Lo que sigue, está escrito con desconcierto y rabia.
Hace tan sólo una semana utilizamos la imagen de «nudo gordiano» en referencia a Medio Oriente y a lo que los EEUU e Israel se proponían hacer en/con Irán. Pocas horas después ambos países se lanzaron contra ese nudo geoestratégico golpeando con tres de las armas que les son características: el cinismo, la brutalidad, y una inmoralidad pocas veces vista. .
Hicimos en aquel momento un paralelismo entre Alejandro, el joven macedonio que todavía es recordado porque hace 2300 años eligió cortar un nudo con su espada en lugar de desatarlo, y este anciano charlatán, desalmado y sediento de gloria que no pasará a la historia más que como un desarrollador inmobiliario más ambicioso que la media, devenido en criminal de guerra.
Pero a esa comparación volveremos más adelante, porque lo que fue hace 10 días una mera suposición ya ocurrió.
Estaba decidido. Lo hicieron. Y hasta ahora, por lo que podemos ver, en esa nueva guerra que han bautizado Furia Épica hay sí ferocidad, iracundia y pujos diarios de verborragia incongruente, pero no hay ni hubo un plan. Son gente de fe. Confían ciegamente -como confió Alejandro en su tiempo- en su buena estrella.
Astucia y zarpazos
Comencemos por el principio para poner este recién nacido desastre en contexto.
Los EEUU, pese al mito que aún irradia desde Holywood no son una nación a la que las guerras de verdad se le den con facilidad. Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que se sumaron al bloque aliado cuando Alemania ya estaba empantanada en el Frente Oriental, los EEUU se embarcaron en 4 guerras de importancia, pero a pesar del daño que fueron capaces de producir, y a contrapelo de su indudable superioridad armamentística en cada una de ellas, en ninguna resultaron victoriosos.
Las dos primeras tuvieron lugar en dos pequeñas penínsulas de Asia, Corea y Viet Nam, con economías de subsistencia y ya semiagotadas por agresiones anteriores por parte de Japón y Francia. En la primera, en 1952, no pudieron pasar del paralelo 38. Sólo fueron capaces de lograr un armisticio y congelar el conflcto que habían provocado. La paz en Corea aún no se ha firmado y la guerra aún no se ha dado por concluída.
Viet Nam los mostró huyendo desenfrenadamente, como racimos aferrados a las escaleras colgantes de los últimos helicópteros en 1975. Fue caótico y los llenó de vergüenza.
Las otras dos fueron en Afghanistán e Irak, y están lo suficientemente cercanas en el tiempo como para detenernos demasiado. La primera, desatada para eliminar a los talibanes del poder, concluyó con la entrega incondicional del país a los mismos «pastores de cabras» a los que supuestamente habían vencido veinte años antes. Irak fue y sigue siendo un desbatajuste del que cada nueva administración quiere escapar sin lograrlo.
Según las fuentes, entre 15 y 20 millones de vidas destruídas para nada, sin contar los muertos en las decenas de conflictos menores con los que ensuciaron incesante y periódicamente al mundo.
Sirva este raconto para sentar una premisa: el poderío norteamericano se asienta en la astucia sin reglas, la cohersión y la compra de voluntades, los zarpazos que las víctimas no esperan, y la utilización de otros para que hagan el trabajo sucio. No es algo que hayan cimentado en el valor, el sacrificio y, en suma, la épica.
La complejidad, la incertidumbre y la indecencia
Que el ataque que comenzó en la madrugada del 28 de febrero con el asesinato de Alí Jameneí y su familia y continuó pocas horas después con la muerte de más de 160 niñas de entre siete y doce años no haya alcanzado el principal objetivo que Donald Trump y Benjamín Netanyahu se habían trazado, no quiere decir que Irán vaya a ser capaz de lograr los suyos una vez que las sirenas dejen de ulular, los misiles dejen de cernirse como aves luminosas en el cielo, el polvo se asiente, el petroleo vuelva a fluir, y la guerra haya terminado.
La apuesta de Irán hasta donde podemos comprender, debería ser durar lo suficiente como para empantanar a los agresores en su propia furia hasta que los costos para el mundo sean demasiado altos.
Ese momento podría no estar demasiado lejos en el tiempo. Y eso, a su vez podría desatar respuestas más desesperadas, en especial en el actor que más tiene que perder si el conflicto escala: Israel.
Todo dependerá del stock de armas arrojadizas -convencionales y de las otras- que ambos bandos hayan acumulado o sean capaces de esconder o producir, y de cuántas estén dispuestos a usar en esta guerra, que si no es la primera tampoco será la última. Irán no tiene otra guerra por delante, pero los EEUU sí.
Dependerá, aunque parezca inverosímil, de la extrema confianza que tienen todos los actores en un Dios que creen tener de su lado. Trump, Hegseth, Huckabee o Netanyahu no son menos fundamentalistas que los Ayatolas de Irán y de acuerdo a lo que se ha podido ver, su seguridad acerca de la santidad de su misión es bastante mayor y por ende más peligrosa.
Dependerá del ABC inescrutable de los radares, los satélites, la guerra electrónica, y la puja entre las inteligencias artificiales de uno y otro signo.
Dependerá del rol que decidan jugar en este entuerto quienes comparten con Irán intereses geopolítcos. Rusia -que ve amenazado su flanco sur tanto si Irán se entrega como si se desintegra en una Guerra Civil entre etnias que sembrará el caos en toda la región-. Y China, que vería su proyecto de nueva ruta de la seda truncado, y que es, sin dudas, el objetivo final de esta carrera de los EEUU contra el tiempo.
Dependerá del rol que EEUU le adjudique a los países de la OTAN ahora que comienzan a dejar de confiar en sus propias fuerzas. La ovación de pie con la que el liderazgo europeo saludó en enero el discurso de Marco Rubio en Copenhage, cuando les anunció una nuevo orden colonial, deja pocas dudas acerca de cuál será la decisión cuando a Alemania, Inglaterra o Francia se les ofrezca colaborar en la matanza y en la destrucción para participar de los beneficios.
Dependerá de cuánto impacte en las encuestas de opinión de los EEUU y en los mercados energéticos globales el ecocidio y la destrucción a un lado y el otro de un Golfo Pérsico que siempre se soñó seguro e intocable. El 7 de marzo, EEUU bombardeó por primera vez una planta desalinizadora de agua en la isla de Qeshm y los depósitos de combustible iraníes en las afueras Teherán, sumiendo a toda una ciudad de 10 millones de habitantes en una nube abrasadora de negrura, lluvia ácida y toxicidad. Ha sido un precedente. Si Irán decidiera ahora responder de la misma forma en las decenas de plantas desalinizadoras ubicadas en las costas del Golfo o en las 5 que abastecen el 80% del agua potable que se consume en Israel, y si bombardeara la infraestructura petrolera y energética de Quatar, Arabia Saudita o los Emiratos, ¿Cuántos días resistiría la población de los países afectados? ¿De qué modo responderá un mundo que estará pagando nuevamente con inflación y penurias otra «hazaña» estadounidense?
Y como suele suceder en las guerras, todo dependerá, en última instancia, de la capacidad que tengan los diferentes actores para cargar en sus espaldas -y en sus conciencias- el peso de los muertos (un 30% de los cuales, en Teherán, parecen ser niños). Han sido bombardeadas hasta hoy, de acuerdo a agencias internacionales, 65 escuelas y 13 hospitales. Esto en poco más de una semana de una operación «épica». Y que al nuevo lider del país le hayan matado al padre, a la madre, a una hermana, a la esposa, y a un hijo. seguramente no ayudará a que olvide.
Pocas veces ha habido en la historia tanta incertidumbre acerca de los posibles resultados de un conflicto, y seguramente no han habido muchos en los que la multiplicidad de factores intervinientes haya sido tan abrumadora.
Se entiende así que esa máquina de hablar que los EEUU se dio por presidente, ese hombre que ha decidido asumir el liderazgo del mundo como si fuera cierto que se lo han dado, tenga un discurso que día a día se torna más agresivo, menos ajustado a la realidad y más indecente.
Quizás pretendan salirse con la suya y destruir un país de 90 millones de habitantes hasta asegurarse de que quedará postrado durante décadas, pero pagarían un precio incalculable y nunca podrían recuperar lo que hoy ya están perdiendo.
La alternativa es que se retiren a tiempo de esta aventura desquiciada.
Fue sólo un accidente
Nos ha parecido pertinente finalizar estas reflexiones recomendando la última obra del director iraní Jafar Panahi, filmada en Irán y en Francia, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en 2025.
Fue solo un accidente comienza con un hombre atropellando a un perro en una ruta oscura mientras conduce un automóvil en el que se encuentran su esposa embarazada y su pequeña hija.
Jafar Panahi -arrestado y acusado en 2010 por realizar propaganda en contra del gobierno, un cineasta al que se le prohibió durante una década la salida del país y se le restringió la posibilidad de filmar- convierte esa escena en una trampa narrativa y emocional que no suelta al espectador durante una hora y media.
El accidente es apenas el chispazo a partir del cual se nos revela un país atravesado por la desconfianza, el trauma y la intolerancia, en donde cada persona carga una herida profuna y cada decisión que deben tomar los personajes nace del deseo de veganza, la impotencia ante la no superación del odio acumulado… Pero también la decencia. Y la compasión. Y el «no matarás».
En 2022, dos años antes de la filmación de Fue sólo un accidente, Panahi había sido arrestado nuevamente y fue liberado algunos meses después tras iniciar una huelga de hambre. No se puede decir de él que no conozca el lado oscuro y represivo del régimen. Y todo en esa historia lo pone en evidencia. Se trata de un film en el que la tragedia se mira a si misma y se muestra al mundo sin concesiones.
En Fue sólo un accidente vemos el Irán real. Un país diferente a ese que nos muestran desde la páginas del NYT, The Guardian o El País, o las pantallas de la CNN, BBC o la DW. Vemos las contradicciones de una sociedad compleja que ha sufrido durante décadas heridas que deberá cerrar para salir adelante, pero que el espectador puede sentir que cicatrizan. Con memoria, con dudas, con dolor, pero con esperanza, con posibilidades de autoreconstrucción y sobre todo con madurez.
Ese era el Irán que era posible hasta ayer, que pugnaba por sanar, pero hoy arde.
Pero -vale recordarlo- también ardió Persépolis cuando Alejandro Magno decidió reducirla a cenizas para mostrar su poderío en diciembre del 331 antes de Cristo. No le fue útil aquello ni para terminar con la civilización persa ni para evitar su propia muerte prematura.
Para este Irán de 3000 años de historia quizás también Donald Trump, su pobreza espiritual, y el enloquecido sionismo iraelí resulten ser sólo un accidente.
