Está muy cerca de su final el show más colosal de todos los tiempos. Posiblemente uno de los más opacos y sopechados de la Historia-. Por eso, hemos querido destacar, de entre lo que todos hemos visto, algo que, sin ser una novedad para nadie, vale la pena subrayar: la negritud como epicentro visual del espectáculo. .
En DIÁLOGOS no estamos capacitados para ocuparnos de los aspectos estrictamente deportivos del mega-campeonato organizado por la FIFA. Más de 1000 jugadores de más de 30 países participando de más de 100 encuentros en más de 10 ciudades, es algo que está totalmente fuera de nuestro alcance.
Tampoco podríamos opinar acerca de las aristas «extradeportivas» del torneo -como los sorteos o los arbitrajes que, al decir de muchos, buscaron allanarle el camino a unos u otros-.
Y por último, si quisiéramos adentrarnos en situaciones extravagantes como las varias protagonizadas por Gianni Infantino, Donald Trump y sus respectivos séquitos, seríamos incapaces de decir nada nuevo. Están ahí. A la vista del mundo. Ni siquiera en una cumbre de la OTAN se pueden concebir tamañas dosis de sumisión. Y de bochorno.
Lo que proponderemos, en cambio, será detener por unos minutos la mirada en algunas imágenes y en algunas cifras que dan cuenta de cómo el pasado y el presente, con sus pujos y sus sombras, irrumpen de pronto en el espectáculo y nos muestran un panorama muchísimo más rico, más amplio y más profundo que el fútbol en sí.
Lumumba Vive
El miércoles 17 de junio, en el NRG Stadium de Houston, Texas, durante el encuentro entre Portugal y la República Democrática del Congo, se coló entre la multitud festiva de las tribunas un hombre que permaneció casi inmóvil durante los 90 minutos del encuentro, con el brazo derecho extendido, vestido con un traje colorido, a la moda de los años ’60.

Michel Kuka Mboladinga -ese es su nombre- realiza su performance -Lumumba Vae; Lumumba Vive- en los espectáculos deportivos de su país desde hace más de una década, en memoria de quien fuera el primer Primer Ministro del Congo independiente.
Patrice Lumumba ocupó su cargo durante apenas 10 semanas, entre el 24 de junio y el 16 de septiembre de 1960, fecha en la que fue secustrado para ser posteriormente asesinado, desmembrado y -para que no quedara de él nada que pudiera ser en el futuro objeto de veneración- disuelto en un tanque de ácido sulfúrico.
Sólo quedó de él un diente de oro que conservó como trofeo uno de sus captores.
En su detención y en todo lo que ocurrió durante los 4 meses que precedieron a su terrible final, intervinieron directamente los gobiernos y las agencias de seguridad y «cooperación internacional» de 4 países (los EEUU -fue el propio Presidente Dwight D. Eisenhower, quien solicitó que se lo eliminara-, Inglaterra, Bélgica, Canadá y Francia), en una serie de acontecimientos trágicos sólo comprensibles por el valor geoestratégico que tenía el hasta entonces Congo Belga, un territorio más extenso que toda Europa, situado en el corazón mismo del África, que en aquel momento comenzaba un penoso y sangriento proceso de descolonización y liberación nacional.
El Congo fue definido alguna vez como un «escándalo geológico», por sus extraordinarias riequezas mineras -oro, diamantes, cobalto, uranio, coltán, cobre, tungsteno, manganeso o zinc) cuya explotación, ya entrado el Siglo XX, sustituyó a las plantaciones de caucho y palma en las que sólo entre 1885 y 1908 -durante el período en que el rey Leopoldo II de Bélgica administró ese vasto territorio como una propiedad personal- habían perdido la vida más de diez millones de congoleños, la mitad de su población de entonces.
Después de aquella orgía de impiedad absoluta en la que se cortaban las manos o los pies de quienes no cumplieran las cuotas de producción que se les había asignado, y hasta su independencia, en 1960, el Congo fue administrado como un enclave colonial por el gobierno de Bélgica, y pocos cambios hubo que no significaran una continuación «civilizada» de la explotación y la tragedia.
En la República Democrática del Congo de hoy, más del 70% de la población vive aún por debajo de los niveles de pobreza, cerca del 75% sobrevive con menos de $2,15 dólares al día, la tasa de alfabetización de las niñas no llega al 70%, la de trabajo infantil ronda el 40%, y la esperanza de vida es de 58 años.
En Houston, Michel Kuka sólo quebró la inmovilidad de su personaje para llevarse por algunos minutos un dedo a la sien, simulando un pistoletazo, mientras colocaba su otra mano delante de sus labios, para denunciar el silencio con el que el mundo sigue asistiendo a la tragedia de su país, sumido en la miseria, la sobreexplotación, y la guerra civil.
No es habitual que en un espectáculo deportivo en el que todo lo que se ve, se toca, se escucha o se respira está calculado al detalle para generar conformidad, autocomplacencia, rivalidades huecas, venta de chucherías, y ganancias extraordinarias, se cuele una imagen cargada de significados en los que nadie quiere detenerse demasiado.
Su perturbadora presencia en donde no estaba previsto que estuviera, esa disrrupción de la fiesta con una historia atroz larga y prudentementemente silenciada, nos dará pie para abordar otro de los aspectos que nos interesaba destacar: la emergencia de la negritud como ineludible paisaje humano del show.
De los Gradín a los Mbapeé del mundo
Mucho agua ha pasado bajo los puentes desde que en 1916 el seleccionado chileno que competía en el Primer Campeonato Sudamericano de Fútbol, tras haber perdido el partido inaugural por 4 a 0, presentara una queja formal por la presencia de dos jugadores «africanos» e «ilegales» (Isabelino Gradín y Juan Delgado) en la selección uruguaya.
Aquella queja fue desestimada y 14 años después José Leandro Andrade y Juan Burgueño, también uruguayos, fueron los primeros jugadores afrodescendientes en consagrarse campeones en el primer torneo internacional organizado por la FIFA, en 1930.
El primer paso estaba dado. Pero de todas formas, como bien sabemos, la presencia de jugadores negros en los equipos de fútbol europeos y sudamericanos fue durante muchas décadas escasa. Y la participación de una selección africana en los campeonatos mundiales se produjo recién en México, en 1970.
Ese panorama de exclusión, de desprecio asordinado, paternalismo benevolente, o franca antipatía, fue cambiando a lo largo de los últimos 50 años y ha llegado a ser hoy todo lo contrario -o eso parece.
Valdrá la pena, entonces, detenernos en las cifras, que siempre ayudan a entender las realidades complejas.
Deberemos preguntarnos por qué un país como Suiza, cuya población con raíces africanas es de apenas el 2.4% y que ha puesto a referendum en fecha reciente si acepta o no más inmigrantes, ha debido convocar a su selección nacional a un 42% de futbolistas de ese origen. Por qué la selección de Francia cuenta con 21 jugadores afrodescendientes entre 26 (el 80%) cuando su población con raíces en el norte de África o en el África subsahariana no llega al 14%. O por qué si los afrodescendientes son el 10% de la población de Ecuador, los jugadores de ese origen conforman el 65% de su selección nacional.
Y no preguntaremos también si ser hijo de dos inmigrantes llegados a París desde dos ex-colonias (un camerunés de origen nigeriano y una argelina) y haberse criado en Sena-Saint Denis, uno de los distritos con mayor densidad demográfica, población más diversa, más joven, y con tasas de nacimientos, pobreza y precariedad laboral más altas de todo París y de toda Francia, hizo de Mbapée quien es y si su herencia lo puso donde está.
Acerca de esos cruces entre colonialidad, migración y desplazamientos, poblaciones esclavizadas o sobreexplotadas primero y marginalizadas después, apellidos que reviven al amo o recuerdan condiciones de vida inhumanas, empobrecimiento y falta de oportunidades, natalidad y juventud, y como todo eso se transforma luego en el elemento central de un espectáculo tan apasionante como adormecedor, nos referiremos en la segunda parte de esta nota.
