8 mujeres extrañas (4) Victoria, opio, diamantes, oro… Nada es para siempre.

Durante una adolescencia que ella misma definió como melancólica, Alexandrina -que llegaría a ser pronto la reina Victoria-, fue instruída en el cruel set de reglas conocido como Kensington System, pensado para regir cada acto de su vida (incluída la sexual), y cuando contaba con 16 años la dejaron ver, brevemente, al hombre con quien 6 años después la casarían. .

Así, cuando un mes después de cumplir la mayoría de edad falleció su abuelo Edward IV, Victoria pudo escribir en su diario: «I was awoke at 6 o’clock by Mamma, who told me the Archbishop of Canterbury and Lord Conyngham were here and wished to see me. I got out of bed and went into my sitting-room (only in my dressing gown) and alone!, and saw them.

Esa madrugada, somnolienta, en camisón y sóla por primera vez, daba Victoria el primer paso de lo que sería su reinado de casi 64 años. En su transcurso sufrió 8 atentados, coexistió con 10 Primeros Ministros de diferentes partidos, escribió -según uno de sus biógrafos- un promedio de 2500 palabras diarias en un diario que finalmente abarcó 122 volúmenes, tuvo con quien había sido elegido para ser su esposo, el Prícipe Albert of Saxe-Coburg and Goth, 9 hijos e hijas de los cuales sobrevivieron 8 que se unieron matrimonialmente con todas las cortes europeas (difundiendo de paso la hemofilia a través de todas ellas), y cuando finalmente murió, en 1901, a los 82 años, se lllevó en su mano izquierda (convenientemente oculta con un ramo de pequeñas flores) una fotografía, un anillo y un rizo del cabello de un hombre llamado John Brown.

La mujer real y el símbolo del Imperio

Por supuesto, no son esos detalles mínimos de la Alexandrina Victoria real -que era al tiempo de su llegada al trono el 24 de junio de 1837 una joven de extaña y casi inocente belleza pero fue adquiriendo con el tiempo la adustez poco favorecedora que muestran sus últimas fotografías-, los que hicieron posible que su nombre esté presente en lagos, bahías, cascadas, estados y ciudades de todo el globo. No fue ella misma la que se tradujo incansablemente, durante su vida y los 100 años subsiguientes en una cantidad indeterminada de pinturas, billetes de banco y efigies de mármol o bronce como la que hace unos días fue derribada y execrada en Alberta. Fue el imperio.

Es el poder y la soberbia y (podemos añadir, además, el pillaje) lo que se conmemora con su nombre y su memoria, aunque ella no haya entendido nunca demasiado lo que su país hacía alrededor de ese mundo en el que nunca puso pie. «It is not in our custom to annexe countries», dijo alguna vez, poco después de haber sido proclamada Emperatriz de la India, «unless we are obliged & forced to do so.» y posiblemente, por absurdo y cínico que parezca, lo creía.

Y fue en su nombre y en el nombre de la familia real de una nación que creía estar por encima de todo lo humano que las tropas del imperio, para contrarrestar la influencia rusa en Asia Central, destruyeron Kabul en una Afghanistán que aún no cicatriza, o asesinaron millones de personas en la India para poder comerciar té u opio a voluntad en una región que aún no ha podido recuperarse, o invadieron cada rincón del Africa en donde los exploradores hubieran detectado oro, diamantes, o cualquier cosa de algún valor.

Con la misma inocencia y llamándola siempre «la gran madre» Inglaterra condenó a Irlanda al hambre durante la peste de la papa y exportó a las colonias a sus propios niños pobres para que sirvieran de mano de obra esclava. Y también imbocando a la «gran madre blanca que tanto los ama» el Dominon of Canada perpetró un genocidio infame y silencioso contra las naciones indígenas y contra sus niños.

Opio, destrucción y herencia

Sería imposible citar cada uno de aquellos episodios, pero para poner en perspectiva y apreciar mejor el modo en que aún hoy repercuten en nosotros, vale repasar los primeros párrafos de la carta que le escribió a Victoria Lin Zexu, el encargado de relaciones internacionales de China durante la Dinastía Qing, en 1839, apenas dos años después de comenzado su reinado.

«Permíteme que te pregunte: ¿dónde está tu conciencia? He oído que en tu país se prohíbe estrictamente fumar opio; eso se debe a que comprenden claramente el daño que causa. Dado que no está permitido hacer daño a tu propio país, menos aún deberías dejar que se produzca un daño similar a otros países.
De todo lo que China exporta a países extranjeros, no hay nada que no sea beneficioso para las personas: son beneficiosos cuando se comen, o beneficiosos cuando se utilizan, o beneficiosos cuando se revenden. ¿No te avergüenza venderle productos perjudiciales a los demás para satisfacer tu insaciable deseo de ganancias?
Sería una gran política si tu gobierno prohibiera la producción de opio y dedicaran los campos al cultivo de alimentos. El Cielo te apoyaría y los espíritus te traerían buena fortuna, prolongando tu vejez y extendiendo tu descendencia.»

Se dice que seguramente Victoria no leyó nunca la carta que le había enviado Lin Tzu. En su detallado diario, al menos, no hay ninguna mención a ella. No era ella reina para estar ocupándose de los detalles sucios del negocio.

China, hasta aquel momento sólo permitía que las potencias occidentales utilizaran, para su comercio, el puerto de Cantón. Inglaterra, que desde hacía años mantenía con ella una balanza comercial desfavorable, comenzó a equilibrarla contrabandeando opio producido en sus colonias del sur y el oeste de Asia. China ya había prohibido ese comercio y como medida de fuerza quemó un embarque de la droga, lo que fue tomado por Inglaterra como una afrenta a la libertad de comercio, lo que desató la llamada Primera Guerra del Opio entre 1839 y 1842. Así de sencillas y claras eran las cosas por entonces.

Sobrevino pronto la Segunda Guerra del Opio, entre 1856 y 1860, a la que se sumaron Francia y Alemania. Y por último, sobre el final del siglo, el Levantamiento de los Boxers y la devastación de Peking, a cargo de Inglaterra, EEUU, Rusia, Francia, Alemania, Japón, Austria, Bélgica, España y los Países Bajos.

Corría 1901… Después de dos guerras y una hecatombe quedaba asegurado el comercio occidental con China a través de la destrucción casi total de su economía. Se había concretado el secuestro de sus ciudades portuarias, entre los cuales el caso paradigmático ha sido hasta hace muy poco el de Hong Kong. Se había legalizado la exportación de campesinos chinos hambrientos para que trabajaran en el tendido de vías férreas en Canadá o en EEUU en condiciones de virtual esclavitud, y la tarea parecía concluída.

En enero de aquel mismo año, como un episodio marginal y romántico de todo aquello, había fallecido Victoria, con un rizo del cabello de John Brown, un sirviente escocés, escondido en su mano izquierda, para que nadie lo viera y para que todos (incluyendo sus hijos) lo supieran. Y eso es quizá lo mejor que nos dejó su paso por el mundo.

Si las Guerras del Opio y su coletazo final atravesaron lo que hoy conocemos como Era Victoriana de principio a fin como un reguero de sangre, de orgullo colonial, y de miseria, esa Era, que toma el nombre de una mujer que posiblemente no tuvo idea de las barbaridades que se hacían en su nombre y pensó que la superioridad de los suyos era real y los eximía de responsabilidades, nos ha marcado a todos y las cicatrices han estado con nosotros siempre aunque estuvieran normalizadas y se las hiciera pasar como civilización.

Esas cicatrices, con el paso de los años, mutan en grietas y las grietas son búsqueda de la verdad, negación y falta de credibilidad, conflictos que se pudieron evitar, indignación, y aquí y allá, estatuas que son derribadas porque ya no tienen ningún sentido en el espacio público. Porque nada es para siempre.

No me digas, mi amor, que te falta valor

Cuando hace algunos días, en territorios robados en el Treaty 1, cayó pesadamente la estatua de Victoria sobre el polvo en medio de la justa algarabía de niños vestidos con remeras color naranja, no era ella la caída.

Victoria ya había caído cuando siendo aún una niña fue condenada a representar un rol en el que otros decidían y en el que todo estaba pautado para mayor gloria de un poder perverso. Un rol que no le dio siquiera el derecho a decir que, ya vieja, se había enamorado.

Podemos despedir su recuerdo con la voz voz de Fabiana Cantilo:

Si al final siempre el tiempo se va
Donde caen los días
Si al final abrazarse al dolor
No nos deja brillar

Dime qué será, qué será de los dos
Cuando pase la vida
Algo ocurrirá, tengo una sensación
Una carta guardada, un buen signo del sol
Nada es para siempre
Nada es para siempre
No me digas, mi amor, que te falta valor
Porque nada es para siempre.
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