Para titular una columna acerca de lo que sucede en estos días en América Latina, no es mala idea entresacar frases del repertorio del Indio Solari, cuya muerte ha sacudido a muchos de quienes tienen al menos una parcelita del corazón en el Sur. «Ya sufriste cosas mejores que estas», es la que elegimos esta vez. Otra pudo haber sido «El tonto nunca puede oler al diablo, vida mía». .
Ya llegaremos oportunamente a Perú, Colombia, Bolivia… A Cuba… Pasear la mirada por esas realidades -porque poco más que mirarlas y cruzar los dedos es lo que podemos hacer desde aquí- es algo que hacemos habitualmente. Pero hoy le prestaremos atención a cosas que pasan por debajo.
Comenzaremos por las calles húmedas de uno de los suburbios del conurbano bonaerense -un territorio atravesado y lastimado por el desastre argentino y la decadencia de la democracia-, mimetizándonos con los descartables que despiden con dolor, con entereza y con agradecimiento a uno de sus muertos.
Son, sin exagerar, más de un millón de personas. Conforman una interminable serpiente de humanidad diversa de cerca de 10 kilómetros que durante más de 14 horas -llorando algunas, cantando las más, agradecidas todas, agitando banderas o apretando un pequeño ramo de flores-, desfilan para pasar, durante algunos segundos, frente a un féretro cerrado, un día de niebla y de llovizna gris.
Allí está todavía (aunque él ya se ha ido) el cuerpo de Carlos Alberto Solari, conocido como el Indio, la cara más visible de una agrupación de rock «del país», heterodoxa y de combate, que ha muerto a los 77 años, perseguido desde hace casi una década por la enfermedad de Parkinson.
Se trata de hombre que no se prestó a la exposición mediática, que hizo de su vida privada un asunto sólo suyo y que no fue un emisor de mensajes fácilmente decodificables. Por el contrario, fue un extraño personaje que se empeñó en hacer que sus canciones estuvieran salpicadas de metáforas, belleza y verdades difíciles de enfrentar y de asumir. Que tuvo definiciones políticas claras -peronista-, sin necesidad de descender al panfleto o a la demagogia. Lo opuesto, podríamos decir, de un ídolo pop, un «intelectual orgánico», un galán, o una estrella.
Qué sucedía para que un poeta (porque eso era), despreocupado por la métrica o la rima de sus canciones, llegara a convocar en sus conciertos a cientos de miles de personas de distintas generaciones y clases sociales, ha sido siempre un misterio.
Qué hacía que la mayoría de esas personas que se conmovieron y apreciaron mejor su obra pertenecieran al sector de la sociedad a cuyas casas los libros no llegan nunca -los alejadísimos de los circuitos culturales de prestigio, los más carentes de derechos y comodidades, esos a quienes nada les sobra- es otro.
Ese misterio quizás nunca se devele, pero no nos interesa. Porque lo que nos importa ahora es mirar -como si de verdad estuviéramos en las calles de Villa Domínico- a quienes caminaron durante horas o han llegado de provincias situadas a miles de kilómetros para estar allí y darle forma al vacío que deja una muerte.
Nos interesa especialmente detenernos en lo que expresan cuando la prensa, que se ve obligada a cubrir el evento en directo durante horas, les pregunta qué fue el Indio para ellas y contestan cosas como: «fue el que me hizo sentir que yo importaba» «mi mamá lo escuchaba cuando estábamos solas y no teníamos nada»; «escucharlo me ayudaba a no romperme».
«Mucha tropa riendo en las calles / Con sus muecas rotas cromadas / Y por las carreteras valladas / Escuchás caer tus lágrimas», deben haber escuchado y cantado en casa, tantas veces, mientras hacían de tripas corazón y sorteaban -como podían- la mala suerte y el destino de ser material de descarte.
Si hace falta hundir la nariz en el plato, lo vamos a hacer
La voluntad y el ánimo de descartar -esa palabra tan difícil de pronunciar cuando se trata de gente-, la rabia y la molestia que les provoca saber que esos están en donde no deberían estar y tienen emociones, sentimientos y alma, estuvo presente desde el momento mismo en que una vez conocida la muerte comenzaron a dispersar con gases lacrimógenos a quienes poco a poco se acercaban a las plazas para unir dolores.
Estuvo en la negativa del gobierno a que ese domingo se velara al muerto en algún lugar público de la capital del país. Y estuvo durante todo ese fin de semana lluvioso, entre doliente y festivo, en mil detalles en los que no vale la pena entrar, porque no era nuestro propósito hacer la crónica de un adiós.
Sólo pretendíamos poner la lente por un momento en esa gente que mientras escribimos esto, ya ha vuelto a los sinsabores o las alegrías de siempre en «esta tierra que es una herida / Que se abre todos los días / A pura muerte, a todo gramo».
Hace muy pocos días, un economista cercano a los círculos de poder en la Argentina, razonando acerca de cómo será el futuro del país, planteaba -con una honestidad fria y aguzada como una daga- una duda aún no resuelta: ¿qué se hará con los aproximadamente 10.000.000 de personas que habitan mayoritariamente en el cordón industrial de Buenos Aires, hoy inoperante y con sus cortina metálicas cerradas? ¿Qué hacer con los que -ya es sabido- no tendrán cabida en lo que él definía como «nueva economía»?
Y entonces hemos llegado por fin a lo que nos preocupaba al inicio de esta nota. ¿Qué será de los que sobran? ¿Qué destino nos espera en el continente con más países formalmente democráticos, que es -paradojalmente- el más desigual y violento de la Tierra? ¿Qué deberíamos hacer nosotros, los «que hemos sufrido ya cosas mejores» con este espejismo de artificialidad inteligente y sumisión tecnogobernada que hoy nos venden?
«El tonto nunca puede oler al diablo, vida mía
A nuestro alrededor, la amenaza y la promesa del descarte de los que sobran comienza a parecerse a una realidad imposible de no ver. En cierto modo, estamos en la antesala de un regreso a los tiempos y los usos de la colonia. Antihistórico, sin carabelas ni arcabuces, pero igualmente dañino y diabólico.
Podemos mirar hacia Perú hoy mismo y veremos un sistema político que no sabe qué hacer con el 50% de los habitantes del país que en la sierra o la amazonía, quieren lo opuesto a lo que les ofrece la gente bienpensante y algo más blanquecina de la costa, que votó por cuarta vez consecutiva a la hija de un dictador que jamás ha tenido otra propuesta que no fuera la restauración de la brutalidad deshumanizada de su padre.
Los números apabullan. En Perú, según el Latinobarómetro sólo el 10% de la población dice estar satisfecho con la democracia. Expresa confianza en los partidos políticos el 9% y en el Parlamento sólo el 7%. Y sin embargo, el 80% cree que uno de los mayores peligros que el país enfrenta son los inmigrantes.
Podemos girar la cabeza apenas y mirar hacia Bolivia en donde sucede prácticamente lo mismo y en donde las comunidades aymaras y quechuas, y los campesinos, y los mineros, o los migrantes interiores de El Alto, intentan desde hace semanas -sin mucha suerte- voltear al mismo presidente blanco que votaron hace apenas 6 meses cuando creyeron que sería fiel a lo que les había prometido. Si no vemos sangre en los próximos días, será un milagro.
Podemos mirar hacia Colombia, en donde el candidato más votado en primera vuelta -orgulloso ciudadano estadounidense- y sus seguidoras y seguidores -que sin dudas desearían serlo- muestran un desprecio por los «negros e indios comunistas que ensucian nuestra tierra», que no parece tener límites ni decencia.
Podemos mirar hacia Cuba y ver que están haciendo -y estamos permitiendo- que todo un pueblo quede enterrado debajo de la desesperación y la mugre.
En Diálogos iremos acercándonos a todo eso para conocerlo mejor porque lo que allí pasa nos pasa también a nosotros. Confiados en que no está todo perdido. Todavía nos temen. Y si no hay amor, que no haya nada entonces, alma mía.
