Recuerdos de la Desbandá – Norman Bethune, el canadiense imborrable

Pilar había llegado a Málaga, embarazada no sabía de quién, junto a varias familias de aceituneros que huían de los nacionales. Y volvió a huir algunos meses después hacia Almería con su hijo ya nacido cuando la soldadesca entró a la ciudad, a sangre y fuego. Caminó 5 días debajo de las bombas y la metralla, sorteando cuerpos y pedazos de cuerpos, apretando al niño contra un pecho en el que ya no había nada. . En algún momento alguien la recogió, llegó a algún lugar, lloró por fin, y calló para siempre.

 

Sucedió la primera semana de febrero de 1937. Tras haber tomado Sevilla y el valle del Guadalquivir, las tropas franquistas de Queipo del Llano se dirigían a Málaga, apoyadas por la aviación y la marina de Mussolini. El combate fue breve y desigual. Málaga era una ciudad sin defensa, desprotegida por el ejército republicano, que había apostado por la defensa de Madrid.

A través de  la Radio de Sevilla, se podía escuchar:

«Nuestros valientes Legionarios y Regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estos comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora esas mujeres por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen…

Una parte de nuestra aviación acaba de comunicar que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarles en su huida y hacerles correr más aprisa, enviamos a nuestra aviación, que los bombardeó».

Extractos de las arengas radiofónicas del general Queipo de Llano.

La desbandá

Norman Bethune vivió aquelllos sucesos que se conocieron después como La Desbandá de otra manera, y él sí pudo traducirlos en palabras:

«Ahora lo que quiero contarles es lo que yo mismo vi de esta penosa marcha, la más grande y terrible evacuación de una ciudad en nuestros tiempos. Llegamos a Almería a las cinco del día 10 de febrero, desde Barcelona, con un camión refrigerado cargado de sangre. Nuestra intención era llegar hasta Málaga para atender a los heridos, pero en Almería nos avisaron que Málaga había caído y que no podríamos acercarnos.»

Esa «penosa marcha» de la que nos habla el cirujano canadiense Norman Bethune en su relato “Masacre en la caravana de la muerte” es uno de los episodios de la Guerra Civil española que más ha costado reconstruir. Su memoria se desvaneció por décadas para la Historia porque se trató de una gigantesca y cruel matanza a cielo abierto pero con muy pocos testigos que pudieran denunciarla o describirla. Sin embargo, permaneció viva en los recuerdos de quienes lo padecieron, en especial las mujeres y los niños que, como Pilar y su pequeño, conformaban la mayor parte de aquella inmensa multitud que se arrastró durante 200 kilómetros bajo un bombardeo continuo, durante 5 larguísimos días. Quienes sobrevivieron lo recordaron siempre, por supuesto, pero debieron mantener silencio porque ¿quién se podía atrever, en la España franquista, a decir “estuve allí y vi lo que pasó”?

El mundo no lo sabía por entonces, o no deseaba saberlo, pero se estaban dando los primeros pasos de lo que sería la Segunda Guerra Mundial. Y en aquella estrecha carretera que serpentea entre el mar y las montañas y de la cual no se podía huir más que hacia atrás o hacia adelante, se ensayaba, como en Guernica pero a una escala mucho mayor, el bombardeo a la población civil como forma de castigo y siembra del terror.

A lo largo de aquellos 200 kilómetros, de aproximadamente 150.000 personas que buscaban refugio, fallecieron quizás 20.000, atrapadas entre los disparos rasantes de los aviones que iban y venían cazándolas a su antojo durante el día, y los cañonazos con los que desde la oscuridad de la noche los acosaba desde el mar la armada fascista, a veces a una distancia no mayor a los 200 mts.

Un contralmirante franquista describió de este modo lo que se pudo ver en Almería cuando llegaron los sobrevivientes de aquella pesadilla:

«Llegaron destrozados a Almería (…) constituían un lamentable espectáculo. Llegaban sucios y en harapos. Las mujeres con los niños pequeños en brazos, que como no habían sido lavados, llevaban la poca ropa pegada a la piel despidiendo un mal olor increíble. El aspecto del conjunto era de gitanería…»

(Testimonio de un contralmirante de uno de los cruceros del Ejército franquista, citado en las memorias del Almirante de la Flota Nacional Francisco Moreno).

El silencio y las palabras

Carlos Guijarro, dibujante y guionista de una reciente novela gráfica “El paseo de los canadienses”, cuenta así su sorpresa al descubrir que aquello había sucedido:

“Fue de un modo completamente casual. En el verano de 2012, caminando por un precioso paseo marítimo denominado “Paseo de los canadienses”, a la altura del Rincón de la Victoria (Málaga), me topé con una placa conmemorativa en honor a Norman Bethune, que hacía alusión a un episodio ocurrido en 1937. Yo tenía referencias de quien era Bethune, un héroe en China, donde murió, pero no sabía que hubiera estado en España y menos aún en Málaga. Me picó la curiosidad y buscando por Internet encontré una escrito del propio Bethune fechado en 1937 titulado El crimen de la Carretera Málaga a Almería.

“Quedé anonadado. Bethune narraba allí el éxodo de la población malagueña el 8 de febrero del 37 y describía lo que sin duda puede considerarse como el episodio más dramático, en términos de vidas humanas, de toda la guerra civil.”

En los pequeños pueblos en los que intentaban pasar la noche quienes tenían la suerte de haber vivido un día mas, se cerraban las puertas por temor a las represalias. Desde Madrid, asediada en aquel momento por las tropas de Franco, no llegó ninguna ayuda ni hubo tampoco reporteros gráficos que dieran cuenta de lo sucedido. Hubo muy pocos registros fotográficos, que durante los 40 años posteriores se fueron perdiendo o se quemaron. Y las víctimas sabían que de aquello no se podía hablar sino con poquísimas palabras y en familia, porque el sólo hecho de haber estado allí era un delito.

Muy recientemente, en 2004, el público pudo conocer algunas de las pocas fotografías tomadas por Hazen Sise, uno de los ayudantes de Bethune, que son la principal fuente visual que ha acompañado a los pocos relatos y testimonios orales que han salido a la luz.

Un pequeño camión y su carga de preciosa sangre

Norman Bethune, el médico voluntario canadiense que avanzaba con su cargamento de sangre en el sentido inverso al de aquella multitud doliente, recordaba, pocos meses después:

Había miles de niños. Contamos unos cinco mil de menos de diez años, y al menos, mil de ellos iban descalzos y, muchos de ellos cubiertos con una sola prenda, colgados de los hombros de sus madres o agarrados a sus manos. (…) El incesante torrente de gente llegó a ser tan denso, que el coche apenas podía avanzar y cuando habíamos recorrido 88 kilómetros, los rezagados nos advirtieron que no fuésemos más lejos, ya que los fascistas estaban justo detrás de ellos.

Por entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños afligidos que pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a salvo los peores casos. Era difícil elegir cuáles recoger. Nuestro coche era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros sus hijos, tenían los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro días bajo el sol y el polvo.
«Llévense a este»‘; «miren este niño’; «este está herido». Los niños envueltos con harapos ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados aumentados de dos veces su tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento. Doscientos kilómetros de miseria. Caminaban de noche agrupadas en un sólido torrente, hombres, mujeres, niños, mulos, burros y cabras. Gritando los nombres de sus familiares desaparecidos, perdidos entre la multitud.
(…)
Llegó un momento en que decidimos vaciar la ambulancia de todo su valioso contenido para crear espacio libre, y llevarnos primero a los niños y a las madres, pero luego la separación entre padre e hijo, marido y mujer se hizo demasiado cruel para poder soportarla. Acabamos por llevarnos a las familias con mayor número de hijos pequeños, y a los niños que viajaban solos de los que había centenares.

Norman Bethune, Hazen Sise, y Thomas Worsley, integrantes del Servicio Canadiense de Transfusión de Sangre, que contrariando las órdenes del gobierno de su país se habían sumado a las Brigadas Internacionales de apoyo a la República, fueron los primeros en ayudar a los que huían por la carretera. Y uno de ellos fue quien recogió a Pilar. Gracias a ellos contamos con dos de los pocos testimonios escritos que tenemos de aquel episodio y con las fotografías que muestran el desamparo de aquella gente.

Por eso, vale que nos preguntemos ¿Quién era Norman Bethune? ¿Qué hacían allí él, su equipo de trabajo, y aquel camión cargado de frascos de vidrio prolijamente etiquetados, llenos de sangre? ¿Qué hizo con su vida una vez que en aquella guerra espantosa él y los suyos fueron derrotados? ¿Cómo fue a morir 2 años después en Huang Shiko, China, en donde aún se lo recuerda como un héroe?

A penetrar en la vida Norman Bethune, aquel canadiense imborrable, dedicaremos una próxima nota. Puede ser interesante hacerlo en este momento en que tanta gente habla de la posibilidad de una nueva guerra con la frivolidad de quienes se saben lejos y se sienten a salvo.