Afghanistán: El misterio del arsenal «abandonado» y la resaca de una embriaguez colonial

Cuando tropas extranjeras que han ocupado un territorio se ven obligados a retirarse ¿se espera que dejen un arsenal completo a disposición de quienes los desalojan? Y si eso tan anómalo se produce ¿debe ser interpretado como la consecuencia de una huída sin orden ni concierto, o podría tratarse de una decisión deliberada? .

 

Sólo el tiempo responderá las decenas de preguntas que han quedado planteadas a partir de la retirada apresurada de las fuerzas armadas estadounidenses y de la OTAN de un país que simularon ocupar durante 20 años y en el cual, una vez que la realidad comienza a salir a la luz, ni siquiera está claro qué hacían.

Una de las hipótesis que se manejan es que 40 aeronaves, una cantidad indeterminada de helicópteros artillados y de drones capaces de bombardear con una altísima precisión blancos remotos, más de 2.000 vehículos blindados, y millares de fusiles y lanza misiles portátiles no se dejan en el territorio que se abandona por un simple olvido o por la urgencia de desaparecer de la escena antes de que suceda lo peor, sino que pueden haber sido dejados allí deliberadamente para que los talibanes abastezcan a sus filiales en los países limítrofes y contribuyan a la desestabilización de toda la región.

Que esa hipótesis sea plausible o descabellada no es absolutamente central, pero nos puede servir de excusa para volver al tema al que nos acercamos en nuestra nota anterior, esta vez, con un mapa en la mano, que es la mejor forma de saber dónde estamos.

Mapa del relieve de Afghanistán y sus fronteras. Vale tener en cuenta que las zonas fronterizas con las tres repúblicas del norte, Turkemenistán, Uzbekistán y Tajikistán son el Desierto de Garagum y las estribaciones montañosas del Indu-Kush

 

Recordemos ante todo que Afghanistán es, más que un país, una región mucho más amplia. Y que la mayor parte de su territorio ocupa una zona endiabladamente montañosa y escarpada, el Indu Kush (una prolongación occidental del Himalaya), sobre la cual se han dibujado líneas fronterizas que no necesariamente responden a necesidades propias de la población que allí vive sino que mucho tienen que ver con lo que fueron los intereses británicos en la zona durante el siglo XIX. Aquellas lluvias nos dejaron estos lodos.

Ese territorio tiene un potencial en minerales -que incluyen las tierras raras y el litio-estimado en 1 trillón de dólares lo que nos genera una nueva incógnita muy difícil de resolver: ¿a quién le podría resultar provechoso irse de un lugar potencialmente tan rico?

 

Por otra parte, sería muy difícil hablar de un Estado afghano, porque los intentos por desarrollarlo siempre han chocado no sólo con la geografía sino también con la idiosincracia de quienes en ella viven. Los intereses tribales y las particularidades religiosas, étnicas y culturales en juego han hecho fracasar todos los intentos de construir un Estado tal como lo concebimos. La última ocupación, como sabemos, no fue la excepción, sino posiblemente el fracaso más estrepitoso.

No está claro en qué se dilapidaron los más de dos billones de dólares que occidente y en especial EEUU hicieron transitar a través de Afgahanistán a lo largo de las dos últimas décadas. Según revela ahora la prensa que no lo dijo antes, casi todo se gastó en el mantenimiento de las propias tropas y en el pago de los intereses generados por la propia invasión (recordemos que estas cosas no son gratis y siempre hay bancos que prestan el dinero). Por esa razón no fue mucho lo destinado a hacer posible una sociedad más democrática e inclusiva, y no se invirtió prácticamante nada en el desarrollo productivo del país. Una elite de funcionarios que habían pasado casi toda su vida en el extranjero volvió y construyó una sociedad paralela y protegida que terminaba allí en donde los drones de los ocupantes defendían sus privilegios. El resto fueron más de 30.000.000 de personas abandonadas a la desesperación, la malnutrción, y el resentimiento. La resaca de una embriaguez de poder.

Que los plantíos de amapola y la producción de opio y sus derivados, actividades que no requieren inversiones pero sí se benefician de una militarización del territorio, hayan tenido un crecimiento exponencial durante la ocupación, muestra dónde estaban los intereses de los ocupantes, pero abre otras incógnitas, como, por ejemplo: ¿cual podría ser la extraña razón por la cual las potencias occidentales descuidaron lo que podía maximizar sus beneficios y asegurar la continuidad de su propio proyecto?

Las fronteras y lo que separan

Hechas esas salvedades, pongamos nuestra atención en las fronteras y sobre todo en lo que esas fronteras delimitan: Afganistán tiene un total de 5.530 km de fronteras con seis países. La más larga es la del sureste y sur, con Pakistán, con unos 2.640 km. Afghanistán también tiene fronteras al oeste con Irán (936 km) y al norte con Tayikistán (1.206 km), Turkmenistán (744 km) y Uzbekistán (137 km). La frontera más corta lo separa de la provincia china de Xinjiang y tiene apenas 76 km; se encuentra al final del corredor de Wakhan, una estrecha franja de tierra de 241 de longitud que en su punto más estrecho solo tiene 9 km de ancho. A ésta nos referiremos muy especialmente.

La simple enumeración de las fronteras puede no darnos muchas pistas acerca de la complejidad de la situación que definen, por lo que no estará de más poner el foco en algunos datos interesantes que nos ayudarán a completar el panorama.

Afghanistán tiene una de las tasas de alfabetización más bajas del mundo (apenas el 43%) mientras que las tres repúblicas ex-soviéticas con las que limita hacia el norte, están entre los países con tasas de alfabetización más altas (99.8, 99.7 y 99.99% respectivamente). Los tres son países en vías de desarrollo con renta baja y media baja, y sus tasas de población viviendo por debajo de la línea de pobreza son sustancialmente menores a las de Afghanistán con el agravante de que en éste, la pobreza se ha incrementado en los últimos años y la producción local no alcanza a cubrir el 50% de las necesidades alimentarias.

Se trata de 3 países de mayoría musulmana pero diferentes a la población afghana desde el punto de vista étnico y religioso, de economía esencialmente agrícola y con estructuras sociales decidamente patriarcales pero que, sin embargo, tienen niveles de incorporación de las mujeres a la vida pública impensables en la sociedad afghana.

Nunca las fronteras son del todo naturales pero las que separan Afghanistán de sus vecinos del norte, además de estar enclavadas en zonas desérticas o de difícil acceso, delimitan realidades culturales diferentes.

Una frontera que atraviesa una misma realidad

A diferencia de las fronteras que Afghanistán tiene con sus vecinos del norte, la extensa frontera que parece separar el país de Pakistan, atraviesa una geografía, una población, y una realidad socio cultural casi idénticas. También conocida como Línea Durand, esa frontera fue establecida en 1893 para crear una zona de amortiguación entre el Imperio Ruso y las atractivas posesiones del Imperio Británico en la India durante los años del “Gran Juego” entre ambas potencias.

Tras la Segunda Guerra Afghano-británica, la mitad sur del territorio orginalmente afghano y habitado mayoritariamente por la etnia Pashtun había quedado bajo dominio inglés y aunque la mitad norte era formalmente independiente, sus autoridades, amenazadas, aceptaron dejar el comercio y las relaciones internacionales en manos de los enviados del imperio.

Mortimer Durand, como casi todos sus contemporáneos, padecía de esa patología colonial que el palestino-norteamericano Edward Said describió bien en un libro ya clásico: Orientalism. Esa patología se manifiesta a través de una mezcla por partes iguales de menosprecio por lo que se ignora, falta absoluta de empatía, y una soberbia injustificada (hoy usaríamos la palabra supremacismo), por lo que no le costó demasiado trabajo establecer las fronteras donde mejor le pareció, en un documento de 1 carilla y 7 artículos. Así, quedaba pacificada una región que ha estado en guerra desde entonces, y se conformaba una de las fronteras más peligrosas y violentas del mundo moderno.

Cuando en los años 80 del Siglo XX el gobierno afghano intentó una secularización del país e implementó leyes que aseguraban, por ejemplo, que las mujeres asistieran a las instituciones de enseñanza, y solicitó la intervención de las fuerzas soviéticas para enfrentar a los rebeldes pashtunes que se oponían a esos cambios, la línea demarcatoria diseñada por Durand mientras dibujaba irresponsablemente líneas de tinta sobre un mapa, comenzó a mostrar su ineficacia y su escondida peligrosidad.

Y cuando EEUU decidió financiar y armar el movimiento extremista que luego se conoció como Talibán, surgido de una conjunción de escuelas islámicas ultra tradicionalistas ubicadas en Paquistán con los servicios de inteligencia de ese país, la realidad terminó de hacer de aquella frontera lo que era: un artificio innecesario pero al mismo tiempo desintegrador y letal.

La frontera con la nada y la integración de todo

La frontera afghana con China, a diferencia de lo que ocurre con las que hemos visto hasta ahora, es decididamente extraña y parece dibujada con desgano, pero sus escasos 76 kilómetros y el estrecho corredor que llevan a ella, de aproximadamente 220 kilómetros de largo, habitado por no más de 12.000 personas, la transforman en crucial en 2021 y en el tiempo por venir.

Para comprenderla es imprescindible no buscarle sentido. Es una simple prolongación de la línea que Mortimer Durand dibujó una tarde sobre un mapa. Una frontera cuyo único interés era separar a la Rusia de los Zares de la India, por entonces la joya de la Corona Británica. Pero sobre todo es necesario tener en cuenta que el bueno de Mortimer dibujaba esa línea en un momento en el que China estaba tan debilitada y puesta de rodillas a consecuencia de las Guerras del Opio, que su existencia no contaba. Para Occidente, China se había transformado en despreciable.

La introducción del opio que Inglaterra contrabandeaba precisamente desde lo que hoy es Afghanistán y Pakistán, y las dos guerras originadas en ese tráfico sumadas a la postrior pérdida de autonomía, habían dejado la economía china en absoluto colapso y los campesinos hambrientos comenzaban a contratarse a si mismos como esclavos a las empresas angloamericanas que en Norte América tendían las vías por las que avanzarían el progreso y el hombre blanco. China era eso en aquel momento. Una provedora de mano de obra esclava. Apenas una nueva África.

Aquí, no hay nada. Entre estas altas montañas deshabitadas y cubiertas de hielo que no le interesan a nadie, parece haber un río”, pensó quizás aquel celoso funcionario, mientras la tinta de su pluma se estiraba perezosamente y seguía el curso del río Waján hasta la frontera con las regiones occidentales de China: un poder caído, decadente y por cuyo futuro nadie en su sano juicio hubiera apostado nada.

Mortimer Durand, en la embriaguez que seguramente le producía ser el enviado del mayor imperio de la época, no podía siquiera soñar lo que sucedería un siglo y medio después. Porque hoy China cuenta, al punto de que necesario especular con cuál será su reacción cuando se ensaya cualquier movimiento geopolítico de cierta importancia. Y ese estrecho corredor montañoso que conecta el territorio afghano con la provincia china de Xinjiang, de mayoría musulmana, ha sido, en los últimos años, la zona de tránsito de los grupos separatistas a los que China acusa de desarrollar actividades terroristas en su territorio. Y eso, como contrapartida, ha colocado a la región en la mira de los países occidentales, que ya han implementado sanciones económicas, y quizá  comienzan a verla como el epicentro de una posible nueva guerra inacabable.

Un final provisorio e incierto

Todo lo anterior nos lleva inevitablemente a la pregunta con la que iniciamos esta nota… El arsenal “olvidado” por los EEUU en su retirada de Afghanistán y que ha caído, en menos de una semana, en manos de los talibanes… esa resaca (en el sentido literal del término) del naufragio imperial ¿fue dejada allí ex-profeso para que contribuya a la desestabilización de China en su rincón más alejado y aparentemente más vulnerable?

La idea es atractiva porque alienta ese gusto por lo conspirativo que todos llevamos dentro, pero seguramente es equivocada. Y sobrevalora la capacidad de los estrategas del Pentágono y de funcionarios de la casa Blanca como Antony Bilken, que en los últimos tiempos demuestran una capacidad de planificación bastante menor a la esperable.

Pero si excluimos esa posibilidad, las interrogantes no se agotan sino que se multiplican, porque el tramo por ahora más importante de la Road and Belt Initiative a la que nos referimos en nuestra nota anterior, el que atraviesa Pakistán y conecta la Provincia de Xinjiang con el Golfo de Oman, es decir el centro de Asia con el mundo, se inicia a muy pocos kilómetros del corredor de Waján y discurre muy cerca de la frontera afghana durante la mitad de su recorrido.

Y eso transforma a Afghanistán en algo así como el custodio y la garantía de que a lo largo de esa ruta que conectará toda el Asia central y del Este con India, el Golfo Pérsico, África, el Mar Rojo y a partir de éste con el Mar Mediterráneo, no ocurra nada que interrumpa el flujo comercial.

No se realiza una obra como la que muestra el mapa, y que incluye plantas de generación de energía nuclear y energías renovables, aeropuertos, vías de trenes de alta velocidad, carreteras, puertos y tendido de cables de fibra óptica, para que el día menos pensado aparezca por allí un grupo de talibanes disparando sus viejas kalashnikov rusas o su moderno armamento abandonado en una base de la OTAN.

Afghanistán debería ser, de acuerdo a esos planes en los que ahora Pakistán está también involucrado, un socio vital para la RBI no como territorio de paso de la ruta, sino como garante de la paz en la región y un abastecedor global de minerales cada día más necesarios.

En este punto entran en juego no sólo Pakistán que fue la cuna de los talibanes pero podría no tener interés en perpetuarlos (y que dicho sea de paso integra el reducido grupo de países con armas nucleares) sino también Irán (la frontera de Afghanistán que aún no hemos cionsiderado), y Rusia, que deberá asegurarse de que las tres repúblicas ex-soviéticas linderas con Afghanistán estén libres de amenazas terroristas.

Y aunque imaginar a un Afghanistán comprometido con la paz y la estabilidad regional nos pueda parecer descabellado a la luz de lo visto hasta ahora, la retirada de la OTAN y los EEUU podría ser el primer paso para que sea posible, por lo que seguiremos con el tema en una próxima entrega de esta serie.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

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