Si algo lo caracteriza es la brutalidad con la que no nos miente. Si algo deberíamos reconocerle es ese modo desenfrenado de decirnos la verdad y colocarnos frente a frente con la pobre realidad de lo que somos. Con el escaso poder que tenemos sobre lo que sucede cerca o lejos. Ahora, quien no quiso entenderlo lo sabe: un psicópata sin frenos nos anuncia que se repartirán lo nuestro. To the victor belong the spoils. . You’ve all heard that. .
No podemos ser tan ingenuos de pensar que lo que Donald Trump dijo en la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas a todo quien quisiera oirlo, no había sido dicho nunca antes.
(…) But I have a big decision to make: Will a deal be made with Iran that lets them rebuild and create a far greater country than it ever was before, maybe one of the greatest in the Middle East or even the world, or do I annihilate the Islamic Republic and do it quickly, never giving them a chance to kill and destroy people and countries again? Do I drive them into hell with no chance of survival and no hope of future greatness or generations?
(…) When you add the United States and Venezuela together, we have more than 60% of the oil in the world. So it’s perhaps the biggest deal. It was a war, but it’s perhaps the biggest deal ever made. To the victor belong the spoils. You’ve all heard that.
Son sólo dos párrafos de un discurso de 40 minutos que ha dejado al mundo boquiabierto y no sólo por la cantidad de sandeces que contiene. Quiso parecer despiadado para infundir miedo. No pretendió disimular su falta de nobleza y de decencia. Fue repugnante. Pero ¿alguien ha perdido su virginidad -concebida en términos geopolíticos- por el hecho de que esas cosas hayan sido dichas sin ambages?
¿Cuántos generales en busca de gloria y de renombre, cuántos profetas alucinados del desierto, o cuántos oscuros gangsters, no han soñado alguna vez con exterminar a sus enemigos con la misma saña con la que Donald Trump se sueña barriendo de la faz de la tierra antiguas civilizaciones, o simplemente haciendo volar por los aires y enviando al infierno a quienes no le den lo que quiere? ¿Cuál es la novedad si no ha hecho otra cosa que poner en palabras lo que ha sido desde siempre, a lo largo de la peor historia humana, una costumbre?
¿Cuántos corsarios del Caribe, cuántos héroes homéricos, cuántos conquistadores de nuevas tierras en el nombre de Dios no han dicho, en medio de alguna borrachera épica, que los despojos, sean éstos cosas o personas, pertenecen al vencedor?
¿De qué otra forma se definió en cada uno de los territorios colonizados del planeta la propiedad de la tierra -y el dominio sobre todo lo que hubiera encima y debajo de ella-, si no fue en base al uso despiadado de la fuerza y sobre el supuesto de que los vencedores tenían el derecho a repartirse todo lo que hubiera pertenecido a los vencidos?
Pero no hace falta que nos vayamos demasiado lejos ni demasiado atrás en el tiempo.
Que Donald Trump ha hecho suyos los despojos de Venezuela y de su elenco gobernante es algo que rompe los ojos desde el 3 de enero. Estaba escrito, negro sobre blanco en la National Security Strategy que había visto la luz pública tres meses antes. Que el Reino de Dinamarca le ha cedido Groenlandia y las llaves del Ártico a cambio de nada, o que la desesperación de la población cubana podría volver a hacer de la isla un protectorado en cualquier momento, no es algo que vaya a sorprender a nadie… Que los gobernantes de los 17 países que se adhirieron a la iniciativa del Escudo de las Américas le están entregando alegremente los recursos y la soberanía de más de medio continente, salta a la vista… Entonces ¿por qué pensar que deberíamos estar asombrados?
El viaje hacia la noche
Como advierte Chris Edges en una nota que reproducimos en esta misma edición, ni lo expresado por Donald Trump ante las Naciones Unidas es una novedad ni la descomposición del sistema de poder que lo sostiene ha comenzado con él,:
«Donald Trump exhibits the classic traits of psychopaths -superficial charm, grandiosity and self-importance, a need for constant stimulation, a penchant for lying, deception and manipulation and incapacity for remorse or guilt. But we are in deep trouble. The moral rot in our society preceded Trump. He is its logical conclusion. He is the apotheosis of a culture where greed, exploitation and self-interest are held up as the defining forces of human existence».
Y si para Edges está claro que la descomposicion moral de su país precede a Trump y es consustancial a una cultura sostenida en la avidez y la codicia, debería sernos igualmente claro que su ansia de dominio y la de su elenco gobernante sobre nuestros países -si queremos comprenderla cabalmente y si aspiramos a poder contrarrestarla algún día- no es algo que pueda sorprendernos.
En nuestra nota de inicios de este año Pleonexía, petróleo, intervención y letalidad. Hoy Venezuela ¿y después?, intentábamos hablar de estos temas por fuera de los anáisis habituales, trayendo a la actualidad una vieja palabra: pleonexía.
Platón, en sus Diálogos, identificaba la pleonexía como una patología del alma y como algo más que codicia. La pleonexía, para él y para su maestro Sócrates, es la voluntad de hacerse con lo ajeno no tanto porque lo ajeno nos sea necesario, sino porque tenemos la fuerza para tomarlo y porque necesitamos que esa fuerza nos sea reconocida para que tenga sentido. Poseer como acto inseparable de causar temor. Causar temor para poseer mas.
Pero volviendo a nuestros asuntos, no ha sabido leer entrelíneas la historia de nuestro continente quien no hubiera entendido hasta ahora que cada vez que desde 1823 en adelante se habló de todo lo que yace al sur del Río Bravo como de un backyard, la idea era precisamente esa: somos la parte de atrás, el shithole de un cuerpo que les pertenece. Y cada vez que se nos describe como «our hemisphere», y cada vez que se habla de «soberanía hemisférica» como sustituto de las soberanías nacionales, las injerencias, las presiones, las sanciones, los fraudes e incluso las intervenciones militares deberán darse por descontadas.
La diferencia que ha habido entre este nuevo discurso de Donald Trump ante las Naciones Unidas que deja al descubierto su enfermedad del alma y todo lo que ya conocíamos, es que las amenazas y promesas de aniquilamiento para quienes se le opongan han sido expresadas tan brutalmente que permiten sospechar que no tienen detrás mucho más que la frustración y la debilidad en que se encuentra -una debilidad que seguramente lo torna aún más peligroso.
Lo notable es el tono psicopático en el que cada promesa de destrucción y exterminio se expresa con un desenfreno calmo, casi coloquial. Con un lenguaje vulgar y sórdido, donde todo es cálculo y manipulación fría de la incertidumbre, el miedo y el asco que genera.
La novedad es que la franqueza desesperada de Donald Trump en la jornada del 22 de septiembre de la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas nos desnuda a un necio que presiente con razón -aunque quizás sin comprenderlo cabalmente- que para él y su país también cae la noche.
