Joe Biden: arsenales, vacunas, excepcionalismo, y disonancias cognitivas

Cuando el Presidente estadounidense Joe Biden anunció el 10 de junio, días antes de que se iniciara la reunión del G7, que su país se transformaría en el «arsenal de vacunas para el mundo», la metáfora utilizada reveló, una vez más, el que parece ser el peor de los problemas que hoy enfrenta. No él (lo que ya sería preocupante), sino su país. .

“Estados Unidos será el arsenal de vacunas en nuestra lucha global contra la Covid-19, así como Estados Unidos fue el arsenal de la democracia en la Segunda Guerra Mundial”, dijo ese día el presidente, que ya había utilizado la imagen del “arsenal” para referirse al papel de su país en la lucha contra la pandemia con anterioridad. Eso da la pauta de que el concepto, por alguna razón, le resulta muy atractivo, pero sin embargo, que esta vez lo haya complementado con la alusión a la Segunda Guerra Mundial, redondea mejor la idea y le da una profundidad en la que quizá vale ahondar.

Detengámonos un segundo en la imagen, porque es en los detalles en donde el diablo acostumbra meter la cola. Alguien con una fijación belicista menos pronuciada hubiera quizá bucado una metáfora vinculada a la abundancia y a la capacidad de proveer a los demás. La imagen de “granero” utilizada por ejemplo en “…a country famous for being the granary of the world”, o una idea como “reservorio”, “…it is a reservoir of abundant mineral wealth”.

Puede haber otras. Y obviamente cada quien elige la que más le acomoda, pero es precisamente en la elección de la imagen que se utilizará en una metáfora en donde radica el potencial comunicador de la misma.

Se ha enfatizado hasta el cansancio, desde el inicio de la pandemia, que el uso de metáforas vinculadas a la guerra y a lo militar no son adecuadas y no colaboran a una comprensión adecuada del problema. No se trata de una “guerra” contra el virus ni éste es un “invisibly enemy” como le gustaba repetir a su antecesor, Donald Trump, que decía a diario barbaridades como: «We went through the worst attack we’ve ever had on our country, this is worst attack we’ve ever had. This is worse than Pearl Harbor, this is worse than the World Trade Center. There’s never been an attack like this”.

El uso que hace Joe Biden de la palabra «arsenal» y del simil con la Segunda Guerra Mundial no alcanza la belicosidad de quien hasta hace sólo 6 meses imaginaba que regía el mundo, pero vale la pena no minusvalorar el poder de las imágenes cuando quien las utiliza tiene mucho poder. Hurguemos entonces un poco más en esa vocación estadounidense por ser el arsenal del mundo.

Mirando hacia atrás a través de una metáfora

Cuando el 2 de febrero de 1943, después de 200 días de asedio, finalizaba la llamada “Batalla de Stalingrado” con una derrota total de las tropas del Eje, se producía un punto de inflexión en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en Europa y el principo del fin para Alemania, pero aún faltaban varios meses para que EEUU se involucrara directamente en ese escenario de conflicto.

A fines de 1942 las tropas norteamericanas habían invadido el norte de África y recién en julio de 1943 desembarcaron en Sicilia. No fue hasta junio de 1944, con la invasión de Normandía, que Estados Unidos se lanzó de lleno a la guerra en Europa. Mientras todo eso sucedía el grueso de la maquinaria bélica de la Alemania nazi todavía se encontraba atrapada en el este por la Unión Soviética, que iniciaba su avance sobre Berlín.

Estados Unidos, en donde el movimiento «America First» (porque no hay nada nuevo bajo el sol) había reclamado con éxito que el país no se comprometiera en el conflicto, hizo su entrada en la guerra el 8 de diciembre de 1941, en el Pacífico, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, pero en el escenario europeo, durante todo 1942 se había limitado a garantizar que Gran Bretaña no fuera invadida y mantuvo el flujo de armamentos hacia el bando aliado, incluyendo a la Unión Soviética.

Es en ese sentido que el Presidente Biden tiene razón al mencionar el papel de su país como “arsenal de las democracias durante la Segunda Guerra Mundial”… y lo que explica que las bajas de su país hayan sido de menos de medio millón de efectivos militares frente a las más de 20.000.000 de bajas experimentadas por el ejército y la población civil de los soviéticos.

Retornemos al hoy, que es lo que importa

Las metáforas bélicas de un pasado al menos controversial aplicadas a la pandemia y a las realidades del mundo de hoy no son útiles. La alusión al “arsenal de las democracias” ya era particularmente poco apropiada, pero hacer comparaciones con situaciones de guerra implica introducir una lógica totalmente alejada del problema.

En primer lugar, porque esta vez no se trata de un país que provee de armas a otros mientras esos otros luchan contra un enemigo común, lejos de sus fronteras… Eso, después de todo, no era una hazaña. Una pandemia es algo infinitamente más grave y más complejo que una guerra. Provoca más víctimas, mayores pérdidas económicas, y mayor retroceso social en todas las áreas, a nivel global. Y acelera procesos en direcciones que es muy difícil precisar.

Esta vez estamos hablando de una situación en la que uno de los pocos países capaces de producir vacunas ha decidido no contribuir a la lucha contra el virus fuera de su territorio hasta no tener la situación controlada en el suyo. Se ha negado a ser el arsenal del mundo, atendiendo a razones que nadie le discute, al menos hasta ahora. Incluso frente a la evidencia de que una pandemia no puede darse por concluida mientras existan regiones enteras del planeta en las que los contagios continúan en ascenso.

Se trata de una decisión que tiene una racionalidad muy similar a la de aquel America First que mantuvo a los EEUU fuera de la Segunda Guerra Mundial todo el tiempo que les fue necesario y conveniente, y a la que sostuvo Donald Trump en su alocada carrera hacia ninguna parte. Una decisión a la que los EEUU tienen derecho, pero que definitivamente los aisla y los aleja de toda posibilidad de liderazgo real y consensuado, tanto en lo que tiene que ver con el mundo desarrollado como con lo que atañe al mundo en desarrollo.

Mientras eso sucede, sus adversarios (China y Rusia), a los que desde la Casa Blanca y la prensa asociada a los Five Eyes se demoniza casi diariamente, se han encargado hasta ahora de llevar adelante el esfuerzo de abastecer a los países de África, América Latina y el este de Asia -con los beneficios geoestratégicos que ello podría implicar en el futuro-.

Disonancia cognitiva y malestar excepcionalista

El psicólogo social estadounidense Leon Festinger propuso en 1957 la Cognitive Dissonance Theory, que explica cómo las personas intentan mantener la consistencia interna de sus creencias y de las ideas que han interiorizado, aún cuando éstas se contradigan con la realidad exterior, y las consecuencias que esa disonancia puede tener a nivel individual y a nivel colectivo.

Festinger sugirió que tenemos una fuerte necesidad de que nuestras creencias, nuestras actitudes y nuestras conductas sean coherentes entre sí, evitando contradicciones entre estos elementos. Cuando existen inconsistencias, el conflicto conduce a la falta de armonía, lo que genera malestar, ansiedad y reacciones que tienden a “restablecer el equilibrio perdido”, incluso a través del autoengaño, confundiendo la realidad con lo deseado.

Algo de eso parece haber en el modo en que los EEUU (sus elites dirigentes, su prensa y buena parte de su ciudadanía) siguen auto-percibiéndose. Aún no han salido de la crisis social, política, económica y cultural en la que están inmersos (en realidad en ocasiones parece incluso que no la percibieran), pero ya se ven liderando un mundo que, de acuerdo a lo que hemos visto en la conferencia de los países del G7, ha dejado de ser el que ellos imaginan. Un mundo que descree de un American Exceptionalism más próximo a los comics retro que a una realidad reconocible.

El peligro no radica en que no sean capaces de contribuir con la cantidad de vacunas que el mundo necesita (aunque sería maravilloso que pudieran hacerlo). Crucemos los dedos para que eso sea verdad y para que eso sea posible. El peligro está en que intenten ajustar la realidad global a unas creencias que el resto no necesariamente comparte. Que la disonancia cognitiva haga que se perciban a si mismos como llamados a reeditar una guerra entre America y el mal, y la desaten.

La conferencia de prensa de Joe Biden del día 16 de junio en la que habló de los países que interfieren en la elecciones de otros, como si el suyo no lo hubiera hecho como una práctica normalizada y documentada por sus propios archivos de inteligencia, y como si la peor intervención en las elecciones de los EEUU de la que se tenga noticias no hubiera salido del vientre mismo de sus instituciones hace sólo 6 meses, podría ser apenas una muestra de cinismo, pero es también una caso de disonancia cognitiva para no pasar por alto.

Las dos horas de retraso de la conferencia de prensa del día 14 de junio mientras alguien, no se sabe quién, trataba de convencer al resto de los miembros de la OTAN que aceptar el ingreso de Ucrania en la alianza podía ser una buena idea para incordiar a la persona con la que Biden se reuniría 24 horas después, es apenas una muestra del peligro que el mundo corre si la hubris los ciega y las disonancias cognitivas se desbocan.

A eso intentaremos referirnos en próximas notas.

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