Colombia: cómo soñar despiertos frente a la crisis existencial de América

En Colombia el progresismo se empeña en sostener una mínima esperanza. En Perú Keiko Fujimori aprieta el nudo en la garganta de un país que -seamos sinceros- ya gobernaba. El cerco geopolítico del trumpismo sobre Brasil está casi completo. Sin embargo, toda esta desgraciada debacle de las izquierdas que parece no tener fin, podría mirarse también desde otro ángulo. Hagamos el esfuerzo. Soñemos. .

 

Acerquémonos a Colombia, uno de los países de nuestra América en los que el contraste entre la realidad visible y lo que se puede o no soñar cuando se cierran los ojos, aparece como más acentuado y difícil de entender.

El domingo 21 de junio tuvo lugar el balotage entre el candidato presidencial de una derecha agresiva, locuaz, desordenada y ultraconservadora, Abelardo De la Espriella, y el representante del Pacto Patriótico, Iván Cepeda, que encabezó una campaña que careció del brillo necesario, y debió remontar una derrota inesperada -por su magnitud- en la primera vuelta.

De acuerdo al conteo preliminar, la diferencia a favor de De la Espriella ha sido menor al 1%, en una jornada en la que se pronunció cerca de un 65% de los habilitados a votar, un record de participación en un país en el que el voto no es obligatorio y la abstención es tradicionalmente muy alta.

Importa destacar, además, que esta división del electorado en mitades casi perfectas tiene una profundidad aún más significativa si se tienen en cuenta las disparidades en la votación según áreas geográficas y estatus socioeconómico de los votantes, lo que pone en evidencia las profundas diferencias -y el antagonismo- de los dos proyectos de país que se enfrentaron.

Este resultado podría revertirse en el escrutinio final, algo que ya ha sucedido en ocasiones anteriores, por lo que no debería darse como definitivo. Pero si lo fuera -y esa es la opción hasta ahora más probable-, y De la Espriella se transformara en el presidente de su país por los próximos 4 años, Colombia volverá a los carriles por los que ha transitado buena parte de su historia -al menos la iniciada el 9 de abril de 1948 tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Asistiremos a la interrupción descarnada del proceso democratizador iniciado en 2022 y, como si se tratara de una novedad, al intento de profundización irresponsable y vociferante de lo peor que conocíamos hasta hoy.

En el plano geopolítico Colombia se re-alineará con los EEUU y sus aliados dentro y fuera de la región. Las elites colombianas han demostrado durante décadas una inocultable vocación por el vasallaje, y esta vez el imperio, malherido y en cierta forma en retirada de otras regiones del mundo que hasta ahora le eran prioritarias, reclamará para sí -como ya lo está haciendo-, todo lo que necesite expoliar de nuestra América a cambio de «seguridad» para quienes les sirvan bien, les regalen recusos que no son suyos, y les vendan el alma.

En ese sentido, el pacto de De la Espriella con Donald Trump y con los EEUU, el país en el que hasta hace tres meses residía, del que es ciudadano, y al que ha jurado fidelidad, está sellado.

En el plano interno podemos augurar que la división y el desprecio por las formalidades democráticas será aún mayor a lo que fue regla durante el peor uribismo. Que la aporofobia y el racismo que él y los suyos demostraron durante la campaña serán una constante. Y que su promesa de «destripar» a la izquierda y con ella a todo lo que se relacione con la justicia social y con la defensa de los derechos de las víctimas y las poblaciones desplazadas por la guerra, vertebrará su «gestión».

Sin embargo, precisamente en esa promesa radicará -en eso sí es lícito soñar- la clave de su posible fracaso.

De pesadillas y de sueños

Vale prestarle atención a lo que el propio De la Espriella manifestó la noche del 21 de junio, apenas conocidos los resultados del conteo primario: “A partir de este momento terminan la campaña electoral, las divisiones y los enfrentamientos políticos”. “No habrá vencedores ni vencidos, no habrá retaliaciones, no habrá persecuciones, porque en democracia no existen enemigos irreconciliables, sino compatriotas que piensan diferente, pero que tienen exactamente los mismos derechos que nosotros”.

Importan sus palabras, no porque sean creíbles, ya que el tono de su campaña antes y después de la primera vuelta fue todo lo contrario al de alguien que se propone respetar los derechos de sus adversarios, y porque la palabra de quien hizo fortuna defendiendo a ex-paramilitares y narcotraficantes no tiene gran valor.

Importan porque son la primera expresión de un resultado electoral que, aún si se confirmaran los porcentajes del conteo preliminar, le ha sido -si lo analizamos con cierta atención- adverso.

  • El desplome del apoyo al gobierno del Polo Patriótico, a pesar de todo lo que hizo la oposición para minar sus bases de sustentación, no se ha producido. Por el contrario, quienes votaron a Iván Cepeda fueron 1.400.000 más que quienes llevaron a Gustavo Petro a la presidencia en 2022. La izquierda valida un caudal propio cercano al 40% por segunda vez, algo inédito en la historia del país.
  • De la Espriella tiene a medio país (el medio país más organizado y más motivado) en su contra. Cuanta con una bancada de legisladores propios de sólo tres senadores, por lo que para alcanzar la mayoría de 52 que le permitiría gobernar a su gusto deberá apelar (como ya vimos en la Argentina en los primeros dos años de desgobierno de Javier Milei) a la compra constante de apoyos -que estarán dispuestos a abandonarlo en cuanto no pueda darles lo que pidan.
  • Ha prometido deshacer apenas inicie su gobierno (y eso es indisociable de lo que ya hemos visto que prometieron no sólo Milei sino también Kast en Chile o Paz en Bolivia) mucho más de lo que le será posible. Su afirmación de que con 90 decretos en los primeros 90 días de gobierno le dará a Colombia todo lo que ansían sus votantes (el fin de la corrupción y la violencia, la «prosperidad» basada en una libertad empresarial sin control alguno, y un recorte del 40% en el presupuesto del Estado y en las políticas de protección del tejido social), tendrán un costo que despertará la reacción de los afectados.
  • Sus aliados fundamentales en el exterior, precisamenta aquellos que colaboraron con él de mil formas en su campaña y se apresuraron a felicitarlo apenas conocidos los resultados del conteo rápido (Donald Trump, Marco Rubio, Banjamín Netanyahu, Javier Milei, o José Antonio Kast) han visto declinar la buena estrella que los guió hacia el poder y enfrentarán, los próximos dos años, desafíos para los cuales no estaban preparados.
  • Si las cifras de desconfianza internacional en los EEUU publicadas por el Pew Research en estos días muestran algo, es que éste no es el momento adecuado para presumir del favor trumpeano.

¿Y entonces?

Bien mirado, el llevado y traído alud arrasador de las derechas extremas no es mucho más que personajes estrafalarios que alcanzan notoriedad por propuestas aún más estrafalarias, y se hacen por algún tiempo con los votos de las derechas de siempre, que han perdido el atractivo patricio y acartonado que alguna vez tuvieron y con el apoyo de muchos caídos del sistema cuyo único anhelo es contribuir a que nada quede.

Hay variaciones, por supuesto, pero el hilo conductor es siempre el mismo y la imaginería de leones, tigres, o águilas calvas, habla más del deseo de depredar que de potencia cierta.

En Perú, como veíamos en nuestras notas anteriores, el triunfo de Keiko Fujimori por apenas unas décimas de punto, instala en el gobierno a quien desde hace décadas lo detentaba tras bambalinas aunque careciera de cualquier cosa equiparable a un programa.

Hasta ahora, en medio de la fragmentación de un sistema político disfuncional, no le había sido necesario hacerse responsable de la desestabilización continua que generaba, ni de la falta de soluciones para quienes sufren los efectos de políticas económicas que concentran la riqueza cada vez en menos manos.

A partir de ahora será ella el blanco de todo descontento y enfrentará una extraña paradoja. Nunca en décadas la izquierda peruana estuvo tan aglutinada y conciente de sí misma como hoy.

En Chile, el ultraderechista José Antoni Kast está dando muestras tempranas de que llegó al gobierno sin tener una idea clara de que sus propuestas iban a contrapelo de todo lo política y socialmente viable o deseable. Hay descontento en las calles y hasta los empresarios y sus aliados de la derecha tradicional comienzan, tímidamente, a expresar preocupación.

Quien primero apareció en el firmamento de los outsiders que prometían terminar con la política y de paso dehacerse del Estado, Javer Milei, sobrevive gracias a que su padrino Donald Trump amenazó a toda la Argentina con soltarles la mano y dejarlos en la miseria si en las elecciones de medio término celebradas en octubre de 2025 su pupilo no triunfaba. Y gracias además a que tiene enfrente una oposición que hasta ahora está más entretenida apuñalando a los suyos que decidida a hacerlo caer. De todos modos, difícilmente llegue a 2027 con alguna chance de ser reelecto, y lo sabe.

En Bolivia, Paz, que creyó que con la desaparición del MAS y el extravío de Evo, tendría el campo hecho orégano, ha visto que no. Hay sectores descontentos y movilizados y no será fácil convencerlos de que sus derechos no cuentan. En Ecuador, Noboa difílmente sobreviva indemne por mucho tiempo a su pasión por la entrega. En Venezuela, Delcy Rodríguez seguirá cogobernando hasta que su aciago destino la lleve a donde debe estar.

Todos y cada uno de ellos deberán ajustar sus programas, sus doctrinas y sus posibilidades de llegar al fin de sus mandatos, a lo que ocurra en los EEUU en las elecciones mid term del 3 de noviembre de este año. ¿Será capaz Donald Trump de convencer a sus votantes de que han ganado una guerra en Irán, que ahora son ricos, y que el mundo les teme?

América, nuestra América, vive una crisis existencial de sus democracias. Y la democracia misma tendrá que ser capaz de soportar una revisión crítica de sus presupuestos y de todo lo que hasta ahora dimos por cierto.

El panorama es pesadillesco si ponemos el foco en lo que cada uno de estos personajes elegidos por sus pueblos está haciendo o será capaz de hacer en un futuro próximo. Desregulando, destruyendo empleos, acosando minorías, direccionando las ganancias hacia quienes ya son obscenamente ricos, vaciando de contenido las instituciones, entregando soberanía, acompañando aventuras militaristas -porque también eso podríamos llegar a ver cuando el imperio nos lo exija.

Pero hay un tunel abierto hacia los sueños. Los progresismos y las izquierdas han sido capaces de encontrar vías de acuerdo, han establecido dentro de sus propios países alianzas que hasta hace poco parecían ilusorias, y han conformado coaliciones más potentes que lo que nos permitimos apreciar en medio de las derrotas. Y quizás ya sea tiempo de retomar el internacinalismo abandonado. Son tiempos de aprender.

 

 

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online