Ya llegaremos a lo que anuncia el título: Bad Bunny, el perreo, el celeste de la bandera independentista, y la espina latina clavada en la tripa angloviolenta, ávida y blancuzca del imperio. Pero como hacemos siempre que nos es posible, miraremos antes una vieja imagen que nos ayudará a enfocar mejor lo que hoy nos pasa (sí; lo que nos pasa a todos) en el Caribe. .
Un picnic con nuevas amiguitas

Estamos en 1898 (para más datos, en septiembre). Es un fin de siglo en el que comienza la historia de la America moderna.
Y estamos presenciando una escena vintage, naïve y campestre que, paradójicamente, pre-anuncia las imágenes que sorprendieron a 140.000.000 de espectadores hace pocos días, durante los 14 minutos de la actuación de Bad Bunny en el mediotiempo del Super Bowl.
Observemos con atención, porque cada pequeño detalle importa.
El carruaje desborda de niñas y niños (rubios casi todos ellos) que salen de picnic dominical. Entre las criaturas, que podemos adivinar que representan a los distintos Estados de la Unión, destaca Hawaii, que ha sido anexada -a la fuerza, por supuesto- en julio de ese mismo año.
Los caballos -Unión y Libertad- han hecho un alto para que el cochero (un viejo conocido nuestro a quien no es necesario presentar) ayude a subir a cuatro pequeñas de tez oscura y faldas demasiado cortas para los usos de la época. Es lo que corresponde a niñitas hispanohablantes, un poco asilvestradas y de raza indefinida.
En los tiempos que corren es casi imposible no asociar esta imagen que estamos analizando con los archivos del caso Epstein, pero dejemos esa tentación de lado, porque lo que nos importa es la Historia y lo que aquel picnic nos ha dejado como herencia.
Optimismo y sabiduría
La página web del archivo de imágenes de la Biblioteca del Congreso nos describe la escena sucintamente pero con precisión:
Print shows Uncle Sam helping four little girls labeled «Philippines, Ladrones, Porto [i.e. Puerto] Rico, [and] Cuba» onto a wagon filled with many other young children, including «Hawaii»; two horses harnessed to the wagon are labeled «Liberty» and «Union». An old man, wearing a hat labeled «Monroe Doctrine», is sitting on a log nearby and asks Sam if the wagon isn’t getting too full.
La presencia de ese hombre ya viejo, y por su edad experimentado y presumiblemente sabio, sentado al borde del camino, encarnando a la Doctrina Monroe, nos da la pista para sospechar que quizás estamos frente a un problema. Y el breve diálogo coloquial entre él y un Tío Sam optimista y confiado, nos lo confirma. Vale la pena prestarle atención a lo que dicen:
Old Party: Ain’t ye takin’ too many in, Sam?
Uncle Sam: No, Gran’pa; I reckon this team will be strong enough for them all!
¿No serán demasiados?
¿No estarás takin’ too many in? ¿No serán demasiados? era una buena pregunta. Pero esa pregunta escondía otra, con tanto o más sentido que la primera: ¿no serán, además de demasiados, demasiado diferentes? ¿Esas niñitas que están a pundo de subir no acabarán siendo un problema?
Lo que preocupa al anciano que en 1898 observa la escena había desvelado a los angloamericanos desde el comienzo mismo de la expansión estadounidense hacia el oeste y hacia el sur. La repugnancia por el mestizaje. La necesidad de mantener aparte lo que contamina y pone en tela de juicio una superioridad moral y racial que daban por descontada.
Para comprender el alcance de esa obsesión supremacista deberemos ir brevemente hacia atrás.
Cincuenta años antes, cuando en 1848 los EEUU le habían arrebatado a México la mitad de su territorio, pudieron haber avanzado más hacia el sur, pero evitaron apoderarse de territorio habitado por «razas indeseables».
Ya lo hemos hecho en anteriores oportunidades, pero no está de más recordar las palabras de senador John C. Calhoun de Carolina del Sur, pronunciadas en el Congreso el 4 de enero de 1848.
«We have never dreamt of incorporating into our Union any but the Caucasian race—the free white race. To incorporate Mexico, would be the very first instance of the kind of incorporating an Indian race; for more than half of the Mexicans are Indians, and the other is composed chiefly of mixed tribes. I protest against such a union as that! Ours, sir, is the Government of a white race.»
Calhoun no fue el único, porque la preocupación del momento era evitar que esa población que no era negra -y que por lo tanto no podía ser esclavizada- pero que tampoco era blanca -y por lo tanto no debía ser tratada en condiciones de igualdad-, contaminara la pureza de un nuevo país concebido por Dios para regir el mundo.
Como anota Paul Frymer en Building an American Empire: The Era of Territorial and Political Expansion, la misma ideología supremacista del Destino Manifiesto que impulsaba la expansión, también la limitaba por el temor a integrar población no blanca, y sobre todo a quienes tenían una cultura ya híbrida e impura.
Las cuatro niñas, aquel año
Volvamos al año 1898 (aciago si los hubo) y a la escena que nos ocupa con las cuatro niñas de faldas cortas y tez amarronada que han sido invitadas al picnic dominical.
La preocupación de Calhoun y sus amigos sique viva. Pero son tiempos turbulentos, los negocios han progresado de modo increíble, los EEUU ya cuentan con una marina que les abre las puertas a nuevos horizontes, y acaba de finalizar la Guerra Hispano-Estadounidense, lo que deja a sus ex-colonias al alcance de cualquier zarpazo oportuno.
Aquel mismo año Filipinas, en los confines del sudeste asiático, después de años de lucha contra el Imperio Español, ha declarado su independencia. Pero no es ese el plan de la America que en todo busca intervenir y todo lo quiere para sí. Comienza así una guerra de ocupación y resistencia que se prolongó hasta 1902 y fue el primer genocidio del Siglo XX.
Los EEUU habían asegurado a los filipinos que los ayudarían en su lucha por la independencia a cambio de que colaboraran con ellos en la guerra contra España, pero una vez alcanzada la victoria el Presidente McKinley (considerado por Donald Trump como el mejor presidente de la historia norteamericana) afirmó que una noche Dios se había comunicado con él y le había asegurado que aquella gentuza no podía gobernarse sola.
Se enfrentaron en aquella guerra más de 100.000 soldados estadounidenses con una fuerza filipina que no pasaba de los 30.000 efectivos. Las víctimas civiles, de todas las edades, se han calculado en aproximadamente 1.000.000. Muchas de ellas a consecuencia de una epidemia de cólera provocada por la contaminación de los pozos de agua.
En un ensayo titulado To the Person Sitting in Darkness, que todos deberíamos leer, Mark Twain dio rienda suelta a la angustia y la vergüenza que le causaba presenciar la barbarie de su propio país en aquella guerra de rapiña, pero también en las aventuras coloniales que en ese mismo momento, 1898, se llevaban por delante los procesos independentistas de Cuba y de Puerto Rico. Las otras dos niñas que en la ilustración que estamos analizando esperan para subir al carruaje que las llevará de paseo.
Con esas dos niñas -y con las nietas e hijas de las hijas de sus hijas, con Bad Bunny y el chaleco antibalas debajo de su ropa, con la bandera de los independentistas de PR, con los apagones que dejó el Huracán María y parecen destinados a ser perennes, con los inmigrantes y con la lucha en contra de ICE y el fascismo, con el español y su herencia, y con lo que salió mal en los planes de los EEUU en el Caribe, nos encontraremos en la Segunde Parte de esta nota.
