Los primeros cuarenta días de Epic Fury y la no-tregua en el laberinto de las democracias

Hace apenas cuatro dias el mundo fingió respirar con alivio cuando, como tantas veces antes, Donald Trump pospuso el fin del mundo por algunas semanas, con la misma liviandad y falta de cordura con la que horas antes afirmaba que destruiría en una noche una civilización milenaria haciendo retroceder a Irán a la Edad de Piedra. .

 

Puede parecer forzada la palabra «fingir» en referencia al alivio generado por la noticia de que EEUU e Israel se avendrían a negociar un alto el fuego con el país que parece haberlos derrotado estratégicamente, pero las razones para creer que esa negociación llegará a buen puerto son pocas. Y quien más, quien menos, todos lo sabemos.

La historia del Siglo XX, lo sucedido en lo que va del XXI, y en especial lo que hemos debido presenciar durante los tres últimos años, nos dice que creerles y confiar en ellos ha sido siempre una pésima idea.

Como en el viejo cuento del escorpión y la rana, mentir, traicionar, y asesinar, está en su naturaleza.

Sin embargo, se alcance o no la paz, no deberíamos minimizar lo sucedido en estos casi 40 días de Epic Fury, porque a partir de ahora y aunque la naturaleza de los escorpiones no cambie, el mundo en el que viviremos ya no será el mismo.

Una little excursion al colapso

Cabe recordar que para sus principales impulsores la aventura en Irán devenida en desastre a escala global fue descrita, después de que las primeras niñas quedaron sepultadas bajo los primeros escombros, como una «little excursion». Y seguramente así estuvo planeada.

Decapitación total del régimen. Asesinato de algunos cientos de inocentes para darle a la excursión la dosis de horror y morbo que la hiciera inolvidable. Revuelta de colores anti-islámica, un nuevo Sha que recuperaría el antiguo palacio, la corona y la gloria depredadora y entreguista de su padre, un país de 98 millones de habitantes dividido en facciones irreconciliables al estilo de Libia o Irak… y petróleo.

Petróleo y petrodólares a raudales. Que fluirían hacia el apetito insaciable de la turba MAGA como la leche y la miel que manarán de Canaán una vez que Israel culmine su tarea destructora en el Líbano, como Dios les ha prometido.

Así se dijo y así se hizo. Con imposición de manos incluída y con la pastora Paula White desvariando en lenguas desconocidas, porque la ferocidad extrema de esta nueva elite que combina los dorados y las palmeras de Mar-a-Lago con el sopor asfixiante de las nuevas iglesias y las sinagogas, no se detiene ni siquiera delante del ridículo.

Por el contrario. Lo kistch, lo grotesco y lo bestial del espectáculo parecen ser condiciones inseparables de su éxito.

Después, y en apenas 5 semanas, la little exursion saltó en pedazos y los resultados del caos generado, al día de hoy, son la antesala de crisis sistémicas en cascada como la modernidad no ha visto nunca.

Breve resumen de lo que no hubo

De los objetivos iniciales de la furia épica no va quedando nada a excepción de un rencor creciente que se les traluce en la mirada, y una capacidad inaudita de imaginar un escenario de horror tras otro.

No hubo el cambio de régimen que el Mossad y Benjamín Netanyahu prometiron en febrero en Washington cuando convencieron a Donald Trump de que había llegado el momento de dar el zarpazo. Ni mujeres felices en las plazas quitándose el velo, ni multitudes bobaliconas entregándole el poder a los invasores. No era eso, por cierto, lo que querían las muchedumbres que habían salido a las calles a protestar tan sólo un mes antes. Y la indignidad de una diáspora que festejó en Toronto o en New York cada bomba que caía sobre sus hermanos, no tuvo ningún correlato en el interior del país.

No hubo destrucción militar rápida del enemigo, sino una resistencia feroz, de una escala inusitada, que destruyó metódicamente lo único que -de acuerdo a todos los cálculos previos- debía haber permanecido intacto: las instalaciones de las que fluye el 20% de la energía y el 25% de los fertilizantes que hasta hace sólo un mes consumía el mundo.

No hubo -hasta ahora- aliados occidentales que aceptaran ser reclutados como auxiliares de la nueva cruzada aunque les llovieron las advertencias y las amenazas. Starmer, Macron, Meloni, Merz, conocen bien dónde les aprietan sus respectivos zapatos, y saben que sus electorados no estrarán dispuestos a poner cadáveres para sacarles las castañas del fuego. No está nada dicho y aún están a tiempo de arrepentirse e intentarlo, porque no sería la primera vez que, con remilgos, se someten.

No hubo tampoco países de la región que se sumaran a la furia épica. Sólo lo hicieron las petrodictaduras del Golfo, -a regañadientes y porque estaban bajo fuego-, aunque justo es decir que no han puesto mucho de sí. Intentarán venderle el alma al diablo, como han hecho siempre, y quizás ya esté en camino un nuevo Lawrence de Arabia con petroyuanes en las alforjas de su dromedario. La escena no será la misma porque ya no está Omar Shariff entre nosotros, pero no se puede tener todo.

No hubo quien se atreviera a poner las boots on the ground por holywoodenses que se les mostraran las perspectivas. Y el poco creíble rescate del piloto heroico que atravesó desiertos y escaló montañas para escapar de los feroces pastores que lo perseguían, acabó siendo una operación fallida cuya finalidad -si alguna tuvo- aún es un misterio. Si fueron en busca del uranio enriquecido, todo lleva a pensar que no lo encontraron. Por ahora, hierros retorcidos y helicópteros calcinados es todo lo que queda en las arenas en las que Pete Hegseth imaginó que se manifestaría la gloria eterna que Dios le tiene reservada.

No hubo tampoco apertura del Estrecho de Ormuz, que no formaba parte de los objetivos iniciales porque a nadie se le había ocurrido cerrarlo. Ahora parece indiscutible que se trata de aguas territoriales de Irán y de Omán, y que pretender abrirlo por la fuerza sería incursionar en una aventura jalonada de desgracias.

Y finalmente, ¡no hubo muertos!… o eso se espera que creamos. Alguien estudiará algún día el papel de los medios de comunicación en esta guerra.

Incertidumbre y cataclismos

Si en estos primeros cuarenta días Epic Fury no se ha destacado por sus éxitos, sí le ha aportado al mundo una serie casi infinita de incertidumbres.

Trece de las diecisiete bases militares de EEUU en Medio Oriente han quedado inhabitables, y para reponer parte del material perdido el Ejército más poderoso que han conocido los tiempos ha debido retirarlo de Corea del Sur y de Alemania. La existencia de la OTAN pende de un hilo y de cuántos mohines pueda hacerle Rutte al amo en sus visitas a Washington. Y en todo el mundo hay quienes se preguntan si la existencia de una base norteamericana entraña la protección que se les vende, o si convierten a los países que las albergan en un blanco.

El gasto de estos primeros cuarenta días de destrucción indiscriminada es de billones de dólares, pero el costo a lo largo de años en términos de instalaciones bombardeades y desatruídas que deberán ser reparadas para que la energía llegue a donde llegaba sin dificultad antes de la guerra, es incalculable. Y quienes hayan concebido esto como un negocio, fueron los únicos que no se equivocaron.

Nadie está dispuesto a predecir quién le venderá petróleo o gas a quién -ni a qué precio-, si la guerra continúa unas semanas más. En Arabia Saudita vuela el oleoducto que podría conducir petróleo hacia el Mar Rojo y desde allí a Europa, y todo apunta a que se trata de una operación espejo de la que ocasionó hace tres años la voladura del North Stream. Las espirales inflacionarias en todos los derivados de los hidrocarburos (combustibles esenciales, GLP, plásticos, asfaltos, aceites, fertilizantes, fibras sintéticas y productos farmacéuticos) comienzan a ser percibidas como una amenaza latente hasta en el más recóndito rincón del planeta.

Mientras tanto, y aunque para la prensa occidental ha pasado casi desapercibido, Cheng Li-wun, la principal figura del Kuomintang, viaja por 6 días a la mainland y a estar por la acogida que las autoridades chinas le tenían reservada y por sus dichos, parece evidente que pronto Taiwán será recibida como una hermana menor que vuelve al hogar avergonzada después de haber sido seducida por un truhán.

Y como si todo lo anterior (a lo que habría que sumar la visita de 4 días de Pedro Sánhez a Beijing) fuera poco, a escasas horas del vencimiento del ultimátum apocalíptico ocurrieron dos hechos destacables. 1) los enviados de China y Rusia vetaron un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dejando en claro que ya están hartos de lidiar con idiotas, y 2) el primer papa estadounidense no dejó lugar a dudas: «God does not listen the prayers of those who wage war, but rejects them saying: «Even though you make many prayers, I will not listen; your hands are full of blood».

No les creas nada; nunca

Así las cosas y en medio de todo ese caos geopolítico, religioso, bursátil e informativo, pareció bastante lógico que dos horas antes de que se venciera el plazo que él mismo había fijado, Donald Trump se mostrara dispuesto a aferrarse al hierro caliente de los 10 puntos planteados por Irán manifestando que constituían una “workable basis on which to negotiate”.

Y fue lógico también que menos de doce horas después, mientras escribíamos esta nota, su secretaria de prensa, Karoline Leavitt anunciara con su sonrisa imperturbable de cada mañana que la lista con los diez puntos “it was literally thrown in the garbage by President Trump and his negotiating team”.

Como se podía esperar, Israel ha continuado bombardeando a la población civil del Líbano con la misma saña y la insanía de siempre, y cuando el día sábado 11 de abril las partes se sienten a la mesa de negociaciones en Islamabad, la máxima de «no les creas nada; nunca», deberá estar presente.

La disparidad entre los dos equipos de negociadores es abismal y no augura fáciles entendimientos. De un lado, diplomáticos, economistas y expertos en tecnología nuclear de trayectorias reconocidas y con plenos poderes para acordar o para retirarse de las negociaciones. Del otro, un grupo de tahures y agentes inmobiliarios caricaturescos encabezados por uno de los personajes menos confiables de nuestro tiempo. Son ni más ni menos que visiones diferentes de la vida.

Ojalá nos equivoquemos y la paz sea posible, por efímera o inestable que sea. Pero todo lleva a sospechar que si no hay una enorme presión internacional, la guerra continuará, de una u otra forma, antes o después.

En primero lugar, porque los EEUU no están aún preparados para enfrentar una verdad cruel que los lastima: esa grandeza que buscan recuperar es algo que o bien han perdido para siempre o bien no existió nunca.

En segundo lugar porque Israel es una entidad (duele llamarla país, y por supuesto no es una nación) que vive de la guerra y la depredación y planea seguir haciéndolo. Cavan su propia fosa con ahinco.

Y en tercer lugar, porque las psicopatías sociales, los delirios colectivos, los sentimientos de excepcionalidad, el miedo a los otros y las ansias de dañarlos y causarles sufrimiento, no son emanaciones inesperadas de la mente de enfermos -aunque todo hace pensar que Donald Trump o Benjamin Nethanyahu y sus repectivos séquitos de believers y genocidas vocacionales, entran en esa categotía-, sino que están allí y estuvieron allí antes de que aparecieran los monstruos en escena.

Hay millones de personas que no sólo les creen sino que desean creerles. Necesitan eso que ellos -y buena parte de la prensa- les venden. Y son esas personas, en esencia no demasiado diferentes a nosotros, las que los encumbran y los sostienen.

Ese es el laberinto en el que se debaten hoy las democracias y a eso dedicaremos nuestro próximo editorial.


 

Bonus track para calmar las tensiones del momento: escena del pozo de agua y encuentro de Omar Sharif con Peter O’Toole en Lawrence de Arabia, 1962. Una de las mejores «entradas en escena» de un personaje en la historia del cine.

 

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online