Sobre la inesperada aparición de los huesos calcinados de dos niñas negras

Que una universidad de la Ivy League haya pedido disculpas públicas por haber estado utilizando durante décadas los huesos de 2 niñas negras asesinadas en una masacre perpetrada por la policía de Pennsylvania en 1985, nos coloca delante de dos paisajes diferentes. .

Uno de esos paisajes es el de la desolación y las ruinas humeantes tras un acontecimiento bochornoso que hasta hace muy poco parecía olvidado. Para revivirlo, deberemos viajar en el tiempo, hasta el 13 de mayo de aquel año… y contener la respiración, porque lo que sucederá frente a nosotros será terrible.

El otro paisaje es el del racismo que se expresa incluso cuando se quiere demostrar arrepentimiento por lo que nunca debió haber sucedido. Un arrepentimiento cínico y tardío. Insuficiente y por insuficiente insultante. Para verlo bastará con abrir los ojos, porque está sucediendo hoy

1985 – The Move – brevísima sinopsis de una solución final

Cuando el 13 de mayo de 1985 a las 5:30 PM Frank Powell, un miembro de la policía de la ciudad estadounidense de Pennsylvania, recibió la orden de arrojar desde un helicóptero el explosivo plástico conocido como C-4 sobre el 6221 de Osage Avenue en la que se encontraban 7 adultos y 6 niños de la comunidad negra The Move, sólo pensó, de acuerdo a lo que relató hace apenas un año a The Guardian: “Wow! ¿“You want me to do that?”?.

Pero lo hizo. Por supuesto. Y 36 años después aún no se ha arrepentido, porque así de duro puede ser el corazón de algunos hombres y así de obedientes suelen serEn el Río de la Plata se le quiso llamar a eso “obediencia debida”, hasta que le democracia lo transformó en un delito.

Pero volvamos a nuestra historia… Los integrantes de The Move (puedes ver una historia gráfica de aquellos sucesos aquí) habían cambiado sus apellidos por el de África, intentaban vivir de acuerdo a lo que ellos consideraban «un regreso a lo natural», se habían armado para autodefenderse (como hacen y hacían millones de otras personas en los EEUU) y perturbaban a sus vecinos con mensajes que propalaban a través de altavoces a cualquier hora. Y esa tarde, todo hacía pensar que no estaban dispuestos a entregarse a las autoridades que habían llegado con una orden de arresto.

Desde las 5:30 AM los 500 efectivos policiales que rodeaban la vivienda habían realizado cerca de 10.000 disparos de sub-ametralladora y habían arrojado decenas de bombas de gases lacrimógenos mientras los bomberos no cesaban de arrojar agua a través de los vidrios rotos de las ventanas, pero aquella gente ¡seguía, inexplicablemente, sin obedecer la orden de salir con las manos en alto! Algo había que hacer para que tronara el escarmiento y conocieran su lugar en esa America en la que, como todos sabemos, los sueños se hacen realidad.

Cuando desde el helicóptero que lo transportaba Frank Powell dejó caer el explosivo que sacudió el edificio haciendo que algunas paredes comenzaran a desmoronarse y se desencadenó el incendio, Gregore Sambor, el comisionado de policía a cargo del asalto, decidió “to let the fire burn”, lo que derivó en la destrucción total de 61 viviendas circundantes (casi dos manzanas completas) y en la muerte de 11 de los 13 integrantes de The Move, incluidos 5 niños y niñas cuyas edades iban de 7 a 13 años.

Una mujer y un niño de 6 años, Birdie Africa, fueron los únicos que consiguieron salir a través de un ventanuco del subsuelo, antes de que los disparos, que no se habían interrumpido, impidieran que el resto pudiera escapar a las llamas. Quedaron allí, atrapados entre las balas y los escombros que caían sobre ellos, calcinados, hasta que el fuego hubo arrasado todo y el desagradable episodio se dio por concluido.

Se trata de una historia que había sido soterrada como suele quedar todo lo inexplicable, en especial cuando es vergonzoso. Nadie quería hacerse cargo de una “solución final” que había implicado un pequeño Holocausto y el bombardeo de una ciudad por parte de sus propias autoridades. Once personas habían sido quemadas vivas como brujas medievales ante la mirada impávida de quinientos policías cumpliendo su deber… y esas cosas mejor se olvidan porque es bien sabido que el olvido las justifica. Cada vez que olvidamos, hemos consentido.

Hubo comisiones investigadoras que asignaron responsabilidades pero ninguno de los responsables fue sometido a juicio. La única mujer que pudo escapar aquel día estuvo 7 años en prisión acusada de conspiración. Los miembros de The Move que habían sido detenidos en una redada anterior, en 1978, cumplieron sentencias de hasta 40 año. Y mientras todo eso sucedía, el alcalde de la ciudad pudo hacer algunos negocios con la empresa encargada de reconstruir las viviendas destruidas.

Fue recién en 2020, al cumplirse 35 años de aquellos hechos, que la ciudad de Pennsylvania, presionada por la indignación globalizada que siguió a la muerte de George Floyd, decidió aceptar su cuota parte de responsabilidad en aquella tragedia y plantear su intención de iniciar un proceso de “reconciliación” que “restañe las heridas y el trauma”. Nunca es tarde.

Una pelvis y algunos otros restos en una caja de cartón

En la sección Antropología de la Universidad de Pennsylvania, desde hacía algún tiempo, se estaban recibiendo quejas relacionadas a prácticas corrientes y fuertemente arraigadas.

Después de varios años de protestas de estudiantes y activistas (que suelen ser verdaderamente molestos) en 2019 las autoridades habían llegado a la conclusión de que quizás no estuviera bien que se conservara y se exhibiera públicamente, como un atractivo, la Morton Cranial Collection, una “colección” de 1300 cráneos que habían sido utilizados en algún momento, en la misma Universidad, para justificar “científicamente” la supremacía de la raza blanca cuando ese tipo de superchería era todavía posible.

Ante el rechazo generalizado de esas prácticas se había creado una comisión para analizar la posibilidad de repatriar algunos de esos cráneos (indígenas sudamericanos, esclavos cubanos, etc,) a sus lugares de origen, y todo parecía estar volviendo a la normalidad… Pero hace algunas semanas surgió, a propósito de otros restos, menos notorios y menos impactantes, un problema mucho mayor, que nadie esperaba.

Una pelvis y un femur junto a otos huesos de dos niñas de entre 12 y 14 años estaban siendo utilizados desde hacía 3 décadas como material de estudio de antropología forense en clases presenciales y, en los últimos años, en cursos online. Real Bones: Adventures in Forensic Anthropology, se titulaba, con ingenio, el curso cuyos videos, hace pocos días, fueron discontinuados y retirados de la red sin explicación alguna.

Antropólogos forenses de la Universidad de Pennsylvania habían recogido esos restos el día siguiente a la tragedia de entre las cenizas aún humeantes a pedido de quienes estaban realizando el peritaje legal de lo sucedido, y después de haber cumplido con lo que se les pedía (establecer la edad de quienes habían sido, hasta el día anterior, personas con vida y con futuro), simplemente consideraron que esos huesos no eran de nadie, es decir que habían pasado a ser suyos. Casi un botín de guerra, pero sin valor. Una desaparición, aunque esta vez, llevada a cabo «inocentemente» y en nombre de la ciencia

Los restos, que se conservaban en cajas de cartón y que durante algunos años habían sido cedidos a la Universidad de Princeton, pertenecían a Deleisha y Tree, dos de las niñas asesinadas aquel terrible 13 de mayo de 1985 y al parecer no sólo quienes los utilizaban en sus clases conocían su procedencia, sino que ese conocimiento era generalizado. Incluía al menos a varias autoridades universitarias y parte del personal docente, a quienes no se les había ocurrido, hasta hace una semana, que estuvieran infrigiendo alguna ley o quebrantando algun mandato ético o moral.

Por si fuera poco, después de que esa situación tomara estado público, extrañamente, los huesos han desaparecido. Por segunda vez.

Nota: el viernes 30 de abril, al día siguiente de publicada esta nota, se anunció que los restos de Deleisha y Katricia (Tree) Africa serían retirados de la casa de una antropóloga de la Universidad de Princeton. Esta actualización puede seguirse en la nota de Slate: The Grim Open Secret of College Bone Collections.

La otredad radical y la deshumanización aprendida

Cuando se lee con atención el pedido formal de disculpas del Penn Museum, publicado el 28 de abril, el contenido, que debe haber sido concebido para apaciguar, indigna. Emana de una sociedad que parece empeñada en no superar su pasado esclavista y lo que ese pasado ha dejado como herencia: una deshumanización del otro que se aprende. Una negación radical que se ejerce con soberbia, incluso cuando toca arrepentirse.

A lo largo de más de 700 palabras se admite un “error”, se piden disculpas, y se promete investigar para que los restos aparezcan y puedan ser entregados a sus familiares, pero se presenta todo eso como un objetivo propio (our goal) y no como una circunstancia a la que están siendo obligados por la presión social a la que han quedado expuestos:

We understand the importance of reuniting these remains with the family. This is our goal. And we are committed to a respectful, consultative resolution.

No se percibe angustia o dolor genuino, sino frialdad y alejamiento incluso cuando se les hace necesario admitir que haber esperado 36 años para reconocer el error puede haber sido excesivo.

The research of our physical anthropologists was done in the interests of serving our community, but by any measure 36 years is far too long to have waited.

Los restos a los que se hace referencia son “human remains” y pertenecen a “individuals”, pero no aparece nunca la palabra “girl”, como si decir niña les ardiera. Y evitan cuidadosamente el uso de la palabra “black”, como si mencionar el color de la piel de los muertos fuera un ejercicio innconveniente.

Se utiliza la pabra racismo una vez, pero en relación a la vieja colección de 1300 cráneos del Siglo XIX, no para hacer referencia a lo que estuvo detrás del “error” cometido con esas niñas tras su muerte terrible. Eso al parecer no estuvo originado en conductas racistas sino en una circunstancia desafortunada.

Y finalmente, como si toda esa carencia de buen gusto no fuera suficiente, se informa que se ha contratado a un importante estudio de abogados para que investiguen de qué modo los restos llegaron a ese lugar y por qué se quedaron allí durante tanto tiempo.

As part of this review, the University of Pennsylvania has hired attorneys Joe Tucker and Carl Singley of the Tucker Law Group to investigate how the remains came into the possession of the Museum and what transpired with them for nearly four decades.

Se puede entrever que las autoridades de la Universidad de Pennsylvania se preparan ya para enfrentar una dura batalla legal, en la que es de esperar, en bien de la humanidad, que pierdan.

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