Mark Carney, John A. Macdonald, y el olvido como peaje y autopista hacia un futuro incierto

La popularidad del Primer Ministro Marc Carney se dispara -y con razón- cuando se lo ve enfrentando las medidas arancelarias, los insultos, los desplantes y las pretensiones de un Donald Trump desbocado y crecientemente fuera de sí. Pero vale que nos preguntemos si alguien que está alcanzando máximos de aceptación tenía alguna necesidad de reinvindicar públicamente la memoria de John Macdonald. Y qué hay detrás de esa inesperada reivindicación. La respuesta no es sencilla. .

 

Cuéntame, la revista que estuvo en la génesis del proyecto periodístico DIÁLOGOS, en 2018 y 2019, acompañó muy de cerca la indignación que despertó en todo Canadá el descubrimiento de las tumbas clandestinas de niños que fueron secuestrados al largo del Siglo XIX y parte del XX, para ser internados en las llamadas «escuelas residenciales».

Abordamos en aquellos años los hallazgos y lo que significaban en una sociedad acostumbrada a mentirse a sí misma. Y nos hicimos eco de las muestras multitudinarias de espanto y dolor. De las auténticas y las que, como las del por entonces Primer Ministro Justin Trudeau, parecían más motivadas en el cálculo político que en un genunino interés por reparar los daños.

Profundizamos en esa vieja historia a medias olvidada y a medias escondida que salía a luz como la pus en una herida mal curada.

Nos sumergimos en el significado de aquel Canadian Indian Residential School System diseñado por Egerton Ryerson para extirpar de la mente de los niños indígenas todo vestigio de su identidad cultural maltratándolos y explotándolos hasta el agotamiento y en ocasiones hasta la muerte.

Y documentamos el movimiento que a lo largo y a lo ancho del país promovió de variadas formas el retiro de los monumentos que celebraban al propio Ryerson, a la Reina Victoria y en especial a quien fue el primer Primer Ministro de la Confederación -John A. Macdonald- el hombre que a partir de 1867 promovió la expansión y la consolidación de las escuelas destinadas a solucionar el «problema indígena» killing the indian in the child.

Un vendaval reaccionario

«Nunca permitas que la verdad se interponga entre ti y una gran noticia«, decía el cínico periodista interpretado por Tony Curtis en un film de 1964, La pícara soltera. Y esa frase, que errónemente se atribuye a Mark Twain, define bien a quienes encuentran que fabular o deformar la realidad resulta más provechoso que reconocer verdades incómodas.

Algo similar parece haber pensado el Primer Ministro Marc Carney cuando, para hacer frente a los desafíos y los riesgos identitarios, políticos y económicos planteados a Canadá por el vendaval irracional y reaccionario que nos llega desde el sur, decidió que le resultaría útil hacer a un lado al Macdonald real y desempolvar el de fábula y bronce, en una serie de videos de promoción titulada «Forward Guidance«. en los que se repite de variadas formas un concepto clave:

“Our first prime minister, Sir John A. Macdonald, recognized the threat of an expansionist United States for what it was and raced to unite this land,”. (…) “Canada needed an economic and military corridor that could connect our peoples from east to west. And so, at an incredible human and financial cost, Canadians took what was a country on paper and made it real. They built an iron spine.”

Si la primera parte de este razonamiento puede entenderse en el marco de una reivindicación de Canadá como nación enfrentada al expansionismo estadounidense desde sus orígenes (algo que ha sido desde entonces más que dudoso), es en la segunda parte en donde se nos confronta sin pudor con la falsificación y el ocultamiento. Y podemos preguntarnos ¿le hacía falta a este hombre llegar a ésto?

Porque cuando se nos habla con esa soltura y liviandad del «incredible human and financial cost», no sólo se equiparan los costos humanos con los finacieros (algo que no debería sorprendernos de quien se desempeñó durante toda su vida como banquero), sino que se naturalizan como «costos» lo que le construcción del ferrocarril significó en términos de naciones indígenas despojadas de sus tierras y expulsadas hacia el norte inhabitable y helado, el maltrato de sus niños y la amputación de su futuro, el reemplazo poblacional basado en el convencimiento de la superioridad de la raza blanca, y la sobreexplotación inhumana de los millares de trabajadores chinos que, tras abandonar sus tierras a causa de la miseria provocada por las Guerras del Opio, se vieron obligados a dejar la vida para que el tendido de esa «iron spine» canadiense atravesara las planicies y las montañas a un costo financiero razonable.

El desafío al que hoy se enfrenta el país es sin dudas de una importancia crucial. Canadá necesita que los flujos de su gas y su petróleo que hoy tienen como destino casi exclusivo el sur insaciable y crecientemente hostil, se dirijan en el futuro hacia Europa y hacia el Este Asiático. Y necesitará seguir desarrollando energías limpias, porque hacer descansar la economía del país en el ecocidio y el desbatajuste ambiental es, a mediano y largo plazo, un pésimo negocio.

Hacer que eso sea posible tendrá costos financieros, geopolíticos y sociales de importancia, porque romper con la subordinación y la dependencia nunca es un proceso fácil. Y porque la potencia que se soñó hegemónica no se resignará a perder su dominio sobre sus hermanastros del norte sin oponer una gran resistencia.

Pero si de verdad se busca la unión de los y las canadienses (y esto incluye a todos) para enfrentar por primera vez al imperio, no era necesario enfrentar el vendaval reaccionario que llega desde el sur con un discurso con aires de nostalgia adocenada y reivindicación de lo peor de nuestra historia. El olvido del dolor y las injusticias no tiene por qué ser la autopista y el peaje que Canadá pague cada vez que intenta imaginar el futuro.

Se ha hecho este mismo cuestionamiento y lo responde de forma muy atinada la periodista especializada en política federal Rachel Gilmore en una nota publicada en The Tyee Why Mark Carney Is Comparing Himself to John A. Macdonald, algunos de cuyos párrafos reproducimos a continuación:

Recently Carney has been comparing his own push to build pipelines, power plants, oil and gas and other industrial projects to Macdonald’s “iron spine.”
“The railway, [and the] Trans-Canada Highway, stitched us together from the Atlantic to the Pacific. Now we’re developing around that line, north and south, a new iron spine with an electric grid that connects each and every one of us, regardless of where we live,” Carney said in his video.
“Churchill Falls is powering communities and businesses with clean energy, enough to power every single car and truck in Canada. We’re going to build a new pipeline connecting Alberta’s resources to the Pacific ports and Asian markets.”
But as with the railway that knit Canada together in the 1880s, there’s a dark underbelly to this projects push — one Carney skirts as he describes the projects he’s pursuing.
Amnesty International has raised concerns about Carney’s Bill C-5, which allowed the government to fast-track major projects designated in the national interest. Amnesty International has warned that the legislation poses a “troubling threat” to “the rights of Indigenous Peoples.”
Then there’s the question of the environmental impacts, ones that will see Canada miss climate targets and careen into a worse climate crisis than the country had been on track to face prior to Carney taking office.
“The Carney government is cynically using the economic war with the U.S. to dismantle critical environmental regulations and pave the way for pipeline and fossil gas projects that will only deepen the climate crisis and its consequences,” said Muhannad Malas, the director of law reform for Ecojustice.
Carney is enjoying almost unheard-of popularity right now, with one recent poll showing his approval rating at 70 per cent. Following the breakdown of trade talks with the United States and almost daily insults from Trump and his officials, Canadians are overwhelmingly supportive of the Carney government’s stance to walk away from the trade talks and impose retaliatory tariffs.
But that doesn’t mean there hasn’t been backlash when Canadians learn of the alarming impacts of some of the policies the Carney government is charging ahead with.
For example, Carney proposed to give his government the power to approve projects even when there’s a real risk entire species could be driven to extinction — something that would pave the way for the port expansion that’s necessary if he’s going to build a new pipeline to the West Coast. However, public concern “has compelled the Carney government to withdraw its proposed amendment to the Species at Risk Act,” Malas said.
But this move doesn’t actually protect at-risk species such as orcas and spotted owls.
“Over the last month, Prime Minister Carney has quietly moved ahead with his plans to bulldoze through both an oil pipeline and a major port expansion. He plans to designate both of these projects as being in the ‘national interest.’ This will allow these projects to skirt environmental laws and rules that protect endangered wildlife,” Julia Levin, the associate director for national climate at Environmental Defence, explained.
“These projects will be disastrous for the endangered southern resident killer whale. By moving these projects ahead, Prime Minister Carney is choosing extinction.”
That’s not all.
Carney has admitted that Canada is abandoning its 2030 emissions reductions targets, telling Canadians we can’t afford to take the kind of bold climate action that would allow us to meet them. Carney is also actively embracing artificial intelligence — despite its thirst for water and energy — and peeling back protections that keep endangered species alive in the face of corporate greed. On top of that, one of his most-touted climate “solutions” is carbon capture, a snake oil solution to the climate crisis that is more often than not used to extract even more oil from depleted wells.
In one of his past “Forward Guidance” videos, Carney told us we couldn’t afford to restrain our oil and gas industry — and that we won’t meet our climate targets. Now, he’s using this same format to give us a fresh frame through which to view his own major projects — some of which could be environmentally catastrophic.
It makes sense that Carney invoked Macdonald’s “Iron spine” Both prime ministers pursued major projects in the face of U.S. aggression — and by framing Macdonald’s projects as a source of nation building and brushing over the harm they caused, Carney is handing Canadians the framework through which — it appears — he hopes they’ll read his present-day decisions.
(…)
These slickly produced “Forward Guidance” videos are a form of propaganda. Carney has been using these fireside chats to lay out his vision — and his preferred framing of that vision — for how his government is addressing current issues. Although the laudatory comments on the videos show that many Canadians view Carney’s message positively, there’s also no chance for journalists to push back or ask for clarification.
Carney, meanwhile, is keeping Canadians afraid of U.S. aggression — repeatedly reminding us of this risk with every new potentially unpopular move, from undoing Senate reforms to announcing a new oil pipeline. In nearly all of his press releases, Carney regularly reminds Canadians the world is “changing,” “uncertain” and “dangerous.”
The prime minister’s agenda has currently set him on a path to trample on rights, destroy ecosystems and retreat in the fight against climate change. He wants this to be seen through a lens of doing what’s necessary to unite the country in the face of U.S. aggression — but who is left out of that vision?
The answer to that question bears striking similarities to those left out of Macdonald’s vision for Canada. Perhaps that’s why Carney, in his new video, seeks to frame Macdonald as a man who brought Canada together — even at great “cost.

Se accede a la nota completa de la periodista Rachel Gilmore en The Tyee

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