Brasil: Nossa Senhora de Aparecida, el viejo sobreviviente y una oración frente al abismo

Lo que suceda el domingo 4 de octubre en la primera vuelta de las elecciones de Brasil nos permitirá respirar con cierto alivio, nos dará tiempo quizás para recobrar fuerzas y pensar qué hacer, o nos dejará a un paso de deslizarnos hacia el peor período de la historia de nuestro continente. Y un sobreviviente de 80 años es quien carga con el peso que se le ha colocado a sus espaldas. .

 

É de sonho e de pó o destino de um só
Feito eu perdido em pensamentos sobre o meu cavalo
É de laço e de nó, de gibeira o jiló
Dessa vida comprida a sol
Sou caipira pirapora, nossa Senhora de Aparecida
Ilumina a mina escura e funda o trem da minha vida
Sou caipira pirapora, nossa Senhora de Aparecida
Ilumina a mina escura e funda o trem da minha vida.

Lula y la Aparecida

Tiene sentido -ya veremos por qué- comenzar este repaso urgente acerca de lo que brasileñas y brasileños tendrán en sus manos dentro de muy pocas horas, recordando la belleza de Romaria (Peregrinaje), aquella canción de Renato Texeira que muchos conocimos por primera vez hace exactamente medio siglo en la voz incomparable y doliente de Elis Regina.

 

Como tantas otras historias, la de Nossa Senhora de Aparecida es una historia de aparición inesperada y de esperanzas. Según cuentan, la pequeña imagen de terracota de la virgen que hoy se venera apareció en octubre de 1771 en las aguas del Río Paríba do Sul atrapada en las redes vacías de tres pobres pescadores, rota y sin color tras haber permanecido décadas sumergida y hundida en el barro, rodeada sólo de silencio, peces y algas. Y fue luego adquriendo esa tonalidad oscura que la asemeja a quienes acuden a pedir su ayuda, por haber estado expuesta al humo y el tizne de las velas que le encendían los peregrinos.

O meu pai foi peão, minha mãe, solidão
Meus irmãos perderam-se na vida à custa de aventuras
Descasei, joguei, investi, desisti
Se há sorte, eu não sei, nunca vi

Y a pesar de toda la historia de modestos ruegos y dudosos milagros de esa virgen más que negra, ennegrecida, y aunque el paso del tiempo la haya transformado, de refugio espiritual de los más oscuros y los más humildes, en señal de identidad cultural de todo un país, seguramente no estaba en los cálculos de nadie que semanas antes de celebrarse las elecciones que determinarán si Brasil continúa siendo un país independiente o se subsume en el pantano de trumpismo subalterno en el que se enchastra su vecindario, la Aparecida sería un objeto de disputa política y geoestratégica casi existencial.

Es lo que ocurre con los símbolos, incluso con aquellos que el tiempo y la modernidad van relegando a escenarios de menor prestigio. Son capaces de tomar vida propia, vuelven del olvido cuando no se los espera, le dan un nuevo significado a lo que ocurre. Y alientan a quienes todavía necesitan -y merecen- esperanza.

Me disseram, porém, que eu viesse aqui
Pra pedir de romaria e prece, paz nos desaventos
Como eu não sei rezar, só queria mostrar
Meu olhar, meu olhar, meu olhar

El viejo y la audacia

Puede parecer extraño que algo tan extemporáneo y ligado a la espiritualidad, a las antiguas creencias y a las emociones del pueblo llano haya cobrado protagonismo en una campaña presidencial del Siglo XXI, pero es necesario tener en cuenta que lo que Lula enfrenta no es un candidato, Flavio Bolsonaro (deslucido, gris y en quien ni los suyos confían demasiado), sino una realidad compleja e inédita. Social y políticamente desestructurante.

Under our New National Security Strategy American dominance in the Western Hemisphere will never be questioned again, ha dicho el aspirante a dueño de todo lo nuestro, que ya ha conseguido que una especie de «trumpismo subalterno» de desquiciados como él acceda al poder en la mayor parte de Iberoamérica.

Basta ver un mapa de América del Sur para ver cómo los EEUU, con esta nueva doctrina Monroe, más caótica, extrema y explícita que la que hemos padecido desde 1823 en adelante, han cercado al único país que se le resiste, el único cuyo presidente ha sido capaz de decir en las Naciones Unidas «O Brasil não cabe no quintal de ninguém», el mayor socio económico y político de China en la región, y el único representenate de los BRICS y del Sur Global en el continente.

Flavio Bolsonaro es, pese a su falta de brillo, la manifestación de una derecha convencida y llena de fervor militante que nuclea a las clases medias blancas -o que aspiran a serlo- que sienten su superioridad amenazada por el ascenso social de quienes con Lula salieron de la pobreza. Que encandila a los jovenes precarizados que creen que serán emprendedores cuando se deshagan del Estado que todavía los proteje. Que se reconoce espiritualmente en la belicosidad intolerante de las iglesias evangélicas de inspiración y alma gringa. Una derecha torpe pero popular y electoralmente avasallante, que se mira en el espejo que le pone por delante un imperio ávido de recursos y que sabe que se juega el todo por el todo. Que Latinoamérica es su último refugio y que Brasil es la pieza mayor.

Por eso, porque no se trata de una elección más sino la que decidirá si el Brasil -y con él nosotros- merece o no tener esperanzas, se comprende que el viejo sobreviviente, a pesar de todo lo que tiene para mostrar en términos de logros de sus anteriores gobiernos, haya decidido enfrentar la irracionalidad, las injerencias externas y la pasión desaforada de estos últimos días, con la emocionalidad mesurada, los sentimientos colectivos, la esperanza, la fe, y el cuidado por lo que es de todos que representa bien la Aparecida.

En eso también consiste la audacia. Frente al abismo hay que abrir el corazón. No alcanza con cruzar los dedos.

 

 

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