La aparición y la desaparición de una mujer de ésta y de todas las historias

Ekang apareció y desapareció de esta y de todas las historias en cuestión de minutos. Mientras bajaba llorando las escaleras del consulado británico en Benin, avergonzada y dolorida, su imagen se desvanecía como la de un fantasma y sólo se nos permitió recuperarla 124 años después, cuando el documento en que se narra lo que sucedió con ella fue rescatado del olvido en los sótanos del Foreign Office, en Londres. .

 

Y antes de seguir adelante, es necesario que nos preguntemos… ¿Qué valor tiene acercarse hoy a su historia, si Ekang no fue nadie o si fue, apenas una más? ¿Qué utilidad podría tener que la conozcamos ahora, si ha pasado tanto tiempo y el mundo en que vivimos hoy tiene tantas diferencias con el suyo?

Y si algo nos dijera que sí, que es interesante saber de ella, sigamos con esta nueva entrega de CUÉNTAME.

Una joven mujer y un Cónsul ejemplar

De Ekang no podemos saber más que lo que ocurrió ese día y no se necesitan demasiadas palabras para narrarlo. De acuerdo a un testigo que en ese momento se encontraba encadenado a una columna en el patio del Consulado Británico en el Reino de Benin, la joven se negaba a admitir su responsabilidad por la desaparición de la gorra de un soldado. Podemos imaginarla negándolo o diciendo que no entendía de qué se la acusaba, pero el testigo no nos ha dejado nada al respecto. Para que escarmentara, el Cónsul George Annesley, el representante oficial de Su Majestad Británica, fuera de sí, llamó a los gritos a todos los soldados de la guarnición que desearan acoplarse con ella, y mientras él la sujetaba por los brazos por detrás y contra el piso de su despacho, un número indeterminado de aquellos hombres la violó, entre risotadas y jadeos, por turnos.

El historiador Paddy Docherty descubrió el documento como parte de las investigaciones que realizó para su libro Blood and Bronze – The British Empire & the Sack of Benin cuya aparición está anunciada para diciembre de 2021 y en él, en lo que a Ekang concierne, hay apenas un flash de información ultra concentrada. No hay un antes ni un después que nos permita situarla o conocerla mínimamente. Ni una queja suya ante alguien. Probablemente fuera esclava, probablemente fuera una adolescente porque para esa fecha ya quedaban en Benin pocas mujeres adultas. Quizás no era la primera vez que era castigada de ese modo porque ese tipo de escarmiento disciplinador formaba parte del repertorio de herramientas civilizatorias de Annesley, que por ser hijo de un alto funcionario de la Reina Victoria y tener una educación esmerada, se podía permitir algunas licencias. Todos los testimonios apuntan a que era un perverso preocupado sólo por el engrandecimiento del imperio, pero nunca nadie se preocupó por lo que hacía para lograrlo siempre que lo hiciera bien.

De todos modos, si no se trataba de la primera vez que Ekang recibía ese castigo, no habrá sido la última, porque dos años después sobrevino el final para la casi totalidad de los habitantes de aquella ciudad-estado situada en las cercanías del delta del río Niger, en el Golfo de Bengala que, de acuerdo a lo que los viajeros occidentales habían testimoniado durante los tres siglos anteriores, había sido, y seguía siendo por entonces, hermosa. Las víctimas de la toma de la ciudad por las tropas británicas nunca se contaron y las estimaciones las sitúan en varios miles, por lo que cabe pensar que Ekang estaba entre ellas.

Un reino llamado a desaparecer

El pequeño reino de Benin había sobrevivido a su contacto con los portugueses a partir de 1485 y a la posterior presencia holandesa, y se había transformado en uno de los enclaves esclavistas que alimentaron con vidas humanas el desarrollo colonial en las Américas y le permitieron a Europa transformarse en lo que hoy es.

Hacia finales del siglo XIX, sin embargo, la nueva potencia, Inglaterra, ya no tenía interés en seguir extrayendo esclavos o comerciando al viejo estilo, como lo hacían sus predecesoras. Estaba interesada en la producción de aceite de palma, cacao, y un producto esencial para la industria automoviística que daba sus primeros pasos: el caucho… siempre y cuando pudiera hacerlo sin verse obligada a pagar impuestos. Y para evitar ese problema en la City se decidió que ya era hora de eliminar las trabas comerciales, adueñándose de todo.

«I have reasons to hope that sufficient ivory would be found in the King’s house to pay the expenses incurred in removing the King from his stool.», decía el sucesor de Annesley en el Consulado de Benin, James Phillips, en una carta enviada a Londres en la que se preocupaba por asegurar que el pillaje podría cubrir todos los costos de una posible invasión. Porque los negocios en los que se recupera rápidamente todo lo invertido, son los mejores.

Phillips, que hacía muy poco ocupaba su nueva función y estaba ávido de asegurarse la gloria que el destino le colocaba por delante, murió por haberse apresurado y haberlo intentado de manera demasiado confiada y torpe, pero pocos días después una “punitive expedition” (así se les decía) se abocó a la destrucción total de la ciudad de forma profesional y absolutamente desalmada. A la matanza, tal como había previsto el bueno de Phillips, le siguió al pillaje de miles de obras de arte en bronce y marfil de un valor histórico, cultural y estético incalculable, que hasta hoy se exhiben en el Museo Británico y en decenas de instituciones similares del mundo civilizado, que se apresuraron a comprar todo lo que la soldadesca robó para sí.

Los museos exhiben esas obras y las prestan (incluso a los países de donde fueron robadas) como si fueran suyas. Están entre las colecciones más visitadas y la influencia de aquellas piezas en el arte moderno, desde Pablo Picasso hasta Henri Matisse, desde el fauvismo francés hasta el expresionismo alemán, ha resultado (afortunadamente para nosotros) fundamental.

Reflexión, hoy

No hablaremos de Benin en esta nota, porque lo que nos importaba era Ekang, de quien ya hemos dicho que no es posible decir demasiado.

Sin embargo hay en esta historia de una joven mujer anónima llorando mientras baja las escaleras y desaparece de nuestra vista en un mundo agredido y saqueado muchas cosas en común con algunas de nuestras preocupaciones de hoy. Y quizás es un buen momento para reflexionar en ellas.

– Se celebra en estos días (25 de noviembre) el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres, y vale recordar que cuando hablamos de esas violencias no podemos limitarlas a las que las mujeres sufren en circunstancias normales, sino que es necesario incluir la que las mujeres padecen durante los conflictos armados o durante las migraciones que esos mismos conflictos producen. Y que en el origen de esa violencia está la apropiación y la explotación de su voluntad, de sus cuerpos, y de su capacidad reproductiva.

– Hemos estado durante los últimos meses de este año especialmente sensibilizados con las consecuencias que el colonialismo ha tenido en Canadá y en el genocidio físico y cultural y en las violaciones de todo tipo sufridas por la población indígena y en particular por mujeres, niñas y niños, y la historia de Ekang , recuperada a partir del hallazgo de un documento olvidado, nos ayuda a entender que aún nos resta mucho por sacar a luz acerca del sufrimiento que el mundo “civilizado” ha provocado a lo largo y lo ancho de las tres Américas, en África, en Oceanía, y en Asia.

– Se debate en estos días la posibilidad de que los museos occidentales (en particular los de Inglaterra, España, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica y los EEUU), que exhiben sin pudor objetos pertenecientes al patrimonio cultural y artístico de los pueblos dominados y saqueados, los devuelvan. Y no sólo existen resistencias a devolver lo robado (o propuestas que son una burla, como la de realizar copias de las piezas y prestarle esas copias a los países que reclaman lo que es suyo), sino que muchas veces ya no existen los pueblos a quienes devolver ese patrimonio. Lo único que nos queda de ellos es eso que admiramos con curiosidad y con placer.

No está en nosotros reparar en su totalidad todo el mal acumulado, pero sí debería ser un deber, por las Ekang y por sus historias, no ignorarlas y no olvidarlas.

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