Un héroe plano entre divinidades inhibidas y mujeres desdibujadas. Una Odisea judeocristiana (I)

Si la espectacularidad visual y sonora fueran suficientes. Si imágenes magníficas como la del caballo de Troya encallado en la arena o secuencias imborrables como la de Circe transformando a los hombres de Odiseo en cerdos bastaran. Si hallazgos como el de enmudecer la escena mientras las sirenas cantan y sólo el hombre desesperado y atado al mástil puede escucharlas alcanzaran para darle sentido a tres horas de aplanamiento y descomplejización de la Odisea, estaríamos frente a un film de aventuras memorable. Pero ¿quién necesitaba eso?

 

La adaptación de la inmensidad a una pantalla

No tendría sentido que intentemos abordar aquí, con alguna profundidad, las mil infidelidades de Nolan para con la obra en que se inspiró y las otras tantas trampas que nos tiende para que pensemos que hacía falta que él «actualizara» una obra que, si ha permanecido casi 3.000 años entre nosotros, ha sido precisamente porque la complejidad y la profundidad de su trama la mantienen siempre vigente.

Hubo en el origen de esa obra, a partir del 1200 antes de Cristo, un número indeterminado de relatos míticos que daban cuenta de una guerra, la destrucción de una ciudad por el fuego y el pillaje, y el devenir de quienes en ella habían perecido o salido victoriosos. Eran relatos versificados para que se los pudiera trasmitir oralmente, ya que las formas de escritura que habían existido hasta entonces, no sólo eran elitistas y no estaban al alcance de nadie que no formara parte de los elencos de gobierno, sino que habían virtualmente desapercido. No existe ningún documento escrito de todo aquel período.

Transitaron aquellos relatos de feria en feria, de ciudad en ciudad, de palacio en palacio, durante lo que hoy conocemos como Siglos Oscuros, tras el colapso de las civilizaciones de la Edad del Bronce provocado por unas aún hoy misteriosas invasiones de «los pueblos del mar». Por entonces, en el mundo en que aquellas gentes vivían, el pasado había devenido un intrincado mosaico de realidad olvidada, memoria trunca, sueños y pesadillas.

Transcurridos 4 siglos, alrededor del año 800 AC, aquellos relatos fueron recopilados y transcriptos en un idioma que ya no era el original, y en una nueva forma de escritura más sencilla y práctica que todas los ensayadas hasta entonces. Y entonces ocurrió el milagro.

Desde entonces, es decir desde hace aproximadamente 3000 años, aquellos relatos, divididos en dos obras inmensas y fundamentales, La Ilíada y La Odisea, nos interpelan y nos conmueven. No por los monstruos ciclópeos que viven apacentando ovejas en una isla perdida o por las sirenas que amenazan a los navegantes con la belleza de su canto, sino por la relación que traban los seres humanos con lo maravilloso y lo insondable que los circunda y con lo luminoso y lo oscuro que habita dentro de ellos mismos.

Una de esas dos proezas literarias, quizás la más rica y mejor lograda, la que narra los avatares que debe enfrentar el héroe que sólo desea volver al nostos, al hogar, y las razones por las que demora 10 años en poder hacerlo, es la obra que Christopher Nolan «adaptó» para nosotros.

La inmensidad llevada a la pantalla en formato IMAX de 70 mm para que quienes accedan a una de las 41 salas en el mundo capaces de proyectar el film en ese formato, abrumados con el sonido del mar y del oleaje, o ¿conmovidos? con los esfuerzos del héroe para demostrar alguna emoción genuina, sientan que están ahí.

La reducción de lo complejo a lo nimio

Pueden pasarse de largo detalles como que las naves de Odiseo tienen el diseño de las Drakkar vikingas, que responden a técnicas constructivas que se desarrollaron recién 2.000 años después… o que los caprichos del casting hayan introducido entre los personajes colores de piel inimaginables en la obra original… o que los lestrigones lleven armaduras plateadas que los colocan a mitad de camino entre un caballero medieval y un cascarudo pretencioso… o que Agamenón aparezca siempre como recién escapado de un set de filmación de Marvel Cinematic Universe… o que Menelao sea calvo. Todo eso es anecdótico. Pueden ser difíciles de comprender las razones que llevaron al director y guionista a tomar tales o cuales decisiones, pero las podemos dar por válidas porque tanto nos dan.

Lo que más se le ha criticado, y con razón, a Christopher Nolan es la presunción de que se podía aplanar la personalidad del héroe para que sus dobleces y sus zonas más oscuras no nos generaran sobresaltos ni rechazo. Que se podía presentar la caída de Troya sin que los horrores de la guerra -pensemos solamente en Aquiles tirando al hijo de Héctor, de pocos meses, desde lo alto de la muralla- nos helaran la sangre. Que se podían sacar de escena a los dioses que en la obra original empujan constantemente la acción en uno o en otro sentido. Que las mujeres -las diosas como Atenea, las ninfas como Calipso o Circe o las mortales, como Penélope, Helena o Clitemnestra, debían aparecer en la pantalla sin el aura deslumbrante de autoafirmación, sexualidad desbordada y potencia femenina que tienen en la obra original. Que se podían obviar los más de 8 años años que el héroe disfruta -forzado o no- de las mieles del amor con mujeres que -obviamente- no son la que lo espera resistiendo en su pequeña isla, bravamente. O que, finalmente, se podían falsear totalmente las escenas finales de esa maravilla literaria… porque al director del film se le había ocurrido ¡otro final! mucho mejor. Más simple. Más del gusto del público que paga para que le vendan una historia por otra o, como se dice vulgamente, para que le den gato por liebre.

Emily Wilson, la experta en literatura clásica cuya traducción de La Odisea ha citado Christoppher Nolan como inspiración directa de su film, lamentó la deformación de la obra original en una extensa reseña publicada por el London Review of Books diciendo cosas como:

“I had hoped that Nolan’s affinity with these Homeric themes might push him to new creative heights, and enable him to conjure more believable characters. But The Odyssey features his usual combination of grandiosity and superficiality … the film’s vision is too confused, its characters too underdeveloped, to deliver what it half-promises in terms of big ideas – although it is very good at conveying big bangs and big giants.”

“Nolan’s Odyssey lacks many of the elements that make the poem great. It has nothing convincing to say about time, memory, history, war, or about the relationship between one warrior’s glorious return and the lives of his family, adversaries, comrades, friends and neighbours. It lacks psychological, emotional, political and ethical depth. Its narrative structure is gimmicky. The writing is abysmal. None of the characters has convincing motivation for their actions or words. I would be ashamed to have written any part of this”.

Esa reducción de la complejidad a lo nimio que atraviesa todo el film, queda al desnudo en la chatura con la que Nolan castiga a cada uno de los personajes femeninos de La Odisea original, en el ocultamiento de cuáles fueron las relaciones de esas mujeres con un héroe que les debe todo -desde la demora de diez años en llegar al hogar, hasta el haber podido hacerlo con vida-, y en su decisión de borrar de un plumazo las secuencias finales de la Odisea para darnos una última lección de moral judeocristiana al gusto de los tiempos que corren.

Pero de esas tres traiciones, por razones de tiempo y espacio, trataremos en la Segunda Parte de esta nota.

Mientras tanto, podríamos intentar una respuesta provisoria a la pregunta que nos hacíamos al comienzo ¿quién necesitaba esta nueva película de Christopher Nolan? Todo hace pensar que, obviamente, la industria del entretenimiento.

Que apenas dos semanas después de su estreno el film haya cadruplicado en las taquillas los 250.000.000 de dólares que se inviertieron en hacerla posible, habla a las claras de que estamos frente a un fenómeno cultural, digno de atención. -y también nos preguntaremos cuál.

 

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online