El ave carroñera para de deshilachar con el pico el saco con vísceras y me observa con sus ojos pequeños, viles y arrugados. Yo me aferro a mi bolsa de basura y le devuelvo la mirada. No se puede hacer nada más cuando la podredumbre te encara.
Ella abre las alas como un presagio de penumbra. Grazna en queja por mi interrupción y luego se echa a volar. Me siento como un intruso en su reino; pero su reino era mi país hace unos meses atrás. .
La basura, de a poco, se ha expandido por la Isla. Crece cada día centímetro a centímetro como una marea en ascenso. Por el momento nos llega hasta los muslos. Aún podemos mantenernos en pie, avanzar por ella, pedir auxilio si fuera necesario. Sin embargo, si continúa así nos cubrirá por completo: la boca, los ojos, el pensamiento. Nos ahogaremos en nuestras propias sobras.
Pienso en ello, mientras miro el vertedero que se abre en abanico frente a mí. Se extiende por media cuadra, unos cincuenta metros. En él se acumula todo lo que queremos olvidar y nos avergüenza: papeles sanitarios manchados, tampones rojos, cáscaras de huevos rotas como un microplaneta cascado, carne podrida por los largos apagones.
Cuando la recogida de desperdicios funcionaba, los vecinos colocaban sus bolsas recostadas en un poste eléctrico. El reguero presentaba cierto orden y no se multiplicaba. Normalmente en la noche pasaba el camión de Servicios Comunales y no había cúmulo de basura. Era un proceso organizado, tan aséptico como puede ser cualquier gestión en el subdesarrollo.
Sin embargo, desde que el bloqueo hacia Cuba de Estados Unidos ha arreciado no hay el combustible suficiente para los medios de transporte. El año pasado efectuaban su recorrido una vez por semana en promedio, en este 2026 puede cumplirse el mes y no aparecer.
Ahora el basurero al doblar de mi casa se ha desbordado desde el epicentro del poste. Trascendió la acera y se deslizó hacia la calle. Los automóviles cuando transitan por ahí deben esquivarlo con un golpe de timón. A veces no lo logran por completo y puedes escuchar cómo el neumático escacha algún pomo plástico o una botella de ron. Suena como una esperanza cuando la hacen añicos en una prensa.
Recuerdo al principio de Mientras agonizo de William Faulkner. En la novela, una señora moribunda oye desde su lecho cómo arman su propio ataúd. Cada vez que debo deshacerme de la basura de mi casa, me embarga dicha sensación. El prójimo construye nuestra tumba y nosotros construimos la tumba del prójimo; juntos armamos la tumba-país.
Oigo un gruñido desde el cielo. Levanto la vista. El ave carroñera vuela en círculos por encima de mí. Aguarda a que yo abandone sus dominios para regresar a su bufet de intestinos. Aquí yo soy el exiliado, el mendigo, el vagabundo y ella la ciudadana de derecho, la súbdita, la jodida reina.
Trato de colocar mi java lo más cercana posible al poste para no aumentar más la propagación del basurero; pero el diámetro de este es tanto que no alcanzo, aunque extienda el brazo. Al final la debo lanzar. En otros tiempos sería un ritual de liberación. Me deshago de aquello que me disgusta: colillas de cigarro, latas de cerveza, borradores de crónicas las cuales no escribiré; mas, yo siento como si cometiera un crimen. Favorezco al caos del universo, contribuyo a la muerte por insalubridad de Cuba.
I
El tema de la basura supera cualquier tipo de romantización. No somos artistas que convierten viejos zapatos en hermosos búcaros y escombros en pedestales para estatuas de poetas decimonónicos. Hablamos de una situación grave, casi crítica, que afecta la higiene de una nación y la salud de sus hijos.
Quizás en el pasado, unos cinco años atrás, la colecta de deshechos no resultara la ideal. No se reciclaba ni existía una política para la clasificación de los componentes. Todo iba al mismo lugar y de la misma manera. Sin embargo, por lo menos las ciudades y pueblos estaban a primera vista limpios y no lucían como un escenario postapocalíptico urbano.
Trump desde el 2025 y en especial en este 2026 ha restringido aún más el acceso de Cuba al combustible. Hace dos meses atracó el último tanquero para abastecer a la Isla. El crudo se debe racionar y, según explican las autoridades, utilizar en servicios sociales priorizados como los hospitales, el bombeo de agua o para entregarle a la población un mínimo de energía eléctrica. La recogida de desechos sólidos, por desgracia, no se halla en la misma jerarquía.
Más allá de un criterio estético al plantear cómo la basura afea las comunidades, existe una verdadera amenaza sanitaria. El año pasado Cuba sufrió un brote masivo de arbovirosis, sobre todo una enfermedad llamada chikunguña, la cual afectó a gran parte de la población. Hubo familias enteras encamadas con fiebres altas y con dolores tan profundos en los huesos como si estos fueran de cristal y cada paso, cada gesto, los quebrara un poco. Algunas personas –entre ellas yo– sufrimos las secuelas de dicho padecimiento durante meses.
En las naciones tropicales cuando inicia el verano –que ya se encuentra al doblar la próxima esquina– se multiplican las epidemias. El cubano Carlos J. Finlay se percató a principios del siglo XX de que el agente transmisor de la fiebre amarilla y otras enfermedades eran los mosquitos; aunque un grupo de médicos norteamericanos tratara de agenciarse el descubrimiento. Hizo hincapié en la necesidad de sanear la Isla. Pobre Carlos el olvidado, el desoído.
En la temporada estival también se intensifican las lluvias. Estas provoca que los basureros se transformen en potenciales focos de mosquitos. Ellos llegarán, silenciosos, y se colarán en las casas, en las camas matrimoniales, en las cunas donde los bebés disfrutan del sueño de los inocentes. Dentro de sí llevan el daño, el cansancio e, incluso, la muerte roja del dengue hemorrágico.
En estos momentos, el sistema médico cubano no cuenta con la fortaleza para contener un brote infeccioso. Los hospitales colapsarían. Largas esperas como un ciempiés en los cuerpos de guardia; pies que taconearán nerviosos en las baldosas por la desesperación, por el dolor, por el dolor de sus niños.
Los medicamentos están en falta en las farmacias estatales. Para conseguir casi cualquier producto se debe recurrir a establecimientos particulares. Los precios de estos muchas veces no están acordes al salario de la mayoría. El bienestar se transforma en necesidad de los pudientes, en lujo para los desgraciados.
De ahí proviene la preocupación creciente con la marea de basura. Moriremos ahogados. Moriremos envueltos en la tibieza soporífera de las fiebres. Moriremos carcomidos por las cucarachas como manuales de supervivencia en desuso.
II
Hay olor a humo rancio. Lo siento desde mi cama. Él me despertó. Entra por mi ventana junto a las primeras luces del día. Se frota contra mis sábanas limpias, acaricia el pelaje blanco de mi perro, se acomoda en la butaca donde me siento a ver el televisor cuando hay corriente.
Me disgusta ese hedor socato, dulzón con toques amargos. Sé a qué se debe. No hay demasiado misterio al respecto; pero igual me incorporo y voy hasta el balcón de la casa para saber de dónde proviene. A un par de cuadras de mi casa se eleva una pequeña columna de un humo grisáceo. El viento lo zarandea un poco, lo comba, juega con él.
Otra vez queman la basura. Algunos vecinos angustiados, porque los desechos no paran de ascender y nadie se proyecta en resolver la situación y ante el miedo a los huesos de cristal, a la muerte roja, a los nerviosos roedores, optan por prenderle candela a los vertederos. Casi siempre lo realizan al cobijo de las sombras y la oscuridad, porque si los sorprenden pueden buscarse dificultades con la ley.
Resulta una solución desesperada. El fuego siempre constituye una última opción tanto en las revoluciones sociales como en las cuestiones cívicas del día a día. Estos incendios pueden descontrolarse. Las llamas voraces no satisfechas con unos zapatos de suela gastadas, con una caja de refrigerador húmeda, con la fibra de los cocos que antes estuvieron en los altares de los santos puede saltar hacia un almacén, hacia una tienda, hacia una casa, hacia tu casa.
Además el humo tóxico, debido a su origen, se esparce por los alrededores del vecindario. Puede joder a los ancianos, a los niños, a quienes sufren afecciones respiratorias e, incluso, a alguien en apariencia sano. La asfixia no tiene límites de edad ni de género. Contemplo al cimbreante humo. Aquellos que decidieron prender en llamas al basurero en el cálculo se habrán decantado por la ceniza en vez de por el augurio de una futura intervención de Servicios Comunales, reflexiono.
Además, los basureros demasiadas veces nacen cercanos a instituciones públicas sensibles: círculos infantiles, escuelas primarias, hospitales para adultos y pediátricos. Todos esos sitios conllevan una sanidad impecable. En los antiguos combates morían más soldados por infecciones y microbios que por los tajazos de la violencia. Sucede así porque las personas para no buscarse un conflicto con un vecino colocan sus bolsas en los sitios donde no vive nadie.
Los camiones, cuando cuentan con un poco de suministro de petróleo o gasolina, se enfocan en las arterias principales de la ciudad: las avenidas, las zonas turísticas, los bazares. Entonces las vías secundarias, los suburbios, los barrios residenciales quedan en el olvido. Los habitantes de estos, molestos por la forma de ser ignorados, a veces colocan sus desechos en medio de la calle. Si logran interrumpir el tráfico quizás los tomen en serio. Arman barricadas de maderos utilizados para atrancar las ventanas en tiempos de ciclones, de escombros de viviendas en construcción, de gomas de bicicleta desinfladas.
En ocasiones el truco les funciona, en otras no y ellos colocan más y más obstáculos. Parece que quisieran alcanzar el cielo. Le llenarán de basura las puertas a San Pedro. Prueban fuerzas a ver quién cede primero, ellos o las autoridades.
Dejo el humo ser. No importa cuánto lo juzgue, desaparecerá cuando él quiera y un par de horas después también se irá el tufo rancio. Toca comenzar el día. Me dirijo a preparar el café para terminar de despertarme. En el fondo de la cocina noto la nueva bolsa a medio llenar. Ha pasado solo medio día desde que la boté ayer. Suspiro. Seremos escombros de nosotros mismos. La basura nos expulsará de nuestro propio país. Nos convertirá en refugiados.
