Massa y la épica de la moderación. Requiem por «aquel» peronismo

Decepción y gestos adustos en quienes lo jugaron todo al poder del odio, la sacralización del dólar y la discordia. Alegría casi incrédula en las y los que se habían propuesto defender al menos la idea de justicia -esquiva siempre pero ahora agonizante tras un mal gobierno- poniéndole un freno al frenesí desmantelador. Alivio. .

 

Pasadas las 19 horas, entre los pocos seguidores de Javier Milei que se dejaban ver por TV, la realidad comenzaba a transformar las gestualidades prepotentes y sarcásticas de horas previas en muecas de fastidio. El alud de votos que les habían prometido se estaba transformando en algo peor que un chasco, y finalmente quedó limitado a un modesto 30%. Un porcentaje menor al que habían obtenido en las primarias del 13 de agosto.

Los cambiemitas, por su lado, que hasta hace 3 meses se veían a sí mismos haciendo y deshaciendo sobre el cadáver poppulista, comenzaban a asumir en público lo que ya sabían en privado. La candidata maleducada y torpe a la que ellos mismos se habían condenado, debería en pocas horas admitir que menos del 24% del electorado se había atrevido a confiar en ellos. Como en las telenovelas de bajo presupuesto, hasta el propio lider de ojos helados que colocó a Patricia Bullrich donde no debía estar, prefería a otro.

Sergio Massa había alcanzado un 37% que hasta dos días antes parecía imposible y el milagro que Diálogos anunciara con más de un mes de anticipación, se producía puntualmente.

Vale la pena recordar lo que nos atrevimos a vaticinar el 10 de septiembre en nuestro editorial Milei y el abismo: las estridencias de un flautista en el circo argentino,  porque no resultaba fácil en aquel momento (no lo es nunca) ir a contracorriente de lo que las encuestas, los medios hegemónicos y los pesimistas anunciaban.

«(…) Massa, a pesar de los pesares y de su propia historia de vaivenes, (…) a pesar de que su conglomerado político parece estar unido menos por el amor que por el espanto, y a pesar de que en nuestra región los oficialismos han perdido todas las elecciones desde 2018, se yergue como la única salida posible, decente o razonable.

No ha sido menor, en el cambio de humor que comienza a percibirse en los últimos días, la admisión de la Argentina en el bloque de los BRICS. No le debe haber resultado fácil a Lula conseguirlo. En algún momento podremos evaluar lo que significó esa noticia para un Massa que recién ahora se presenta como algo más que «el candidato de la derrota». Y llegará el momento en que sabremos si una muestra de confianza regional e internacional de ese calibre influirá en el importante porcentaje del electorado peronista/progresista e incluso del avejentado y apagado Partido Radical que hasta ayer se negaba a votarlo.

Un gobierno de Javier Milei conducido por el equipo de gobierno que le imponga Mauricio Macri, obsesionado en «hacer lo mismo pero más rápido» y en «terminar con el peronismo para siempre», podría acarrear un caos económico y social de consecuencias catastróficas. Si se apuesta a la razonabilidad (…), Massa podría estar a las puertas de la presidencia. Si no por méritos propios, que quizás los tenga, sí por deméritos ajenos.»

Eso es lo que nos parecía posible y deseable hace un mes -recién llegados a la Meca de las crisis y la inestabilidad cronificada- y eso es lo que se vio y vivió en la Argentina anoche. Un enorme, difuso pero perceptible, matizado con «peros» y «sin embargos» pero palpable, suspiro de alivio colectivo.

El peronismo o lo que de «aquel» peronismo queda tras 80 años de trayectorias azarosas, fluctuantes y contradictorias, lo había hecho otra vez. La mística corroe cualquier duda razonable. La casa, si no estaba en orden, era reconocible. Seguía siendo la nuestra. Y los derechos adquiridos duramente, los deseos de justicia, la sensación de que desentenderse cruelmente de los otros es un desvalor, ese patrimonio intangible pero vital, que había peligrado cuando una andanada de jóvenes idiotas se embobó con el espejismo dolarizante y con los desplantes de un desquiciado, quedaba -momentáneamente- a salvo.

Lo que ahora vendrá

No está todo dicho, por supuesto. Y recién en la segunda vuelta que se celebrará en 19 de noviembre se conocerá si este paso, que alejó apenas un paso a la Argentina del abismo, es el inicio de un camino transitable o sólo constituye una distracción antes del salto hacia la orgía incel, el neomenemismo a cielo abierto, y el caos prometido.

Juntos, sumados mecánicamente, los votantes de Juntos por el Cambio y los que se autoidentifican como «anarcocapitalistas» podrían sumar un rotundo 53%. Pero juntos, sus líderes provocarán más rechazo, porque juntos son aún más absurdos y peligrosos. Los ojos y el rictus de Mauricio Macri la noche de la implosión de su estrategia de necedad caprichosa lo decían todo. Son gente de cuidado.

Pero todo hace pensar que los votantes de Patricia Bullrich, por antikirchneristas que se sientan o por antiperonistas que sean desde siempre, no irán todos como corderos al matadero para que Javier Milei alimente su voracidad tardofascista con ellos.

Ese machimbre de propuestas pobrísimas identificadas con la demolición y el odio continuó siendo la tónica apenas disimulada en el discurso final de la candidata vencida y fue la tónica expresa en el discurso que leyó, mimoso, cariacontecido y asordinado, Javier Milei media hora después, como si la misma mano se hubiera encargado de diseñar ambos mensajes. Siendo lo mismo, y desnuda su falta de propuestas constructivas, serán inevitablemente menos.

El futuro, prometedor e inescrutable

Queda el futuro ahora, que es por definición inescrutable y que siempre deseamos ver como henchido de promesas.

Cabe pensar, yendo de menos a más, que a partir de ahora y rápidamente, Juntos por el Cambio se desmembra. El núcleo duro macrista optará por canibalizar y «encauzar» a Javier Milei, apoyándolo sin vergüenza. Parte de la dirigencia radical y sus afines, intentará -seguramente con éxito- atravesar los túneles subterráneos que los conduzcan hacia Massa. Otros, que se sientan libres de toda mácula -siempre los hay-, votarán en blanco.

El mileísmo, desorientado y vacilante parece desear perder, lo que no sería mala idea. Su liderazgo coquetea a diestra y siniestra sin decoro alguno pero sin la menor convicción. Promete un Ministerio de Capital Social a la izquierda trostkista con el mismo desenfado con el que hasta el 22 de octubre aseguraba que haría desaparecer al zurdaje de mierda. Quiere que Patricia Bullrich, a la que acusó de colocar bombas en jardines de infantes durante su etapa montonera, sea su futura Ministra de Seguridad.

Pero al mismo tiempo, Javier Milei continúa insultando y empujando a una parte importante del liderazgo cambiemito-centrista (Horacio Rodríguez Larreta, Martín Lousteau, etc.) hacia los brazos de Sergio Massa, por lo que cabe sospechar que su objetivo no es alcanzar un imposible 50% el 19 de noviembre, sino consolidar un espacio neofascista, suyo y sólo suyo pero esponsorizado por Mauricio Macri, con miras al futuro. Ambos piensan que la única Argentina deseable es la de finales del Siglo XIX y esa nostalgia reaccionaria por volver a ser colonia los hermana.

Sergio Massa, el preferido por un universo empresarial que sabiamente vio en Milei el mismo peligro que vieron los trabajadores organizados y los movimientos sociales, anunciará en los días por venir un gobierno de unidad nacional (imprescindible dada la situación a la que se ha llegado), algo para lo que no está claro si el peronismo y quienes lo rechazan casi visceralmente están preparados.

Sus palabras la noche del triunfo y haber elegido pronunciarlas sólo, en un escenario que lo tuvo como único protagonista, fue una muestra visible y deliberada de esa voluntad de atraer, con miras al balotaje y hacia su futuro posible gobierno, figuras y votantes de otras tiendas. Y de asumir como ganada en buena ley una hegemonía que se le dio en bandeja.

Massa se ha transformado, porque él ha sabido situarse en ese rol y porque la sociedad argentina parece necesitarlo, en el eje de una épica de la moderación que, como destacábamos en la nota en la que vaticinábamos su triunfo, también cuenta con la mirada cauta pero propicia de los BRICS, un bloque geopolítico en ascenso que ha colaborado, vía oportuna inyección de yuanes, para que la crisis cambiaria no se desmadre y para que la lujuria sojera, dolarizante y «libertaria» no se lleve al país puesto.

Sin embargo, -y podría ser más que un detalle- no haber mencionado en su discurso una sóla vez a Axel Kicillof, el auténtico valedor de su candidatura en la provincia económica, demográfica y electoralmente más importante del país, que resultó re-electo con más del 45% de los votos de su jurisdicción, y que demostró antes y esa misma noche una generosidad y una lealtad pocas veces vista en la política vulgar, no parece un gesto auspicioso. ¿Pensará Sergio Tomás tener los brazos más abiertos para los ajenos que para los propios? ¿Temerá que quien hizo posible un triunfo de otro modo esquivo podría ser en el futuro un competidor demasiado aventajado? ¿Estará dispuesto a repetir conductas sinuosas que se le han reprochado antes y que por esta vez fueron oportunamente olvidadas? ¿Sabrá hacer honor a lo que jura, y dar más de lo que recibe?

Esas y otras preguntas no tienen respuesta. «Aquel» peronismo -dando por válido que hubo uno-, deberá resignificarse, depurarse, ser capaz de conformar alianzas que no sabe propiciar y casi nunca quiso, y en ese trayecto perderá parte de su esencia y ganará no sabemos cuánto. Pero eso no quita que lo que sucede en el escenario sea apasionante. Y razonablemente esperanzador.

 


 

Adenda:

La votación en el Consulado argentino en Toronto muestra detalles interesantes. Votaron algo más de 450 personas de un padrón estimado en unas 4800. Menos del 10% del total. Y el resultado es una brutal inversión del registrado entre los votantes del país.

Tiene su lógica seguramente, pero valdría analizar cuál es.

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online