Maid: el descenso, la ascensión, y la mujer que Netflix no quiso mostrarnos

Hay tres formas de comentar MAID. Una es poner el foco en los 8 primeros capítulos. Ellos desnudan las injusticias y desigualdades que tapizan el sistema de vida norteamericano, y el modo en que las mujeres (en especial si son pobres) quedan empantanadas en él. La otra es atender los dos últimos capítulos, en los que la protagonista asciende al ansiado reino de la normalidad. Y hay una tercera. .

 

El error de Dante -y justo es recordarlo cuando se cumplen 700 años de su muerte-, es haber descrito el Infierno y el Paraíso en libros separados y en haber elegido a Virgilio y a Beatriz para que guiaran al protagonista a través de los círculos concéntricos de esos dos universos diferentes. Pero no existía Netflix todavía. En Maid, realizada a partir de un relato autobiográfico de Stephanie Land: Maid: Hard Work, Low Pay, and a Mother’s Will to Survive asistimos a una travesía similar pero Alex, la protagonista, es la encargada de conducirnos y presentarnos a los diferentes personajes que habitan ese mundo híbrido, desclasado y mayoriariamente blanco en el que la vida parece empeñada en encaminar a sus pobres criaturas al fracaso. El infierno y el pasaje al paraíso se dan la mano en apenas diez capítulos.

En Maid está todo y está maravillosamente narrado y sobre todo bien actuado.

Está la falta de perspectivas de gente no necesariamente mala pero que ha estado al margen o en los bordes por más de una generación, y no sabe cómo llenar un formulario, ni cómo reconducir su vida, ni cómo expresar cariño.

Están los hombres en ese ínfimo mundo de cobardías, cerveza, misoginia y autoconmiseración en el que suelen refugiarse apenas fracasan.

Están las dificultades propias de las mujeres que encaran la maternidad solas (la protagonista hoy, su madre antes, y una mujer negra y rica que ha alquilado un vientre y no sabe bien qué hacer con lo que compró).

Está la dificultad de la víctimas en reconocerse como tales y en conseguir entender el mecanismo que las sujeta.

Está el amplísimo espectro de las adicciones: al alcohol, a los sedantes, a las relaciones amorosas tóxicas, al juego, al sexo, a la posibilidad de controlar mujeres asustadas, a los desplazamientos de un lado a otro, a la acumulación de cosas inútiles y a la religiosidad.

Está la falta de dinero, de trabajo y de refugio. Está la maraña burocrática diseñada no para proteger sino para abandonar. Están las recaídas.

Está la sensación de que eres una basura o al menos que esa es la idea que el sistema se ha formado de ti y te devuelve cada vez que tienes que interactuar con gente «normal».

Y están Alex y su pequeña hija, haciendo breves escalas capítulo a capítulo. Escalas en las casas rodantes de pobre gente que se resigna a la cultura del borde. Escalas en refugios para mujeres abusadas a los que siempre se vuelve. Una escala en la casa del padre enpeñado en devolverle a su hija, como una cosa, al desgraciado que la veja. Otra escala en el hogar de un amigo deseoso de que se le pague su solidaridad con consentimiento. Y breves escalas en la estación de un Ferry o en el estacionamiento de un Wall Mart en el que los sin techo pasan las noches acurrucados en sus autos desvencijados.

Lo que separa a Alex de otras como ella es que no sólo es blanca, linda, y educada (aunque es evidente que eso la ayuda mucho), sino que no desfallece. Se hace respetar haciendo bien eso que tanto tiene que ver con lo que tradicionalmente se esperó de las mujeres: limpiar la mugre de otros y atender la cria. Y mientras trabaja, rebota de una desgracia en otra y ve cómo el poco dinero que consigue se le escapa de las manos, no se rinde y comienza a escribir. Porque esa ha sido su vocación de siempre y será lo que, cuando ya la damos por perdida, la redime.

El mérito y la salvación

Hay un momento de todo relato que se precie en que es necesario salvar o terminar de hundir al personaje. Y eso, que en una novela puede llevar muchísimas páginas, los guionistas de cine saben hacerlo rápido y bien. En Maid ya en el penúltimo capítulo Alex ha acumulado suficientes méritos como para que el sistema, que será un dios arbitrario y duro pero tiene designios insondables, le permita cambiar de pantalla. Ascender al lugar que le corresponde.

Así… y no diremos cómo para no spoilear el final, Maid termina siendo otra historia en la que el mérito personal permite que se separen los que merecen una vida mejor y quienes no han hecho lo suficiente como para ser tenidos en cuenta. En este sentido, la serie, como casi todo el cine norteamericano es (si pudiéramos utilizar una metáfora religiosa) eficazmente luterana. Y Alex forma parte de la raleada legión de los que han mercido salvarse.

Atrás queda todo. Quienes no se han mantenido en la línea recta como ella, quienes no han sabido tener un sueño y luchar por él todo lo que fuera necesario, las mujeres del refugio si no siguen su ejemplo, los hombres de su pasado con sus taras, y los formularios… Que si habían parecido ser imposibles de llenar en el principio de la serie, Alex logra transformar en el vehículo que la conducirá a las ayudas del gobierno y a la Universidad. Porque como podemos ver en ese súbito y tranquilizador final, el sistema ¡sí funciona! Discrimina, por supuesto. Hace sufrir, por supuesto. ¿Pero no es ésa la única forma de separar la paja del trigo?

El sistema reclama méritos cuando eres pobre y todavía no has conseguido que la gente normal te aprecie y haga los dos o tres gestos necesarios para encarrilarte en su mundo. Pero funciona. La mujer negra pero rica, la abogada brillante que quiso robarte 35 dólares la primera vez que limpiaste su casa pero ahora es diferente, comprende lo que vales y te saca del pozo. Otra abogada, brillante también, te asesora y logra que en tu historia algo haga click. Tu ex-pareja, cuando está a punto de arrancarte a tu hija y desbaratar todo tu futuro se arrepiente y te libera. La universidad ve que eres un diamente en bruto e invertirá en ti todo lo que sea necesesario. Has recorrido un largo camino, nena, como decía una vieja publiciadad. Y atrás queda todo.

Meritocracia, explotación, y feminismo incompleto

Maid termina siendo apenas eso… y no deberíamos pensar que podía ser diferente. Es otra historia que abona una de las ideas más cultivadas por el cine estadounidense: «no se sale de ese pozo en el que estás asociándote con otras personas que sufran lo mismo o haciendo algo para que el sistema cambie, sino mostrando que eres mejor y puedes dar más. De ese modo te permitirán zafar y dejar toda esa mierda donde estaba».

Sin embargo, que toda la historia esté atravesada por temáticas que el feminismo nos ha hecho comprender que importan -y que comienzan a formar parte de la cultura en que vivimos-, le da a Maid un valor adicional nada menor que pocas series de TV tienen.

La adscripción de roles de género, el proceso que va desde la desvalorización al control y la agresión, el abuso institucional, o la feminización de la pobreza y su reproducción intergeneracional son parte de la trama no como agregados sino como elementos de la urdimbre, y eso no se ve tofos los días. En ese sentido sólo cabe hacerle a Maid un reproche.

Quizás el mayor ejemplo de explotación y falta de empatía de los que se nos muestran a lo largo de la serie sea el de la mujer que ha debido alquilar su cuerpo para producir un hijo que otra mujer, con el dinero suficiente, pudo comprar. Y es una pena porque en su caso se cruzaban ejes (de raza, de género, de clase y quizás también de educación) de interés indudable. De explotación en varias capas superpuestas.

Se nos muestra a la mujer que espera la entrega de lo que ha pagado y ha decorado una habitación que la otra nunca podrá imaginar. Vemos su desesperación cuando debe asumir que no estaba preparada para cuidar a un niño o escuchar sus llantos. La acompañamos cuando ni siquiera es capaz de armar una cuna o calentar un biberón sin victimizarse. Y conocemos a las mujeres (entre ellas Alex), que la ayudarán a superar ese tsunami emocional autoinfligido. Pero a la mujer que ha debido resignar una porción mayor de si misma, la que ha debido vender ese «plus-valor» llamado «trabajo reproductivo», el más apreciado por el patriarcado aquí, allí y en todas partes, nadie nos la muestra.

Sus necesidades, el por qué ha debido vender su propia capacidad de concebir un vida, o lo que haya sentido o no al hacerlo, no ha sido algo que los guionistas de Maid hayan estimado que podía importarnos.

Quizás -esto podría ser lo más probable-, ni siquiera notaron el contenido dramático del personaje y el valor que le pudo haber dado a la narración. O quizás, esto sería más preocupante, les parece normal. Hay muchísma gente en el mundo desarrollado que ve el alquiler de vientres como algo normal y casi no existe debate sobre ello.

Y no debería ser así.

Un buen consejo, entonces, sería:

1) Poner en valor todo lo bueno de Maid. Actuaciones, dirección, guión, y todo lo que la serie se atreve a mostrar en ese descenso de Alex al infierno doméstico de las madres pobres, solas y sin salida.
2) No dejarnos convencer por la facilidad con lo que Alex logra zafar de sus enredos en tan sólo dos capítulos. Suele no ser así y romantizar esas situaciones no contribuye a comprender el daño que hacen ni las circunstancias que las generan.
3) Dedicarle algunos minutos a imaginar al personaje anónimo que a Netflix no le interesó mostrarnos. Siendo noviembre el mes destinado internacionalmente a la toma de conciencia sobre el abuso en contra de las mujeres en todas sus formas, no estaría de más.

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