Si es cierto que casi nadie lo esperaba, también es verdad que dadas las circunstancias no ha sido una total sorpresa. Abelardo de la Espriella, un outsider de los tantos que aquí o allá se ofrecen para canalizar odios, insensatez y frustraciones y conducir países al desastre, alcanzó el primer lugar en la primera ronda de las elecciones colombianas. El Pacto Histórico deberá hacer ahora el esfuerzo de sostenerse en pie frente a una ola que en América Latina parece llamada a arrasarlo todo. .
Grietas en el paraíso y números fríos
Lo primero que se pudo constatar el 31 de mayo por la noche, cuando se conocieron los resultados preliminares, es la extrema polarización del voto y el corte nítido que separa dos Colombias que sienten y quieren países diferentes. Un corte que no sólo es ideológico y emocional, sino que es además histórico y geográfico -temas en los que no podremos entrar ahora, pero que vale la pena consignar.
La asistencia a las urnas fue de cerca del 58%, una cifra que aunque pueda parecernos baja, estuvo casi 3 puntos por encima de la registrada en las últimas elecciones, celebradas en 2022. La existencia de un 42% de votantes habilitados que no tuvieron interés en hacer uso de su derecho, abre una iterrogante no menor con miras a la segunda vuelta, y a eso regresaremos más adelante.
El Pacto Histórico -que con Gustavo Petro llevó a la izquierda al gobierno hace 4 años por primera vez en la historia del país-, ha quedado consolidado como el mayor partido político de Colombia. Iván Cepeda, su candidato, obtuvo una votación del 41%, algo menor a lo que las encuestas anunciaban y apenas superior a la Petro en la primera vuelta de 2022.
Queda en evidencia entonces que el ejercicio del poder no le ha aportado al Pacto Histórico nuevos apoyos (lo que no deja de ser preocupante y lo que no puede quedar fuera del análisis), pero tampoco lo ha desgastado demasiado.
Abelardo de la Espriella, el sorpresivo triunfador en la primera vuelta, es un abogado que alcazó cierta notoriedad como defensor de narcotraficantes y paramilitares, y como empresario gastronómico y de bienes raíces radicado en los EEUU, por lo que era hasta hace poco un virtual desconocido para el mundo de la política. Paradójicamente, y a pesar de que hace sólo un mes las encuestas lo ubicaban en un tercer lugar con una intención de voto menor al 20%, alcanzó el 44% de los votos emitidos. No cuenta con el poder vertebrador (al menos por ahora) de un partido político propio, y su triunfo le debe mucho a la pulverización electoral de todas las fuerzas tradicionales de la derecha colombiana.
La única de ellas que ha quedado en pie, el uribismo, que se presentó con el engañoso sello Centro Democrático, experimentó el desplome catastrófico de su candidata, la abogada Paloma Valencia. Del 27% que le auguraban las encuestas hace apenas un mes, la coalición de prohombres de la derecha empresarial con toques poco convincentes de centrismo social, retuvo apenas el 7%, lo que plantea una interrogante interesantísima, que analizaremos más adelante.
Por último, un cuarto candidato, Sergio Fajardo, un académico bien conceptuado y muy similar a los que en tradicionalmente aparecen en todas partes para «limar» electoralmente a las izquierdas cuando aspiran al poder, obtuvo un magro 4% que lo ubica como un actor a tener en cuenta en lo que sucederá en las tres semanas que restan para la celebración del balotaje entre de la Espriella e Iván Cepeda.
El infinito paraíso verde que Gustavo Petro le ofreció como prenda de paz y renovación al mundo en aquella recordada intervención en Naciones Unidas apenas iniciado su mandato, no ha dejado de estar agrietado y la grieta de ese paraíso podría estar ensanchándose en un mundo en que la polarización comienza a ser el pan de cada día.
La vorágine electoral que se avecina
Para otro momento deberá quedar la elucidación de los porqué del auge de las derechas extremas en la región. Venimos ocupándonos de eso desde hace tiempo y no hay por qué insistir en eso ahora.
Abelardo de la Espriella tuvo, como el famos flautista de Hamelin, la capacidad de arrastar tras de sí a la casi totalidad de los votantes de las derechas tradicionales (en Colombia siempre bastante desinhibidas y violentas) a partir de un discurso contrario a toda política y a toda concordia.
Se presentó como la voz de los «que nunca son escuchados» en oposición a «los de siempre». Prometió construir cárceles y reconstruir un Plan Colombia 2.0 en todo similar al que desde los años 2000 sumió al país en una suboridinación a los EEUU que no le aportó beneficio alguno. Aseguró que desmontará todo lo alcanzado en los Acuerdos de Paz. Y juró que liberalizará la economía para dejar al Estado a cargo de mantener el orden, comprar armas, y gestionar las únicas actividades que den pérdidas.
Son sandeces habituales en la América de hoy. Abelardo no inventó nada.
Que en sus apariciones públicas gesticule detrás de un vidrio blindado como si temiera por su vida mientras se desgañita acusando a sus contendores de ser criminales u homosexuales, no le añade a su figura ni más ni menos patetismo que el que tienen sus congéneres.
Daniel Noboa, José Antonio Kast, Javier Milei, Nayib Bukele, Santiago Peña, Jair Bolsonaro y su hijo, Donald Trump -el valedor de todos ellos-, y ahora este nuevo personaje que se representa a sí mismo como un tigre y que utiliza el término «manada» para referise a sus seguidores, no estarán hechos con el mismo cuño, pero han salido de la misma fragua. Y medran en lo mismo (instisfacción, ignorancia, resentimiento, vacío… y redes sociales).
Como se dice habitualmente, Dios los cría y el viento los amontona. Pero no son las razones de su vertiginoso ascenso lo que ahora nos importa, sino anticiparnos a lo que será la vorágine electoral que se avecina.
Aritmética y abstencionismo
La aritmética nos dice que si el 21 de junio se suman -como parecería bastante lógico- los porcentajes de votos de las dos fuerzas principales de la derecha, -el 44% de Abelardo de la Espriella + el 7% de Paloma Valencia-, el resultado ya sobrepasa el 50% y la suerte está echada. El balotage sería, si atendemos a los números fríos, un mero trámite.
Pero en 2022 la suma de votos de Fico Gutiérrez y Rodolfo Hernández, los dos principales candidatos de la derecha era superior a los votos de Petro en 2,5 millones y hoy, la suma de votos de De la Espriella y Valencia supera en 2,28 millones a los votos de Cepeda. La aritmética aplicada a la política no siempre es buena consejera aunque resulte imposible eludirla.
La misma Paloma Valencia, con un rostro atravesado visiblemente por el desconcierto y la rabia, se encargó de anticipar un escenario de suma aritmética cuando pocos minutos después de confirmado el resultado, manifestó su total apoyo a de la Espriella. Sin que al parecer le importe la campaña de desprestigio e insultos al que éste la sometió durante las últimas semanas. Y sin negociaciones en las que se ofrezca alguna cosa a cambio de algo.
En su discurso se refirió explícitamente a «las ideas de la libertad» y al «respeto irrestricto de la propiedad privada» y al combate al «necomunismo y la tiranía», por lo que podemos hacernos una idea del libreto que ambos siguen. El apoyo será total y sin fisuras, como sucede entre las derechas en estos casos.
Sin embargo existen, dos misterios por ahora imposibles de desentrañar y que decidirán la suerte del Pacto Histórico el 21 de junio. El primero de ellos está relacionado con la abstención. El segundo con los corrimientos que ya se han visto en el electorado.
Desde que en 1991 se instauró el régimen de balotage en las elecciones colombianas, la votación en la segunda vuelta ha sido en ocasiones menor y en ocasiones mayor a la votación de primera vuelta. El triunfo de Gustavo Petro en el balotage de 2022 tuvo como un elemento fundamental un aumento del 3% de quienes concurrieron a las urnas para asegurarle al Pacto Históricoun triunfo que no era seguro.
Cabe que nos preguntemos entonces si ésto es nuevamente posible.
En esta ocasión y dado que la elección estuvo planteada por las fuerzas de derecha como un plebiscito en contra del gobierno de Petro, la primera vuelta tuvo muchas de las características de un balotage. Hubo ya una participación mayor a la habitual (casualmente un 3% mayor), por lo que es todavía imposible adelantar si existe margen para que la participación aumente.
Si el 31 de mayo hubieran votado ya todas las personas que estarían dispuestas a votar el 21 de junio, Iván Cepeda no tendría posibilidades de revertir el resultado. Si el Pacto Histórico logra que concurran a las urnas más votantes, se podría producir lo que a esta altura puede parecer imposible.
Desacuerdos y votantes que no están
A lo visto hasta aquí se le suma una complejidad adicional, inusual, casi una travesura de los dioses, que tiene que ver con los corrimientos del electorado ya producidos, y que quedó a la vista del público inmeditamente después del llamado de Paloma Valencia para que sus seguidores se vuelquen a votar por Abelardo de la Espriella.
Juan Daniel Oviedo, el economista de centro-derecha que fue en esta oportunidad su candidato a la vicepresidencia -y que estaba a su lado notoriamente incómodo-, manifestó minutos después que él no está dispuesto a hacerlo.
Estiman los analistas que Juan Daniel Oviedo le pudo haber aportado a Paloma Valencia un 4% o un 5% de la votación del 25% que le auguraban a esa fórmula las encuestas hasta hace muy poco. Y sería razonable pensar que la migración de votos hacia Abelardo de la Espriella que sufrió el Centro Democrático y que le quitó entre abril y mayo un 20% de lo previsto, se debe haber dado entre las personas más proclives a votar a la ultraderecha.
Si eso fuera así, en ese 7% de votos que el Centro Democrático conservó en primera vuelta, podría no haber ya votos de Paloma Valencia (porque ya se habrían ido) y quedarían mayoritariamente votantes de Oviedo, que quizás prefieran el 21 de junio votar en blanco, haciendo que la suma aritmética que le asegura el triunfo a la ultraderecha no sea algo que debamos dar por descontado.
Por supuesto, que los últimos párrafos de nuestro análisis estén redactados en condicional, nos dice que toda esta especulación podría tratarse de poco más que una expresión de deseos. Y que en sus primeras palabras tras conocerse los resultados Iván Cepeda no haya dado señales de querer acercarse al electorado de Sergio Fajardo -quizás el más cercano al suyo- parece mostrar que su estrategia de campaña difiere de la que nosotros podríamos imaginar.
Son los colombianos y las colombianas del Pacto Histórico quenes tendrán a su cargo el tremendo esfuerzo de remontar una realidad que hoy parece serles adversa. No es imposible pero requerirá corazones que deberán latir con fuerza.
