«Benjamín Netanyahu será el Primer Ministro más corrupto y autoritario de la historia de Israel, pero al menos es el más incompetente». El breve e irónico tuit del cientista político hebreo-argentino Andrés Malamud es quizás el que mejor prologa lo que querríamos decir en Diálogos acerca de esta nueva -y antiquísima- guerra que asoma sobre el horizonte.
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El malhadado fin de una farsa piadosa
Hamas, el grupo (terrorista) que acaba de sorprender al mundo con un ataque fulminante que los infalibles servicios de inteligencia israelíes fueron incapaces de anticipar, puede llegar a obtener -en el hipotético caso de que algo consiga o algo busque- un canje de prisioneros. Un «yo te devuelvo a éstos y tú dame aquellos» escenificado como un trueque de mafiosos vulgares sobre las ruinas de las ruinas y sobre cientos de cadáveres todavía tibios. Algo a lo que hasta el momento el gobierno de Israel se había negado y a lo que seguramente se seguirá negando aunque esta vez haya más efectivos de su ejército y más civiles en juego. Ni las vidas de los unos ni las de los otros valen demasiado.
No se puede esperar otra cosa que eso de esta guerra, porque las fuerzas en juego son inconmensurablemente dispares y porque una vez producida la sorpresa -que quizás no fue tal-, el conflicto -si no intervienen otros que seguramente estarán calculando qué perderán o ganarán si lo hacen- sólo puede tener un final. Horrible. Despiadado.
Conseguirá también Hamás, o mejor dicho ya lo ha conseguido, el repudio casi unánime de la gente de bien que se horroriza de que estas cosas pasen después de haber mirado con absoluta frialdad cómo un Estado (también terrorista) desconoce, mina y socava, a lo largo de años y décadas, hasta el último derecho de un pueblo abandonado a su suerte.
Porque no otra cosa es lo que pasa en ese rincón del planeta en el que a vista y paciencia de todo el mundo se escupe, se golpea, se viola, se saca de sus tierras o sus casas, y se mata gente de todas las edades y condiciones. Para que otros mejores, más puros, y más cercanos a Dios y a un Occidente que los prohija y les teme, se asienten y prosperen sobre lo que no es suyo.
Y ganará Hamás, obviamente, que una ya casi nominal Autoridad Palestina, deje de tener la poca autoridad y los pocos recursos con los que Naciones Unidas la ha dotado para que sobreviva como mejor pueda. Será el malhadado fin de una farsa piadosa
Esas serán las pocas -o no tan pocas- cosas que Hamás podría ganar si, como hasta hoy se anuncia, sólo Irán respalda sus acciones, y si el resto del mundillo árabe o musulmán se lava prolija y prudentemente las manos. Pocos parecen entusiasmados en un nuevo Yom Kippur a la vuelta de la esquina.
Un personaje turbio en busca de tiempo
Pero debemos contabilizar, por supuesto, lo que gana con lo que acaba de suceder ese personaje corrupto y autoritario al que Malamud tan bien retrata en su tuit, y al que el diario israelita Haaretz, en su editorial Netanyahu Bears Responsibility for This Israel-Gaza War, responsabiliza de este modo:
The disaster that befell Israel on the holiday of Simchat Torah is the clear responsibility of one person: Benjamin Netanyahu. The prime minister, who has prided himself on his vast political experience and irreplaceable wisdom in security matters, completely failed to identify the dangers he was consciously leading Israel into when establishing a government of annexation and dispossession, when appointing Bezalel Smotrich and Itamar Ben-Gvir to key positions, while embracing a foreign policy that openly ignored the existence and rights of Palestinians.
Gana entonces Benjamín Netanyahu la excusa ideal para emprender una guerra relámpago y «justa» en la que sólo su país podría triunfar y de la que sólo él y los suyos podrían extraer un beneficio.
Gana poder arrasar hasta los cimientos -como ya ha anunciado- la Franja de Gaza con sus más de dos millones de miserables habitantes, que se irán Dios sabe a dónde para que los asentamientos -ilegales, como año tras año denuncia la casi unanimidad de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas- avancen sin misericordia y devoren todo.
Gana, por supuesto, que quienes desde hace meses amenazaban con hacerlo caer -por vil y por inútil- detengan sus vanos intentos y se callen la boca patrióticamente por un tiempo.
Y ganan los que pedirán entre lágrimas y sin un sólo sonrojo, que se le den más fondos al ejército y a los servicios de inteligencia para que la próxima vez sí puedan avisar a tiempo que vienen los lobos antisemitas y los terroristas despiadados. Como bien titula el editorialista de Haaretz Chaim Levinson en su edición del 8 de octubre: Whatever Happens in This Round of the Israel-Gaza War, We Already Lost.
Los restos de una larga historia
Quedarán esta vez, como en el pasado reciente y como en los inicios milenarios de esta historia inacabable, un montón más de ruinas y muchas dudas acerca de qué es falso y qué es real.
Ya en tiempos bíblicos, hace más de tres mil años, quizás coincidentemente con la irrupción de los míticos «pueblos del Mar», los filisteos, de quienes llega hasta nuestros días la palabra «palestinos», se enfrentaron con los israelitas por un quítame allá esas pajas. De aquel enfrentamiento a pedradas en la noche de los tiempos nos llegó el relato poco creíble de David y de Goliat. Las fake news y la demonización de los vecinos no son inventos recientes.
Nada parece haber cambiado mucho aunque todo sea ahora tan diferente.
Los servicios de inteligencia israelíes, infalibles cuando se trata de colaborar en la caída de gobiernos ajenos aquí y allá, y tan prestos siempre a vender a buen precio su software de espionaje, fallaron esta vez. Queda la duda. ¿Pecará de excesiva suspicacia quien piense que el «fallo» buscó que Hamás hiciera coincidir -una vez más- sus propios intereses con los intereses del Likud y sus aliados conservadores e integristas? El viejo truco de los enemigos que se necesitan y se apuntalan mutuamente no pasará jamás de moda.
Queda también la duda de si parte de ese enorme arsenal de Hamás que al parecer nadie conocía no será producto del comercio ilegal de armas que desde Ucrania amenaza con innundar al mundo gracias a la increíble generosidad de los que promueven el «orden internacional basado en reglas y en valores», y gracias al esfuerzo de traficantes anónimos y mercaderes infatigables.
Queda la duda acerca del rol que han jugado o querrán jugar en todo esto Rusia y China, que por el momento llaman, con aparente razón, a que la comunidad internacional no siga desentendiéndose de un mundo que se resquebraja y amenaza con autodestruirse.
Queda la duda, aunque esa la despejaremos pronto, de cuánto demorarán Joe Biden y los amantes de la libertad que lo acompañan en zambullirse alegremente en un nuevo error.
Y quedará la duda acerca del papel que jugará Naciones Unidas (o la organización que la suceda) en un mundo ¿posible? que necesitará, como el pan, otro tipo de gobernanza, otro tipo de liderazgos… y otro tipo de humanidad.
