No es frecuente que tras una derrota profunda, un movimiento popular -por definición complejo, diverso e incluso contradictorio-, sea capaz de tomar la iniciativa revirtiendo rápidamente el resultado. Bolivia, por lo que estamos viendo, podría ser una excepción. Pero todo hace pensar que no. Que todavía queda mucho por andar.
Las protestas callejeras que se han dado desde principios de mayo en el Departamento de La Paz y en la ciudad capital, en las que han participado decenas de miles de personas, y que ha tenido en jaque a Rodrigo Paz a sólo seis meses de comenzado su gobierno, nos muestran dos realidades simultáneas y en cierto modo contrapuestas.
Por un lado, un movimiento de composición heterogénea pero mayoritariamente indígena, con una poderosa influencia aymara, y gran capacidad de auto-organización y resistencia. Por otro lado, los límites que le impone a ese mismo movimiento la casi desaparición del MAS, el movimiento político que fue desde la década de los ’90, el hilo conductor de todas sus reivindicaciones.
Como hace notar María Galindo en una reciente puesta al día de las características de la movilización social que hemos estado presenciando, su potencia deriva, en parte, de la carencia de cabezas demasiado visibles y la no existencia de una dirección unificada. Eso la hace flexible y capaz de articular demandas diferentes sin que unas ahoguen o se interpongan a las otras, hasta el punto de que a muchos observadores internacionales se les hizo difícil entender qué se busca.
La COB declarando una huelga general por tiempo indeterminado en protesta por la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y la extranjerización de los recursos mineros del país. Las comunidades indígenas rechazando una ley que les hará perder sus derechos y sus tierras, cortando las rutas y sitiando la capital. Transportistas que protestan por la eliminación de los subsidios al combustible y por la pésima calidad de lo que se les vende al doble de su precio. Sindicatos de docentes de la capital, movimientos vecinales de los suburbios, o asociaciones de mujeres de El Alto que repudian la injerencia del FMI y reclaman la renuncia del Presidente.
Lo que aglutina todas esas reivindicaciones es, en primer lugar, el descontento con un gobierno legítimo pero que sin embargo ya le ha dado la espada a las pocas esperanzas que en él se depositaron. Y en segundo lugar, la desconfianza por lo que Rodrigo Paz sería capaz hacer en alianza con los sectores de derecha más dura y entreguista si no se le imponen frenos y límites a tiempo.
Las calles de La Paz que rodean los edificios del gobierno y los caminos que bajan desde los cerros nos han mostrado, a lo largo de 4 semanas, un paisaje casi insurreccional y nos han hecho llegar un soplo de aire esperanzador: en esta América nuestra hay todavía quienes oponen resistencia y no se inclinan ante lo que quieren los más fuertes o ante lo que viene ordenado desde el Norte.
Sin embargo, y como ocurre con frecuencia, el horizonte de todo ese movimiento formidable ha comenzado a tener fisuras. El gobierno ha dado algunos pasos hacia atrás atendiendo algunas de las reivindicaciones y aislando a quienes sostienen otras, en tanto que sectores amplios de la población de La Paz, afectados por la carencia de productos esenciales, como los combustibles, las medicinas, o los alimentos, comienza a dar comprensibles señales de hartazgo.
La Paz es la ciudad más afectada por los más de 50 bloqueos de carreteras que los campesinos, mineros e indígenas mantienen desde hace 20 días, pero es además el lugar en donde Rodrigo Paz alcanzó un mayor caudal de votos en octubre de 2025, lo que la convierte en un caldo de cultivo ideal para que florezcan el racismo, el miedo… y la represión sin frenos en cuanto el gobierno vea que ha llegado el momento de hacer correr sangre.
Como decía en la nota que citábamos antes María Galindo:
«Si el movimiento popular es capaz de armar una agenda política colectiva conjunta inteligible para el conjunto de la sociedad, si logramos abrir corredores humanitarios autogestionados civiles y basados en el diálogo, este movimiento puede lograr instalar un gran antecedente, un freno y hasta un avance. Si el movimiento popular no logra asistir a una mesa de diálogo con un conjunto de propuestas consensuadas y factibles, podríamos enfrentar una derrota para el conjunto de la sociedad.»
Una resistencia guacha
Lo que hace más compleja la situación que atravisa hoy Bolivia es que la llegada al poder de un gobierno como el de Rodrigo Paz (oportunamente centrista mientras le fue necesario para obtener votos; arrogantemente conservador en cuanto vio en sus manos las riendas del poder), no se debió a una inclinación del electorado hacia las propuestas de la derecha (como suele ser la norma en estos días), sino a la auto-inmolación del Movimiento que hasta ese momento vertebraba las izquierdas.
No son necesarias muchas explicaciones porque todos sabemos qué pasó. Pero vale recordar lo que Álvaro García Linera, ex-Vicepresidente boliviano, denunciaba en una nota que Diálogos publicó en agosto de 2025, ¿Por qué las izquierdas y los progresismos pierden elecciones?, tan sólo una semana antes de la debacle electoral del Movimiento al Socialismo:
«En Bolivia, la derrota se la deberemos a la guerra política interna. Por un lado, un mediocre economista que está por casualidad como presidente y que creyó que podía desplazar al líder carismático indígena (Evo) proscribiéndolo electoralmente. Por otro, el líder que, en su ocaso, ya no puede ganar elecciones, pero sin cuyo apoyo tampoco se ganan, que trata de vengarse ayudando a destruir la economía sin comprender que en esta hecatombe también está demoliendo su propia obra. El resultado final de este miserable fratricidio es la derrota temporal de un proyecto histórico y, como siempre, el sufrimiento de los humildes, que nunca fueron tomados en cuenta por los dos «hermanos» embriagados de estrategias personales».
Eso es lo que estaba anunciado en aquella nota y eso fue lo que pasó. Por eso la palabra de origen quechua guacha (huérfano; sin madre ni padre) define bien el carácter de la resistencia.
Falta por el momento un aglutinante que yendo más allá del rechazo, la desconfianza, o la desesperación, se posicione, desde lo político y sin dejar de lado el diálogo, como alternativa cierta al gobierno que se cuestiona y se quiere hacer caer.
Eso fue el MAS. Eso es lo que Evo Morales, Luis Arce y quienes los acompañaron, dejaron caer como si no tuviera ningún valor, en el momento en que más se lo necesitaba.
Esa horfandad es el punto de partida de la Gran Marcha que los bolivianos inician a partir de ahora -en el corazón mismo de una América Latina sitiada y en venta-: transitar, desde la recuperación del protagonismo y desde esta resistencia emocional -y emocionante- pero guacha, hacia la recuperación de la dignidad y el poder perdido.
