Simone Biles: La prensa, la cabra y la infantilización del sacrificio. I can’t breathe

Repasar lo que la prensa decía sobre Simone Biles hasta el comienzo de las olimpíadas de Tokio, nos permite apreciar la crueldad de la maquinaria promocional olímpico/circense, pero también comprender cómo el “American exceptionalism” se derrama sobre el mundo. .

 

El tono triunfal con el que los medios de prensa se referían a la deportista antes de que ella se viera en la necesidad de retirarse de casi todos las competencias en las que se preveía su triunfo, contrastaba ya, aunque esa no fuera la intención, con lo que esos mismos medios nos dejaban adivinar entre líneas: lo que ahora ha causado asombro, era previsible. Era, en realidad, literalmente inevitable.

La repetición, la cabra y el convencimiento

Comencemos con algunos párrafos de la nota Gymnastics Doesn’t Know What to Do With Simone Biles’s Dominance, publicada en junio de 2021 en The Atlantic:

«Simone Biles is the greatest athlete in the world today. For me, this isn’t a debate. It’s a statement of fact. Biles is likely headed to Tokyo next month, where she’ll have the opportunity to become the first woman to win back-to-back Olympic gold medals in the all-around competition in more than 50 years».

«Through her performances, she is creating a previously inconceivable new standard for her sport. For this year’s U.S. championship, Biles wore leotards that featured a sequined goat. She has used the animal as her symbol since 2019 because she is the GOAT—as in “Greatest Of All Time.” This, among other things, is what makes Biles special. She embraces that she is so extraordinary, that there is no one in the world like her, nor has there ever been».

En los párrafos anteriores se trasmite una idea que en los EEUU goza de inmensa popularidad y que se aplica en los más diversos terrenos: la excepcionalidad concebida en términos absolutos e intemporales. El alarde como actitud normalizada. La falta de modestia o de mesura transformada en una virtud.

La especialista en deportes del Washington Post Liz Clarke, en una entrevista concedida a la periodista Mary Louise Kelly de NPR, se expresaba en términos similarmente entusiastas en los días previos al inicio de las compretencias:

«I fervently believe she’s the greatest gymnast of all time. And I would love little more than to sit at a bar with any sports fan and make the case that she’s the greatest athlete of all time».

Y casi en los mismos términos se refería James Dator del portal dedicado a los deportes SBNATION a lo que sería el desempeño de Biles en Tokio:

«Biles is the platonic ideal of a gymnast. An incomparable athlete who continues to dominate her sport to impossible levels. I could write another thousand words on why it’s time to consider Biles the literal greatest of all time».

Los límites razonables de lo excepcional

Que los mismos conceptos y el mismo entusiasmo exaltado y desmedido se haya multiplicado como un eco incesante a través de la prensa de su país y del mundo, no sólo han contribuído a agigantar la figura de la deportista y a disminuir el valor (y las oportunidades) de sus compañeras y de sus contrincantes (porque las profecías colaboran en asegurar su propio cumplimiento), sino que seguramente han contribuido en una medida no menor al sorpresivo (y seguramente saludable) retiro de la deportista cuando sus posibilidades de superarse a si misma y evitar posibles derrotas se vieron comprometidas.

Para analizar ese punto, prestémosle atención a qué otras cosas se decían en cada una de las tres notas que hemos citado. Paradójicamente allí se nos daba, si sabíamos extraer conclusiones diferentes a las de los propios periodistas, la explicación a eso tan inseperado que ha sucedido con Simone Biles.

Reconocía The Atlantic en la nota ya citada, en un breve adelanto de lo que luego sucedería, que:

“The 24-year-old hasn’t lost in eight years. Typical gymnasts her age aren’t beating all their rivals by the big margins that, for Biles, have become routine”.

Con mayor claridad, en la entrevista de NPR que ya citamos la periodista del Washington Post reconocía:

«CLARKE: Well, I’m coming up blank as well. But I think what makes – among the many things that makes Simone exceptional is that this is women’s gymnastics we’re talking about, where the degree of difficulty is so great and the age at which athletes excel in women’s gymnastics is so brief. It’s just so ephemeral. So it’s very rare to see a world-class gymnastics make two Olympic cycles. If you are able to reclaim the form you had in your first Olympics four years later, you’re pretty amazing. You’re an outlier».

Y era ya igualmente clara en ese sentido la nota de 2019 de SBNATION:

«Perhaps the most astonishing part of all this is that Biles is getting better. It’s unheard of. The tragically brief shelf-life of Olympic gymnasts (particularly women) means their careers tend to taper off when they turn 18. It’s rare for gymnasts to perform at two Olympic Games. At 22 years old Biles is performing more difficult elements than she was at Rio in 2016, and will certainly head to Tokyo in 2020 where she will be the favorite».

Lo sabido, lo horrible y lo negado

Todos lo sabían y por supuesto Simone Biles, que conocía acerca de sus propias posibilidades más que cualquier periodista, no lo ignoraba. A sus 24 años estaba suspendida en el aire y lo que importaba no era lo que pudiera hacer con su cuerpo en el vacío, sino si podría caer de pie y sin lastimarse.

El entrenamiento intenso y a menudo feroz e inclemente que permite que un cerebro todavía joven interactúe con un cuerpo que aún conserva una plasticidad infantil, no puede vencer el paso de los años. No se trata de una excepcionalidad absoluta y sin límites o que pueda prologarse milagrosamente a golpes de repetir mantras destinados a un público acrítico que contempla cuerpos maravillosos mientras come papas fritas frente a la TV. El tiempo de la Simone Biles acaparando medallas para mayor gloria de un país que tiende a creer que las gana porque es superior al resto, ya había terminado.

Pero además (detengámonos un párrafo en esto) sus logros no habían equiparado los de otras atletas.

Larisa Semyonovna Latynina, la gimnasta soviética que se hizo acreedora entre 1956 y 1964 de 14 medallas olímpicas individuales y otras cuatro en las competencias por equipo, tiene todavía el record de 9 medallas de oro, pero si no es considerada por la prensa estadounidense cuando hacen referencia a «la mejor atleta de todos los tiempos», se debe no sólo a su pertenencia al bloque que por entonces competía por el liderazgo mundial con los EEUU, sino porque hizo su primera aparición en el escenario olímpico a los 21 años, permaneció activa durante 12, y tenía una altura de 1m. 61 cm. algo que, como veremos en seguida, importa y mucho.

La infantilización del sacrificio (porque las niñas son mujeres)

La interpretaciones de lo sucedido que se centran en la necesidad de la atleta de focalizarse en su salud mental pueden ser al mismo tiemo acertadas y falsas, pero de ninguna manera agotan el tema.

La salud mental es un concepto que tiene que ver con la sensación de bienestar, el manejo de los conflictos, los temores, las capacidades, la autonomía y las responsabilidades respecto al propio yo y el entorno.

Por esa razón el proceso que Simone Bailes ha encarado, no está (o no debería estar) dirigido a reposicionarse en un estado que le permita seguir haciendo lo mismo que antes y menos aún a mejorarlo, como parecían esperar las y los periodistas y buena parte de un público cuya insensibilidad está siempre en sontonía con la necesidad de encontrar figuras excepcionales. Eso era una quimera y quedó demostrado que no tiene nada que ver con la salud mental sino todo lo contrario.

En ese sentido, quizás uno de los testimonios más transparentes haya sido la entrevista que Emma Brockes le realizó para The Guardian en 2018: Simone Biles: ‘I go to therapy, because at times I didn’t want to set foot in the gym’. En aquella oportunidad se habían conocido públicamente los destratos psicológicos y físicos sufridos por más de 300 de sus compañeras de equipo y por ella misma, que incluían el abuso sexual a manos Larry Nassar, el médico que las atendió durante años.

En la larga entrevista, que vale la pena leer si se quiere tener un mínimo acercamiento a las realidades menos publicitadas de este «deporte de elite”, Simone dice:

“You want to be light in the gym, you want to be petite,” (…) “For females, once you go through puberty, you get a butt, you get boobs, and that makes it harder to do gymnastics because everything is going in different directions.” She laughs. The sobering thing is that, while 16 is the official peak age, in reality many female gymnasts are considered to peak at 12”.

Para colocar en contexto esa infantilización que requiere la rama femenina de la disciplina que estamos considerando, vale la pena detenernos un segundo en el siguiente tweet.

Ese ambiente en el que el desarrollo normal de una niña no sólo no es bienvenido sino que es un problema a superar, bien podría catalogarse como de sobrexplotación infantil y está en perfecta sintonía con los viejos paradigmas heteropatriarcales que sostienen que las niñas después de la pubertad son mujeres. Y en ese ambiente, que una de sus compañeras, la gimnasta Madison Kocian, definió como “a culture of fear, a culture of silence”, se les llegó a prohibir a las niñas gimnastas alentar a sus propias compañeras o siquiera sonreirles, para mantener, a través del sacrificio del cuerpo y la supresión de las emociones, el clima de competencia que sus entrenadores consideraban necesario.

I can’t breathe

Biles ha estado luchando (sin saberlo y sin que el público lo notara) con el demonio de su propia expecionalidad pero también con el demonio de la sobrexposición monetizada, y los demonios de un país que necesita sentir que todo lo suyo debe ser mejor sin importar los costos. Y de un «olimpismo» que promueve disciplinas, como la gimnasia artística, para las que se requiere que niñas de 13 y 14 años quiebren records aunque acorten su vida útil como deportistas.

Sobre el final de la entrevista que veíamos párrafos atrás, la periodista le pregunta acerca del vértigo y la responsabilidad que pudo haber significada ser considerada, siendo aún una niña, la mejor del mundo y Biles le responde:

“I still think, to this day, ‘I’m not the best in the country: I’m the best in the entire world.’ And I’m like, whoa. It’s pretty ridiculous.” She bursts out laughing. “You can’t think about it too much or you’ll hurt yourself.”

Y parece haber sucedido, finalmente. La retirada y la fugaz reaparición de Simone Biles han sido algo así como un «I can´t breathe» desprovisto, felizmente, de tragedia.

Pero comenzamos a tomar conciencia de que detrás de un espectáculo aparentemente maravilloso (como en los circos) son comunes situaciones (dolor, abuso, silencio, incomprensión, sacrificios exagerados -imposibilidad, por ejemplo, de realizar calentamientos previos para adecuar los ejercicios a las necesidades de la TV) que preferiríamos no conocer.

Como se pregunta con toda razón Rick Salutin en la columna que compartimos en esta edición de Diálogos: What if the problem isn’t the athletes, but rather the Olympics?

Tal como está estructurado el espectáculo, se toman decisiones y se alientan expectivas que ponen en riesgo a quienes ocupan la centralidad del escenario, y que anticipan un futuro distópico que la columnista de Slate Rebecca Schuman describe en su nota: The Olympic Gymnastics Event Finals Are Unsatisfying and Unsafe: en cualquier momento nos encontraremos con que el entretenimiento consistirá en ver por televisión cómo una niña de 16 años o una mujer de 25 que ya alcanzado su fecha de caducidad, se quiebran el cuello tratando de obtener dos décimas de punto más.

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