Un héroe apocado entre divinidades inhibidas y mujeres desdibujadas. La Odisea judeocristiana (I)

Si la espectacularidad visual y sonora fueran suficientes. Si imágenes magníficas como la del caballo de Troya encallado en la arena o secuencias imborrables como la de Circe transformando a los hombres de Odiseo en cerdos bastaran. Si hallazgos como el de enmudecer la escena mientras las sirenas cantan y sólo el hombre desesperado y atado al mástil puede escucharlas alcanzaran para darle sentido a tres horas de aplanamiento y descomplejización de la Odisea, estaríamos frente a un film de aventuras memorable. Pero ¿quién necesitaba eso?

 

El saqueador de ciudades

«Habiendo partido de Troya, nos llevó el viento al país de los cícones, a Ismaro: entré a saco en la ciudad, maté a sus hombres y, tomando las mujeres y las abundantes riquezas, nos lo repartimos todo para que nadie se fuera sin su parte del botín.»

Comencemos cerca del final, que es por donde deben comenzar las buenas historias. Odiseo, el héroe de la nuestra, llega a la tierra de los feacios en donde hará el último alto antes de arribar a Ítaca. Allí, en la corte, para entretener a sus anfitriones, entre los cuales se encuentra Nausicaa -de quien hablaremos después- cuenta la historia de su largo viaje de regreso a casa después de haber participado en el sitio y la destrucción definitiva de Troya.

Han sido diez años de violencia inninterrumpida durante los cuales los aqueos han destruído todas las pequeñas ciudades y pueblos cercanos a la ciudad que resistía. Y como vemos, tras el triunfo y apenas iniciado el vieje de retorno -que le insumirá otros diez años-, en su relato aparece, con total naturalidad, un episodio más de violaciones, pillaje y muerte.

Ese es Odiseo narrando, con orgullo, su propio periplo. No solo es el hombre que siente el dolor de no estar en ítaca, en la propia tierra, rodeado de los suyos. No es solo el que nos conmueve cuando rechaza la inmortalidad que le ofrece una diosa hermosísima si se queda con ella, porque quiere volver a una esposa, Penélope, que seguramente ha envejecido o quizás ya no viva. No es solo el hombre de ingenio y valor exhuberante. También es el que a causa de su orgullo se ve impedido de alcanzar lo que más desea. Y el cruel. El que un vez en casa le ordena a su hijo asesinar a doce esclavas porque no han sido del todo fieles durante su larga ausencia.

Ese es Odiseo. Contradictorio, solapado, exasperante. Y ese es el mundo y la humanidad de su tiempo -y quizás del nuestro. Ese es el «saqueador de ciudades», como él mismo se define en algún momento. El protagonista de una narración milenaria que Christopher Nolan aplana bajo una pátina de guerrero maduro, justo y atormentado.

La adaptación de la inmensidad a una pantalla

No tendría sentido que intentemos abordar aquí, con alguna profundidad, las mil infidelidades de Nolan para con la obra en que se inspiró y las otras tantas trampas que nos tiende para que pensemos que hacía falta que él «actualizara» una obra que, si ha permanecido casi 3.000 años entre nosotros, ha sido precisamente porque la complejidad y la profundidad de su trama la mantienen siempre vigente.

Hubo en el origen de esa obra, a partir del 1200 antes de Cristo, un número indeterminado de relatos míticos que daban cuenta de una guerra, la destrucción de una ciudad por el fuego y el pillaje, y el devenir de quienes en ella habían perecido o salido victoriosos. Eran relatos versificados para que se los pudiera trasmitir oralmente, ya que las formas de escritura que habían existido hasta entonces, no sólo eran elitistas y no estaban al alcance de nadie que no formara parte de los elencos de gobierno, sino que habían virtualmente desapercido. No existe ningún documento escrito de todo aquel período.

Transitaron aquellos relatos de feria en feria, de puerto en puerto, de ciudad en ciudad, durante lo que hoy conocemos como Siglos Oscuros, tras el colapso de las civilizaciones de la Edad del Bronce, provocado por unas aún hoy misteriosas invasiones de «los pueblos del mar». Por entonces, en el mundo en que aquellas gentes vivían, el pasado había devenido un intrincado mosaico de realidad imaginada, memoria vaga, sueños y pesadillas.

Transcurridos 4 siglos, alrededor del año 800 AC, aquellos relatos fueron recopilados y transcriptos en un idioma que ya no era el original, y en una nueva forma de escritura más sencilla y práctica que todas los ensayadas hasta entonces. Y entonces ocurrió el milagro.

Desde entonces, es decir desde hace aproximadamente 3000 años, aquellos relatos, divididos en dos obras inmensas y fundamentales, La Ilíada y La Odisea, nos interpelan y nos conmueven. No por los monstruos ciclópeos que viven apacentando ovejas en una isla perdida o por las sirenas que amenazan a los navegantes con la belleza y las promesas de su canto, sino por la relación que traban los seres humanos con lo maravilloso y lo insondable que los circunda. Y con lo luminoso y lo oscuro que habita dentro de ellos mismos.

Una de esas dos proezas literarias, quizás la más rica y mejor lograda, la que narra los avatares que debe enfrentar el héroe que sólo desea volver al nostos, al hogar, y las razones por las que demora 10 años en poder hacerlo (entre esas razones están, por supuesto, los 7 años de convivencia con la divina Calipso), es la obra que Christopher Nolan «adaptó» para nosotros.

La inmensidad llevada a la pantalla en formato IMAX de 70 mm para que quienes accedan a una de las 41 salas en el mundo capaces de proyectar el film en ese formato, abrumados con el sonido del mar y del oleaje, o movilizados con la incapacidad de Matt Damon para demostrar alguna emoción genuina, sientan que «están ahí».

La reducción de lo complejo a lo nimio

Pueden pasarse de largo detalles como que las naves de Odiseo tienen el diseño de las Drakkar vikingas, que responden a técnicas constructivas que se desarrollaron recién 2.000 años después… o que los caprichos del casting hayan introducido entre los personajes colores de piel inimaginables en la obra original… o que los lestrigones lleven armaduras plateadas que los colocan a mitad de camino entre un caballero medieval y un cascarudo pretencioso… o que Agamenón aparezca siempre como recién escapado de un set de filmación de Marvel Cinematic Universe… o que Menelao sea calvo. Todo eso es anecdótico. Pueden ser difíciles de comprender las razones que llevaron al director a tomar tales o cuales decisiones, pero las podemos dar por válidas porque tanto nos dan.

Lo que más se le ha criticado, y con razón, a Christopher Nolan es la presunción de que se podía aplanar la personalidad del héroe para que sus dobleces y sus zonas más oscuras no nos generaran sobresaltos ni rechazo. Que se podía presentar la caída de Troya sin que los horrores de la guerra -pensemos solamente en Aquiles tirando al hijo de Héctor, de pocos meses, desde lo alto de la muralla- nos helaran la sangre. Que se podían sacar de escena a los dioses que en la obra original empujan constantemente la acción en uno o en otro sentido. Que las mujeres -las diosas como Atenea, las ninfas como Calipso o Circe o las mortales, como Penélope, Helena o Clitemnestra, debían aparecer en la pantalla sin el aura deslumbrante de autoafirmación, sexualidad desbordada y potencia femenina que tienen en la obra original. Que se podían obviar los más de 8 años años que el héroe disfruta -forzado o no- de las mieles del amor con mujeres que -obviamente- no son la que lo espera resistiendo en su pequeña isla, bravamente. O que se podían falsear totalmente las escenas finales de esa maravilla literaria, porque al director del film -que parece disfrutar de una hubris mucho mayor a la del propio Odiseo- se le había ocurrido ¡otro final! mucho mejor. Más simple. Más del gusto del público que paga para que le vendan una historia por otra o, como se dice vulgamente, para que le hagan pasar gato por liebre.

Emily Wilson, la experta en literatura clásica cuya traducción de La Odisea ha citado Christoppher Nolan como inspiración directa de su film, lamentó la deformación de la obra original en una extensa reseña publicada por el London Review of Books diciendo cosas como:

“I had hoped that Nolan’s affinity with these Homeric themes might push him to new creative heights, and enable him to conjure more believable characters. But The Odyssey features his usual combination of grandiosity and superficiality … the film’s vision is too confused, its characters too underdeveloped, to deliver what it half-promises in terms of big ideas – although it is very good at conveying big bangs and big giants.”

“Nolan’s Odyssey lacks many of the elements that make the poem great. It has nothing convincing to say about time, memory, history, war, or about the relationship between one warrior’s glorious return and the lives of his family, adversaries, comrades, friends and neighbours. It lacks psychological, emotional, political and ethical depth. Its narrative structure is gimmicky. The writing is abysmal. None of the characters has convincing motivation for their actions or words. I would be ashamed to have written any part of this”.

Esa reducción de la complejidad a lo nimio que atraviesa todo el film, no se limita al apocamiento del héroe hasta dejarnos de él apenas un guerrero arrepentido con estres post-traumático.

Se expresa en la chatura con la que Nolan castiga a cada uno de los personajes femeninos de La Odisea original y en el ocultamiento de cuáles fueron las relaciones de esas mujeres con un héroe que les debe todo -desde la demora de diez años en llegar al hogar, hasta el haber podido hacerlo con vida-.

Y finalmente, queda al desnudo en la alteración de las secuencias finales de la Odisea para darnos una última lección de moral judeocristiana -de arrepentimiento y redención- al gusto de los tiempos que corren.

Pero de esas tres traiciones de Nolan a la obra original, por razones de tiempo y espacio, trataremos en la Segunda Parte de esta nota.

 

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online