Las raíces rusas del Israel genocida. Una vieja y desgraciada historia

Cuando el polvo que enturbia el aire se asiente y los buldozers hayan transformado las ruinas en un plano. Y cuando sobre ese plano los paisajistas proyecten la Riviera Gazatí. Y después de que miles de palestinos famélicos deban aceptar que están solos y planten juiciosamente las palmeras de un paraíso turístico, ajeno y de dudoso gusto, los olvidaremos.

 

Ocurre aunque uno no quiera. . El cerebro está construido de esa manera. Olvidamos lo que no queremos o no soportamos recordar.

Pero antes de que el olvido tiña con tonos de sepia los anhelos, la cultura, las alegrías, las promesas, los kufiyas, las esperanzas y el sufrimiento de tantísima gente, y mientras el duelo aún sea duelo y no mera memoria, será buena cosa hacer el esfuerzo de comprender por qué el horror no sólo fue posible, sino que resultó además -por lo que hemos visto hasta hoy- inevitable.

El horror es multifacético, y en el caso de este primer genocidio perpetrado a la vista de Dios y del mundo, y filmado y fotografiado hasta la saciedad, una de las preguntas que nos mantendrán ocupados por algún tiempo es ¿cómo fue posible que tantas personas respetables, educadas y decentes, no sólo aceptaran que eso se perpetrara en su nombre sino que además lo aplaudieran, lo festejaran y pidieran más?

Que más de un 80% de los judíos israelíes crea que la expulsión de 2 millones de personas de su propio país es justa, o que el 47% esté de acuerdo con que «una vez conquistado un territorio enemigo el Ejército Israelí debe seguir el ejemplo de Josué en Jericó y matar a todos sus habitantes» no es algo que pueda asumirse como normal.

Deberemos encontrar razones para tanto odio acumulado y para tanta maldad, porque la hipótesis ingenua y a menudo malintencionada de «esto es la respuesta al terrorismo de Hamás» deja de lado que el drama comenzó muchas décadas antes de que Hamas existiera, y que es contemporáneo con el inicio mismo de la colonización judía del territorio palestino.

Las razones de la sinrazón

A la hora de explicar la magnitud de la violencia desatada frente a nuestros ojos en Palestina no nos encontraremos con una sino con muchísimas razones. Las que detectemos con facilidad no serán todas. Será necesario escarbar en el barro de la historia intentando encontrar pistas y pequeños fragmentos como hacen los arqueólogos en el fondo de las cuevas.

Algo de eso hemos hecho a lo largo de estos dos últimos años, abordando los vínculos entre el colonialismo israelí y una religiosidad tortuosa centrada en la creencia de que un pueblo ha sido elegido por la divinidad para ejercer dominio sobre los otros, pero no tiene por qué ser esa la única razón de tanta locura.

En una nota reciente publicada por Rafael Poch en la revista digital española CTXT, aparece destacado un dato útil a la hora de echar luz sobre este tema: «Todos los Primeros Ministros israelíes desde la creación del Estado de Israel hasta la fecha -menos Naftali Bennett, que solo ocupó esa responsabilidad desde junio de 2021 a junio de 2022- nacieron o son hijos de personas nacidas en territorios que alguna vez formaron parte del Imperio ruso (Rusia, Polonia, Bielorusia o Ucrania)». 

Que todos los Primeros Ministros de Israel -fueran del partido que fueran- hayan sido inmigrantes de primera o segunda generación llegados desde la zona de frontera entre el Imperio Ruso y la Europa Occidental es, en apariencia, apenas un dato. Una coincidencia.

Pero esa extraña uniformidad no es lo que uno esperaría de un país que ha recibido, a lo largo de los últimos 80 años, varios millones inmigrantes de toda Europa y de toda América. Debe haber algo detrás, y en el resto de esta nota seguiremos ese rastro para ver a dónde nos lleva.

¿Hay algo ahí?

Los siglos infames

Hacia finales del Siglo XIX la modernidad había llevado a Europa una ola de secularización, nuevas ideas y nuevos conocimientos, que favorecieron cierto grado de integración social, cultural y política de la población judía en la mayor parte de los países más avanzados. Esos son los judíos que nos vienen a la mente cuando miramos hacia ese siglo y ponemos el foco en las finanzas, la filosofía, las ciencias, o las artes: la famila Rothschild, Karl Marx, Sigmund Freud, Gustav Mahler, Franz Kafka, Heinrich Rudolf Hertz…

Sin embargo, ese panorama de relativa integración, prosperidad, audacia intelectual y vanguardismo, se transforma en algo totalmente diferente si dirigimos la mirada hacia lo que era, en ese mismo momento, la situación de los judíos en el por entonces Imperio Ruso.

La política oficial de la Rusia zarista hacia los judíos había estado dominada durante siglos por tres conceptos clave:

En primer lugar, la Zona de Asentamiento (Cherta osedlosti): Una vastísima franja territorial establecida en 1791 por Catalina II en el oeste del imperio, desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro, que comprendía partes de lo que hoy son Polonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. (Un teatro ideal para las guerras, dicho sea de paso y entreparéntesis). Para que no contaminaran con su presencia la Rusia profunda, la inmensa mayoría de los judíos estaba legalmente obligada a residir en esa zona de frontera -exceptuando las ciudades importantes, como Kiev, en donde estaba prohibida su permanencia-.

En segundo lugar, operaba la discriminación legal y económica a través de una serie interminable de leyes destinadas a marginar a los judíos y a dificultar al máximo sus posibilidades de estudio o progreso económico y social. Mediante esas leyes, además, se los privaba de nacionalidad y se los obligaba a permanecer en calidad de extranjeros a lo largo de generaciones.

Y en tercer lugar nos encontramos con algo que será determinante para nuestra historia. La aceptación por parte del Estado de formas extremas de violencia «espontánea» en forma de pogroms (destrucción en ruso), mediante los cuales se incendiaban poblaciones enteras, se asesinaba a sus habitantes y se los despojaba de sus pertenencias o sus tierras. Si bien los pogroms eran una constante, el mayor número y los de mayor violencia se concentraron en dos oleadas, entre 1881 y 1883 una, y entre 1903 y 1914 la otra.

Nos convendrá recordar estas fechas.

La opresión y las respuestas

El grado de opresión y de violencia a los que se veía expuesta la población judía del Imperio -que se tornaba todavía más insoportable en contraste con la situación que se había comenzado a experimentar en los países limítrofes-, dio lugar a un abanico de respuestas, desde las más pacíficas hasta las más extremas.

Entre las primeras destacó, obviamente, la emigración. Entre 1880 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, más de 2 millones de judíos abandonaron el Imperio Ruso, la mayor parte de ellos con rumbo a Norteamérica, Argentina (no nos debe extrañar que en el Río de la Plata se le dijera «rusos» a todos los judíos), pero también hacia Palestina.

Otras de las respuestas -sobre todo entre los jóvenes- fueron el activismo político, la búsqueda de raíces identitarias, la creación de organizaciones de autodefensa en las que el componente de violencia terrorista estaba muy presente, el involucramiento intenso en partidos revolucionarios como los que protagonizaron las revoluciones armadas de 1905 y 1917 en contra del zarismo y, conviviendo y entrelazado con todo lo anterior, la aparición del Sionismo, inspirado en un nacionalismo etno-religioso de «retorno a Sión», en el cual haremos foco a partir de ahora.

Las Aliyás y el Estado difuso

De esa interacción entre persecución constante, desesperación, el uso consecuente de la violencia como herramienta política y de autodefensa, la clandestinidad, y un nacionalismo milenarista y exaltado, surgieron la Primera y la Segunda Aliyás, las dos primeras olas inmigratorias organizadas de los judíos rusos hacia Palestina, por entonces parte del Imperio Otomano.

La Primera Aliyá se desarrolló a partir de 1883, coincidiendo con la ola de pogroms que se desataron contra la comunidad judía como venganza por el atentado durante el cual la organización anarquista Nardnaya Volya (la Voz del Pueblo) ejecutó en 1881 al Zar Alejandro II.

Sólo dos integrantes de la organización eran judíos, pero eso bastó para que se desatara en un vendaval de violencia y muerte en todo el Imperio.

Esa primera oleada inmigratoria hacia Palestina fue anterior a la formulación de las ideas centrales del sionismo, que serían presentadas por Theodor Herzl en el Primer Congreso Sionista Mundial de 1897, pero ya estuvo imbuída por lo que se definía como «Amor a Sión» (Hovevei Zion).

La Segunda Aliyá se desarrolló a partir de 1904, coincidiendo con la  nueva oleada de pogroms que se había iniciado en el Imperio Ruso en 1903 y que se vio reforzada tras el relativo fracaso de la revolución de 1905 -que determinó una nueva persecución de las organizaciones judías y socialistas más radicales-. Ese nuevo pujo migratorio hacia Palestina se extendió hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914.

Durante la Segunda Aliyá, décadas antes del reconocimiento de un Estado israelí, se crearon las primeras experiencias agrícolas colectivistas (kibutz), el movimiento sindical «Histadrut», y también la organización de autodefensa «Hashomer», destinada en sus inicios a protejer los asentamientos judíos, pero devenida más adelente en la primera de muchas organizaciones de caracter paramilitar (Haganá, Irgun, Lehi) escindidas las unas de las otras, crecientemente feroces, y abiertamente terroristas.

Había tomado vida la idea de que lo emigrantes no se incorporaban a un lugar habitado por otro pueblo, sino que retornaban a la tierra de la que manan leche y miel que los judíos habían recibido de la divinidad y que por lo tanto era suya. La semilla del colonialismo supremacista y de origen divino ya estaba plantada.

Frontera, enemistad y terror

Tras la Declaración Balfour de 1917 mediante la cual el gobierno británico reconocía su interés en el establecimiento en Palestina de un «hogar nacional» para el pueblo judío, comenzó un proceso de nueva «fronterización», colonialismo exacerbado y violencia organizada que pasó de la defensa de los asentamientos a una campaña ofensiva y de insurgencia contra la población árabe-palestina que abarcó incluso a las fuerzas del Mandato Británico cuando intentaban poner algún freno al terror desatado.

Grupos como el Irgun y el Lehi emplearon tácticas que son clasificadas de forma casi unánime por historiadores y por el derecho internacional como «actos de terrorismo», que terminaron, tres décadas después en la Nakba de 1947 -con 750.000 desplazados-, un nuevo Estado que se asumió como nueva frontera entre el Occidente y la barbarie, y una voracidad territorial y genocida sin límites que hoy nos lastima los ojos.

Como recuerda Rafael Poch en su nota citando a Yakov Rabkin y Yakov Yadgar, historiadores de la Universidad de Montreal, «Israel ha sido resultado de la fusión de diversas diásporas nacionales (rusa, polaca, marroquí, yemení, alemana, etc), pero de todas ellas ha sido la rusa la que más ha marcado la mentalidad y el modus operandi a las demás, hasta convertirse en hegemónica y preceptiva hasta nuestros días, lo que es especialmente cierto en lo que refiere a las tres agencias de seguridad gubernamentales: el Mossad, servicio secreto exterior, el Shin Bet, el servicio secreto interior, y Aman, la inteligencia militar.

El primer director del Mossad, fundado en 1949, fue Reuven Shiloah (Zaslansky), nacido en Jerusalén pero hijo de judíos lituanos. Su sucesor fue Isser Harel (Israel Galperin) nacido en Vitebsk (Bielorrusia, en 1912), que también fundó el Shin Bet. Sus sucesores en el cargo, Meir Slutsky y Zvicka Zarzevsky eran polacos. El siguiente, Yitzhak Hofi, era hijo de padres nacidos en Odesa. Su sucesor Nahum Admoni (Rothbaum) era hijo de judíos polacos. Otro histórico que dirigió la agencia hasta 2011 Meir Dagan (Huberman, nacido en Jerson, Ucrania) también era hijo de una familia originaria de Polonia… La mayoría de los trece directores de la agencia nacieron o fueron hijos de personas nacidas en territorios del imperio ruso».

Las raíces y la reflexión

Buscar las raíces de un fenómeno extraordinario del presente en el pasado, nos lleva siempre a hallazgos imprevistos y potencialmente interesantes, pero que no siempre tienen la solidez necesaria. Y como decíamos en el comienzo, entender cómo y por qué tantas personas aplauden hoy dentro pero también fuera del Estado de Israel una política genocida, o comprender por qué tantas personas que viven junto a nosotros necesitan presenciar tanta destrucción para sentirse a gusto, será una tarea que consumirá muchos años y mucho esfuerzo. Ha sucedido también a propósito del nazismo o la colonización europea de América y África.

De todos modos, el posible nexo entre los sufrimientos sufridos en esta vieja y desgraciada historia de persecuciones, exclusión y pogroms, y la voluntad de provocar sufrimiento en otros o la frialdad frente al sufrimiento ajeno, es un buen material para la reflexión, mientras hacemos el duelo por lo que no hemos sido capaces de evitar.

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