Biden, la Unión Europea y Ucrania: el desamparo y la soledad acechan en la Trampa de Tucídides.

Hace 2500 años atenienses y espartanos no lo sabían, pero a partir de aquella guerra interminable y devastadora que se prolongó durante 30 años y no dejó nada en pie, quedó claro. Si no para ellos, que lo perdieron todo, al menos para nosotros. Cuando un imperio siente que está a punto de ser desplazado por otro, la angustia, la soberbia y el terror lo ciegan. La guerra se torna inevitable. .

 

Tucídides, considerado hoy el padre del análisis histórico, fue el autor de la primera obra que aborda las causas, el desarrollo y las consecuencias de una guerra, y supo mirar con lucidez el caos y la complejidad de lo que sucedía delante de sus ojos:

“Lo más preocupante en Atenas, nos dijo, era la absoluta imprudencia de su propio gobierno democrático. Una simple mayoría de la ciudadanía, azuzada e indignada por hábiles demagogos, fue capaz de embarcar caprichosamente a sus ejércitos en innecesarias y agotadoras aventuras”.

El politólogo estadounidense Graham T. Allison acuñó el término Trampa de Tucídides en 2012 para describir la tendencia hacia la guerra que se verifica cuando una potencia emergente desafía el estatus de una potencia dominante y lo desarrolló en 2017 en su libro Destined for War, en el que advirtió que “China y Estados Unidos están en un curso de colisión que presagia una guerra”. Y le demos o no crédito a su oscuro presagio, lo cierto es que en las nieves de las llanuras ucranianas, la Trampa de Tucídides parece estar tendida.

Esa es la trampa que Joe Biden y su elenco de consejeros y aliados de ambos lados del Atlántico se empeñan en no advertir, la trampa que Emmanuel Macron y Olaf Scholz tratan de evitar (aunque sin mucha convicción y sin esforzarse nunca demasiado), y la trampa en la que ya se debate Volodymyr Zelenskiy, que comienza a darse cuenta de la soledad y el desamparo en que lo dejarán sus amigos cuando ya no sea útil.

El Indo-Pacífico y su reflejo en las nieves de Ucrania

Desde la llegada de Joe Biden al gobierno de su país en enero de 2021 había quedado en claro que su foco de atención geopolítica estaría colocado en sus disputas de poder con China en la región del Indo Pacífico. Y eso mismo se adujo para explicar la rápida y desordenada retirada de los EEUU y sus socios de la OTÁN de Afghanistán en julio de ese mismo año, por lo que cabe preguntarse si su actual empeño en no habilitar una solución diplomática al conflicto que le ha planteado Rusia en las llanuras del este de Europa es razonable… o a quién le sirve.

En dos notas de esta misma edición el ex-diplomático EEUU Jack Matlock y el periodista británico Tarik Alí analizan cómo el avance de la OTAN hacia el este a partir de la caída de la Unión Soviética y el desconocimiento por parte de Ucrania de los Tratados de Minsk de 2015 fueron configurando el actual escenario de conflicto en el este de Europa, por lo que no se puede decir que lo que está sucediendo haya sido una sorpresa.

Lo que sucede, en realidad, es que para los EEUU no existe ninguna posibilidad de enfrentar a China sin contar con una Unión Europea que le sea incondicioalmente fiel, y las razones son claras: aunque el verdadero adversario de Washington esté hoy en Asia, su poderío sería insuficiente si no dominase Europa. Esa y no otra es la función de la Alianza Atlántica una vez desintegrada la URSS. Tal como lo expresó Henry Kissinger “Sin Europa, América se convertiría en una isla distante de las costas de Eurasia, se vería en la soledad de una potencia aislada y fácilmente desafiable”.

Por esa razón le es imperioso mantener la tensión y la unidad de una Europa que cada cierto tiempo siente la tentación de desarrollar políticas comerciales y militares independientes. Para elevar esa tensión y mantener la lealtad es útil poder agitar, a ambos lados del Atlántico, la amenaza rusa hasta transformarla en real, y para ello es vital construir una opinión pública que acepte lo que se le dice sin cuestionarlo.

Ya lo había advertido el propio Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso hace 2.500 años: “La mayoría de la gente no se toma la molestia de buscar la verdad, sino que está mucho más inclinada a aceptar la primera historia que escucha”.

Pero, como se pregunta el analista español Rafael Poch en la nota que hemos publicado en nuestra edición anterior: ¿la prensa, está cumpliendo lo que de ella se espera?

Los riesgos de la desinformación

Salvo raras excepciones, nos recuerda Poch, «los periodistas y expertos europeos contribuyen a esa insensata y ajena cruzada. Explican la cronología de la agresividad rusa comenzando con la invasión de Georgia de 2008, siguiendo con la anexión de Crimea de 2014 y concluyendo con el fomento de la rebelión separatista en la región del Donbass pocos meses después, pero alterando el orden en que se produjeron los acontecimientos».

No nos explican que la entrada de los rusos en Georgia ocurrió después de que el ejército georgiano penetrara en Osetia del Sur, donde las fuerzas de Rusia actuaba como fuerza de mantenimiento de paz en nombre de Naciones Unidas, en lo que fue un acto de guerra relámpago auspiciado por el Presidente George W. Bush.

No nos recuerdan que Rusia anexó Crimea recién después de que Estados Unidos y la Unión Europea, durante la administración Obama, promovieran un Golpe de Estado que derribó al gobierno legítimo de Ucrania y tras la matanza a tiros de decenas de personas en Kíev, a cargo de golpistas neonazis asesorados y armados desde Occidente.

El mismo Occidente que no se molesta en condenar la ocupación israelí del Este de Jerusalén y los Altos del Golán, ni la ocupación del Sahara occidental por parte de Marruecos, o la de la mitad de Chipre por Turquía, operaciones que se han realizado a través de la violencia y en contra de la voluntad de la mayoría de la población de las zonas ocupadas, pero se escandalizó por la incorporación a Rusia de la Península de Crimea, en donde el 90% de la población es de origen ruso y votó con entusiasmo por volver a lo que considera -y fue hasta los años 90- su país.

El conflicto y la trampa

Es posible que a causa de su orfandad estratégica y aceptando secundar una vez más a los EEUU, que permanecen lo más alejados del conflicto real que les es posible, Europa acepte involucrarse en una confrontación de mayor escala con Rusia, con lo que ello implicaría en términos de crisis energéticas, flujos migratorios, inseguridad alimentaria y destrucción generalizada, que llegado un punto no reconocerá fronteras.

Y es posible que Vladimir Putin quiera jugar ahora a forzar ese desenlace. Sus palabras al momento de anunciar el reconocimiento de la independencia de las dos provincias ucranianas que desde hace ocho años la reclaman, permiten temer lo peor. Históricamente Rusia fue antes un imperio que una nación y Ucrania ha sido desde el inicio y durante siglos una parte fundamental de ese imperio. Eso es verdad. Pero utilizar razones históricas para cuestionar el derecho de un país a su entidad como nación es un pésimo augurio.

De acuerdo a quienes aún son capaces de auscultar la realidad con cierta frialdad, desde el punto de vista de los intereses europeos, nada hubiera sido más sencillo que renunciar a que se instalaran armas nucleares en la parte oriental del continente, y establecer un estatuto de neutralidad para los países del Este de Europa o, como mínimo para Georgia, Ucrania y los países bálticos. La negativa de los EEUU y la OTAN a considerar ese tipo de escenarios como si se tratara de una humillación insoportable, sólo esconde el interés por que el conflicto no se resuelva. Es una negativa absurda, pero así son las trampas.

«Hace 30 años, la Unión Europea representaba una cuarta parte de la riqueza mundial; dentro de 20 años, representará poco más del 10%. Nuestra contracción demográfica se desarrolla de forma similar: a finales de este siglo, Europa representará menos del 5% de la población mundial» decía hace unos meses, con ¿sincera? preocupación, su responsable de Relaciones Internacionales y Políticas de Seguridad, Josep Borrell. Y si la Unión se deja ahora arrastrar hacia la Trampa de Tucídides esas previsiones resultarán conservadoras.

Todo, en un escenario de guerra, puede ser peor a lo imaginado y eso lo supieron tanto los atenienses como los troyanos, pero sobre todos sus ciudades aliadas, que por tener menos poder sufrieron la peor parte de un conflicto en el que nadie ganó nada.

Volodymyr Zelenskiy, por su parte, que pasó de ser una estrella cómica de la televisión de Ucrania a ser el solitario Presidente de un país que está en el centro de las tensiones geopolíticas mundiales, ya sabe en carne propia, desde el 23 de febrero, lo que es haber caído en la trampa. Y el desamparo de saberse debil y no encontrar respuestas.

«In a 10-minute address posted on Telegram early on Thursday that directly addressed the Russian people as well as Ukrainians -informaba The Guardian el mismo día en que las fuerzas rusas penetraron en Ucrania- Volodymyr Zelenskiy said: “Today I initiated a phone call with the president of the Russian Federation. The result was silence.”

Los imperios, cuando se enfrentan, tal como nos lo enseñó Tucídides, «no se preocupan por lo que le pueda suceder a los pequeños.»

 

 

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online