De Nico Willams a Lupita Nyong’o. Colonialismo, inmigración y negritud en el espectáculo del mundo (epílogo)

Antes de acercarnos a la odisea particular de la madre de Nico Williams atravesando descalza y seguramente aterrorizada el Sáhara desde Ghana hasta la Valla de Melilla para poder limpiar pisos en las casas de los blancos en Bilbao, y antes de preguntarnos por qué razón en La Odisea de Christopher Nolan, quien protagoniza a Helena de Troya es la actriz keniano-mexicana Lupita Amondi Nyong’o Buyu, bueno será que nos detengamos un minuto en el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge y en un concepto acuñado por él en 1817: la Suspensión Voluntaria de la Incredulidad. .

 

Corría, como decíamos, 1817. Pasaban todo tipo de cosas en el mundo, que sufría por entonces los embates de un imperio inglés cruel, e insaciable, y de una Revolución Industrial cuya primera atapa estaba en plena expansión. Nuestro personaje, ajeno a todo ello aunque en su juventud había coqueteado con algunas ideas políticamente radicales aunque totalmente absurdas, había sido uno de los pilares de la corriente Romántica, que dinamizó la literatura de la época, y era ya un poeta reconocido y admirado.

Sin embargo, llegado a los 55 años, atravesaba una crisis personal profunda que incluía el fracaso de su matrimonio, el rechazo de una hermosa mujer de la que se había enamorado siendo ya un hombre mayor, y una prolongada adicción al láudano, un derivado del opio que se había puesto de moda en los círculos ilustrados de la sociedad inglesa.

Hemos entrado en esos detalles que nada tienen que ver con los temas que motivan esta nota, porque aquel año Samuel Taylor Coleridge publicó un libro, Biographia Literaria, que incluía notas autobiográficas, crónicas de viajes, y reflexiones acerca de lo que hoy denominaríamos crítica literaria, en el que se detuvo en un concepto que, por obvio que nos pueda parecer, ha dado lugar a ríos de tinta desde entonces, el de la «Supensión Voluntaria de la Incredulidad». 

Coleridge quiso destacar con ese concepto, que el lector frente a un texto o el espectador frente a una función teatral, establece un pacto consigo mismo. Un pacto que implica que por un tiempo determinado debe dejar de lado el pensamiento crítico. Aceptar como real algo que sabe que no lo es. Es ese pacto el que nos permite ser poseídos por una obra teatral como Hamlet o como la Casa de Bernarda Alba y disfrutarla con plenitud.

Vale advertir que esa voluntad de aceptar como real lo que en determinado momento los actores nos ponen por delante, no implica en absoluto volvernos crédulos. Es, en realidad, lo contrario de la ingenuidad.

Sabemos desde el inicio de la obra que el actor que representa al príncipe no es danés, que no está atravesando ningún proceso de deterioro mental, y que no ha matado al padre de Ofelia. Sin embargo, supendemos voluntariamente ese conocimiento y la incredulidad consiguiente, porque si no fuera sí, nos sería imposible disfrutar la obra y comprender lo múltiples niveles de sentido con los que el autor ha dotado a sus personajes.

Si no dejáramos en suspenso nuestro «estar crítico en el mundo» no podríamos emocionarnos cuando la reina describe la muerte de Ofelia, diciendo aquello de «Cuando estaba trepando para colgar su corona de flores en las ramas sesgadas, una, envidiosa, se quebró…»

Una vez finalizado el espectáculo, cuando el hechizo se rompe y la realidad nos invade mientras salimos de la sala, el disfrute estético o las enseñanzas morales que de la obra se desprendan, quedan -si tenían algún valor- con nosotros. La puesta en escena -en cambio- las luces, el vestuario y quienes actuaban en la obra, vuelven a ser apenas parte de un montaje cuya verosimilitud se desvanece. Todo ha sido -y lo sabíamos- una ficción.

Cuando el fútbol termina

Dicho lo anterior, dejemos a Coledrige y volvamos a nuestro tema. Acaba de finalizar el mayor espectáculo que los tiempos hayan concebido. Una ficción a escala planetaria culmina mientras Donald Trump se cuela en la foto de los triunfadores en medio de una lluvia de papel dorado. Y la suspensión voluntaria de la incredulidad que nos indujo a vivirlo apasionadamente y a disfrutarlo de principio a fin, finaliza también -o debería.

Esta nota -vale recordarlo- es el epílogo a dos entregas anteriores en las que nos preguntábamos por las razones y el alcance de la irrupción de la negritud en lo que ha sido durante todo el último mes «el espectáculo del mundo». Un espectáculo que es mucho más que un juego de pelota sobre un campo recubierto de césped de 105 mts. de largo x 68 mts. de ancho. Es la puesta en escena de batallas épicas afortunadamente incruentas, en las que hay reglas, las reglas -con alguna laxitud- se cumplen y con frecuencia ganan los mejores. Algo así como lo que todos esperamos de la vida.

Pero nuestra intención no ha sido ni es hablar del espectáculo en sí (magnífico y deplorable simultáneamente), sino detenernos en algo que para algunas personas podría ser una anomalía (el hecho de que en las selecciones de muchos países europeos y americanos haya muchos más jugadores negros del que podría parecer lógico encontrar). Y colocar una lente sobre esa aparente anomalía para entenderla mejor.

En esta última entrega, entonces, nos ubicaremos cerca de Lamine Yamal cuando durante los festejos en la plaza de Cibeles levanta la copa. No pocos de entre la multitud que celebra le gritan con rencor ¡moro, ¡moro! y ¡no eres español!, pero no son ellos los que ahora nos preocupan. Giraremos apenas centímetros la mirada para enfocarnos en quien hizo posible el agónico gol con el que España selló su triunfo.

Su nombre es Nicholas Williams Arthuer y lo que nos importará conocer de él, en este caso, no son sus habilidades futbolísticas sino cómo llegó hasta allí.

Una inmigrante negra y su odisea «más allá de lo legal»

El portal de BBC Mundo, el 19 de julio por la noche, a minutos de finalizado el encuentro, nos proponía conocer La historia de migración y éxito de las familias de Lamine Yamal y Nico Williams.

Puede extrañarnos la asociación de las palabras migración y éxito porque no es lo habitual en estos días. En Europa los migrantes que provienen de sus ex colonias son presentados por lo general como invasión y en el mejor de los casos como problema. Pero la fórmula se ha repetido en inumerables medios de prensa, y como forma de introducir la historia familiar de Nico Williams a un gran público ávido de finales felices, podemos entenderla.

María, su madre, ya embarazada de su primer hijo y Félix, su padre, originarios de Ghana, hicieron su camino hacia el norte siguiendo una de las rutas migratorias más letales del planeta, atravesando el desierto del Sahara, haciendo parte de ese viaje, como tantos otros, casi descalzos, indocumentados, y con provisiones mínimas de alimentos y agua.

Después de cruzar Marruecos (algo que hoy les hubiera resultado imposible por la violencia policial que allí enfrentan los migrantes subsaharianos), han logrado saltar la barrera de 6 metros de altura que en Melilla separa las angustias ciertas del Tercer Mundo con las ilusiones muchas veces vanas del Primero.

Allí, un funcionario de la organización Caritas, conmovido por el embarazo de María, les aconseja declararar ante las autoridades españolas que son originarios de Liberia, un país por entonces en guerra, lo que les permite pedir asilo y evitar el peligroso cruce hacia Gibraltar en esas embarcaciones abarrotadas y frágiles que han transformado al Mediterráneo en el cementerio de decenas de miles de desgraciados que jamás llegan a destino.

A partir de entonces -y posiblemente después de abandonar sus nombres y apellidos originales para que su origen real no fuera descubierto- comenzó una vida de trabajos mal pagos y discriminación -en nada diferente a la de buena parte de los inmigrantes, en especial si sus pieles son oscuras-. Una vida sacrificada que muchos de nosotros no soportaríamos, pero para el caso, normal.

Pasados los años, sus dos hijos hicieron una carrera destacada en el fútbol del País Vasco primero y luego en la selección española uno y en la selección de Ghana el otro, y de eso ya hemos hablado en la Segunda Parte de esta serie cuando seguíamos la pauta con la que Francia prepara a los adolescentes que luego brillan en su selección.

Esos procesos en los que se extrae de sus comunidades a chicos especialmente dotados y se los hiperprofesionaliza hasta transformarlos en estrellas excepcionales del espectáculo más redituable que se haya concebido, son historias de éxito personal que merecen ser conocidas y celebradas, pero no debemos renunciar a comprender su esencia. No se trata de procesos de integración comunitaria de los migrantes sino de fabricación de fenómenos excepcionales.

Por ello, tras haber suspendido voluntariamente la incredulidad para disfrutar del espectáculo como nos aconsejaba Coledrige, y una vez que cae el telón, apaguemos el televisor, abstraigámonos -si podemos- del ruido subsiguiente, y la realidad, como un aire helado, nos golpeará la cara.

La eclosión de la negritud en las selecciones de fútbol del mundo coincide, paradójicamente, con el momento de mayor xenofobia y rechazo de la diversidad y la inmigración en todo Occidente. Buena parte de lo que hemos visto es poco más que una ficción. Y algunos de los protagonistas, afortunadamente, lo saben.

Lo expresa bien el escritor y periodista Guillem Martínez, en una nota del portal español CTXT:

«La inmigración, una inmigración cruel, en ocasiones sangrienta, ha entrado con profundidad y frescura en el fútbol. He visto, en la TV, un documental que explica la vida de los jugadores de la selección. Hay mucho estudiante o licenciado en Administración de Empresas –la moda de la época– entre los rostros pálidos. Los jugadores de origen africano, por el contario, no han vivido una epopeya, sino varias. Para ellos, entrar en la élite del fútbol, esa cosa tan improbable, tiene más posibilidades de realizarse que acceder, a pelo, vía el trabajo o el estudio, a la clase media o, incluso, a cierta estabilidad. La inmigración, esa es la sensación, no puede entrar en la realidad con la libertad, tranquilidad y poderío con que entra en el fútbol. Y parece que los jugadores de origen africano lo saben. Cuando hablan de su infancia, de su madre trabajando más allá de lo legal y de lo humano, se les enciende la mirada.»

Post data: el color de Helena de Troya

Al inicio de esta nota, habíamos previsto acercarnos también a otro de los debates que se han sucitado en estos días y que tienen a la negritud como epicentro: la inclusión, en La Odisea de Christopher Nolan, de Lupita Amondi Nyong’o Buyu en los papeles de Helena de Troya y de su hermana gemela, Clitemnestra.

Se trata de un tema que tiene obvias diferencias con el de la irrupción masiva de deportistas de origen africano en el fútbol, pero se pueden apreciar aristas comunes, entre ellas, obviamente, las reacciones que ha provocado. Si hay quienes le niegan a Lamine Yamal su condición de español, y si hay quienes querrían negarle su derecho a sentirse francés a Kylian Mbappé, ¿cómo podrían aceptar de buen grado que una joven negra representara a quien fue, según se ha sabido siempre, la mujer más hermosa que los dioses hayan concebido?

Por razones de espacio y para no abusar de la paciencia de quienes leen DIÁLOGOS, dejaremos ese tema para una próxima entrega.

 

 

 

 

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online