No fue un error. La bandera que llevaba en sus manos Bad Bunny cuando comenzó a cantar El Apagón durante el show de mediotiempo del Super Bowl, no tenía los colores blanco, rojo y azul oscuro de la bandera oficial del Estado Libre Asociado de Puerto Rico que todos conocemos. Pero no. Nadie se había equivocado. .
Los 140.000.000 de espectadores que presenciaron el espectáculo en vivo, o quienes accedieron a lo largo y ancho del planeta a alguna de las 4.000.000.000 de visualizaciones que corrieron como reguero de pólvora en las redes en los días siguientes, posiblemente hayan visto esa bandera por primera vez. Y quizás, en ese momento, no hayan notado la diferencia.
Lo que Bad Bunny tenía en sus manos mientras cantaba un tema que alude a los frecuentes cortes de energía que se padecen en la isla desde que en 2017 el Huracán María provocara el colapso de toda la red, fue la bandera de quienes comenzaron a luchar por la independencia de Puerto Rico desde mucho antes de la anexión a los EEUU. La bandera de quienes aún hoy reivindican la independencia de esa pequeña isla que si desgraciadamente nunca llegó a ser un país, siempre fue sentida y querida por los puertoriqueños como una patria.
La única diferencia entre ambas -que por ser política, no es nada menor- está en el tono del azul, más claro en la enseña independentista, creada en 1895 a partir de la inversión de los colores de la bandera cubana.
«Cuba y Puerto Rico son de un pájaro dos alas; reciben flores o balas sobre el mismo corazón», escribió la poeta portorriqueña Lola Rodríguez Tió y cantó luego Pablo Milanés, a propósito de aquella hermandad encarnada en dos banderas. Que vive aún hoy.
Y esa hermandad nos recuerda que al finalizar la Primera Parte de esta nota, estábamos todavía mirando a las niñas que se aprestaban a subir al carruaje del Tío Sam ante la mirada preocupada de un anciano que, en aquella ilustración de septiembre de 1898, encarnaba a la Doctrina Monroe.

Aquí están ellas otra vez con nosotros -sugestivamente la niña que representa a Cuba tiene un vestidito con los colores de su bandera pero Filipinas, Guam y Puerto Rico, no- y nos habíamos propuesto saber qué hacían allí y qué originaba la preocupación del anciano que, sentado al borde del camino, pregunta al cochero: «Ain’t ye takin’ too many in, Sam?» ¿No estarás llevándote demasiadas?
Colonialismo, color de piel y angustia
El 12 de mayo de aquel aciago 1898 que estábamos repasando, la armada estadounidense bombardeó San Juan de Puerto Rico durante algunas horas con escaso éxito, estableció un bloqueo total de todos sus puertos, y dos meses después desembarcaban sus infantes de marina a sangre y fuego en un pequeño caserío de la bahía de Guánica. Avanzaron desde allí por la pequeña isla cuyos habitantes no terminaban de entender si aquellos brutos los estaban liberando de España -como asguraban- o pretendían ocupar su lugar, y para agosto todo había terminado. El estatuto colonial de Puerto Rico se mantuvo desde entonces, bajo una u otra forma, hasta hoy.
En Cuba, mientras tanto, a partir de febrero de aquel año y tras la misteriosa explosión del SS Maine en el puerto de La Habana, los EEUU invadieron la isla con la excusa de estar colaborando con el movimiento independentista, pero una vez que en agosto España admitió su derrota, asumieron ellos mismos el control total del territorio. Y no lo cedieron hasta 1902, tras sofocar toda posible resistencia y asegurarse que la economía y las instituciones cubanas se subordinarían a ellos hasta en los más mínimos detalles. Una situación que, como sabemos, se prolongó hasta 1959.
No podemos recorrer aquí todo lo sucedido en Cuba o en Puerto Rico desde aquel 1898 en que sus respectivas independencias fueron sofocadas mediante el engaño, la traición y la fuerza, pero sí vale la pena volver a la pregunta ¿No serán demasiadas? que, como hemos visto antes, esconde otra pregunta cargada de la angustia supremacista frente a la presencia ineludible del otro ¿no serán demasiado diferentes?
Dos geografías y dos censos
La superficie de Cuba (110.000 km2) frente a los 9.000 km2 de Puerto Rico y el tamaño de sus poblaciones en 1898 (1.500.000 en el caso de Cuba y menos de 1.000.000 en el caso de Puerto Rico) nos dan una primera explicación del por qué EEUU decidió que podía anexar Puerto Rico pero que no le sería viable apropiarse de Cuba durante demasiado tiempo.
Hubo sin embargo una razón adicional y de igual peso. En 1899, a pocos meses de concluída la ocupación de ambos países, el ejército estadounidense censó a toda sus población, porque, como siempre les ocurre, estaban urgidos por conocer el porcentaje de población blanca y no blanca presente en cada uno.
Los porcentajes totales de blancos, negros y «mixed-race» no eran muy diferentes, pero el estudio detectó algo que importaba y mucho: Puerto Rico, al parecer estaba destinado a ser un territorio blanco.
Desde 1815 y para evitar la eclosión de movimientos antiesclavistas como los que habían sacudido a Haití y luego a otros de los territorios independizados del Sur, las autoridades españolas habían impulsado el «blanqueamiento» de la isla, mediante políticas de atracción de nuevos inmigrantes europeos. Y los resultados comenzaban a hacerse visibles.
Ya estaba en proceso entonces algo que los nuevos colonizadores valoraron y continuaron después hasta bien entrado el siglo XX: blanquear a la población de Puerto Rico; arrinconar a los más oscuros en la pobreza, la muerte prematura, el ron y los cañaverales; convencer a aquella gente de la conveniencia de adoptar el idioma inglés, que sabido es que abre puertas, mueve montañas y favorece los bisines; cambiarles un poco la bandera para que sus colores lucieran más estadounidenses; permitirles emigrar a NuevaYol para que limpiaran pisos y se hiciern matar en sus guerras. Y darles algún derecho que los haga sentirse parte (inferior) de la gran America.
Algo (todo) salió mal
Ain’t ye takin’ too many in, Sam?, la pregunta del anciano preocupado al ver que se incorporaban al carruaje de America unas niñitas oscuras y de faldas demasiado cortas, tenía una sóla respuesta: Si.
Eran demasiadas. Y demasiado diferentes.
Y si algo se necesitaba para que el mundo accediera a una muestra espectacular de que el racismo, el american way of life, la angurria territorial, el robo de recursos, el desprecio por los inmigrantes y el matonerismo de los EEUU pueden dominar pero no vencer, fue el show de perreo multiétnico, polifónico, ¡y en español! que indignó a Donald Trump y debe haber hecho que esa tarde la jauría de ICE rabiara de impotencia.
(Si esto es lo que sacaron de Puerto Rico, ¿qué podría pasar si mañana -Dios no lo quiera- vuelven a absorber Cuba?)
Se trató de un show, por supuesto. La NFL es un negocio, naturalmente. Y quienes elegieron a Benito Antonio Martínez Ocasio para que este año animara el entretiempo del espectáculo deportivo menos atractivo del mundo, no lo hicieron por los valores que encarna sino por el número de teleespectadores que suma. Todo eso está claro.
Pero el verde del cañaveral, las sillas de plástico, Tití preguntando cuántas novias tienes, el puesto de coco frío, los boxeadores, los jubilados que juegan dominó, las chicas que se hacen las uñas, la boda interracial, la dominicana de uva bombom, las torres del tendido eléctrico que falla, los pequeños negocios del bronx, el desparpajo, las que perrean solas porque están «solteras antes de que se pusiera de moda», el niño que duerme sobre tres sillas en medio de la fiesta, el trasiego de cuerpos sinuosos que van y vienen, una borrachera el 4 de Julio, Ricky Martin advirtiendo sobre las injusticias de la gentrificación de la isla, el chaleco antibalas debajo de la ropa blanca porque el resentimiento y el odio no perdonan, el rubio Monroe de Lady Gaga haciendo salsa, ese español que no se entiende pero chisporrotea y muestra la riqueza casi impenetrable de lo híbrido, lo vivo y lo promiscuo, y la conciencia de que América somos todos, marcaron la diferencia entre el bellaqueo insustancial y dolarizado de Shakira (por poner sólo un ejemplo) y esto. Que es otra cosa.
Una amplia y estupenda colección de estereotipos que dicen: Si. Esto es lo que temían. La espina latina clavada donde mas les duele. Tienen exactamente lo que se buscaron. Nosotros.
