Desde Itaca al Estrecho de Ormuz: el ocaso de una larga historia de crueldad, pillaje y «esfuerzos civilizatorios»

Entre la vacilación y la impotencia «americana» en el Estrecho de Ormuz, el estrangulamiento de lo que fue una Revolución en Cuba, la estupefacción de una Europa depreciada, o Anne Hathaway encarnando a Penélope y preguntándole con asombro a Ulises ¿estás diciéndome que los Pueblos del Mar somos nosotros?, existe un larguísimo y no siempre perceptible hilo conductor. . Seguirlo nos enfrenta a una interrogante perturbadora y abierta ¿estamos presenciando el retroceso final -y por ende peligroso- del último imperio marítimo de Occidente?

 

Penélope, Tucídides, Nolan y las Talasocracias

Cuando en la Odisea -la de Homero- Penélope se reencuentra con su marido tras 20 años de ausencia forzada, provocada primero por la guerra y luego por la voluntad de Poseidón, el dios del mar y los océanos, el diálogo entre ellos no incluye ninguna mención a lo que hoy conocemos como «el misterio de los Pueblos del Mar». En aquel entonces nadie tenía conciencia de que algo especialmente disruptivo estuviera sucediendo, aunque hoy sepamos que sí.

Y cuando Christopher Nolan, en esa película que pronto olvidaremos, nos presenta a Penélope angustiada y queriendo saber si los misteriosos navegantes que saquean, violan y matan a lo largo de las costas griegas y de Asia Menor son gentes venidas de algún otro lugar o son ellos mismos, estamos delante de una anacronía, porque esa no era una precupación propia de aquel momento.

Sin embargo, esa anacronía que Nolan implanta artificiosamente en el film, tiene sentido. Porque si bien aquella no era una pregunta que alguien pudiera hacerse hace 3.000 años, sí debe ser un motivo de preocupación para nosotros. Hoy.

Esa preocupación no está referida a aquellos terribles destructores de ciudades y civilizaciones con aura heroica y sedientos de gloria que llegaban desde el mar para llenar sus naves con riquezas y jóvenes aterrorizadas. Ellos son historia y literatura. Apenas fantasmas del viejo pasado.

Esa preocupación tampoco tiene que ver con aquellas primeras potencias marítimas o Talasocracias de fines de la Edad del Bronce, que el historiador griego Tucídides tuvo la lucidez de describir cuando ya habían transcurrido 10 siglos desde la muerte de Odiseo, de Penélope y de sus pretendientes, y cuando todavía faltaban 5 para el comienzo de nuestra era.

Lo que sí debe preocuparnos hoy, porque nuestra existencia y quizás la del planeta depende de ello, es lo que está sucediendo frente a nuestros ojos. El desmoronamiento moral de la última y más poderosa potencia marítima de todos los tiempos.

Ya llegaremos a los EEUU, por supuesto, porque de cómo hace 130 años comenzó a asentar su poder en el dominio de los mares y cómo en los mares está a punto de perderlo, trata esta nota, pero convendría detenernos antes en el sentido y el origen de esa palabra, talasocracia, que no solemos escuchar con la frecuencia necesaria.

El mar, el pillaje y los «esfuerzos» civilizatorios

Cuando los dos primeros historiadores de la Grecia antigua, que son a su vez los padres de toda la historiografía occidental, Herodoto y Tucídides, en el siglo V antes de nuestra era, intentaron explicarse el pasado de sus propios pueblos desentrañando y separando lo mítico de lo real, utilizaron ambos una asociación de dos vocablos: thalassa (mar) y kratos (poder). El poder que surge a partir del dominio del mar.

Con esa palabra hicieron referencia a una circunstancia que ya resultaba extraña para ellos mismos. Ciudades relativamente pobres, enclavadas en islas pedregosas o suelos costeros poco productivos, dedicadas a la pesca y hasta entonces intrascendentes desde todo punto de vista, habían sido capaces de invadir, saquear y colonizar otros pueblos a partir del desarrollo de nuevas técnicas de navegación. Esa supremacía naval les había permitido no sólo acceder a recursos de territorios que no eran suyos mediante el comercio o el saqueo, sino que les había posibilitado controlar las rutas marítimas, tanto comerciales como militares.

«Minos, que reinaba en Creta, fue el más antiguo de cuantos por tradición conocemos que se pertrechó con una escuadra y dominó la mayor parte del actual mar Helénico, gobernó sobre las islas Cícladas, y fue el primer colonizador de la mayoría de ellas, después de expulsar a sus habitantes y establecer allí a sus propios hijos como gobernantes», nos cuenta Tucídides en su Arqueología. Y es imposible no ver en esas breves líneas, un anticipo de algo que desde entonces se fue transformando en una de las esencias de lo que llamamos Occidente.

Talasocracias, en un primer momento, fueron Creta y Micenas, donde se originaron los mitos que hasta hoy vertebran nuestra cultura. Y luego las polis griegas como Atenas y Esparta o las ciudades fenicias como Tiro y Biblos, que como efecto secundario del pillaje y el comercio, nos legaron un modo de pensar y un alfabeto. Talasocracia fue Cartago, que tras colonizar el litoral norte del África y toda la costa sur de Hispania desafió a Roma y cerca estuvo de destruirla. Y dado que buena parte de su expansión se basó en el dominio del Mare Nostrum, fue una talasocracia sui generis también Roma, que nos legó, entre mil problemas, el derecho y una lengua.

Tras el impass de la Edad Media fueron talasocracias las repúblicas como Venecia o Génova, que dominaron el comercio marítimo del Mediterráneo y el Mar Negro y desarrollaron la banca y las finanzas. Y cuando se hizo posible la navegación oceánica, cuando el planeta empequeñeció de improviso, y la globalización afiló sus dientes, hicieron su agosto talasocracias de nuevo cuño y potencia conquistadora nunca antes imaginada, como Portugal y España, los Países Bajos, Francia e Inglaterra, que dejaron tras de si, aquí y allá, la pólvora, la gripe y la viruela, el colonialismo, el comercio de seres humanos a escala intercontinental, la religión cristiana, los ferrocarriles, la fe en el progreso, y la idea de que nuestros valores deberían imponerse por sobre todos los demás.

En contraposición a los imperios que basaban su poder en el dominio del mar, existieron, a lo largo de los siglos, potencias continentales como Persia, el Tahuantinsuyo, Mesoamérica, India, Rusia, Mali o China que, por regla general, poco han podido hacer frente a los diferentes «pueblos del mar» que en distintas épocas se propusieron extraer de ellos lo que necesitaban, a la fuerza.

Pensemos en la rápida desintegración del Imperio de Mali apenas los primeros navíos portugueses comenzaron a aventurarse siguiendo la costa occidental de África. Pensemos en la catástofe demográfica en que quedó sumida toda Amércia tras la entrada de Cortés a México-Tenochtitlan. Pensemos en la emboscada que le posibilitó a Pizarro en Cajamarca la captura de Atahualpa y su posterior acceso a riquezas con las que nadie había soñado jamás. Pensemos en la pequeñez de la Inglaterra victoriana desatando hambrunas y pestes en la India y en aquella dos Guerras del Opio que sumieron a China en lo que se conoce como el Siglo de la Humillación. Eso nos da una idea aproximada del amplio abanico de miserias con el que las talasocracias han extendido su sombra sobre el mundo lo largo de la historia.

Porque hay algo que las ha definido bien siempre. Un hilo conductor que las hilvana. Por su capacidad de llevar la guerra muy lejos de sus propios territorios, dejando a salvo sus campos, sus industrias y su gente, las talasocracias, los imperios marítimos, se expanden no a partir en la incorporación de nuevos espacios y la integración de sus poblaciones, sino en formas de colonización extractiva y brutalmente excluyente. Con grados de crueldad exacerbados por la «otredad» y la supuesta inferioridad de quienes deben somenterse a sus «esfuerzos civilizatorios».

De la Great White Fleet hasta Ormuz

Tendemos a pensar que la supremacía marítima que han detentado los EEUU hasta hoy surgió de modo providencial y ciertamente heroico a partir de su participación -casi como forzados por las circunstancias y siempre en defensa de la libertad- en las dos guerras mundiales en las que se embarcó Europa en el Siglo XX. Al menos así nos lo muestra el cine.

Sin embargo, ya en los albores del Siglo XX se hizo notoria su vocación por transformarse, de una potencia continental que todavía pugnaba por salir del cascarón, en una incipiente talasocracia, que competía con las potencias europeas por el dominio marítimo, por la extracción de recursos ajenos, y por el control de las rutas de navegación.

En DIÁLOGOS hemos abordado con frecuencia el sentido último de la Doctrina Monroe, que ya en 1823 y cuando los EEUU aún no tenían una flota de guerra, dejó sentadas sus pretensiones hegemónicas sobre todo el continente. Y hemos repasado en notas anteriores los esfuerzos iniciados bajo el gobierno de Theodore Roosevelt -un matón no exento de visión de futuro y cierta genialidad para los golpes de efecto- en 1902, 1903 y 1904, por hacer que aquella Doctrina dejara de ser sólo una expresión de deseos y se hiciera realidad, primero en el Caribe (el Mare Nostrum americano) y enseguida a nivel global.

Se sucedieron en aquellos tres años las intervenciones en Venezuela, Cuba y Puerto Rico, que transformó a las dos primeras en protectorados por décadas, y a la tercera y más débil en colonia hasta nuestros días. Se urdió la separación de Panamá de Colombia para hacer a un lado a los franceses que habían iniciado las obras de construcción de un canal para construir otro que tuviera a los EEUU como único dueño. En simultáneo, se inició la Guerra que despojaría a España de sus colonias en Filipinas. Y ya hemos recordado también la intervención norteamericana en la guerra Ruso-Japonesa de 1905, cuando acordaron colaborar con la invasión japonesa de Corea a cambio de que no fueran perturbados sus enclaves coloniales en las islas.

Como broche de oro de su segundo mandato, entre 1907 y 1909, Theodore Roosevelt envió la llamada «Great White Fleet» a circunavegar el globo. Fue una flota de cerca de 20 grandes navíos de guerra, pintados sus cascos de un blanco deslumbrante, que hicieron escala en 20 puertos de las principales potencias en cada uno de los cinco continentes, para transmitir un mensaje claro y definitivo: Estados Unidos estaba decidido a ser, en un futuro cercano, la talasocracia dominante en los mares del mundo. Y lo fue. Hasta Ormuz.

Peligrosidad y decadencia

La flota estadounidense, hasta no hace mucho mayor que la suma de las armadas del resto del mundo, no enfrentó ningún desafío significativo en el control de alta mar y de los principales «chokepoints» o «puntos de estrangulamiento» desde la Segunda Guerra Mundial.

Y fue Samuel Phillips Huntington, profesor estadounidense de Ciencias Políticas en el Eaton College y Director del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad de Harvard (el mismo que en los años 90 planteó la tesis del «Clash of civilizations» que ha servido de marco conceptual para la xenofobia de las nuevas derechas) quien propuso ya en 1954, por primera vez, un nuevo rol estratégico para la Armada de los Estados Unidos.

En un artículo al que aún hoy se toma referencia, «National Policy and the Transoceanic Navy», publicado en la revista Proceedings del Instituto Naval de los Estados Unidos, Huntington argumentó que el propósito de la Armada debía ser:

not to acquire command of the sea but rather to utilize its already established command of the sea to achieve supremacy on the land”—and more specifically, to apply naval power to that decisive strip of littoral encircling the Eurasian continent.».

Ese control del litoral euroasiático a través de bases miltares (al día de hoy más de 800) y el despliegue de una flota naval capaz de proyectar una fuerza devastadora desde el aire, le ha permitido hasta hoy a los EEUU y a sus principales aliados del mundo anglosajón (Canadá, Inglaterra y Australia) el control de Europa Occidental y la Europa mediterránea, el Mar Negro, el Golfo Pérsico y el Mar Rojo, el Océano Índico, el Estrecho de Malaca, y toda la primera cadena de islas que desde Filipinas hasta Corea, en el Pacífico, circundan amenazadoramente a China y se prologan hasta las Islas Aleutianas y Alaska. El resto del mundo, es decir África y nuestra América -cuyo destino de patio trasero nunca fue puesto verdaderamente en cuestión- no han importado demasiado mientras Eurasia, el corazón desde el que se escuchan los latidos del mundo, estuviera asegurado.

Sin embargo, como sabemos, tras los ataques de los EEUU e Israel a Irán del 28 de febrero de este año y los vaivenes del Pentágono en relación al Estrecho de Ormuz, que impiden que el mundo los tome demasiado en serio, lo indudable está en duda y la fuerza no parece estar donde antes estaba.

Y al día de hoy, todo lleva a pensar que la cooperación de tres potencias continentales (Rusia, Irán y China) a la que se podría sumar, por acción u omisión una cuarta (India) para contrarrestar los intereses hegemónicos de una talasocracia agotada, en decadencia e incapaz de morder a todos al mismo tiempo, hará inevitable o bien una explosión de furia e impotencia que nos vuele a todos en pedazos, o bien un repliegue de las negras naves hacia orillas más seguras. Las nuestras.

Cuando Penélope, en la anacronía que introduce Christopher Nolan en su versión caprichosa de la Odisea, angustiada por la posibilidad de que el fin de toda una era esté próximo, le pregunta al héroe ¿me estás diciendo que los Pueblos del Mar somos nosotros?, Ulises no tiene la respuesta, pero nosotros la sabemos. Si. Son ellos.

 

 

 

 

HORACIO TEJERA
HORACIO TEJERA
Comunicador preocupado por los derechos humanos, la justicia social y el desarrollo sostenible. Diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online