Calipso, Ulises y Penélope. Llorar, hablar y contar lo que nos pasa para salir de la pandemia

Dentro de la gruta, Calipso, la ninfa de hermosas trenzas, recibió la orden enviada por los dioses. Mercurio, el de los pies alados, había atravesado el mar para llegar a su remota isla, en la que nada faltaba, para entregarle el mensaje amargo e inapelable que llevaba. .

Debía dejar partir a Ulises, el hombre al que ella había intentado unir su vida para siempre -es decir, hasta el final de los tiempos.

La ilustración que acompaña esta nota pertenece a Las dos vidas de Penélope,
de Judith Vanistendae

Mientras eso ocurre y aún sin saber que será liberado, el héroe que ha sabido atravesar peligros extraordinarios llora en la playa, amargamente, pensando en su mujer, Penélope, y en su hijo, de los que nada sabe desde que veinte años atrás los dejara para partir con sus hombres a la guerra.

El valor de las enseñanzas que dejan los viejos relatos como La Odisea (y esa es la razón por la que perduran) es su vinculación con lo que nos pasa, con independencia del tiempo y las circunstancias. Hoy, por ejemplo, sabemos hasta qué punto el aislamiento respecto a los demás, las distancias que han de mantenerse, las pantallas que simulan acercar a quienes de todas formas están lejos, causan sufrimiento psíquico, desasosiego, impaciencia por volver a eso que solíamos llamar normalidad.

Y la profundidad de lo que ese episodio nos enseña es que el alejamiento y el aislamiento dañan aún cuando se produzcan en condiciones que podrían ser vistas como óptimas.

En aquel episodio la diosa entiende y va al encuentro de Ulises en la playa. Allí, le dice con voz suave que podrá irse si lo desea, pero le promete una vez más, si se queda a su lado, una vida sin carencias, sin dolores, sin vejez y por supuesto, sin muerte. Él le responde que prefiere abandonarla para regresar a su tierra y a su familia. Ella lo aconseja, lo anima a construir una balsa con la que hacerse a la mar, le promete enviarle vientos propicios y luego cenan y beben mientras el sol se pone y cae la oscuridad sobre la isla. En ese momento se retiran:

“a lo más hondo de la profunda cueva y allí, muy juntos y por última vez, hallaron en el amor contentamiento”.

El tiempo se detiene mientras dos se cuentan

La permanencia con la divina Calipso en su isla solitaria en la que nada falta, por placentera que fuera y aunque el propio Ulises reconoce que la belleza de la esposa que dejó veinte años atrás no puede comparese con la hermosura de la diosa, no puede suplir el azar, la incertidumbre y el paso del tiempo.

Necesitamos (nuestro cerebro así lo determina) estar con quienes son como nosotros, serles necesarios, saber qué pasa con quienes nos quieren o nos quisieron. Necesitamos dar diversos tipos de amor, necesitamos dar o recibir ayuda, cruzarnos con caras conocidas, escuchar voces que se acercan… necesitamos, más que felicidad, poder estar con los demás, porque para eso estamos hechos.

Si se tratara de enseñanzas, con esa, la Odisea ya estaría justificada. Especialmente en nuestro caso, después de un año de distanciamientos forzados, que no han sido absolutos pero seguramente nos han dejado marcas profundas en la psique y en el cuerpo.

La necesidad de Ulises de volver a su tierra es similar a la necesidad que todos tenemos hoy de volver a una normalidad en la que los otros y las otras vuelvan a ocupar en nuestra vidas el papel esencial que ocuparon hasta que se hizo necesario que nos recluyéramos en nuestras pequeñas y seguras pero insuficientes burbujas personales.

Pero sobre el final de la obra sucede algo maravilloso. Que también nos puede ser útil en el tiempo que estamos transitando, y que tiene que ver con características que también están enraizadas en nuestros circuitos cerebrales y en nuestra historia evolutiva: la necesidad de contar qué nos pasó cuando estuvimos solos o aislados o cuando no estábamos donde debíamos estar. Relatarlo. Ponerlo en palabras y que otra persona nos escuche.

Ulises ha logrado finalmente llegar a su tierra. Una vez en su ciudad, Itaca, ha podido eludir a los pretendientes de Penélope que intentan asesinar a su hijo y con su ayuda y la de un viejo porquero ha entrado al palacio. Allí los ha matado uno a uno, sin piedad. Con una puesta en escena y un sentido del ritmo que Hollywood y sus efectos especiales aún no han podido igualar.

El relato podría terminar allí. Cuando uno de aquellos rapsodas que iban recitando esta historia de ciudad en ciudad llegaba a este punto, el público seguramente ya estaba más que satisfecho. Pero se nos tiene reservado algo más.

El tiempo súbitamente se detiene cuando Penélope y Ulises por fin se encuentran y se reconocen, porque el encuentro no basta.

La diosa crea para ellos un espacio/tiempo diferente y único para que ambos se cuenten lo que han vivido cuando estuvieron separados.

En la escena, como en un eco de aquella otra en que Ulises y la diosa Calipso se despiden, ambos lloran, se recriminan ciertas cosas, y

“llorando los podría haber encontrado la mañana de rosáceos dedos si Minerva, la diosa de ojos brillantes no hubiera ordenado otra cosa. Alargó la noche cuando ya finalizaba y detuvo en el Océano a los potros que llevan tras de si la Aurora, para que los esposos, una vez que disfrutaron del deseable amor, se entregaran al deleite de la conversación.

(…)Ambos se holgaban de oirse y el sueño no les cayó en los ojos hasta que se contaron todo.

Y recién después de que los venciera el dulce sueño, que relaja los miembros y deja el ánimo libre de inquietudes, la diosa permitió que se elevase del Océno la hija de la mañana y volviera la luz a los humanos.”

Esta posiblemente sea la mayor enseñanza que aquella gente que recitaba historias en las plazas nos lanzó a través de los 2800 años que nos separan para ayudarnos a rehacernos después de la pandemia.

La conversación, contar, llorar si fuera necesario, poner en palabras lo que nos pasó, escuchar y que nos escuchen, consolar, será tan importante para la construcción de una normalidad renovada, que una diosa debería ser capaz de prolongar la noche para darnos el tiempo de hacerlo y de hacerlo en calma.

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