Crisis de identidad en el «True North»: Los hijos de los otros y los hijos de los indeseables

Se puede sufrir una crisis de identidad a cualquier edad. Lo extraño sería no padecer ninguna a lo largo de la vida. Lo mismo ocurre con los países y Canadá está sufriendo la suya. Relativamente tarde teniendo en cuenta lo necesario que es para un país conocer, además de sus virtudes (porque para eso siempre hay oportunidad), sus defectos. Esas grietas que son siempre la antesala de un posible derrumbe. .

 

En un país que no ha surgido de la nada sino que es el resultado de un pasado colonial que nada tiene que ver con las fantasías que se le cuentan a los niños para que sonrían y crezcan inocentes, identidad implica ante todo conocer, reconocer, tratar de entender cuando es posible, rechazar lo que da asco, romper con lo inaceptable, celebrar lo que pueda ser motivo de orgullo, reconciliar cuando hay espacio para hacerlo, reparar los daños o trabajar para que las heridas cicatricen… En suma, asumir lo que se es, con toda su complejidad y con su carga de aciertos y desgracias.

En ese sentido, el problema esencial de Canadá para construir una identidad propia, reconocible, acorde con lo que se necesita a esta altura del siglo XXI, parece ser su empeño, a lo largo de décadas, en no dar el primer paso. Negarse a conocer. Cerrar una y otra vez los ojos, como sociedad, a las cosas que se han hecho evidentes.

Sin dar el primer paso, obviamente, es imposible dar los siguientes. La idea de que un país pueda tener una identidad real sin atreverse a conocer su propia historia parece bastante absurda, pero hasta ahora a Canadá le ha sido más cómodo apelar a una cierta identidad vicaria (británica) que decidirse a construir una propia (e independiente).

Sólo así, por una negativa empecinada en no incorporar el pasado a la imagen del país que se exhibe, se puede explicar que un Primer Ministro, o peor aún, una Ministra de Crown-Indigenous Relations, se muestren “sorprendidos y devastados” cuando la prensa les revela lo que ya se sabía.

Se sabía que miles de niños habían muerto sin que sus fallecimientos hubieran sido debidamente registrados y que sus tumbas, misteriosamente, no estaban. Como si no hubiera importado quiénes habían sido. Como si la única preocupación hubiera sido esconderlos.

Y los lugares en los que podían estar esas tumbas ya se conocían: los patios traseros de esas escuelas infames en las que estuvieron confinados y en las que se llegó ¡a  experimentar con ellos aprovechando que estaban desnutridos!

Sólo era necesario realizar el modesto esfuerzo de encontrar esas tumbas, pero para eso debió existir el valor de querer hacerlo. Nada que un país que tanto empeño pone en darle ejemplos al mundo no pudiera hacer. Que no se hubiera hecho antes sólo se explica de una manera: no se quiso. Se invirtió esfuerzo, capacidad, dinero y poder del Estado para evitarlo.

Que eso haya sucedido tiene una explicación, por supuesto.

Hacer digeribles -y que la mayoría quisiera creer- aquellas viejas historias de colonizadores y pioneers que traían consigo en sus naves o en sus pesadas carretas el progreso y los valores de la civilización pero debían enfrentar a indios (salvajes a veces, taaaan nobles otras) que debían ser desplazados porque no querían o no podían adaptarse al progreso, tenía sus dosis de dificultad, pero durante más de un siglo ese fue el relato oficial de lo ocurrido y el relato se impuso.

Sin embargo, todo es diferente cuando se habla de niños.

No es lo mismo armar relatos romantizados en los que están involucrados hombres o mujeres a los que la historia coloca frente a frente, a que surjan de debajo de las piedras y el pasto niños sin nombre desaparecidos de las escuelas a las que fueron arrastrados. Porque socialmente, el maltrato a los niños no se recibe bien. No es fácil justificarlo. Subleva. Sobre todo cuando se los ha usado para transformarlos en armas contra sus familias y su cultura, pero sobre todo, contra sí mismos.

Conocer bien esas historias, dejarlas que nos penetren, entender que se les hizo todo ese daño porque eran «otros» y porque se les quería quitar a los suyos más de lo que ya se les había robado, asumir que eso es genocidio, comenzar a encontrar formas de reparación real, es un deber previo a la conformación de cualquier identidad nacional que se respete.

Canadá debería entenderlo. Imaginemos qué sucedería si Alemania lamentara el Holocausto y Angela Merkel se mostrara «devastada» pero no pusiera empeño en encontrar tumbas escondidas, o las familias judías vivieran en ghettos aislados y empobrecidos sin acceso al agua potable.

Los niños de los otros y los niños de los indeseables

Pero todo eso no es todo. Algo similar a lo que estamos presenciando ha sucedido con los esfuerzos que la sociedad canadiense ha realizado para esconder primero, justificar después, y por último aceptar pero del modo más asordinado posible, que un 10% de su población desciende de niños traídos de Inglaterra o Irlanda para trabajar como “indentured servants”, es decir, en los hechos, como esclavos con un contrato que podía o no tener fecha de finalización.

Que se condenara a niños mayores de 8 años que habían cometido pequeños delitos a trabajos forzados en las colonias, o que simplemente se los raptara para embarcarlos y entregárselos a colonos en lo que hoy es EEUU o Canadá era algo que Inglaterra había comenzado a hacer en 1640 y había sido legislado ya en 1780.

Pero Canadá ya había dejado de ser una simple colonia y tenía un gobierno propio cuando entre 1869 y 1932 “importó” más de 100.000 hijos e hijas de familias británicas que hubieran caído en la pobreza o en las que la madre hubiera quedado sola -ya que las mujeres que perdían a sus maridos perdían también el derecho a disponer de sus propiedades o mantener unidas a sus familias.

Se trataba en su mayoría de niñas y niños de los suburbios londinenses o de las ciudades portuarias. Un subproducto sucio, harapiento y débil de la Revolución Induistrial, el Imperio, y la Era Victoriana. Sólo el 12% de ellos eran huérfanos, y los que no lo eran perdían todo contacto con sus familias para siempre. Tenían entre 6 y 13 años. Se pagaba por ellos a razón de 7 dólares por cabeza, y eran entregados para que trabajaran en granjas, minas, casas de familia o establecimientos madereros, sin paga, sin derechos hasta los 25 años de edad, y en las peores condiciones de vulnerabilidad física, psíquica y sexual que hoy podamos imaginar.

Para la metrópli aquellos significaba desprenderse de niños cuyos padres vivían demasiado miserablemente como para poder mantenerlos y sobre todo liberar a la corona de tener que preocuparse por los hijos de los indeseables. Para las colonias que los recibían, eran mano de obra gratuita. Niñas y niños a quienes no era necesario enviar a la escuela, ni alimentar bien, ni vestir adecuadamente, ni siquiera en el invierno.

Muchos, para poder volver a ver a sus familias, se presentaron como voluntarios en la Primera Guerra Mundial y pelearon por el país que los había vendido y por el que los había comprado.

Muchos, muchas de ellas, sobrevivieron, formaron sus propias familias y trataron de sobrevivir al trauma, como lo hicieron los niños y niñas que por la misma época eran despojados de su identidad o de su vida en las más de 130 Residential Schools que hoy comienzan a ser el escándalo nuestro de cada día. Otros, terminaron también en tumbas sin nombre.

Como dice Stuart Grant en Canada’s Forgotten Child Labourers:

Many children were placed into dire predicaments much worse than the ones they left behind. Siblings were separated, never to be reunited. Many children had their labor grossly exploited through overwork. The indentured servant contracts were worded such that the host family could send their child back to the UK or elsewhere if they deemed the circumstances unworkable. Some children went through a revolving door of different host families. Others ran away and were never heard from again. There were child suicides. Others died of ill health or injuries from neglect or abuse. A few lives ended tragically in cases of murder at the hands of the host family.

In desperate attempts to escape abuse and reunite with their UK based families, many Home Boys lied about their age and enlisted in the Canadian Expeditionary Forces prior to World War One. Several home boys served in both world wars.

If separation from family and indentured servitude weren’t insult enough, influential Canadians railed against the Home Children referring to them as “moral slime” and “undesirable immigrants.” Eugenics was intellectually fashionable at the time and Home Children were often referred to as genetically inferior. As a result of this ostracizing, most Home Children internalized a deep sense of shame and kept their histories a secret. The resulting secrecy has created a memory hole that is just being addressed today.

Prometemos seguir abordando estos temas en próximas ediciones, porque es necesario que sigamos preguntándonos qué hubo detrás de tanto ensañamiento con los niños de los pueblos originarios, con los niños de quienes habían padecido esclavitud, y con los niños de los más débiles y los más pobres. Y por qué eso se hacía en defensa de la decencia y en muchos casos en el nombre de Dios.

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