Cuando el domingo 16 por la noche se conozcan los resultados de la elección de primera vuelta en Chile, podremos sorprendernos con lo que ya sabemos: la derecha y la ultraderecha sumadas rondarán, mal que nos pese, el 60% del electorado. Pero si lo sabíamos desde 2022 ¿cuál sería entonces la novedad? .
Comencemos, como no puede ser de otra manera, por los resultados paradojales de esa noche. La candidata de la izquierda, Jeannette Jara, con una votación que rondará o quizás superará en poco el 35%, será una clara ganadora por sobre sus tres inmediatos contendores de la derecha, que sin embargo alcanzarán, sumados, un apoyo cercano -en más o en menos- al 60%.
La elección de primera vuelta será entonces una instancia en la que se conocerán dos cosas, decepcionante y ya sabida una; descorazonadora y enigmática la otra.
La primera es que la izquierda sabrá cuál es su piso de votación y podrá calcular cuál podría ser su techo en la segunda vuelta, que se celebrará el 14 diciembre. Podemos prever que entre ese techo y ese piso podría haber una diferencia de entre el 8 y el 12% (a esto volveremos luego), con lo que resulta prácticamente imposible que Jara llegue a esa segunda ronda con posibilidades de triunfo.
La segunda cosa que podremos saber la noche del domingo 16 es si la derecha está en condiciones de ser la última barrera de contención para que la ultraderecha se haga con el gobierno o, si como todo lleva a pensar, ya es definitivamente tarde.
Que la derecha aparezca como última barrera de contención frente a la ultraderecha suena absurdo y lo es, pero sucede en Europa con alguna frecuencia y lo vimos hace pocas semanas en Bolivia, por lo que deberemos acostumbrarnos. De todos modos, en Chile estamos frente a un proceso de mayor complejidad que hay que mirar con mayor atención.
La primera vuelta electoral operará, a los efectos prácticos, como una elección interna de tres fuerzas de la derecha, que van desde el pinochetismo light y pretendidamente solvente de Evelyn Matthei, pasan por el pinochetismo clásico y burdo de Antonio Kast, y llegan al pinochetismo libertario-trumpeano de Johannes Kaiser que (como Javier Milei en la Argentina), representa al sector más antipático -en el sentido etimológico del término- de un electorado radicalizado que abomina de los sentimientos igualitaristas o de solidaridad social, se ufana de rechazar los acuerdos (es decir la esencia de la política en democracia), se presenta como un cruzado del cristianismo en contra del mal, el aborto y los migrantes que ensucian todo, y reclama dureza. Sea lo que sea lo que dureza signifique.
Que los tres posibles ganadores del ballotage de diciembre adscriban a modalidades mas o menos explícitas del pinochetismo (la más moderada de ellos, hija de un ministro de la dictadura, declaró recientemente que las muertes tras el Golpe de Estado de 1973 habían sido «necesarias e inevitables») no es algo para desatender. Que a su modo los tres propongan variantes de la política de la crueldad en especial en contra del demonio de nuestros días: los migrantes venezolanos, tampoco
Que los tres tengan apellidos alemanes que en el caso de Kaiser evoca directamente al militarismo prusiano, es apenas un dato anecdótico, con toda la fuerza simbólica que las anécdotas cargan consigo.
Un milagro improbable
Lo que veíamos antes (la puja interna de la derecha más pura y dura concebible) es casi lo único que se dirime el domingo 16 si no ocurre un milagro.
Ese milagro podría consistir -por ejemplo- en que 1) Jeannette Jara se acercara al 40% en primera vuelta, 2) que pasaran a la segunda vuelta ella y uno de los dos candidatos de la derecha más extrema: Johannes Kaiser o Antonio Katz, y 3) que haya votantes de Evelyn Matthei provenientes del centro que se nieguen a votar por ellos en la instancia definitiva y prefieran volcar su apoyo a la candidata de la izquierda -a quien ellos mismos consideran demasiado «radical».
No es imposible, pero como suele ocurrir con los milagros, tampoco es probable.
A esa baja probabilidad contribuye que Jeannette Jara -que no ha conseguido hasta ahora despertar confianza en el electorado centrista-, no cuenta con un compromiso total de las fuerzas que nominalmente la apoyan. Y esa falta de compromiso se extiende, por otra parte, a su propio partido (el Comunista), al Presidente Boric bajo cuyo gobierno fue Ministra de Trabajo, y a quien fuera su contendora en la puja interna que se celebró en julio de este año, la ex-Ministra del Interior, Carolina Tohá.
Algo parece no estar bien en el modo en que en Chile se procesan las coaliciones de izquierda, pero ese es un tema para otro momento. Lo que vale preguntarse ahora -si el resultado que conoceremos el domingo 16 por la noche fuera el que estamos avizorando- es, en primer lugar, si estamos ante algo nuevo. Y en segundo lugar cuál sería esa novedad.
El lobo que siempre está
Cuando en Diálogos analizábamos el resultado del plebiscito que hace tres años selló la suerte del proyecto de Reforma Constitucional que se le había presentado a la ciudadanía, con un resultado de 62% por el Rechazo, y un 38% por el Apruebo, opinábamos que:
«Decir “derrota autoinfligida” no describe bien lo que le sucedió a la hoy perpleja izquierda chilena el domingo 4 de septiembre. Creer que el bofetón propinado por ese 62% de chilenas y chilenas que rechazaron el cambio que se les propuso es sólo coyuntural, minimizaría el abismo que hoy se abrió entre la autocomplacencia de levedad cool de los primeros 6 meses de gobierno de Gabriel Boric, y el opaco malestar de una mayoría que veremos reaparecer en cuanto se presente la oportunidad.»
Nueve meses después, habiéndose votado un nuevo Consejo Constitucional encargado de preparar un nuevo proyecto de reforma analizábamos ese resultado en una nota que titulamos Chile – Desazón, desorientación y parálisis cuando viene el lobo, que ilustramos con la misma imagen de Caperucita Roja que hemos usado esta vez. Finalizábamos esa nota recordando:
«El 21 de noviembre de 2021, cuando todavía se respiraba el aire vivificante post-estallido, la coalición de izquierda Apruebo Dignidad obtuvo un 26% de los votos en primera vuelta. Sumando a ese porcentaje la magra votación que tuvieron los socialistas que concurrieron a las urnas en alianza con la Democracia Cristiana y los votos de Enríquez-Ominami, nos ubicamos en el entorno del 36-40%.
En el frustrante plebiscito de salida del 4 de septiembre de 2022, el Apruebo recogió el 38% de los votos. Y en la elección de los miembros del Consejo Constitucional de mayo de 2023 que estamos analizando aquí, si se suman los votos de las opciones de izquierda nítida (Unidad por Chile) y de izquierda moderada (Todo por Chile), el resultado es apenas superior al 37%.
Si dejamos por un momento lo coyuntural y nos remontamos a lo sucedido aquel mítico 4 de septiembre de 1970 cuando el mundo contuvo el aliento y Salvador Allende resultó vencedor en unas elecciones que parecían destinadas a darle un vuelco a toda la historia latinoamericana, nos encontramos con que había obtenido un apoyo del 36.6%.
Se trata de 4 procesos en los que se votaron cosas muy distintas, con votación obligatoria unos y con asistencia a las urnas voluntaria en otros, con demografías y contextos sociales y geopolíticos totalmente diferentes, pero esa permanencia de un apoyo a la izquierda que roza el 40% sin alcanzarlo, podría estar dándonos una señal. Esa es la realidad de largo plazo»
¿Cual es entonces la novedad?
Si nos atenemos a la experiencia de las últimas décadas, por regla general las izquierdas en Chile alcanzan el 40% con mucha dificultad, pero lo superan e incluso llegan al 50% y al gobierno cuando lo hacen a) unidas, y b) en alianza -declarada o tácita- con fuerzas que se ubican en el centro del espectro.
Las derechas, por su parte, hasta ahora sólo han logrado ubicarse por encima del 50% (sin holgura) cuando las izquierdas se presentan divididas y/o cuando son capaces de ser ellas las que atraen votos provenientes del centro. Eso es exactamente lo que sucedió con las dos llegadas de Sebastián Piñera al gobierno en 2010 y 2017.
Y vale la pena anotar que desde 1946 la derecha no llegaba a un porcentaje tan alto de votación como el que alcanzará esta vez.
Lo novedoso en la política chilena post-estallido y post-pandemia es, en primer lugar, esa radicalización hacia formas de sensibilidad política conservadora e incluso reaccionaria que se produjo a partir de septiembre de 2022, cuando se le presentó a la ciudadanía un proyecto de reforma constitucional que cruzó los límites de lo razonable y cuando, simultáneamente, el gobierno de Gabriel Boric comenzaba a evidenciar inconsistencias que los tres años siguientes no hicieron sino agravar.
En aquel 2022 el lobo de ese 60% ya había mostrado los colmillos y durante todo el tiempo transcurrido estuvo ahí, aunque haya habido quienes desde el gobioerno desearan ignorarlo.
Pero en segundo lugar, y como contracara de esa tendencia hacia la desconfianza a flor de piel y la exasperación hueca que se observa en la política global tras la pandemia, estamos delante de la desaparición del centro político tal como se lo conocía, disperso a diestra y siniestra, y mayoritariamente radicalizado hacia formas de «inconformismo disruptivo pero a la vez conservador», como lo define el sociólogo chileno Alberto Mayol.
En el contexto descripto, cabe preguntarse qué llevó a que en la interna de las fuerzas de izquierda celebrada en julio, una mayoría -abrumadora e inobjetable, por cierto- haya pensado que Jeanette Jara era la mejor opción.
Visto a la distancia, parece haberse repetido un espejismo similar al que produjo el proyecto de reforma constitucional fallido de 2022. La idea de que la izquierda es más fuerte de lo que la realidad demuestra que es. La ilusión de que si la propuesta es la que queremos, el resultado debería ser el que deseamos. ¿Pensamiento mágico?
Si Lázaro se levanta y anda y el milgro se produjera, quienes con una extraordinaria voluntad y con mucho de inocencia se jugaron nuevamente el futuro de su país a una opción de tan alto riesgo, podrán decirse a sí mismos, con satisfacción, ¡lo logramos!
Si eso sucediera quienes miramos lo que sucede desde fuera pero con el corazón en la boca, respiraremos con alegría, reconocimiento y alivio. Y esperaríamos que nuestros amigos chilenos nos inviten a la fiesta.
Pero si esta vez el pan y los peces no se multiplican, y si el agua no se transforma en vino, y si no ocurre el milagro, uno de tres pinochetistas (y esperemos que sea la que se viste con piel de cordero) gobernará Chile en un contexto latinoamericano que no podría ser más descorazonador. Y peligroso.
