En Venezuela, la tierra pone la sacudida. La política decide -aún sin saberlo- quiénes mueren.
El sustrato de rocas sedimentarias que conforman la costa norte venezolana es una creación del Río Orinoco, y explican tanto su riqueza petrolífera como el sismo que la sacudió el 25/6. Del mismo modo, el sismo que hizo tembalar la política venezolana el 3 de enero de este año es una consecuencia de la historia misma del país y la región. .
En la nota que sigue Luis Duno-Gottberg, profesor de Estudios Latinoamericanos en la Rice University de Houston, Texas, busca aristas en común entre un sismo y el otro, y nos aporta elementos para acercarnos a la complejidad y el futuro impredecible de ambas tragedias.
Venezuela ha temblado dos veces en 2026, un sismo político en enero, otro geológico en junio. Ambos sacuden la misma tierra y dejan a la vista las mismas fracturas, y ambos plantean, al final, una sola pregunta: sobre qué suelo puede volver a edificarse el país.
Las fallas y la urgencia nacional
La palabra “falla” habita dos registros. En el de los geólogos nombra una fractura de la corteza terrestre, una grieta donde la tensión se acumula durante siglos y se libera de golpe. En el de los historiadores nombra las fracturas que recorren una sociedad por dentro, separan a unos de otros, desgastan las instituciones y disuelven los acuerdos tácitos de la convivencia. No es casual que la geología y la historia eligieran la misma palabra: las sociedades, como los continentes, se rompen despacio. Venezuela lleva mucho tiempo viviendo sobre sus propias fallas, geológicas y políticas, sin saber cuál cederá primero.
Este año cedieron las dos, casi a la vez. En enero, un comando estadounidense sustrajo al presidente en mitad de la noche y lo subió a un avión rumbo a un tribunal de Nueva York. En junio, la tierra se rompió dos veces en treinta y nueve segundos y sacudió Caracas y su litoral. Entre un temblor y otro median seis meses y una misma revelación. Aquello que se daba por firme, una nación, un Estado, un suelo, era una superficie tensa, a punto de estallar.
Escribir sobre el significado de un terremoto mientras aún hay gente bajo los escombros tiene algo de impúdico; la interpretación parece un lujo frente al rescate. Pero escribo con la misma urgencia con que se aparta una viga. Entender por qué se rompe un país es parte de lo que hay que hacer ahora, si se quiere que el próximo derrumbe halle suelo más firme. La reflexión, en un país que se cae, no es lo contrario de la urgencia, es una forma de ella.
La tierra elige una fecha
El terremoto que sacudió la capital y arrebató miles de vidas, tal vez decenas de miles, llegó un 24 de junio, fecha en que se superponen tres Venezuelas. Es el aniversario de Carabobo, que en 1821 selló la independencia frente a España; es el Día del Ejército y es la fiesta de San Juan Bautista, que la costa central celebra con tambores. Sobre esa triple memoria, la de la gesta, la del cuartel y la del tambor, cayó la catástrofe.
Dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 se produjeron a lo largo del sistema de fallas del norte del país, donde la placa del Caribe se desliza junto a la sudamericana un par de centímetros al año. Se cayeron edificios en Los Palos Grandes y Altamira, la zona que Caracas ya conoce por su falla particular: un valle tendido sobre fracturas activas y un manto espeso de sedimentos sueltos que amplifican y prolongan cada sacudida. Y se agrietó el aeropuerto de Maiquetía, una de las puertas por donde han emigrado millones de venezolanos. Pero el golpe mayor lo recibió el litoral. La Guaira, declarada zona de desastre, amaneció con decenas de edificios derrumbados, un hotel de Macuto reducido a escombros y barrios enteros, de Catia La Mar a Naiguatá, partidos por la sacudida. No es una costa cualquiera: es la misma que en diciembre de 1999 vivió el Deslave de Vargas, cuando las lluvias bajaron del Ávila convertidas en ríos de lodo y piedra y se llevaron entre diez mil y treinta mil vidas, el peor desastre natural de la historia venezolana. De aquel golpe el litoral se reconstruyó poco y mal: mucho de lo que se vino abajo se había levantado de nuevo sobre los mismos abanicos aluviales que el agua arrasó hace un cuarto de siglo, sobre un suelo que ya había avisado. El recuento provisional, más de ciento sesenta muertos y cerca de mil heridos, apenas insinuaba lo perdido; los modelos no descartan que, retirado el último escombro, los muertos se cuenten por decenas de millares. Para hablar, la tierra escogió el día más cargado del calendario, sobre la misma costa que cada junio repica por San Juan.
Una nación que se lee en sus temblores
Venezuela tiene, además, la vieja costumbre de leerse en sus temblores. El más célebre fue el del Jueves Santo, 26 de marzo de 1812, cuando la Primera República apenas contaba un año de vida, un proyecto incierto. Con las iglesias llenas, un terremoto devastador derrumbó los templos sobre los fieles y mató a unas diez mil personas en Caracas, cerca de un tercio de sus habitantes. La geografía del desastre pareció tomar partido: arruinó las ciudades patriotas y respetó los bastiones realistas, y al clero del rey le bastó para predicar que la tierra castigaba la rebelión. Los republicanos pelearon por arrebatarle ese significado, hasta que Bolívar respondió, sobre los escombros, con la frase que la tradición le atribuye y que se volvería manifiesto: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Suele leerse como gesto heroico o como hubris, pero cabe otra lectura: la naturaleza había abierto una grieta física y la guerra respondía a una fisura social. Ambas se confundían. La Venezuela moderna nació discutiendo el sentido de una fractura y, dos siglos después, sigue en esa discusión.
La tierra no se aquietó. En 1900, un sismo de magnitud 7,7, uno de los mayores que registra el país y que el de junio no ha igualado, volvió a sacudir la costa central. Lo recibió una Venezuela agraria y sin petróleo, salida apenas de un siglo de guerras civiles y casi sin Estado: Cipriano Castro, que un año antes había tomado Caracas por las armas, despertó con la sacudida en la Casa Amarilla y, preso del pánico, saltó por una ventana y se rompió un tobillo. El poder personalista huía del temblor mientras el país lo resistía sin auxilio. Y dos años después serían las cañoneras de Inglaterra, Alemania e Italia las que bloquearían ese mismo litoral y bombardearían Puerto Cabello para cobrar una deuda; Cipriano Castro proclamó entonces que “la planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria”. La costa que estremecía la geología era también el umbral por donde, una y otra vez, entraban a cobrar los imperios.
Pero si algún temblor venezolano enseña que la cifra de muertos no la fija la tierra sino la mano del hombre, es el de Cariaco. El 9 de julio de 1997, un sismo de magnitud 6,9 rompió la falla de El Pilar, en el oriente de Sucre, y mató a unas ochenta personas. No fue un terremoto especialmente grande; fue especialmente revelador. Buena parte de los muertos no cayó bajo la fuerza del suelo, sino bajo el desplome de escuelas mal construidas: columnas demasiado cortas, concreto sin resistencia, planteles levantados sin que ningún código vigilara la obra. La tierra apenas empujó; lo que se vino abajo fue el ahorro mezquino de quien edificó barato sobre una falla conocida. Cariaco obligó al país a revisar sus escuelas y a reforzar buena parte de ellas, y dejó una lección que en junio regresa: la geología pone la sacudida, pero la política decide quién muere. Entre la magnitud del sismo y el número de ataúdes media una variable que no es natural: la calidad del Estado que construye, inspecciona y, llegado el caso, rescata.
Los terremotos de enero
La diferencia decisiva entre 1967 y 2026 no está en la magnitud de los sismos, sino en la sociedad que los recibe: la Venezuela de 1967 estaba construyendo; la de 2026 apenas intenta averiguar sobre qué reconstruirse. El verdadero terremoto del año no llegó en junio, con la tierra, sino en enero, con la política.
La madrugada del 3 de enero, una operación militar estadounidense capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó para juzgarlo. En horas, quien había gobernado más de una década desapareció de Miraflores. Pero descabezar un régimen no es cambiarlo, cierta “formación geológica” persiste.
Conviene tomar la palabra en serio. En geología, una formación es un conjunto de estratos depositados durante eras, capa sobre capa, hasta que el tiempo los compacta en una roca que parece natural y es historia sedimentada. La formación social venezolana es una de ellas. Bajo la fina costra del último régimen se reconoce el estrato del Estado petrolero del siglo XX, y bajo éste, el de la vieja hacienda colonial, comprimidos en una misma roca de clientelas, rentas y lealtades que ningún operativo nocturno disuelve. Lo que en enero se llevó un avión fue la capa superior, no la formación entera. Y una falla, cuando se mueve, no corta un estrato solo: los atraviesa todos a la vez. Por eso, cuando la tierra se rompió en junio, no hizo más que confirmar lo que enero había dejado sin resolver: que aquella roca seguía allí, tan tensa como siempre, debajo del Gobierno nuevo igual que debajo del viejo.
Esa continuidad tuvo en junio una imagen elocuente. Cuando el suelo se partió, quien salió a enumerar daños y pedir calma fue Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y hoy presidenta encargada, un Estado heredado, sin mandato que lo legitime, administrando una catástrofe sobre los restos de otra. La política venezolana vivió así su propio doblete sísmico: primero el golpe que se llevó al jefe, luego la réplica larga, en la que la estructura profunda apenas se movió.
La geografía de las grietas
Las fracturas que el temblor político dejó al descubierto son anteriores a él y habrán de sobrevivirlo. Hay una falla demográfica y afectiva, la de los casi ocho millones que se marcharon desde 2014, separados de los suyos, y cuyo regreso, si llega, dependerá de garantías que aún no existen. Hay una falla cívica, abierta por años de polarización, que erosionó hasta la capacidad de imaginar un proyecto compartido. Y hay, sobre todas, una falla estatal: instituciones capturadas, vaciadas, confundidas con redes de poder y a veces con el crimen, incapaces de responder cuando el terreno se mueve. Avanzaron en silencio, como las placas, acumulando una tensión que nadie medía. Por eso el sismo de junio encuentra a Venezuela convertida en una geografía de grietas: en la infraestructura, en la confianza, en la memoria común y hasta en la idea misma de nación.
Las catástrofes no inventan las debilidades: las exponen. Un hospital que se desploma o una carretera rota cuentan una historia anterior al sismo. Los desastres son auditorías que examinan en unas horas décadas de decisiones políticas y publican, sin piedad, el resultado.
El suelo de la prosperidad
De ahí que la pregunta que dejan los dos terremotos de 2026 no sea cómo levantar los edificios, porque eso se hace con cemento, sino sobre qué se levantan. Es tentador creer que la calma volverá sola en cuanto se reactiven los pozos: la promesa de que el crudo lo arregla todo es tan vieja como la república petrolera, pero hoy ese subsuelo no lo limita la geología, sino la gobernanza, y nadie compromete capital donde no hay reglas estables, tribunales que las apliquen ni una autoridad indiscutida. La tierra firme que hace falta no es un yacimiento, sino una construcción política: un Estado legítimo, instituciones que funcionen al margen de quién mande, una justicia previsible, un pacto mínimo sobre las reglas del juego. Nada de eso se improvisa y nada existe aún: quitarle al régimen la cabeza despejó el escenario, pero dejó el solar igual de movedizo, y sobre arena suelta no se edifica prosperidad, sino, en el mejor de los casos, la próxima ruina.
La mano desnuda
De todo esto sale una imagen que vale más que cualquier diagnóstico. Un hombre escarba solo entre los escombros de su casa: lleva un único guante en una mano y, en la otra, un balde de plástico. Sin maquinaria, sin cuadrilla, sin Estado: una mano medio desnuda y un cubo frente a una montaña de concreto.
Conviene detenerse en esa fotografía: las catástrofes se recuerdan por sus imágenes, y esta condensa lo que las cifras esconden. El guante es uno solo: no alcanzó para las dos manos, o no había más, y esa carencia lo dice todo. Es el emblema del trabajo precario del rescate, esa labor que, donde el Estado funciona, hacen cuadrillas con cascos, perros y sensores, y que aquí recae en el vecino y el desconocido que cava con lo que tiene. En Altamira, mientras un edificio de veintidós pisos yacía deshecho, eran voluntarios quienes trepaban la ruina gritando nombres ajenos: el primer auxilio, en Venezuela, no lo presta una institución, lo improvisa la solidaridad de al lado. Y la diáspora, desde Miami o Bogotá, abría listas en internet para registrar a los desaparecidos, porque ni el censo de los muertos podía ya confiarse al Estado.
Hay en esa escena una división del trabajo que es un mapa del poder. La maquinaria pesada no ha llegado mientras escribo estas líneas; cuando llegue, lo hará en aviones extranjeros: equipos de búsqueda y rescate enviados, tal vez, desde Virginia y California por la misma potencia que en enero vino por el presidente. La soberanía venezolana se reparte hoy en dos gestos simétricos: una mano sin guante que aparta el concreto a la intemperie y el rescate, como el crudo, delegado en quien tiene los medios. El Estado que no supo proteger a su gente tampoco puede desenterrarla.
Y encierra, además, una obscenidad de fondo: ese hombre escarba sobre uno de los mayores yacimientos de petróleo del planeta, cuyo crudo se bombea hacia afuera mientras él aparta los escombros con un cubo. El oleoducto y el balde son las dos caras de la misma fractura: una riqueza inmensa que fluye en una dirección y una mano desnuda que cava en la otra. La imagen no acusa, no le hace falta; solo muestra qué resta de un país cuando se retira todo lo que debía sostenerlo y queda, solo, el ciudadano frente a la ruina.
Lo que pertenece a la política
Los geólogos no eliminan las fallas: las conocen y construyen en consecuencia. Con las sociedades ocurre igual: la diferencia entre prosperar y hundirse no está en tener o no fallas, sino en saber dónde están y no construir encima como si no existieran. Venezuela vuelve a esa elección: un régimen viejo administra un país nuevo que aún no se atreve a nacer.
La tierra ya habló, con la voz seca de los sismos, y dijo lo de siempre: que nada firme lo es del todo, y que tarde o temprano hay que mirar hacia abajo, hacia las tensiones que nadie mira. Las preguntas que deja, en cambio, no pertenecen a la geología, sino enteras a la política y a la voluntad. Pero no a la que invocaba Bolívar entre los escombros de 1812, la de doblegar un suelo hostil, porque mandar sobre la falla por la fuerza es lo que enero ya ensayó sin moverla. La que hace falta se parece a la del geólogo, que no doblega la falla, la conoce y construye con ella. Mientras tanto, en Los Palos Grandes, ese hombre sigue solo ante los escombros con su guante y su balde. Y toda reflexión honesta sobre el futuro del país tiene que empezar también ahí.
Publicado originalmente en la web personal de Luis Duno/Gottberg
