Negros en barcos extranjeros. Marinos, esclavos y comunicación

El intercambio cultural y la amistad entre marineros europeos forzados a servir en los buques mercantes y los negros esclavos que cargaban o descargaban mercaderías en los puertos del Caribe, así como el tránsito frecuente entre las islas de hombres y mujeres que eran vendidos o se fugaban, fueron algunos de los elementos que contribuyeron a que las nuevas ideas comenzaran a ingresar, casi sin ser detectadas, a América. .

En el mes de diciembre, gracias a la generosidad de la editorial española Traficantes de Sueños hemos comenzado a republicar El viento común – corrientes afroamericanas en la era de la revolución, un libro imprescindible de Julius S. Scott, que nos ayuda a ahondar en las raíces de lo que nos es común pero aún no conocemos adecuadamente. En esta primera edición de 2022 continuamos con secciones escogidas del Capítulo II.

Negros en barcos extranjeros. Marinos, esclavos y comunicación.

 

Julius S. Scott publicó The Common Wind: Afro-American currents in the Age of the Haitian Revolution en 2018. La edición en español, de 2021, ha sido preparada por la editorial española Traficantes de Sueños bajo licencia Creative Commons 4.0.

Después de que los hacendados y los comerciantes los obligaran a abandonar tierra a finales del siglo xvii, los bucaneros del Caribe se hicieron a la mar como piratas. Con la expansión de la esclavitud en el siglo xviii, los barcos fueron un refugio para los desafectos. En la década de 1790, los habitantes de la región caribeña reconocían la existencia de una estrecha relación simbólica entre la experiencia en el mar y la libertad. De ahí que cuando Tom King, un esclavo de Kingston, «famoso en esta ciudad, en Spanish Town y en Port Royal» despareció en noviembre de 1790, su amo alertó que como King «ha navegado puede intentar pasar por libre».

Con el mismo espíritu del amo de King, en el Caribe del siglo xviii muchos blancos (dueños de esclavos) señalaban que «es muy peligroso dejar que un negro aprenda navegación». Olaudah Equiano, un esclavo que trabajó como marinero en las décadas de 1760 y 1770 y logró con el tiempo alcanzar su libertad, sentía que esa ocupación itinerante lo ponía en un nivel social de mayor igualdad con su amo, a quien no vacilaba en «decirle lo que pensaba».2

Con frecuencia los blancos acusaban de indolentes a los trabajadores negros cualificados y no vinculados a las plantaciones, pues los esclavos —que miraban al mar en busca de empleo o fuga— planteaban problemas especiales de control, al igual que los negros y mulatos sin amos que llegaban por barco desde colonias extranjeras. Fueran fugitivos como Tom King o marineros como Equiano, muchos esclavos consideraban que les convenía orientar sus vidas hacia el mar y conocer el mundo que quedaba más allá del horizonte.

El movimiento de los barcos y los marinos no solo brindaba oportunidades de adquirir habilidades o de escapar, sino que proporcionaba los medios para establecer comunicaciones a larga distancia y permitía a los afroamericanos interesados seguir los acontecimientos que se desarrollaban en otras partes del mundo.

Los marineros de barcos trasatlánticos europeos constituían un segmento sumamente visible de las redes subterráneas del Caribe, donde establecían relaciones, mantenían informadas a las personas sobre los
acontecimientos de ultramar y a menudo sostenían enfrentamientos con las autoridades locales.


 

Sujetos a castigos arbitrarios (incluido el látigo) y a menudo engañados u obligados
a enrolarse contra su voluntad en barcos mercantes, no era difícil que los marineros hicieran causa común con los esclavos locales. Los estatutos mencionaban usualmente la necesidad de mantener el orden público después del anochecer. La «Ley de Policía» de Granada aprobada en 1789 menciona específicamente como merecedores de penas severas a los esclavos, los libres (de color) y los marinos, quienes «arruinando su salud y su moral, y para mal ejemplo y tentación de otros» apostaban y se emborrachaban por las noches en las casas de juego de la isla.8


 

Controlar, sin embargo, otras actividades que ponían en contacto a esclavos con marinos procedentes del extranjero suponía mayores dificultades.

Los marineros eran un mercado natural para los productos cultivados por los esclavos en sus huertos —«ñames, cacao, plátanos, bananos, frutas, etc.»— que trocaban por carne salada, sábanas, zapatos u otros bienes que constituían las «especulaciones privadas» de los navegantes, esto es, las porciones de la carga del barco que se les permitía comerciar por su cuenta. El marino irlandés James Kelly —quien heredó un muelle en la costa norte de Jamaica a principios del siglo xix—, observó fascinado el funcionamiento de ese sistema de comercio interno y las interacciones que giraban a su alrededor.

«Los marineros y los negros se relacionan siempre en los términos más amigables» —comentó—y describió «la confianza mutua y la familiaridad» y «un sentimiento de independencia en esa relación», que contrasta agudamente con la «degradación» a la que los negros eran sometidos en sus relaciones cotidianas con los blancos de la localidad. El contacto entre marineros y negros de las Indias Occidentales también tenía consecuencias culturales a largo plazo.

Muchas de las populares salomas —canciones marineras que con los tripulantes de las naves británicas iban a todas las partes del mundo en el siglo xix— guardan una llamativa semejanza con las canciones de esclavos del Caribe; de hecho, existen considerables evidencias de que la práctica de cantar salomas puede haber tenido sus raíces en la interacción entre marineros y trabajadores negros de los muelles en las costas de las islas del Caribe. Una teoría sobre el origen y el desarrollo de los pidgins y los idiomas criollos en la región insiste también en los contactos y los préstamos culturales entre marineros europeos y esclavos africanos.


 

Quizás como resultado de las interacciones con los marineros, ciertos aspectos del idioma y la cultura de los esclavos de Santo Domingo sugieren una inclinación hacia el mundillo relacionado con los lobos de mar. Mezclados con componentes franceses, españoles y africanos, algunos «términos marineros también encontraron un lugar» en el creole de la isla. Además, las esclavas de Santo Domingo se llamaban en ocasiones «marineras» unas a otras, costumbre que Moreau de Saint- Méry atribuía a los antiguos bucaneros, quienes empleaban el término como medio para reafirmar su solidaridad.

El flujo continuo, pero cambiante, de gente de mar itinerante proporcionaba una crucial conexión trasatlántica a las redes subterráneas (de los sin amos) en las colonias. Cuando los acontecimientos europeos comenzaron a incidir sobre el futuro de la esclavitud colonial, esos marineros llevaban consigo informaciones de gran interés, tanto para los esclavos como para sus dueños. En 1790, los marinos británicos arribaron con nuevas de que en Inglaterra ganaba fuerza un movimiento antiesclavista, mientras que los marineros franceses con sus escarapelas tricolor tenían noticias aún más apasionantes sobre los acontecimientos políticos en Francia.


 

Aunque el comercio extranjero brindaba claras ventajas, el movimiento de embarcaciones a corta distancia incrementó la movilidad entre las islas, y muchos observadores expresaron preocupación ante los numerosos forasteros que llegaban a bordo de las embarcaciones. Por ejemplo, poco después de que Jamaica instituyera sus primeros puertos libres en 1766, en las ciudades portuarias de la isla comenzó a aparecer un gran número de marineros, comerciantes y agentes comerciales franceses, españoles, holandeses y portugueses.

A los residentes les preocupaba la lealtad de esos foráneos. Lejos de resolver los problemas de aprovisionamiento de la isla planteaba Rose Fuller en 1773—, la Ley de Puertos Libres solo había logrado darle un aire de legalidad a la irritante presencia de «muchos extranjeros» que no tenían la intención de naturalizarse como ciudadanos británicos, no hacían ningún esfuerzo por apoyar al gobierno de la isla, y, por tanto, representaban posibles peligros para su seguridad.

Los jamaicanos blancos reaccionaron con más fuerza ante la presencia de forasteros negros. En 1782, el Gran Jurado de Jamaica, en sesión trimestral, llamó la atención sobre la gran cantidad de negros procedentes de la holandesa Curazao —que, como Jamaica, era un centro de comercio— y de otros territorios extranjeros, que vivían en la isla. Una «multitud de tales características» se había avecindado en Kingston, mientras que «otros [rondaban] sin restricciones».

El Gran Jurado propuso que la legislatura obligara a esos negros foráneos a portar permisos que deberían mostrar cuando se les pidiera o, mejor aún, debían «llevar un letrero colgado al cuello donde se indique quiénes y qué son». Además, recomendó que los capitanes de barcos extranjeros depositaran una fianza bajo promesa de «llevarse consigo a las personas que traigan a puerto». En la década de 1790, los negros y mulatos extranjeros mantuvieron una presencia constante en las ciudades portuarias de Jamaica, donde despertaban sospechas entre las autoridades municipales.

En julio de 1791, funcionarios de Montego Bay detuvieron a Hosa —un negro español— en una balandra española y como esclavo fugitivo lo enviaron al asilo de trabajo para pobres [work house] a pesar de sus protestas de que era un hombre libre. Al año siguiente «dos mulatos españoles» fueron sentenciados a un mes de trabajo forzado en el asilo de trabajo para pobres de Kingston después de una riña con un «negro libre» del lugar. La revolución de esclavos en Santo Domingo pronto se convertiría en el pretexto ideal para que las autoridades de las colonias británica y española adoptaran medidas mucho más severas a fin de desalentar la inmigración de negros foráneos.


 

El comercio regional de esclavos africanos reembarcados —una rama especializada del comercio libre entre las colonias caribeñas— permitía a barcos y personas viajar a lugares que, de otro modo, les estaba prohibido.
Como el comercio de esclavos permitía encubrir convenientemente a los barcos que se dedicaran al comercio ilegal, ese tráfico marítimo pudo tomar rumbo hacia los territorios españoles, cuya entrada estaba restringida. Los británicos fueron los primeros.

Desde comienzos del siglo xviii, Jamaica se convirtió en centro de una floreciente red de contrabando que incluía un sustancial comercio ilegal de fuerza de trabajo africana, destinada a puertos franceses y españoles. Añádase que, bajo control británico, el asentamiento encaminado a proveer esclavos a la América española permitía a los contrabandistas, disfrazados de comerciantes de esclavos, descargar una amplia variedad de mercancías ilegales.

En ocasiones, marineros libres empleaban el recurso de hacerse pasar por esclavos con el fin de desembarcar y entablar negocios con los habitantes locales.25 La creciente demanda de esclavos en el Caribe justificaba el sistema de los Puertos Libres y el relajamiento general de las restricciones comerciales que se produjo a partir de 1763.


 

Comerciantes, hacendados y autoridades gubernamentales daban la bienvenida al libre comercio de esclavos, pero con ciertas reservas. A pesar de las regulaciones que limitaban a 24 horas la estancia de los barcos negreros foráneos en puertos españoles, los funcionarios comenzaron a informar pronto de que este supuesto comercio de esclavos adolecía de los inmemoriales abusos del sistema del asentamiento. Embarcaciones sospechosas arribaban con unos pocos esclavos para ser vendidos, e incluso algunos de ellos eran marineros que se hacían pasar por esclavos para desembarcar mercancías de contrabando.

De modo similar, cuando pequeños barcos españoles llegaban a la costa norte de Jamaica para cambiar ganado por esclavos, los británicos sospechaban que se dedicaban a malos manejos, en especial porque sus tripulaciones incluían con frecuencia a marineros negros o mulatos libres. Una constante inquietud acerca del tipo de esclavos que sus competidores les ofrecían en venta, también ensombrecía el entusiasmo de franceses y españoles por los nuevos métodos para obtener negros africanos. A los hacendados franceses que experimentaban con la compra de esclavos a contrabandistas británicos, a inicios de la década de 1770, les preocupaba que los jamaicanos ya hubieran comprado «todos los buenos negros» y que el resto, aunque más baratos, pudieran muy bien ser «desechos» poco saludables o, peor, «bellacos o corruptos» trasplantados por sus delitos.

El voraz apetito de esclavos experimentado por los hacendados franceses durante 1780 llevó a ciertos observadores a temer que la compra indiscriminada de esclavos pudiera hacer de Santo Domingo el reservorio inmanejable de los esclavos acriollados de todo el Caribe. Un memorialista francés expresó ese sentimiento en 1789, al alegar que la dependencia de Santo Domingo —con respecto de la vecina colonia británica— para obtener buena parte de su fuerza de trabajo no solo era dañina para la economía nacional, sino que «los esclavos que nos proporcionan nuestros rivales casi siempre son los desechos de sus colonias».


 

La experiencia justificaba la preocupación de los hacendados franceses por la creciente presencia de esos esclavos criollos. Los esclavos de otras colonias, en especial de territorios británicos, participaron en actividades sediciosas en Santo Domingo antes de 1790 y desempeñaron un papel crucial durante los años de la revolución. Plymouth, quien dirigía una banda de cimarrones durante 1730, había llegado a Santo Domingo desde una de las colonias británicas. Mackandal, cabecilla de otro grupo de rebeldes en 1760, había escapado de Jamaica, al igual que Boukmann, el personaje religioso al que se le acredita haber organizado en agosto de 1791 la revuelta inicial que marcó el inicio de la revolución. Y Henri Christophe, un comandante rebelde —quien posteriormente se convertiría en el segundo mandatario del Haití independiente— había nacido en la isla británica de San Cristóbal.El intercambio cultural y la amistad entre marineros europeos forzados a servir en los buques mercantes y los negros esclavos que cargaban o descargaban mercaderías en los puertos del Caribe, así como el tránsito frecuente entre las islas de hombres y mujeres que eran vendidos o se fugaban, fueron algunos de los elementos que contribuyeron a que las nuevas ideas comenzaran a ingresar, casi sin ser detectadas, a América.

En el mes de diciembre, gracias a la generosidad de la editorial española Traficantes de Sueños hemos comenzado a republicar parte del contenido El viento común – corrientes afroamericanas en la era de la revolución, un libro imprescindible de Julius S. Scott, que nos ayuda a ahondar en las raíces de lo que nos es común y aún no conocemos adecuadamente. En esta primera edición de 2022 continuamos con el Capítulo II: Negros en barcos extranjeros» Marinos, esclavos y comunicación.

Después de que los hacendados y los comerciantes los obligaran a abandonar tierra a finales del siglo xvii, los bucaneros del Caribe se hicieron a la mar como piratas. Con la expansión de la esclavitud en el siglo xviii, los barcos fueron un refugio para los desafectos. En la década de 1790, los habitantes de la región caribeña reconocían la existencia de una estrecha relación simbólica entre la experiencia en el mar y la libertad. De ahí que cuando Tom King, un esclavo de Kingston, «famoso en esta ciudad, en Spanish Town y en Port Royal» despareció en noviembre de 1790, su amo alertó que como King «ha navegado puede intentar pasar por libre».

Con el mismo espíritu del amo de King, en el Caribe del siglo xviii muchos blancos (dueños de esclavos) señalaban que «es muy peligroso dejar que un negro aprenda navegación». Olaudah Equiano, un esclavo que trabajó como marinero en las décadas de 1760 y 1770 y logró con el tiempo alcanzar su libertad, sentía que esa ocupación itinerante lo ponía en un nivel social de mayor igualdad con su amo, a quien no vacilaba en «decirle lo que pensaba».2 Con frecuencia los blancos acusaban de indolentes a los trabajadores negros cualificados y no vinculados a las plantaciones, pues los esclavos —que miraban al mar en busca de empleo o fuga— planteaban problemas especiales de control, al igual que los negros y mulatos sin amos que llegaban por barco desde colonias extranjeras. Fueran fugitivos como Tom King o marineros como Equiano, muchos esclavos consideraban que les convenía orientar sus vidas hacia el mar y conocer el mundo que quedaba más allá del horizonte.

El movimiento de los barcos y los marinos no solo brindaba oportunidades de adquirir habilidades o de escapar, sino que proporcionaba los medios para establecer comunicaciones a larga distancia y permitía a los afroamericanos interesados seguir los acontecimientos que se desarrollaban en otras partes del mundo.

Los marineros de barcos trasatlánticos europeos constituían un segmento sumamente visible de las redes subterráneas del Caribe, donde establecían relaciones, mantenían informadas a las personas sobre los
acontecimientos de ultramar y a menudo sostenían enfrentamientos con las autoridades locales.


Sujetos a castigos arbitrarios (incluido el látigo) y a menudo engañados u obligados
a enrolarse contra su voluntad en barcos mercantes, no era difícil que los marineros hicieran causa común con los esclavos locales. Los estatutos mencionaban usualmente la necesidad de mantener el orden público después del anochecer. La «Ley de Policía» de Granada aprobada en 1789 menciona específicamente como merecedores de penas severas a los esclavos, los libres (de color) y los marinos, quienes «arruinando su salud y su moral, y para mal ejemplo y tentación de otros» apostaban y se emborrachaban por las noches en las casas de juego de la isla.


 

Controlar, sin embargo, otras actividades que ponían en contacto a esclavos con marinos procedentes del extranjero suponía mayores dificultades.

Los marineros eran un mercado natural para los productos cultivados por los esclavos en sus huertos —«ñames, cacao, plátanos, bananos, frutas, etc.»— que trocaban por carne salada, sábanas, zapatos u otros bienes que constituían las «especulaciones privadas» de los navegantes, esto es, las porciones de la carga del barco que se les permitía comerciar por su cuenta. El marino irlandés James Kelly —quien heredó un muelle en la costa norte de Jamaica a principios del siglo xix—, observó fascinado el funcionamiento de ese sistema de comercio interno y las interacciones que giraban a su alrededor. «Los marineros y los negros se relacionan siempre en los términos más amigables» —comentó—y describió «la confianza mutua y la familiaridad» y «un sentimiento de independencia en esa relación», que contrasta agudamente con la «degradación» a la que los negros eran sometidos en sus relaciones cotidianas con los blancos de la localidad. El contacto entre marineros y negros de las Indias Occidentales también tenía consecuencias culturales a largo plazo.

Muchas de las populares salomas —canciones marineras que con los tripulantes de las naves británicas iban a todas las partes del mundo en el siglo xix— guardan una llamativa semejanza con las canciones de esclavos del Caribe; de hecho, existen considerables evidencias de que la práctica de cantar salomas puede haber tenido sus raíces en la interacción entre marineros y trabajadores negros de los muelles en las costas de las islas del Caribe. Una teoría sobre el origen y el desarrollo de los pidgins y los idiomas criollos en la región insiste también en los contactos y los préstamos culturales entre marineros europeos y esclavos africanos.


 

Quizás como resultado de las interacciones con los marineros, ciertos aspectos del idioma y la cultura de los esclavos de Santo Domingo sugieren una inclinación hacia el mundillo relacionado con los lobos de mar. Mezclados con componentes franceses, españoles y africanos, algunos «términos marineros también encontraron un lugar» en el creole de la isla. Además, las esclavas de Santo Domingo se llamaban en ocasiones «marineras» unas a otras, costumbre que Moreau de Saint- Méry atribuía a los antiguos bucaneros, quienes empleaban el término como medio para reafirmar su solidaridad.

El flujo continuo, pero cambiante, de gente de mar itinerante proporcionaba una crucial conexión trasatlántica a las redes subterráneas (de los sin amos) en las colonias. Cuando los acontecimientos europeos comenzaron a incidir sobre el futuro de la esclavitud colonial, esos marineros llevaban consigo informaciones de gran interés, tanto para los esclavos como para sus dueños. En 1790, los marinos británicos arribaron con nuevas de que en Inglaterra ganaba fuerza un movimiento antiesclavista, mientras que los marineros franceses con sus escarapelas tricolor tenían noticias aún más apasionantes sobre los acontecimientos políticos en Francia.


 

Aunque el comercio extranjero brindaba claras ventajas, el movimiento de embarcaciones a corta distancia incrementó la movilidad entre las islas, y muchos observadores expresaron preocupación ante los numerosos forasteros que llegaban a bordo de las embarcaciones. Por ejemplo, poco después de que Jamaica instituyera sus primeros puertos libres en 1766, en las ciudades portuarias de la isla comenzó a aparecer un gran número de marineros, comerciantes y agentes comerciales franceses, españoles, holandeses y portugueses. A los residentes les preocupaba la lealtad de esos foráneos. Lejos de resolver los problemas de aprovisionamiento de la isla planteaba Rose Fuller en 1773—, la Ley de Puertos Libres solo había logrado darle un aire de legalidad a la irritante presencia de «muchos extranjeros» que no tenían la intención de naturalizarse como ciudadanos británicos, no hacían ningún esfuerzo por apoyar al gobierno de la isla, y, por tanto, representaban posibles peligros para su seguridad.

Los jamaicanos blancos reaccionaron con más fuerza ante la presencia de forasteros negros. En 1782, el Gran Jurado de Jamaica, en sesión trimestral, llamó la atención sobre la gran cantidad de negros procedentes de la holandesa Curazao —que, como Jamaica, era un centro de comercio— y de otros territorios extranjeros, que vivían en la isla. Una «multitud de tales características» se había avecindado en Kingston, mientras que «otros [rondaban] sin restricciones». El Gran Jurado propuso que la legislatura obligara a esos negros foráneos a portar permisos que deberían mostrar cuando se les pidiera o, mejor aún, debían «llevar un letrero colgado al cuello donde se indique quiénes y qué son». Además, recomendó que los capitanes de barcos extranjeros depositaran una fianza bajo promesa de «llevarse consigo a las personas que traigan a puerto».

En la década de 1790, los negros y mulatos extranjeros mantuvieron una presencia constante en las ciudades portuarias de Jamaica, donde despertaban sospechas entre las autoridades municipales. En julio de 1791, funcionarios de Montego Bay detuvieron a Hosa —un negro español— en una balandra española y como esclavo fugitivo lo enviaron al asilo de trabajo para pobres [work house] a pesar de sus protestas de que era un hombre libre. Al año siguiente «dos mulatos españoles» fueron sentenciados a un mes de trabajo forzado en el asilo de trabajo para pobres de Kingston después de una riña con un «negro libre» del lugar. La revolución de esclavos en Santo Domingo pronto se convertiría en el pretexto ideal para que las autoridades de las colonias británica y española adoptaran medidas mucho más severas a fin de desalentar la inmigración de negros foráneos.


 

El comercio regional de esclavos africanos reembarcados —una rama especializada del comercio libre entre las colonias caribeñas— permitía a barcos y personas viajar a lugares que, de otro modo, les estaba prohibido.

Como el comercio de esclavos permitía encubrir convenientemente a los barcos que se dedicaran al comercio ilegal, ese tráfico marítimo pudo tomar rumbo hacia los territorios españoles, cuya entrada estaba restringida. Los británicos fueron los primeros. Desde comienzos del siglo xviii, Jamaica se convirtió en centro de una floreciente red de contrabando que incluía un sustancial comercio ilegal de fuerza de trabajo africana, destinada a puertos franceses y españoles.

Añádase que, bajo control británico, el asentamiento encaminado a proveer esclavos a la América española permitía a los contrabandistas, disfrazados de comerciantes de esclavos, descargar una amplia variedad de mercancías ilegales. En ocasiones, marineros libres empleaban el recurso de hacerse pasar por esclavos con el fin de desembarcar y entablar negocios con los habitantes locales.25 La creciente demanda de esclavos en el Caribe justificaba el sistema de los Puertos Libres y el relajamiento general de las restricciones comerciales que se produjo a partir de 1763.


 

Comerciantes, hacendados y autoridades gubernamentales daban la bienvenida al libre comercio de esclavos, pero con ciertas reservas. A pesar de las regulaciones que limitaban a 24 horas la estancia de los barcos negreros foráneos en puertos españoles, los funcionarios comenzaron a informar pronto de que este supuesto comercio de esclavos adolecía de los inmemoriales abusos del sistema del asentamiento. Embarcaciones sospechosas arribaban con unos pocos esclavos para ser vendidos, e incluso algunos de ellos eran marineros que se hacían pasar por esclavos para desembarcar mercancías de contrabando.

De modo similar, cuando pequeños barcos españoles llegaban a la costa norte de Jamaica para cambiar ganado por esclavos, los británicos sospechaban que se dedicaban a malos manejos, en especial porque sus tripulaciones incluían con frecuencia a marineros negros o mulatos libres. Una constante inquietud acerca del tipo de esclavos que sus competidores les ofrecían en venta, también ensombrecía el entusiasmo de franceses y españoles por los nuevos métodos para obtener negros africanos. A los hacendados franceses que experimentaban con la compra de esclavos a contrabandistas británicos, a inicios de la década de 1770, les preocupaba que los jamaicanos ya hubieran comprado «todos los buenos negros» y que el resto, aunque más baratos, pudieran muy bien ser «desechos» poco saludables o, peor, «bellacos o corruptos» trasplantados por sus delitos.

El voraz apetito de esclavos experimentado por los hacendados franceses durante 1780 llevó a ciertos observadores a temer que la compra indiscriminada de esclavos pudiera hacer de Santo Domingo el reservorio inmanejable de los esclavos acriollados de todo el Caribe. Un memorialista francés expresó ese sentimiento en 1789, al alegar que la dependencia de Santo Domingo —con respecto de la vecina colonia británica— para obtener buena parte de su fuerza de trabajo no solo era dañina para la economía nacional, sino que «los esclavos que nos proporcionan nuestros rivales casi siempre son los desechos de sus colonias».


 

La experiencia justificaba la preocupación de los hacendados franceses por la creciente presencia de esos esclavos criollos. Los esclavos de otras colonias, en especial de territorios británicos, participaron en actividades sediciosas en Santo Domingo antes de 1790 y desempeñaron un papel crucial durante los años de la revolución. Plymouth, quien dirigía una banda de cimarrones durante 1730, había llegado a Santo Domingo desde una de las colonias británicas. Mackandal, cabecilla de otro grupo de rebeldes en 1760, había escapado de Jamaica, al igual que Boukmann, el personaje religioso al que se le acredita haber organizado en agosto de 1791 la revuelta inicial que marcó el inicio de la revolución. Y Henri Christophe, un comandante rebelde —quien posteriormente se convertiría en el segundo mandatario del Haití independiente— había nacido en la isla británica de San Cristóbal.

JULIUS S. SCOTT
Julius S. Scott, fallecido en 2021, publicó The Common Wind: Afro-American currents in the Age of the Haitian Revolution en 2018, con investigaciones iniciadas para su tesis doctoral en 1986. Le edición en español, preparada por la Editorial española Traficantes de Sueños, que cuenta con la traducción de la cubana Esther Pérez, está bajo licencia Creative Commons 4.0.

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