en la visión que los colonizadores han tenido siempre acerca del valor de la humanidad y el cuerpo del colonizado. Un cuerpo que vale sólo mientras cumple lo que se le ordena, pero que pasa a ser una cosa descuartizable cuando se niega a obedecer.

De acuerdo a uno de los testigos presenciales:

“El viernes 18 de mayo de 1781, después de haber cercado la plaza con las milicias de esta ciudad del Cuzco… salieron de la Compañía nueve sujetos que fueron: José Verdejo, Andrés Castelo, un zambo, Antonio Oblitas (el que ahorcó al general Arriaga), Antonio Bastidas, Francisco Túpac Amaru; Tomasa Condemaita, cacica de Arcos; Hipólito Túpac Amaru, hijo del traidor; Micaela Bastidas, su mujer, y el insurgente, José Gabriel. Todos salieron a un tiempo, uno tras otro. Venían con grillos y esposas, metidos en unos zurrones, de estos en que se trae la yerba del Paraguay, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que los auxiliaban, y custodiados de la correspondiente guardia, llegaron al pie de la horca, y se les dieron por medio de dos verdugos, las siguientes muertes: A Verdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas se les ahorcó llanamente. A Francisco Túpac Amaru, tío del insurgente, y a su hijo Hipólito, se les cortó la lengua antes de arrojarlos de la escalera de la horca. A la india Condemaita se le dio garrote en un tabladillo con un torno de fierro… habiendo el indio y su mujer visto con sus ojos ejecutar estos suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue el último que subió a la horca. Luego subió la india Micaela al tablado, donde asimismo en presencia del marido se le cortó la lengua y se le dio garrote, en que padeció infinito, porque, teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester que los verdugos, echándole lazos al cuello, tirando de una a otra parte, y dándole patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar. Cerró la función el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo. Le ataron las manos y pies a cuatro lazos, y asidos éstos a las cinchas de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se ha visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador, para que no padeciese más aquel infeliz, despachó de la Compañía una orden mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde se le sacaron los brazos y pies. Esto mismo se ejecutó con las mujeres, y a los demás les sacaron las cabezas (y las piernas y los brazos) para llevarlas en escarmiento a diversos pueblos (…) “

El preámbulo a otra independencia

La rebelión, transformada ya en rabia en estado puro, continuó tres años más y se extendió por todo el Alto Perú y la región norte de lo que es hoy la Rep. Argentina. Se calcula que perdieron la vida en esos tres años unas 100.000 personas, la mayor parte de ellas indígenas, y después de aquello ya nada fue igual en la América española. El contrato, si alguna vez lo hubo, estaba definitivamente roto. Las autoridades españolas, en adelante, sólo fueron capaces de generar más desconfianza y más resentimiento, y el horror se difundió imperceptiblemente en un cuerpo social que ya estaba definitivamente descompuesto.

La desesperación hecha rebeldía y el descuartizamiento de los rebeldes fueron apenas el preámbulo de lo que vendría.

Sólo cuatro décadas después, los criollos, que no se habían dignado a sumarse a la rebelión indígena pero había aprendido de ella y esperaban su momento, aprovecharon la entrada de las tropas napoléonicas en España y comenzaran la suya.

Cuando en mayo de 1809, exactamente un año antes de que comenzara la Revolución de Mayo en Bs. As., se levantan los rebeldes deChuquisaca, estará entre ellos Juana Azurduy, «la del Alto Perú», nacida precisamente en 1780 y crecida entre gentes mestizas que habían podido sobrevivir a las masacres. Murió Juana un 25 de Mayo pero de 1862, con los suyos triunfantes pero despojada de todo, y enterrada en una fosa común.

Cuando el 23 de mayo de 1810 Belgrano decía en Bs. As. “Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la fortaleza”, había en él un eco que llegaba desde los sitiadores de El Cuzco.

Cuando el gauchaje aindiado que sitiaba Montevideo en 1811 cantaba por las nochesAl amigo Don Fernando vaya que lo lama un buey porque los Tupamaros no queremos tener rey” Tupac Amaru y Micaela se hacían presentes en cada uno de los que asumían la palabra «tupamaros», como un legado.


 

Sin embargo, y dejando de lado escasas excepciones, el proceso independentista criollo careció de un proyecto decididamente descolonizador y francamente igualitario y liberador.

Dispusieron de más tiempo y más recursos de los que tuvo Tupac Amaru en sus 6 meses de pelea sin cuartel, pero carecieron de una voluntad que trascendiera el sistema que los hacía posibles.  Esa es una deuda que nuestra América aún no ha pagado. Pero esa es otra historia.

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