Generales en su laberinto: no preguntes cómo terminar la guerra, sino el precio de la paz

Cuando una guerra ha dado todo de sí, es decir cuando quienes ganan o planeaban ganar algo con ella comienzan a perder o a ver peligrar lo que ya habían obtenido, se hacen inevitables los acuerdos. Llegado ese momento, el problema ya no es qué hacer para terminar la guerra sino cómo hacer para poder vivir en paz. . Ese es el escenario en el que nos moveremos muy pronto. .

 

Las señales que nos indican que podríamos estar muy cerca de una finalización del conflicto en Ucrania son muchas, son variadas, se dan simultáneamente en planos diferentes y (crucemos los dedos) apuntan hacia un final incierto, no inmediato, pero predecible.

No se trata de señales llegadas desde lo más profundo del inconsciente, como el lapsus linguae del ex-presidente Bush hablando de la “invasión brutal a Irak” cuando hace pocos días pretendió referirse a Ucrania, aunque esos deslices propios de quien carga con culpas que sabe imperdonables, también cuentan.

Para esta nota nos enfocaremos en una de las últimas señales que podrían estar indicando que nos acercamos a una salida negociada del conflicto aunque aún algunas de las partes interesadas en prolongarlo sine díe se nieguen a reconocerlo.

El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia, Valeri Guerásimov, habló el jueves 19 de mayo sobre la situación en Ucrania con su homólogo estadounidense, Mark Milley, a pedido de éste último. Ambos «abordaron temas de interés mutuo, incluida la situación en Ucrania y la necesidad de finalizar el conflicto», pero importa destacar que la conversación tuvo lugar solo siete días después de otra similar: la que había solicitado el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin a su homólogo ruso, Serguéi Shoigú, en la que, por supuesto, el tema fue el mismo.

No existían contactos entre las cabezas de los ejércitos de ambos países desde el inicio de las hostilidades el 24 de febrero, y el dato no es menor. Quienes han sido hasta ahora los principales impulsores de la idea de que la guerra debería prolongarse todo lo que fuera posible para desangrar a Rusia han sido civiles: Anthony Blinken, Victoria Nulan y el asesor de seguridad de Joe Biden, Jake Sullivan. Todos ellos -o al menos uno- verán sus puestos comprometidos si en las elecciones de medio término que se avecinan en los EEUU el Partido Demócrata perdiera su exigua -y poco firme- mayoría en el Congreso.

Paralelamente a esos vuelcos que una derrota electoral del equipo gobernante norteamericano podrían provocar, las necesidades económicas y militares de Ucrania comienzan a ser ya algo así como un lujo que no todos los países implicados están dispuestos a permitirse. Así, la ayuda se transforma, de apoyo entusiasta y moralizante, en deudas asumidas por una Ucrania que si ya estaba en quiebra antes de que se desatara el conflicto, será casi irrecuperable una vez que éste finalice. Se trata de deudas impagables y por lo tanto incobrables, de las que nadie se quiere hacer cargo… Ni siquiera quienes parecen estar ganando más con esta guerra.

Si atendemos el modo en que se distribuirán los 40 mil millones de dólares que el Congreso estadounidense acaba de aprobar como “paquete de ayuda a Ucrania”, podemos ver que una buena parte de esa suma quedará dentro de los EEUU en la forma de programas para la atención de refugiados, reposición del material de guerra enviado a Ucrania con anterioridad, ayuda alimentaria “global”, programas de entrenamiento a cargo de militares norteamericanos, y fortalecimiento de su presencia en Europa del Este.

De acuerdo a lo que informaba hace pocos días la propia Casa Blanca sin el menor rubor, buena parte del paquete no tiene a Ucrania como último destinatario.

Here’s a look at what’s in the massive aid bill that the US will rush urgent supplies and military equipment to Ukraine’s frontlines.

  • more than $9bn to replenish stocks of US weapons sent to Ukraine
  • roughly $6 bn to train and supply the Ukrainian military
  • almost $4bn for European Command operations
  • $900 million to provide refugee support services, such as housing, English language classes, trauma and support services, community support and case management, for arrivals and refugees from Ukraine
  • Nearly $9bn in general economic support for Ukraine
  • roughly $5bn in global food aid to alleviate food scarcity sparked by the collapse of Ukraine’s agricultural economy
  • nearly $1bn in combined support for refugees
  • $67m to aid the US Department of Justice in its efforts to seize and sell forfeited property such as the yachts and artwork of Russian oligarchs

Coma reza el dicho hispano, “cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía” y en este caso, la limosna no es tal. Se trata de un préstamo que, además, terminará en las manos de quien lo ofrece.

Los generales en su laberinto

No conocemos demasiado acerca de las conversaciones entre los mandos estadounidenses y rusos ni sabemos cómo han de seguir esas conversaciones, porque ese tipo de intercambios no trasciende. Ambas partes darán, una vez transcurrido el tiempo, sus propias versiones no necesariamente ciertas. Pero lo que sí podemos aventurar es que estarán en juego tres temas esenciales.

1) Qué territorios de los hoy ocupados en el Sur-este de Ucrania y sobre la costa norte del Mar Negro conservará Rusia. O lo que es lo mismo, qué territorios deberá perder Ucrania, en el caso de que el resultado no fuera un categórico triunfo suyo. Ese hipotético triunfo puede ser posible pero parece estar fuera de toda posibilidad real, y aunque está en el centro de los sueños húmedos de la prensa norteamericana y europea, empeñada en mostrar a Volodimir Zelensky como el Winston Churchill del siglo XXI, no pasa de ser propaganda de guerra para que el entusiasmo de un público ingenuo, no se desvanezca.

2) El estado de neutralidad de la Ucrania disminuída, endeudada y derruída que podría resultar del conflicto. Y de qué modo la comunidad internacional se hará cargo de que su territorio, hoy parcialmente devastado e innundado de armas de las que no se conoce bien el destino, se recupere, se pacifique, y no se transforme en una fuente de inestabilidad que afecte a toda la región, incluyendo a los países de Europa Occidental.

3) Qué cambios habrá en las organizaciones de gobernanza global para que los acuerdos surgidos de la guerra (a diferencia de lo ocurrido con los acuerdos de Minsk) no sólo sean posibles sino que nos alejen de una inestabilidad futura permanente. En pocas palabras, actualizar las instituciones de gobernanza global no después de una guerra mundial -como fue el caso de las dos anteriores-, sino antes de que ocurra la tercera.

Eso implicará, quizás, la reconsideración de la Carta de las Naciones Unidas o una nueva composición de su Consejo de Seguridad que lo haga más efectivo, pero también un reposicionamiento de los liderazgos, en el entendido de que deberemos vivir en un mundo multipolar independientemente de lo que quienes aún no lo aceptan piensen de ello.

Gordon Adams, Professor Emeritus of International Relations at American University’s School of International Service en su nota para Responsible Statecraft We don’t write the rules anymore, and when we try, we make things worse , presenta con lucidez esa necesidad y vale reproducir algunos de su párrafos más interesantes.

For some commentators, the Ukraine war offers an opportunity to “restore” American power, global primacy, and leadership. NATO is “back.” The “West” is unified. The “rules-based international order” is being restored.  Trump’s rejection of U.S. global leadership was a one-off, an aberration; at last, America is back.

And yet, and yet. In the rush of fervent moralizing about Russian military actions in Ukraine (and they are plenty awful), few Americans look seriously at how our failure to see that the world was changing, our blindness about our presumption of inevitable leadership, contributed to Russian, especially Putin’s, angst about security. I am not going to argue this case yet another time. John Mearsheimer has put a clear, if somewhat strident, face on that argument.

If there is truth to this claim (and I believe there is) this is a classic case of the U.S. asserting its leadership by creating a set of political realities that backfired. Rather than welcome Russia into a new framework for European security in the 1990s, the U.S. stiffed them. This action backfired because the U.S. does not run the international system, does not make the rules any more. A contradiction emerged directly from NATO expansion and the unwillingness to take Russian security concerns seriously. One does not have to like Putin or his regime to accept that Russia, like other nations, like the U.S., has serious security concerns. Recognizing this backfire will be important to working through the end-game of the Ukrainian war and helping create conditions to ensure it does not happen again.

(…)

This is the point at which the rules need to change; where the U.S. needs to recognize the need for new rules, new solutions if the region is to have a stable security regime.

(…)

Will we make the same mistake twice, with even more disastrous consequences?

(…)

We are in a different world now. The U.S. does not write the rules and when it tries, it creates inevitable resistance. We can cruise along, rollicking down the road of the past, with limited success, creating blowback, or we can start inventing. Not just the U.S., but all the European countries.

It would not be easy; no real substantive change in global politics has ever been easy. And the conditions are less receptive than they were, given the last 20 years. But the world has changed and trying to piggy-back a reversal of this trend on the Ukrainian war is likely to send us down the increasingly self-defeating course we have been on for two decades, with no gains in global security.

Seguramente este no haya sido el lenguaje utilizado por los militares estadounidenses que se introdujeron en el laberinto negociador con sus contrapartes rusas, pero los conceptos que utiliza Gordon Adams en sus argumentos no les deben ser ajenos.

Hay demasiado en juego como para dejarlo todo en manos de un octogenario -admirador confeso de Harry Truman- demasiado entusiasmado en demostrar que está a la altura de sus antecesores más belicistas, y en un grupo de asesores que ni siquiera habían considerado la posibilidad de que el conflicto que promovían y las sanciones con las que imaginaron reinstalar su liderazgo menguante, pudiera desatar, en menos de tres meses, una crisis alimentaria global, un terremoto en los mercados energéticos, y hacer retroceder las medidas en contra del cambio climático más de diez años.

En ese punto estamos y lo que queda por dilucidar es cual será el costo de la paz (que será alto para todos).

 

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online