Al momento de celebrar la victoria de Lula en el balotaje del 25 de octubre en Brasil, es inevitable que su carisma y su larga trayectoria como luchador social y como gobernante de excepción emerjan como el factor determinante de ese resultado sorprendente. Sin embargo, tanto o más que la celebración, debería importarnos entender. ¿Qué fue lo que realmente sucedió en esos 21 días que conmovieron al Brasil y tuvieron a las izquierdas del mundo sin aliento? .
El protagonismo y la excepcionalidad de ese viejo sobreviviente que es Lula están fuera de discusión. Como lo está que pocos que no fueran él podían haber convocado a su alrededor el «jardín de gentes» que arrasó con la posibilidad de que el bolsonarismo se hiciera otra vez con las riendas del poder en su país. Y que las colocara en las manos del imperio precisamente en el momento de su declive. Cuando el trumpismo reinante se ha vuelto más atrevido, torpe, voraz y peligroso.
Fue maravilloso y fue providencial.
Y hasta es posible creer que Nossa Senhora de Aparecida haya colocado en el milagro su modesto grano de arena. Se lo pedimos en Diálogos días antes de la primera vuelta con Una oración frente al abismo y no parecía habernos escuchado.
El retorno de los votantes improbables
Vayamos al grano. Los 10 millones y medio de votantes que el 25 de octubre se sumaron a los que habían apoyado a Lula y al PT en primera vuelta, por supuesto, no salieron de la nada. No son una emanación divina. No han aparecido de pronto convocados por los misteriosos conjuros de un brujo octogenario pero todavía en ejercicio de sus facultades. No han sido sacados del limbo por la destreza de Janones y su ejército de destripadores de algoritmos.
Todo eso ha influído. Ha contrarrestado el maleficio de las redes y el odio de las empresas tcnológicas. Y ha llevado gente a las calles, por supuesto. Pero los votantes ya existían.
Será interesante entonces saber dónde estaban esos votos tres semanas antes, para que luego nos sea posible preguntarnos qué estaban haciendo allí. Por qué no estuvieron a tiempo. Cuando eran necesarios.

Esos votantes misteriosos que se hicieron presentes el domingo 25 pero no estuvieron donde se los esperaba el domingo 4, estaban en donde el gráfico nos los muestra.
Seis millones salieron de la abstención. Algo más de un millón habían estado durmiendo el sueño de los justos en el canasto de los nulos y en blanco. 3.8 se habían decidido por terceros candidatos. Medio millón habían votado a listas que repaldaban a Flavio Bolsonaro. Y a esos debemos restarle 1 millón que se arrepintieron de haber votado a Lula y regresaron a la abstención. Así de complicada es el alma humana.
Hemos decidido llamar a esos votantes «votantes improbables». Porque si hay algo que deberíamos evitar cuando intentamos analizar lo que ocurre en los balotages en general y en éste en particular, es hablar de «nuevos votantes», como si en lo previo esos votantes no hubieran existido.
En los balotajes no existen nuevos votantes sino votantes que por numerosas y muy variadas razones deciden -o son convencidos de- expresarse en una segunda instancia de modo diferente a como se habían expresado en la primera.
Porque aún en un escenario polarizado como el de la primera vuelta, quienes habían votado a terceros candidatos, con ser pocos, habían expresado preferencias y por lo tanto también desagrados. Y porque votar en blanco, anular el voto, e incluso abstenerse de hacerlo son formas de expresar desafectación, desinterés o desilusión, pero también disconformidades, muchas veces profundas.
La migración hacia la izquierda y el miedo
Esta vez, la migración de votos hacia Lula -votos «improbables» si se tenían en cuenta los antecedentes-, fue muy superior a la que se produjo hacia Flavio Bolsonaro. Fue una migración que contradijo todo lo esperado y desmintió lo que auguraban las encuestas. Y esa migración hacia la izquierda nos coloca frente a tres escenarios de los que extraer enseñanzas a futuro.
1) La elección del 4 de octubre operó como un balotaje adelantado en el que más de 10 millones y medio de votantes que -ahora lo sabemos- estaban más cerca de Lula que de Flavio Bolsonaro, decidieron negarle al primero el triunfo que adelantaban las encuestas. Fueron, por la razón que fuere, una señal fortísima de disconformidad. 10 millones y medio de votos posibles que prefirieron expresar desagrado. Fuego amigo. 10 millones y medio de votantes que resultaron impermeables a una campaña electoral clásica y negadora de la realidad, centrada en lo que el gobierno entendía que eran logros de su gestión y en las cualidades carismáticas del lider. 10 millones y medio de votantes cuya desconfianza hizo posible la primera derrota electoral de Lula desde 2002, y castigó al Brasil con el Congreso más volcado a la derecha que se recuerde. 10 millones y medio de votos que no estuvieron donde era posible que estuvieran y son, nos guste o no, la manifestación viva de un fracaso.
2) Lula fue capaz de comprender a tiempo la gravedad de lo que estaba sucediendo, asegurar desde el primer momento que él sería el primero en cambiar todo lo que se había hecho mal, y hacer a un lado a quienes en el terreno de lo comunicacional no habían dado la talla. La campaña dejó de ser soft, estéticamente correcta e ideológicamente complaciente, y se transformó, gracias a un uso más combativo de las redes, en una batalla cultural y en una pelea por la hegemonía en el vientre mismo del algoritmo. Y gracias a la movilización en las calles, muchas veces espontánea, se escribió el prólogo de una jornada que dentro y fuera del país fue vivida como gloriosa. Que Lula le adjudicara la responsabilidad por el triunfo a todo el pueblo brasileño movilizado y en particular a los jóvenes, a las mujeres y a los ancianos, y que no incluyera a miembros de su partido entre quienes se habían hecho merecedores de su gratitud, lo dice todo.
3) La segunda vuelta se transformó, por obra y gracia de la movilización popular, en un plebiscito en que estuvieron claramente en juego la soberanía, las instituciones del país y sus recursos, los derechos sociales conquistados tras décadas de luchas y la democracia misma.
Esa es la razón por la cual la migración de votos hacia la izquierda entre la primera y la segunda vuelta no se produjo en lugares específicos sino que tuvo por escenario toda la geografía del país y se distribuyó de acuerdo a su demografía.

Si en el gráfico anterior vimos cómo 10 millones de votos se movían hacia Lula en el breve lapso de 21 días transcurridos entre el 4 y el 25 de octubre, en este mapa vemos a un pueblo que, concientemento o no, desenterró de la memoria las humillaciones sufridas entre la caída de Joao Gulart el 1º de abril de 1964, cuando los 10 buques estadounidenses de la Operación Uncle Sam se aproximaban a las costas brasileñas, y el fin de las dictaduras militares en 1985. Y comprendió que lo que hoy está en juego es mucho más que quién estará a cargo del próximo gobierno.
La construcción de la destrucción del bolsonarismo
El nuevo gobierno deberá ingeniárselas para iniciar un proceso de reindustrialización de país que hubiera sido imposible si la ultraderecha y los agronegocios se hubieran impuesto, pero será difícil de todos modos porque no existe ningún país en el mundo que haya podido revertir un proceso de desindustrialización como el brasileño, que lleva ya decadas.
Deberá lograr que el crecimiento económico implique también mayor justicia social y mayor igualdad, y hacer coincidir eso con un equilibrio fiscal que un día si y el otro también le reclaman «los mercados».
Deberá protejer al medioambiente y fortalecerse desde el punto de vista energético, aunque muchas veces ambas cosas parezcan contradictorias.
Deberá probar suerte con políticas de izquierda, porque las desarrolladas durante el último período no han sido particularmente exitosas y para peor y como ya vimos, no han dado los resultados electorales esperados.
Y deberá convivir todavía algunos años más con un panorama regional políticamente desolador y económicamente recesivo, que irá cambiando inexorablemente pero no lo hará de un día para el otro
El pueblo brasileño, por su parte, deberá ser firme a la hora de reclamar resultados acordes con lo que se le prometió, porque para eso se vota. Pero deberá además ser capaz de construir liderazgos renovados y lúcidos que sustituyana un Lula que habrá de desaparecer tarde o temprano de la escena. Y mantener un nivel de organización tal que impida que un ya anunciado impeachment, se haga realidad.
Pero nada de eso será posible sin una recomposición de la política que tenga como condición sine qua non la desaparición del bolsonarismo como núcleo neurálgico y centro de control de las derechas.
Cada vez que Flavio Bolsonaro aseguró durante la campaña electoral que reformaría la constitución para que su mandato se extendiera por 8 años (por poner sólo un ejemplo) la oscuridad de las dictaduras que defendió su padre le brillaba en los ojos. Y su desprecio por los pobres y por las minorías, su arrogancia, su fatuidad, su capacidad inusitada para mentir y robar, su vocación enfermiza por la violencia, o el mal gusto de haberle dicho «nueve dedos» a Lula en el último debate, no le fueron trasmitidas por herencia aunque sus hermanos sean iguales si no peores.
Tampoco es él el único cobarde que se pone a buen recaudo antes de que lo persigan, ni el único derrotado al que la CIA extrae y lleva a Miami para manejarlo mejor, ni el único estúpido que se hace escribir cartas por ChatGP. Él es, simplemente, parte del neofascismo canalla que galopa por el mundo e innunda nuestro continente con odio, entrega y resentimiento, y con el que el enfrentamiento intelectual y político son inevitables.
Y aunque la mileización torpe de sus últimos movimientos contribuyan en mucho a desprestigiarlos y a desvalorizarlos aún entre quienes hace menos de una semana los votaron, con eso sólo no alcanza. Será necesario que la derecha misma los repudie y los extirpe de la política.
Isso nao é ser de direita, isso é vigarice, «Eso no es ser de derecha, eso es una estafa», dijo en estos días el General Santos Cruz, ex Ministro de Defensa de Jair Bolsonaro, en referencia a las relaciones de «sumisión voluntaria» que el clan y sus secuaces mantienen con los EEUU y con la administración de Donald Trump.
Y Reinaldo Azevedo, columnista de BandNews de Radio Bandeirantes lo ha explicado bien: No hay otra salida que resistir y luchar hasta vencerlos.
