La crueldad y el intercambio (2). Algo más rápido que los caballos nos amarró al futuro

Cuando el virus que transportaban las carnes macilentas y afiebradas de Francisco de Eguía llegó aquel 5 de marzo a la costa de Veracruz y algunas semanas después a Tenotchitlan, se había desencadenado un proceso inevitable. Él, como vimos, no era necesario. El mes y el día pudieron haber sido otros. Pero aquello acompañó a los conquistadores abriendo las puertas y allanándoles el camino en todo su periplo americano. .

 

Eso (la viruela y sus compañeras de viaje como la gripe, el cólera o el sarampión) y no la conquista o al menos no la conquista tal como la conocemos, fue lo inevitable. Todo lo demás pudo haber sido diferente y vale la pena que nos detengamos en ello ya que se trata de un tema al que recién nos estamos asomando. Un tema que la narración colonial de lo ocurrido nos ha impedido ver.

Lo que la historia nos ha mostrado, en cualquier lugar del continente en que nos atrevamos a detenernos, se parece muchísimo a este poema nahuatl en el que se narra la toma de Tenotchitlan recogido por Fray Bernardino de Sahagún en 1528:

«Y todo esto pasó con nosotros / Nosotros lo vimos / Nosotros lo miramos asombrados / Con esta triste suerte y esta angustia.
En los caminos yacen dardos rotos / los cabellos están esparcidos / destechadas están las casas / tienen sus muros enrojecidos por la sangre / Pululan los gusanos por calles y plazas / y en las paredes hay sesos salpicados / Rojas están las aguas, están como teñidas / y cuando las bebíamos era como si bebiéramos aguas de salitre».

Eso es lo que hemos aprendido a llamar “conquista”. Un huracán. La toma de unos pueblos primitivos, pintorecos pero atemporales y destinados al fracaso, por parte de gentes poderosas e invencibles que dejan a su paso un territorio devastado, nuevamente virgen, resignado a que enraíce en él la civilización.

El relato de la conquista y la posterior colonización es tan potente y nos ha embelesado de tal forma que ni siquiera nos preguntamos qué sentido pudo haber tenido destruir ciudades hasta los cimientos si eso no era necesario (si no destruyeron los cristianos Córdoba o Granada, habitadas durante 9 siglos por infieles ¿por qué habrán pensado que era necesario destruir Tenochitlan?). Y hace muy poco hemos podido empezar a respondernos: por locura; por incapacidad; por miedo. Porque quizás eran conscientes, de alguna manera, del mal que estaban produciendo. Pero además, porque debían imponer el terror incluso entre sus propios aliados, que habían sido los reales vencedores en aquella masacre en la que buena parte de los asesinados, eran enfermos y estaban moribundos.

Un rosario de derrotas y una victoria sin alma

Los señores tlaxcaltecas que se aliaron a Cortés en el ataque a la capital mexica estuvieron a punto de derrotarlo cuando finalmente decidieron unirse a él, y otra hubiera sido la historia de España en América sin esa alianza. Si los invasores se hubieran retirado vencidos en ese momento les habría resultado muy difícil volver.

Como señala el historiador mexicano Pedro Salmerón Sanginés en un libro que acaba de publicarse en su país, La batalla de Tenotchitlan, la mayor parte de las batallas o simples encontronazos entre las fuerzas de Cortés y los indígenas fueron resonados fracasos hasta que éstos vieron en los españoles a posibles aliados en su conflicto con el imperio mexica. No fue la Noche Triste la única noche en la que Hernán Cortés debió llorar una derrota. Ese pudo haber sido su estado habitual. Si Octavio Paz dijo a mediados del Siglo XX que se podía rechazar a Cortés pero era imposible no admirarlo, hoy su juicio ha perdido todo fundamento.

Pánfilo de Narváez pudo haber arrestado a Cortés y haber regresado con su prisionero a Cuba con lo que, nuevamente, los aztecas habrían estado sobre aviso y en condiciones de rechazar una nueva invasión. Tenían a su favor un poderío militar que ni el hierro, ni la pólvora, ni los caballos de los españoles podían equiparar.

Se pregunta Pedro Salmerón: “¿Seguimos pensando que un puñado de españoles sojuzgaron un imperio? En la guerra contra México-Tenochtitlan participaron menos de 3 mil europeos, de los que se calcula que un millar murieron en la noche de la huida y la batalla de Otumba, la mayoría por infecciones de las heridas. Cientos fueron capturados vivos y sacrificados entre julio de 1520 y junio de 1521. Otros murieron en diversas acciones. Es decir, Cortés llevó a la muerte al menos a dos de cada tres de sus hombres.»

Y relativizando el relato de “la conquista”, agrega: «La guerra fue mesoamericana y la victoria, de los 90 mil guerreros mesoamericanos que con sus propios mandos estaban presentes en el verano de 1521 en la cuenca de México. Los españoles usufructuarían luego la victoria, pero esa es otra historia que no tiene que ver con el inexistente enfrentamiento entre “modernidad” y “atraso”, ni con el inexistente “genio militar” de Cortés.”

Por último, como remarca el propio Salmerón, la toma y destrucción de la capital azteca fue apenas el triunfo sobre uno de los señoríos mexicas, y eso estaba muy lejos de significar el dominio sobre todo el territorio mesoamericano o de lo que luego fue la Nueva España. Ese domino requería más que la toma y la destrucción de una ciudad por hermosa que fuera y por poderosos que hubieran sido sus señores. Ese dominio requería más que cañones, hierro, perros o caballos. Más que naves, intrigas o traiciones.

Algo más rápido que los caballos

Cuando casi 3 décadas después, en 1550, en las zonas orientales y centrales del altiplano, comenzó la Guerra Chichimeca (que no se resolvió en algunos meses como la toma de Tenotchitlan sino que se prolongó por más de medio siglo), la viruela y sus compañeras de viaje ya estaban instaladas, y habían ya diezmado a la población.

El caso de la Guerra Chichimeca así como las dificultades que los españoles debieron enfrentar para hacerse del control de la zona maya en Yucatán, cuyo último señorío se rindió recién en 1697, son apenas muestras -y están lejos de ser las únicas- de que no fue la toma de Tenochitlan ni fueron las ventajas militares de los recién llegados o la “superioridad de la civilización europea” quienes les rendían ante si un continente. La victoria se debió, en mucho mayor grado que el sospechado hasta hace pocos años, al set de enfermedades que eran capaces de desplazarse con más rapidez que sus caballos y matar con mucha mayor eficacia que sus armas.

Si los tlaxcaltecas no se hubieran aliado a Cortés, si los hombres de Pánfilo de Narváez no se hubieran dejado seducir por el hombre a quien debían detener, o si éste hubiera sido capaz de ser no el destructor sin alma sino un nuevo gobernante de los pueblos que se le rendían, todo hubiera sido diferente de un modo que ni siquiera podemos imaginar… Todo menos una sóla cosa: la mortandad iniciada aquel 5 de marzo de 1520 cuando Francisco de Eguía, el esclavo llegado de la ya diezmada Cuba, llegó a Zempoala con fiebres altas, no hubiera cambiado un ápice.

La debilidad y el llanto

Si en la nota anterior debimos dejar en su camastro de moribundo a Francisco Eguía, ahora deberemos abandonar las especulaciones acerca de “qué hubiera sucedido si…”, porque nos importará acercarnos a qué significó para aquel mundo recién invadido la desaparición súbita, en poco más de un siglo, de varias decenas de millones de personas.

Y preguntarnos no sólo qué significó para ellas o para quienes convivían con quienes enfermaban y morían sin que al principio se conociera el por qué. En ese terreno sólo cabe imaginar el dolor por las pérdidas. El terror de no entender por qué los viejos dioses nos han abandonado. El trauma de ver que a ellos, a los recién llegados, aquella maldición no los afecta del mismo modo y siguen adelante con su saña y su sed inacabable. Las aldeas vacías. Los llantos. Los huérfanos sin madre y las madres sin nadie. Las cosechas que se pierden porque no han quedado brazos para levantarlas. Los campos que ya no se siembran. El hambre. La debilidad, y la esclavitud, y nuevamente la enfermedad, y el trabajo forzado llevándose a los más débiles, en una sucesión interminable. Generación tras generación.

Eso es lo que pasó con las personas. Lo conocemos por los testimonios escritos. Y es relativamente fácil imaginarlo. Pero hay algo que hemos mencionado al pasar y que hasta hace pocos años nos había pasado desapercibido… ¿qué pasó en aquellos campos que habían estado dedicados al cultivo y que ahora eran invadidos por maleza, por arbustos y por árboles?

El frío inesperado

Alexander Koch, geógrafo y profesor de Ciencias del Clima junto a otros científicos del University College London que han estudiado en detalle el período y las consecuencias de la desaparición en un plazo tan breve del 10% de la población mundial, han establecido que el regreso de la vegetación original a las áreas anteriormente cultivadas del continente americano fue uno de los factores determinantes de la segunda fase del fenómeno conocido como Pequeña Edad del Hielo, que se extendió desde el Siglo XV hasta pasada la primera mitad del Siglo XIX.

Concluyen Koch y sus colaboradores:

«This human tragedy meant that there was simply not enough workers left to manage the fields and forests. Without human intervention, previously managed landscapes returned to their natural states, thereby absorbing carbon from the atmosphere. The extent of this regrowth of the natural habitat was so vast that it removed enough CO₂ to cool the planet.

The lower temperatures prompted feedbacks in the carbon cycle which eliminated even more CO₂ from the atmosphere – such as less CO₂ being released from the soil. This explains the drop in CO₂ at 1610 seen in Antarctic ice cores, solving an enigma of why the whole planet cooled briefly in the 1600s. During this period, severe winters and cold summers caused famines and rebellions from Europe to Japan.»

Durante ese lapso (y para mencionar sólo los efectos de la Pequeña Edad del Hielo en Europa, el lugar de origen de quienes estuvieron en el punto 0 del proceso), fue frecuente que en invierno los londinenses pudieran patinar sobre las aguas congeladas del Támesis o que nevara en Lisboa, Sevilla o Valencia.

Pero además, hizo mermar la productividad de las áreas de cultivo del norte y el centro de Europa, determinando una serie de períodos de escasez y hambrunas, conflictos bélicos, desempleo estructural, y la recurrente búsqueda de “chivos expiatorios” en comunidades como la judía y la gitana. Fueron incalculables las muertes que provocó, durante casi 3 siglos en la lejana Europa, el cambio climático al que contribuyeron las provocadas por la “conquista” de América.

La papa, un producto que había llegado desde los Andes en el siglo XVI, fue el factor que impidió que las hambrunas provocadas por aquella crisis climática no tuvieran aún peores consecuencias, pero de todas formas para Europa aquellos inviernos fueron devastadores.

Sobre el final de aquel difícil período y con el agravante de que los cultivos de papa comenzaron a ser afectados por una nueva peste, millones de personas hambrientas, perseguidas, o desempleadas, emigraron hacia las Américas, atraídas por las posibilidades que brindaba un continente vasto, rico y con una población todavía insuficiente o «reemplazable». El continente al que algunos siglos antes el esclavo Francisco de Eguía, le había legado aquel virus que lo ató a su propio futuro.

Volveremos a este tema, pero nos enfocaremos en algo tan prosaico como la papa: ese desconocido milagro americano.

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