La reducción de la complejidad a lo nimio, que atraviesa toda la Odisea de Christopher Nolan, no se limita al apocamiento del héroe hasta dejarnos de él apenas un guerrero con síntomas de estres post-traumático y profundos remordimientos, que ansía volver a casa. Se expresa también en el aplanamiento o virtual desaparición de los personajes femeninos. Y queda al desnudo cuando, como un tahur en una feria, el director sustituye el final de la obra original con otro totalmente distinto, más al gusto de los tiempos que corren. «Americano». Adormecedor. Digno del olvido.
Es sabido que la adaptación de una obra literaria al lenguaje cinematográfico supone renuncias y alteraciones inevitables. Sin embargo, la transformación de La Odisea en una aventura para todo público, visual y sonoramente apabullante, en la que un héroe valeroso, inteligente y bueno regresa al hogar amenazado aquí y allá por monstruos, brujas, hechizos, maldiciones y tormentas, ha requerido que se despojara al texto original de buena parte de lo que tiene de verdaderamente extraordinario.
A eso nos referíamos en la Primera Parte de esta nota y toca ahora abordar otros aspectos del despojo, aunque como suele suceder, nos convendrá antes dar un pequeño rodeo.
Nausicaa y el eclipse del patriarcado
Samuel Butler no era un hombre acostumbrado a dejar las cosas sin concluir, pero cuando acometió, sobre finales del Siglo XIX, su traducción de la Odisea directamente del griego antiguo, notó enseguida una dificultad inesperada que, en algún momento, llegó a parecerle insalvable.
Aquel portento -comenzó a especular en silencio hasta que ya se le hizo imposible no decirlo-, parecía estar escrito por una mujer.
Desde siempre, quienes se habían acercado a los dos textos homéricos, la Ilíada y la Odisea, habían destacado una diferencia fundamental entre ellos. En La Ilíada las pocas mujeres que protagonizan la historia -y especialmente Helena, cuya huída con Paris ocasiona la guerra y la destrucción posterior de Troya- lo hacen en su calidad de objetos de deseo, objetos de posesión, objetos en disputa.
En la Odisea, por el contrario, las mujeres tienen no sólo voluntad propia sino que nada de lo que ocurre, desde principio a fin, tendría sentido ni podría suceder sin ellas. Sin su influjo. Sin su tenacidad. Sin sus deseos o su jovialidad. Sin su inteligencia.
A Butler, como filólogo y experto en literatura griega, aquello no le era ajeno, pero su sorpresa fue encontrar, a medida que avanzaba en su traducción, una abrumadora cantidad de palabras y situaciones vinculadas al ámbito de lo doméstico con las que no había tropezado nunca.
Cuando la diosa Atenea en el Canto VI -por ejemplo- toma la forma de una de sus amigas y despierta a la princesa Nausicaa de madrugada para invitarla a ir junto a sus doncellas a lavar ropa a la orilla del río, toda la escena que se describe era demasiado vívida e incluso mordaz para con la condición masculina como para haber sido escrito por un hombre.
Así, en 1897, tras recopilar todas las situaciones que a su juicio no podían haber sido narradas con tal lujo de detalles sino por una mujer, Butler publicó un ensayo titulado The Authoress of the Odyssey en el que sugería que la autora habría sido una joven fuerte, alegre, de familia aristocrática, independiente y segura de si misma -y por ende soltera-. Se aventuraba incluso a proponer que esa joven se había autorretratado en el personaje de Nauisicaa, y encontraba razones para ubicar el reino de su padre, la mítica «tierra de los feacios», en la costa occidental de Sicilia-…
Sin embargo y como a menudo ocurre en estos casos, a pesar de su esfuerzo Samuel Butler fue incapaz de convencer a nadie.
Vale consignar, sin embargo, que el espíritu de sus intuiciones -posiblemente erradas-, fue retomado por Robert Graves en su novela de 1955 La hija de Homero, que dió voz a la Nausicaa por él imaginada. Y ese mismo espíritu ha seguido alentando en escritoras que más acá en el tiempo han retomado el tema: desde Penélope y las doce criadas de Margaret Atwood a El silbido del arquero de Irene Vallejo.
A partir de Butler y a pesar de lo improbable de sus conjeturas, fue imposible desconocer que la presencia de las mujeres en la Odisea y qué hacen, por qué lo hacen, o los medios que emplean para mover los hilos de cada escena, no son un aspecto trivial que pueda hacerse a un lado sin dañar -como lo hace Christopher Nolan- la esencia misma de la obra.
Cuando Homero (o quien sea que Homero haya sido) nos coloca delante de mortales o diosas como Penélope, Helena, Atenea, Calipso, Circe o la propia Nausicaa y su madre, la reina Areté, no estamos delante de mujeres mansas, opacadas o prescindibles. Presenciamos, mientras recorremos las páginas de La Odisea, algo así como un eclipse momentáneo del patriarcado. Que dura lo que un lirio pero deja huellas.
El deslucimiento de las mujeres
Penélope, seguramente el personaje femenino de la Odisea más universalmente recordado, no es sólo esa mujer madura, hermosa, atribulada y digna que interpreta con relativa solvencia Anne Hathaway. No es sólo la que trata de resistir el embate grosero de los pretendientes tejiendo y destejiendo una mortaja en la reclusión de sus habitaciones del palacio mientras espera el regreso de un hombre que vaga entre monstruos y sirenas. Penélope ha estado administrando Ítaca, sola. Ha ejercido el poder durante 20 años. Odiseo no vuelve al lugar que dejó, porque si por él fuera ya nada quedaría en esa isla que pudiera considerar suyo. Llega al reino que una mujer firme sostuvo por si misma.
Atenea, la diosa de la sabiduría y la estrategia, no es esa aparición anodina y episódica que encarna una Zendaya que parece haber perdido el don de la palabra. La que se nos muestra en la obra original urde sin descanso, conspira constantemente, no hay lugar en el que no esté o aparezca de un modo u otro, aconsejando a Odiseo, recriminádole sus errores, alentándolo a seguir cuando no puede más, organizando una asamblea de dioses del Olimpo cuando decide que ya es tiempo de que se le permita culminar su viaje.
La divina Calipso, no es esa comprensiva terapeuta de playa mediterránea que nos presenta Nolan en su Odisea «actualizada». La Calipso real es la obsesa que ha retenido a Odiseo en su isla siete largos años, aislándolo con seducción y un amor posesivo como ningún otro. Y no lo alienta a volver, como alguien podría sospechar después de haberla conocido en la pantalla, sino que se queja amargamente cuando es obligada a dejarlo ir, con el alegato de independencia -agencia, podría decir algún sociólogo- sexual más potente de la literatura clásica:
«Sois, oh dioses, malignos y celosos como nadie, pues sentís envidia de las diosas que como yo no guardan recato de dormir con el hombre a quien han tomado por esposo. A él lo trajeron acá el viento y el oleaje. Y lo acogí amigablemente, lo mantuve y le prometí que lo haría inmortal y libre de la vejez por siempre. Pero, ya que no me es posible transgredir la voluntad de Zeus, váyase por el mar estéril, si ése lo incita y se lo manda; que yo no le he de despedir, aunque le aconsejaré de muy buena voluntad, sin ocultarle nada, para que llegue sano y salvo a su maldita tierra.»
Circe, la de las hermosas trenzas, no es una bruja que vive en las ruinas de un palacio vagamente escocés devenido en choza. Hechiza sí. Sabe que en el fondo de su alma todo guerrero es un animal, sí (y la escena en que Samantha Morton transforma a los hombres de Odiseo en cerdos es sin duda el mayor logro visual de Nolan en todo su film). Pero Odiseo pasa más de un año con ella porque su compañía le es tan grata y placentera que lo hace olvidar que estaba desesperado por volver al hogar… Y es ella la que una vez que él decide abandonarla le indica lo que deberá hacer para sortear con éxito todos los obstáculos que aún tiene por delante. No porque esté obligada a hacerlo, sino porque quiere.
Helena, la mujer más hermosa que haya existido, en la versión original, le narra a Telémaco dos episodios fundamentales y contradictorios entre si de lo sucedido inmediatamente antes e inmediatamente después de la entrada del caballo de madera a la ciudad que será barrida de la faz de la tierra por los hombres que la han tomado a ella como excusa para asesinar y destruir. La vemos en esas escenas tomar partido, conspirar, cambiar de bando, hacerse responsable, intentar cambiar el rumbo de la historia. Lupita Nyong’o en cambio, es en sus tres minutos de aparición forzada, el personaje más prescindible y más cosificado de todo el film
De Nausicaa, la que enamora y es enamorada, la que se encargará de todos los detalles que le permitirán a Odiseo encarar la última etapa del viaje, pero que a Nolan no le parece tan interasante como para incluirla en su film, dice el héroe:
«Solamente una vez vi algo que se te pudiera comparar, en un joven retoño de palmera que creció en Delos. Jamás había brotado de la tierra un tallo como aquél. De la misma manera te contemplo con admiración, ¡oh mujer! y me tienes absorto y me infunde miedo abrazar tus rodillas».
Si algo podía ser el broche de oro para la misoginia casta y anglosajona que Nolan ha desarrollado a lo largo de toda su carrera, era precisamente la desaparición de Nausicaa y su sustitución por nada.
Un final agrio y un final «americano»
Cuando leemos esa obra que nos ha llegado atravesando 30 siglos de aventura humana y estamos ya cerca del final, el héroe, acompañado por Telémaco, su hijo, con la complicidad de dos viejos servidores y el auxilio de la diosa Atenea, mata a los 108 hombres que habían pretendido desposar a Penélope y habían agotado las reservas de pan, carne y vino del palacio durante tres años.
Una vez consumada la matanza, que hemos esperado ansiosamente desde el Canto I, el vengador ordena a su hijo que atraviese con su espada a las 12 esclavas de la casa que han sido seducidas por alguno de los pretendientes y Telémaco, que no quiere ensuciar el bronce de su espada o de su lanza con la sangre de esas perras, decide colgarlas.
Odiseo se encuentra por fin con Penéope, sale bien parado de una pequeña trampa que ella le tiende para estar segura de que él es quien dice ser, pasa con ella la noche, y cuando está a punto de romper el alba ambos se sientan a conversar y contarse qué ha sido de sus vidas durante los 20 años transcurridos.
En aquel momento, en una de las escenas más conmovedoras concebidas por la literatura universal Atenea, la de ojos de lechuza, siempre atenta a lo que sucede, impide que en los confines del Océano la Aurora unza sus caballos al carro que debe llevar al sol a través del cielo.
La noche se prolonga entonces; el tiempo se detiene para el mundo, para darle tiempo a aquellos dos a contarse todo lo que no saben y volver a hacer el amor una vez que han concluido.
Recién entonces, tras una noche tan larga que nadie podría saber cuánto ha durado, y después de que se narran el uno al otro una historia que jamás conoceremos ni conoce nadie, el universo retoma su curso. «Tan pronto como le pareció que Odiseo ya se habría recreado con su mujer y con el sueño, Atenea, la de brillante mirada, hizo que saliese del Océano la hija de la mañana, la Aurora, para que les trajera la luz á los humanos.»
Aquella mañana, una vez que ha amanecido y el Cosmos ha retomado su normalidad, nos encontramos con que Odiseo y quienes le son fieles se aprestan a defender el palacio de todos los familiares y amigos de los muertos de la noche anterior que claman venganza.
Y en el momento mismo en que está a punto de comenzar una nueva batalla y una nueva matanza, Atenea interviene nuevamente para ordenarles, furiosa -y acompañada en su furia por un rayo del mismísimo Zeus- que se detengan. No quiere seguir presenciando cómo esos idiotas siguen matándose como si no supieran hacer nada mejor, y cómo la sangre continúa derramándose sin sentido.
Ese es el fin de la Odisea homérica. Un final en cierto modo descorazonador y agrio. La paz se impone por la intervención divina, no porque los hombres hayan aprendido nada de todo el mal que han causado.
Chrisitopher Nolan en cambio, no satisfecho con habernos vendido una Odisea concebida como un compendio de aventuras en el que lo que importa son los monstruos que acechan fuera y no los monstruos que habitan dentro, ha decidido darnos otro final. No una adaptación del final original, sino uno propio. Acorde con su gusto y, también podemos intuir, más del gusto «americano».
Un final tranquilizador para audiencias crédulas en la capacidad del sistema para sanar a pesar del -e incluo grecias al- desastre.
Tras un diálogo con «mensaje actualizado», en el que un Odiseo súbitamente conciente del valor de la paz nos advierte acerca de la posibilidad de que estemos asistiendo al desplome del mundo conocido, Penélope y su señor, «el destructor de ciudades», dejan Itaca en manos de Telémaco, y parten hacia el horizonte. Hacia algún lugar de occidente en donde Odiseo obtendrá el perdón por lo excesos que haya cometido, y homenajerá a los caídos (a los suyos, por supuesto).
Edwar Curtin, sociólogo, escritor y especialista en cultura clásica, en un extenso artículo en el portal Scheerpost Why the Odyssey? nos advierte acerca de la posibilidad de que ese final sea un nuevo Caballo de Troya introyectado en la conciencia del público:
Nolan’s ending where Odysseus and Penelope get ready to sail away into the setting sun to atone for all his warrior’s sins is pure Hollywood. It doesn’t happen at the end of the book. It’s wishful thinking on his part, a political statement that he wants to be true, but it is not. It’s a trick, a Trojan Horse, slipped to the audience as a gift when it’s creative deception, if grasped, leads to the death of a truth hard to bear but necessary to hear.
The killers don’t apologize.
«El final de Nolan, en el que Odiseo y Penélope se preparan para zarpar hacia el sol poniente para expiar sus pecados de guerrero, es Hollywood en esto puro. Es una espejismo del pensamiento. Una declaración falaz, de manipulación política oculta. Es una trampa, un caballo de Troya, que se desliza en la conciencia del público como un regalo pero que es, en realidad, un engaño, destinado a esconder una verdad difícil de soportar pero necesaria de escuchar.
Los asesinos no piden perdón.»
PD. Las dos Odiseas, tanto la mítica como la recreada, nos servirán de excusa, a partir de nuestra próxima edición, para volver a poner el foco en la puja histórica entre potencias marítimas y potencias continentales que se manifiesta en este momento en el Este de Europa, el Asia-Pacífico y el Medio Oriente.
