Contaba el economista alemán Horst Siebert que en la India colonial, las autoridades británicas del Raj se propusieron combatir una plaga de serpientes venenosas, y se les ocurrió ofrecer recompensas por cada cobra muerta que se les entregara. .
En las primeras fases de implementación del programa, todo transcurrió de acuerdo a lo esperado. Pero pasado algún tiempo muchas familias, empujadas por la miseria en la que vivían, comenzaron a criar cobras para poder cobrar la recompensa.
Cuando los británicos se enteraron de que los estaban engañando, cancelaron el sistema de recompensas, y muchas de las personas que estaban criando cobras las pusieron en libertad: el resultado fue que al finalizar el proceso, en Deli, la ciudad en la que operaba el programa, había más serpientes que al principio.
En diversas disciplinas, este fenómeno conocido con Efecto Cobra se utiliza para ejemplificar cómo intervenciones realizadas en un sistema sin tener en cuenta el posible comportamiento de los otros elementos que operan en su interior, puede llevar a la re-creación de un problema o a la creación de problemas mayores.
Lo que está ocurriendo en Irán y en todo Medio Oriente podría equipararse con un Efecto Cobra de dimensiones geoestratégicas. Con el añadido de que la extraña racionalidad -de algún modo hay que llamarla- de muchos de los actores involucrados, sumada a la baja calidad de la información con la que se manejan, está llevando a que a dos semanas de iniciada una guerra pensada para arrasar el país y sus instituciones con facilidad y en pocos días, la «excursión» se haya transformado en el prólogo de una inédita crisis energética global y -quizás- en una derrota.
Con un Dios nuestro de nuestro lado
Es necesario admitir que los problemas que se pretendieron resolver con los primeros bombardeos de la madrugada del 28 de febrero eran suficientemente complejos como para que los malos resultados que los EEUU e Israel han obtenido hasta ahora no puedan ser una sorpresa.
Israel, una vez derruída Gaza y habiendo borrado de la agenda global aquella ingenua idea de los «Dos Estados», necesitaba esta guerra porque Irán es el único país de la región capaz de disputarle una hegemonía que debería consolidar para que se cumplan los designios de su Dios.
Si la divinidad les ha escriturado todo lo que se extiende desde el río Eufrates hasta el Mediterráneo hace 3000 años, ya es hora de que lo hagan suyo. A estos efectos, la entrevista realizada recientemente por Tucker Carlson al ministro bautista y embajador estadounidense en Israel, Michael Huckabee, no deja lugar a dudas. Es un diálogo de dos horas entre dos conservadores extremos -uno de los cuales está loco-. Pero tiene su interés si uno desea comprender el supremacismo israelí.
Donald Trump, por su parte, creyó que se podía derribar al gobierno iraní mediante un ataque súbito que lo descabezara. Y que esa decapitación, a su vez, desencadenaría la tan llevada y traída «revuelta» que los medios de prensa se habían encargado de magnificar en enero, y cuya segunda edición debía coincidir con la llegada de dos portaviones a la zona del Golfo. Como en el cine y los videojuegos, pero con muertos y mutilados de verdad.
De ese modo, con un pueblo alborozado por la libertad reconquistada y mujeres desislamizadas y con sus cabellos al viento recibiendo con cánticos y flores al sucesor del Sha Rezha Pahlevi como si la historia hubiera retrocedido súbitamente hasta el mes de agosto de 1953, los EEUU, de un plumazo, alcanzaban cuatro objetivos con los que sus servicios de inteligencia seguramente sueñan desde hace décadas.
1) Hacerse del control de reservas de petróleo y gas natural sólo comparables a las que se aseguraron el 3 de enero con la «delcyficación» del chavismo en Venezuela. En este caso, con los pozos en pleno funcionamiento.
2) Tomar el pleno control de los flujos de petróleo y gas que van desde el Golfo Pérsico hacia India y China- pero también hacia Japón y Corea del Sur- a través del Estrecho de Ormuz y del Golfo de Omán.
3) Colocar una potencial bomba de fragmentación de conflictos étnicos y religiosos interminables en el Cáucaso, es decir en el bajo vientre de Rusia, y
4) Obliterar el International North-South Transport Corridor que une San Petersburgo y Moscú con Mumbay, en la India, y el Silk Road Economic Belt que vincula los centros de producción de China con Europa.
Todo eso… Y hay que pensar en qué significaba todo eso, se podía obtener con sólo recordar que Dios está con Israel y con America (y para eso se contaba con hombres de fe como Benjamín Netanyahu, Pete Hegseth o Jared Kushner) y destatar el infierno por un rato o a lo sumo por cuatro o cinco días sobre gente que después de todo, nadie quiere demasiado… ¿Qué podía salir mal?
Las posibilidades eran tentadoras. Porque además, con esa jugada magistral, no sólo China y Rusia y de paso también India aprenderían quién está al mando… De los BRICS y sus ínfulas desdolarizadoras no quedaría ni el recuerdo. En Europa nadie soñaría nunca más con escapar de la sumisión pornosoft a la que ellos mismos se han condenado. América Latina y África no cuentan ni contarán en el futuro… y Donald Trump se aseguraría el amor de los suyos, y el triunfo en las midterms de noviembre.
Las cobras, las ratas y el infierno
Han habido casos similares a los de las cobras de la India. Uno de ellos, al parecer, habría ocurrido en 1902 durante la dominación francesa de Viet Nam y se conoce como la Great Hanoi Rat Massacre.
Aquel año, para terminar con las ratas, la administración colonial habría decidido pagar una pequeña suma por cada cola de rata que los habitantes de Hanoi entregaran, pero se cuenta que al cabo de un tiempo se encontraron con que la población cortaba la cola de las ratas y las dejaba en libertad para que se reprodujeran. De ese modo -calculaban los vietnamitas- podrían entregar más colas en el futuro.
Son anécdotas maravillosas. Pero ambas son falsas.
Son ese tipo de historia que los europeos amaban leer o creer y que los periodistas de la época colocaban en sus periódicos para contentar a un público deseoso de confirmar lo que ya pensaban: que los pueblos colonizados estaban constituídos por imbéciles en cuya racionalidad no vale la pena confiar. Nada muy diferente a lo que Julio Verne o Jack London plasmaban en sus novelas por la misma época.
De todos modos y aunque el Cobra Effect debería tener otro nombre, forzar un cambio en un sistema sin haber analizado en profundidad las posibles consecuencias que podría acarrear ese cambio conduce por lo general a obtener efectos no deseados cuando no al desastre.
Y para quienes hemos seguido lo que ha sucedido en estas dos primeras semanas de guerra en Irán, -y para quienes hayan tenido la paciencia de escuchar las mil explicaciones que se han dado acerca de todo lo que evidentemente está saliendo mal- parece claro que nadie en la administración estadounidense tiene una idea razonable de cómo salir del atolladero en que ellos mismos, aconsejados por sus amigos israelíes y por el dios que los inspira (nunca hay que olvidarlo) se han metido
Hoy sabemos que la idea de descabezar al régimen desde el aire no dio el resultado deseado porque le insurrección anunciada no se produjo y porque, a contrapelo de lo esperado, tras los bombardeos indiscriminados muchos opositores al gobierno hoy lo respaldan.
Sabemos que no se matan niñas sin que la voluntad de escarmentar a los culpables aúne voluntades.
Sabemos que la reacción de Irán a los ataques ha ido mucho más allá de lo que el mundo imaginaba, y que, como ahora admite el NYT «Irán no actúa como un régimen decapitado. Se está adaptando. Está aprendiendo. Se centra en las vulnerabilidades, no en represalias simbólicas. Está degradando sistemas clave de radar y defensa aérea, atacando la infraestructura de comunicaciones y desplazando el campo de batalla del pulcro marco «Israel-Irán» hacia un mapa más amplio que incluye activos y aliados estadounidenses en el Golfo».
Sabemos que ni los kurdos ni los azeríes están entusiasmados con la idea de ser ellos quienes pongan el cuerpo, aunque el Mossad o la CIA insistan en lo que podrían ganar en caso de hacerlo -y si evitan que los maten.
Sabemos que el Esterecho de Ormuz está cerrado y que ni los armadores de los buques petroleros ni las aseguradoras confían en que la marina estadounidense los protegerá, porque hasta ahora no han sido capaces de proteger ni a las petromonarquías familiares que les han entregado hasta el alma, ni a sus propias bases.
Sabemos que Europa ha debido hacer uso de las reservas de petróleo para que no subiera el precio pero igual ha subido. Que los EEUU han debido «autorizar» a la India a que compre petróleo ruso. Que en Japón se preguntan hasta dónde llegará todo esto y que China, al parecer, ha conseguido que sus buques atraviesen el Estrecho sin contratiempos. Y es notorio que si Donald Trump, en medio de toda esa incertidumbre, tranquliza a sus compatriotas diciéndoles «We are making a lot of money», no crea el mejor de los climas con sus aliados.
Sabemos que si Israel fue hasta ahora una plataforma desde la cual los EEUU proyectaban su poder sobre una de las regiones críticas del planeta, podría pasar a ser en el futuro una fortaleza acorralada a la cual deberán proteger sin obtener mucho a cambio. Y nadie, en toda la historia, ha querido hacerse cargo de una fortaleza llena de gente soberbia y sin utilidad.
Y sabemos que todo lo que ahora apunta a estar mal, puede estar peor en menos de lo que canta un gallo. Un portaviones en el que aparece un foco de incendio sin que se sepa por qué, o un avión cisterna que se cae sin que nadie lo derribe, son apenas datos de que «the most lethal and powerful fighting force in the history of the human race» no está en su mejor momento.
En síntesis, sin tropas en el terreno, parece difícil que EEUU e Israel logren que Irán ceda y abra el estrecho antes de que la crisis impacte de lleno en los precios de todo en todas partes (¿por qué habría de hacerlo?).
Y con tropas en el terreno en un país de más de 1.000.000 de kilómetros cuadrados, escarpado y decididamente hostil, la guerra que pensaron breve se les puede transformar en una pesadilla interminable.
No sabemos qué pasa dentro de Israel porque la censura lo impide, pero sí asistimos a lo que en los EEUU comienzan a plantearse personas que sin ser ángeles, ven azorados cómo una troupe de fanáticos religiosos los conducen al infierno.
Steven Simon, ex Director del National Security Council bajo la administración Clinton y encargado de las políticas de seguridad para Oriente Medio y el Norte de África en gobierno de Barak Obama, se planteaba hace algunos días en le revista Responsible Statecraft:
«O bien la administración ha perdido realmente su orientación estratégica y ha pasado de una guerra limitada a una fantasía maximalista sin entender la escala, la duración y la destrucción que tal objetivo requeriría, o bien han sacrificado la comunicación estratégica a la pura palabrería hueca. Están utilizando un lenguaje inflado para parecer duros, mientras que en la práctica persiguen algo mucho más limitado.
Ninguna de las dos posibilidades es tranquilizadora. Si la primera es cierta, Washington está coqueteando retóricamente con un objetivo que el poder aéreo por sí solo difícilmente logrará sin una campaña mucho más amplia y profunda contra la infraestructura iraní. Si la segunda es cierta, los funcionarios estadounidenses están exagerando descuidadamente los objetivos de la guerra y harán que toda moderación posterior y todo acuerdo posible parezca un fracaso. En la guerra, la retórica importa. Las definiciones maximalistas del éxito y las escaladas en el vacío crean su propia trampa».
En una situación así, en la que parecen no haber alternativas y a sólo dos semanas de su visita a Xi Jinping, lo sensato sería que Donald Trump anunciara desde Mar-a-Lago que ha resultado vencedor, que consiguiera que Gianni Infantino le otorgue alguna clase de premio que lo haga feliz, y que deje la continuación de esta guerra para otro momento -y para quien venga detrás suyo-.
Sin embargo… habitando un mundo de cobras y de ratas, de sueños de grandeza infame y de religiosidad perversa como el que habita, ¿se podrá excluir que mañana decida, como Truman en agosto de 1945, hacer más daño del que hoy nos atrevemos a imaginar?
