Margarita se niega a abrir su refrigerador; aunque deba hacerlo. Coloca dubitativa la mano en la puerta. Tamborilea con los dedos sobre su plástico jaspeado. La jala un poco hacia ella. Oye el sonido de beso leve de la junta al separarse del marco. Luego la empuja con fuerza para cerrarla. Después de un día y medio de apagón no sabe qué puede encontrar. .Dentro de este se encuentra la mitad de un paquete de picadillo. Son 250 gramos de carne procesada dentro de un pozuelo azul para el almuerzo de su hijo y el suyo.
Nerviosa da una vuelta por la cocina. Revisa la cafetera. En el fondo queda un líquido negro y denso. No le apetece esa mermelada de petróleo. La colada se remonta a 12 horas atrás, cuando prendió por última vez la hornilla de carbón. Enciende el teléfono. Le queda un 20 % de carga. Por ello intenta utilizarlo lo menos posible. Quién sabe, a lo mejor cae esa llamada que todos esperamos.
En el feed de Facebook le salen algunos memes, anuncios de casas en ventas y lencerías, y noticias. Estás últimas giran todas sobre lo mismo: Estados Unidos dona 100 millones de dólares a la Isla. El director de la CIA se reúne con la jefatura del Ministerio del Interior local. El gobierno americano acusa a Cuba de poseer 300 drones de procedencia iraní. Van a acusar de asesinato a Raúl Castro por el derribo de una avioneta en los años noventa. Suspende el móvil, frustrada. Ninguna de estas informaciones le salvará el plato fuerte dentro del congelador; solo logran confundirla más. La esperanza no puede ser un columpio. Arriba, abajo, arriba, abajo, y al final el vértigo de los inocentes provocado por empujes políticos, que ellos no controlan.
Mira por la ventana. Unas aves carroñeras destripan unas jabas blancas en el vertedero de la esquina. Sostienen en el pico pedazos de papel sanitario y lo lanzan hacia atrás como confeti. Celebraciones de la insalubridad. Fiestas de la podredumbre. Por la escasez de combustible, en la Isla no circulan los camiones de la basura y los desechos se acumulan. Los vecinos, para evitar la insalubridad, en ocasiones optan por quemarlos. Arman grandes piras que inundan la ciudad de un humo ocre y nauseabundo. En un punto, si sigue así, seremos un pueblo deshecho y fugaz como el humo.
Regresa frente al refrigerador. Cuando se atrevió a abrirlo seis horas atrás ya comenzaba a emanar de él un tufo ácido. Ahora, tal vez, encuentre gusanos que flotan por encima de un estanque de sangre acuosa. Piscina en los resorts del fin de la utilidad. Quizás no soporte el hedor y se echa a llorar sobre los azulejos de la cocina. Ni Trump ni Marco Rubio ni el gobierno le harán llegar un almuerzo a esa hora del día, las once y media de la mañana. Respira profundo y abre la puerta. El aroma no resulta tan desagradable como creyó. No huele a difunto, solo a muerte cerebral.
Quizás el picadillo pueda utilizarse todavía si se le somete a bastante candela en el carbón. Lo analiza de cerca. Hay agua roja y arterial en el fondo del plato, pero ningún bicho nada en ella. Mas, al agarrarlo entre los dedos por el empaque y acercárselo a los ojos, nota unos tonos verdosos en la carne. Está echado a perder. Siente de repente unos inmensos deseos de maldecir, de culpar a alguien; pero no sabe entre tantos culpables a cuál mentarle la madre.
I
Cuba en los últimos meses ha sido la bola dentro de una máquina de pinball. Rebotamos por aquí y por allá. Encendemos las luces y la parafernalia de la prensa internacional. Con cada impacto suena la música que antecede a las guerras –Wagner, Metallica, Madonna–; pero esta no acaba de suceder. Continuamos de choque en choque en espera de que las físicas del poder mundial nos lleven a alguna parte.
Nuestro devenir político actual puede ser todo menos aburrido. Se siente como una fiesta enorme, casi a punto de salirse de control, demasiado desenfreno, y solo quieres irte para tu hogar a descansar y no sabes cómo. Vivimos a la mitad de la trama de El Castillo de Kafka y alguna película de American Pie.
Como Margarita, uno revisa el teléfono porque no sabes cuándo el destino de la nación puede variar; par de meses, una semana, horas o en estos mismos instantes cuando usted lee esta crónica. En los últimos días, una detrás de otra, se han sucedido noticias entre sí contradictorias.
La semana pasada el Gobierno de Estados Unidos donó cien millones de dólares de ayuda humanitaria a Cuba. También el director de la CIA, quizás el organismo más mencionado dentro de las acciones hostiles hacia el país en 60 años de Revolución, se reunió con la jefatura del Ministerio del Interior.
Estos dos hechos, a priori, hablan de un posible entendimiento entre las naciones. Un no pasó nada; dénse la mano y amigos como no fuimos en más de medio siglo. Todo se perdonará. Todo quedará atrás; mas, el embargo energético continúa y a Margarita se le pudren las esperanzas. No obtiene un par de megawatts de felicidad o unos litros de descanso potable o unos quilos de huidas de la cotidianidad apabullante.
Luego se comunicó la expropiación y congelación de supuestas propiedades en suelo americano del alto mando militar cubano. Después de ello, se supo sobre la posible apertura de una causa penal contra Raúl Castro, figura emblemática del proceso político cubano, por el derribo, a finales de los 90, de una avioneta perteneciente a la organización anticastrista Hermanos al rescate.
Estamos en un déjà vu. Tenemos una sensación de bucle en la boca. A Maduro, antes de su extracción de Venezuela, también le imputaron cargos criminales. Otra vez el mismo guión, otra vez el blockbuster del salvamento internacional por parte del paladín del Norte.
Mientras tanto, el país dentro de la máquina de pinball yanqui no se detiene. A través de la vidriera, la comunidad cubanoamericana solo observa. Al parecer nos les llama la atención los pobres que giran de un lugar a otro, los cubanos varados en la Isla. Nada más le interesa el juego y la emoción de odiar a alguien con todas sus entrañas.
II
Margarita vuelve a colocar el picadillo en el refrigerador. No quiere saber nada de él. Todos ocultamos las consecuencias de nuestras derrotas. Ahora debe salir a buscar un nuevo plato fuerte, antes que su hijo regrese del trabajo.
En la cartera agarra los últimos 500 pesos sobrantes de su salario, se hace un moño alto y va hacia la calle. Adelanta un par de cuadras hacia una parte de su barrio donde se acumulan unos cuantos negocios particulares.
Una vecina le pregunta si quiere pagar una pipa –un camión cisterna– a la mitad. Serían unos 4.000 pesos por cada una. Hace días que no entra el agua. Margarita observa su pobre billete de quinientos en su monetaria soledad y ni responde, solo niega en la cabeza. Aún le quedan un par de cubetas llenas y las estirará para fregar, bañarse y lavar por lo menos los blumeres y los calzoncillos.
Quizás venga la guerra por la que en la televisión –cuando la electricidad le permite verla– a cada rato trasmiten el resumen de una preparación militar. Quizás Trump, como un ángel de la muerte, asfixie los postrados (es decir nosotros) con blandas almohadas al igual que las enfermeras mataban por caridad a los moribundos. Un golpe blando fulminante. Quizás amanezcamos con un nuevo país como si lo hubieran exportado desde un aeropuerto en Chicago. Pero más allá de todo, ella solo quiere su plato fuerte, nada más. Cuando todo se complica y no está entre tus capacidades controlarlo, debes concentrarte en pequeños objetivos.
Arriba a los negocios. Revisa precios y productos en las cartillas de madera de cada uno de ellos. En los tres primeros con el dinero a mano no le alcanza. Carne de puerco 800 pesos la libra. Caja de pollo a 5000. El naylon de hamburguesas de cinco unidades a 600. Los particulares poseen una amplia oferta; ella, como una gran parte de sus coterráneos, es la que no posee amplias finanzas.
De a poco se molesta más. Quiere maldecir al suelo sobre el cual sus chancletas “metededos” se posan, el de sus ancestros; pero no sería justo. No sabe a quién culpar aún. Su ira se acumula encima de ella como nubes negras. Pronto relampagueará. Pronto le caerá encima todo el aguacero de su frustración.
En el último puesto al cual se dirige hay un paquete de picadillo a 400. Pertenece a la misma marca que aún se pudre en su congelador. Tal vez así sea la circularidad del karma. Hace la pequeña cola. A su lado alguien habla de las últimas declaraciones de Marco Rubio. Es más de lo mismo: fintas, pasos en falso, demagogia y par de ladridos. También puede equivocarse y todo concluya con el silbido minúsculo, como cuchillo hendido en el aire, de la bomba antes de impactar.
Llega su turno. Pide el producto. La dependiente la observa apenada. Ya se había acabado. Mucha demanda y una oferta restringida. Aguanta el llanto y camina de vuelta a casa. Hoy ella y su hijo almorzarán arroz solo. En la tarde, cuando el sol baje, lo enviará a él por plato fuerte para la cena. Ella se encuentra demasiado agotada de todo, hasta de lamentarse.
III
Mientras regresa a su hogar, el discurso de Marco Rubio se reproduce de móvil en móvil por los cubanos. En este confirma la imputación de Raúl Castro por asesinato, y culpa al gobierno y a los militares cubanos por las dificultades económicas de lsla. No reconoce el protagonismo de su gobierno por los apagones –oscuridades zurcidas con otras oscuridades hasta hilvanar la eternidad y la noche– ni otras escasez sufridas por el pueblo.
El presidente Trump luego apoyaría las palabras del secretario de Estado. Comentaría que en estos momentos Cuba se encuentra en un profundo problema y por tanto necesitábamos su ayuda sí o sí. Tanta generosidad asusta. Eriza. Preocupa.
Las tensiones entre ambas naciones, una pequeña del Caribe, y la otra donde surgió Rambo y las bombas nucleares aumentan. Los piñazos al vientre del país no se detienen, como si los americanos quisieran hacerle entrar en razón a un individuo, para ellos dislocado, a puro golpe. En esta lucha a veces parece que las personas comunes –Margarita, su hijo, la dependienta, la vecina del camión cisterna– sencillamente no existen.
