Afghanistán y la nueva debacle americana – Los prisioneros de la geografía (1)

Sería imposible entender lo que en estos días sucede en Afghanistán sin ubicar la región en el espacio y en el tiempo. Sin hacer un recorrido que nos permita ver el modo en que los pueblos son prisioneros de su geografía. Kabul dista mucho de ser Saigón aunque los helicópteros y el pánico se parezcan. .

 

Los billones perdidos y la vuelta a casa

No es lamentando los billones de dólares perdidos, ni poniendo cara de dolor y sorpresa frente a cámaras de TV, o mostrando imágenes sobrecogedoras de personas que se apiñan en el aeropuerto de Kabul buscando huir hacia occidente pensando que aquí los espera el paraíso o deseando salvar a sus hijas de la barbarie, que podemos tener una mínima aproximación a lo que ocurre en Afghanistán.

Para entender que ésta no es un derrota más de un país que todavía aspira a verse a sí mismo como invencibles, puede ser útil, ante todo, hacer a un lado el fantasma de la retirada de Saigón. Si comparamos las imágenes caóticas y vergonzosas del aeropuerto de Kabul hoy, con aquellas registradas en Viet Nam en 1975, la sensación de deja vu es inevitable, pero no se trata de lo mismo.

Se parecen en lo formal. Los diplomáticos estadounidenses arracimados con los colaboradores que no querían ser dejados atrás, tratando de subir entre empujones al helicóptero que se los llevaba tienen un parecido innegable con las imágenes que hemos visto en estos días, pero aquello había sido una guerra de verdad. Terrible. Devastadora. Injusta. Había sido una guerra en la que se oponían dos visiones de lo que podría ser el futuro. Dos proyectos contrapuestos, líricos y apasionantes acerca de los cuales parecía atroz no tomar partido. Se estaba con unos o con los otros. Con los bombarderos arrojando napalm sobre gentes indefensas o con esa misma gente resistiendo en cada aldea. Las imágenes de las mujeres del Viet-cong, por poner sólo un ejemplo, maravillaban y convencían. Hasta las formas más elementales de propaganda, por ilusoria que haya sido, estaban atravesadas de heroísmo, alegría y fe.

Lo de Afghanistán, en cambio, no es mucho más que el fracaso estrepitoso de una ocupación que no tuvo otro proyecto que no fuera imponer, molestar, exhibir con impudicia un poder omnímodoo, hacerle pagar a un país su propia pobreza y su inconcebible atraso, disfrazar de “guerra contra el terrorismo” cualquier capricho insano de una clase político-militar convencida de que cuando es fuera, todo vale. Cualquier gasto. Cualquier oleoducto que los hiciera más ricos de lo que ya eran. Cualquier vínculo con la producción de opio y el tráfico de heroína. Cualquier disparate uniformado.

Como contrapartida, y mientras se nos habla del esfuerzo que realizaron los países de la OTAN para desarrollar la sociedad afghana, se van dejando un país con una de las dos peores tasas de alfabetización del mundo: 28%. Vale compararla con la de sus países limítrofes, Taykistán o Turkmenistán, de 99%, para aquilatar el grado de corrupción, soberbia e ineficacia que promovieron.

Y lo que llega y se apodera nuevamente del país mientras inconcebiblemente Joe Biden le dice a los suyos que se retiran porque ya cumplieron sus objetivos, es una versión quizás corregida, quizás aumentada, por ahora indescifrable, del pasado. El mismo integrismo que la nación más poderosa de la tierra (porque así les gusta definirse,) con el apoyo de todos sus aliados occidentales, se había propuesto erradicar 20 años atrás.

Una fuerza de unos pocos miles de hombres mal armados baja de las montañas en un país de 40.000.000 de habitantes, en el que el analfabetismo es del 70% y que tiene la mayor tasa de muerte infantil del mundo, y se hace cargo del desastre que les dejan. Y lo hace en nombre de una doctrina desesperanzadora. Los triunfadores llegan sin nada que pueda ilusionar demasiado. Ningún sueño convincente o que nos pueda arrancar siquiera una sonrisa.

Sólo queda la satisfacción oscura (pero real y cierta) de ver que 20 años después de que apenas un puñadito de estadounidenses reclamara ante la Casa Blanca “Don’t Turn Tragedy into War”, y a sólo 6 meses del “America is back” de Joe Biden -el hombre que sin el más leve rastro de humildad anunció que llegaba para colocarse a la cabecera de la mesa-, nuevamente los echan, y vuelven -temporalmente al menos- a casa.

La geografía como prisión

Es bien conocido que la geografía modela la historia, atemperando o intensificando el rol que juegan en ella la política, los intereses económicos o los valores, y en ese sentido no está de más mirar la actualidad afghana a través de la lente de su geografía y de su historia.

Afghanistán, antes de ser un país fue una región mítica y temida. Y fue entonces y es ahora, un obstáculo y un nexo. Fue un paisaje árido y áspero, poblado por gente hostil u hospitalaria que desde la Edad del Bronce se interponía o permitía el paso de las caravanas a través de la Ruta de la Seda. La encrucijada de los caminos que vinculaban China, la Europa Mediterránea y la India. El lugar por donde todo pasaba: fardos con semillas, porcelana o seda, metalurgia y pimienta, gérmenes y nuevas ideas.

Y es hoy, es en este mismo instante, el mejor pasaje que China podría haber soñado para una de las ramas principales de su Road and Belt Initiative. Aunque a eso volveremos en la segunda parte de esta nota en tan solo una semana.

Esa geografía de encrucijada y pasaje obligado que fue hasta hoy la prisión de los afghanos, transformó a su país en una tumba de imperios, pero no les ha dado paz, porque nunca han podido escapar a ese destino. Quizás la capacidad para la guerra les viene del terreno que defienden, y muy posiblemente el extremismo patriarcal que con frecuencia los mancha tenga el mismo origen.

Si recorremos los últimos docientos años y sólo por no ir más hacia atrás, hay patrones que se repiten y en cada repetición se refuerzan

En 1837, coincidiendo con el primer año de reinado de Victoria, en pleno auge del Imperio, temiendo el avance de la influencia de la Rusia Zarista en la región -en lo que se conoció como The Great Game-, el ejército británico invadió el territorio afghano desde la India, cosechó un temprano fracaso, y se empantanó allí por mas de un siglo. No llegó a tener influencia más que en las grandes ciudades, se reservó el derecho de manejar las relaciones internacionales de un reino que no gobernaba, y se retiró en 1919 -tras la Primera Guerra Mundial y en plena pandemia de «gripe española»- sin ninguna gloria.

Después de décadas de guerra civil, proclamada la república liberal en 1973, e instaurada en 1978 una república socialista, la incapacidad del gobierno afghano de la época para procesar cambios sin derramar demasiada sangre, pero sobre todo el hecho de que esos cambios incluyeran los derechos de las mujeres a la igualdad en todos los ámbitos y la prohibición del velo, provocaron un resurgimiento del fervor y el fanatismo religioso.

Primero fue el alzamiento de los mujaidines en las zonas de montaña con el apoyo de Arabia Saudita y los sectores integristas de Irán. Dos años después la intervención soviética en respaldo del gobierno. De inmediato, la inversión de aproximadamente 40 billones de dólares (una cifra inédita para la época) en dinero y armas con la que EEUU potenció la capacidad de los mujaidines mientras la prensa los presentaba como héroes de la Libertad.

Las tropas y los tanques soviéticos se retiraron en 1989 tras 10 años de fracasos continuados. Y aquello fue apenas el prólogo de la desintegración de la Unión Soviética, dos años después. Quedaba en Afghanistán, enquistado y en desarrollo, el germen de hoy.

El huevo de la serpiente

Todo el resto es historia reciente. Vertiginosa, sucia e increíblemente atolondrada, pero bien conocida. Tras la retirada de los soviéticos se desarrolló una nueva Guerra Civil pero ahora entre fracciones mujaidnes de tradicionalismo más o menos extremo y crecientemente cooptadas por los servicios de inteligencia paquistaníes, saudíes y estadounidenses. Poco después, escuchamos por primera vez la palabra talibán y supimos lo que significaba ser mujer o niña en el infierno de una religiosidad del odio y el desprecio.

Surgió Al Quaeda capitaneada por los mismos que habían recibido el dinero de Ronald Reagan para luchar contra el comunismo y por la Democracia; cayeron las torres gemelas y el pánico se apoderó de una sociedad que se pensaba invulnerable; y en 2001 un George Bush enfurecido y enceguecido por el deseo de venganza y gloria desató la Guerra Global contra el Terrorismo con el nombre de Operation Enduring Freedom. Un largo período de 20 años tras el cual no hay palabras que puedan describir el estupor por la contundencia, la falta de elegancia, y la irrevocabilidad de la caída.

Sólo la congresista negra Barbara Lee se atrevió a votar en 2001 contra la intervención miltar en Afghanistán, y los medios de prensa y sus propios colegas la acusaron de traicionar a su país y favorecer el terrorismo. Les advirtió «to be ‘careful not to embark on an open-ended war with neither an exit strategy nor a focused target'» y no parece haberse equivocado.

Dos décadas después sucede lo de siempre cuando se incuba el huevo de una serpiente. Los billones de dólares malgastados en planes de recuperación económica que sólo beneficiaron a los invasores y las decenas de miles de muertes innecesarios han dado como único fruto que un país que era pobre sea ahora un país miserable.

Un país en que miles y miles de personas que creyeron con honradez y con ilusión en el sueño que se les vendía, piden en un aeropuerto ser llevados a USA mostrando un «Certificate of Appreciation» con la bandera de las barras y las estrellitas sin saber -aún- con qué inhumanidad fueron engañadas.

Un país en el que un ejército bien armado y entrenado por sus propios dueños se rinde sin combatir porque la soldadesca siente (con cierta razón) que si no está el amo para ordenarles arriesgar la vida, más vale conservarla.

Pero todo eso es secundario si se lo compara con la posibilidad de que la sociedad afghana se precipite en una nueva sima de abusos y de intolerancia bruta. Y no sería extraño que eso sucediera porque es lo que ocurre cuando un imperio decide que es más conveniente replegarse.

Sin embargo, van apareciendo en las notas de prensa, aquí y allá, algunos signos -todavía débiles e insuficientes- que parecerían indicar que estos talibanes no son exactamante aquellos, y que los 20 años transcurridos podrían haberles enseñado que su radicalismo patriarcal no los va a llevar lejos. Necesitarán ayuda para mantener viable a su país pero los han dejado sin alternativas. Esta vez, quizás, ni los fondos de inversión occidentales ni los tiranos saudíes tendrán razones o incentivos para financiarlos.

La geografía, esa prisión de la que las naciones no pueden escapar, podría estar determinando para Afghanistán (con independencia de lo que los talibanes puedan creer o desear) un renacer del rol de nexo y tránsito que caracterizó a la región a lo largo de toda la historia.

En la segunda parte de esta nota, tendremos que poner nuestra mirada en China y en la Nueva Ruta de la Seda.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online

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