Cuba: la radiografía de una devastación programada

Dicen que Cuba se abre al mercado, abandona sus dogmas revolucionarios a cambio de que su establishment se mantenga en el puesto privilegiado en que le ha colocado la historia, por el bien de la patria. Pero el país mientras tanto se encamina hacia el colapso. No hay situación, por mala que sea, que no sea susceptible de ser peor. .

 

1. Echen cuentas

En el mercado informal de divisas (en el mercado negro), 1 € se cambia, a fecha 14 de septiembre, por 784,32 pesos cubanos (CUP en su nomenclatura monetaria internacional). Para cambiar divisas a pesos, y viceversa, pocos acuden a las casas de cambio oficiales donde, en la misma fecha, hallaremos el euro por valor de 734,38 pesos. La diferencia es notable. Si un nacional consigue el dinero suficiente para salir del país, no acudirá jamás a una casa de cambio oficial para comprar dólares o euros. No solo por su precio, sino porque es probable que no tengan.

En Cuba conviven ambos valores como mundos paralelos. El “administrativo”, fijado por el Estado, y el mercado informal, socialmente aceptado, extendido, ampliamente consentido y que, en última instancia, establece el valor real del peso. La página web de Toque es una referencia para acordar el precio del cambio. Hay que consultarlo todos los días, como quien consulta la predicción del tiempo, pues su valor es muy variable.

Echen cuentas.

El salario medio mensual ronda los 4.500 pesos (5,7 €). Las pensiones medias se mueven entre los 3.000 y 4.000 pesos (de 3,8 € a 5,1 €). Es importante expresar los euros con sus céntimos hasta su último guarismo porque en Cuba son vitales. Nada sobra. Un céntimo de euro puede suponer una ración de arroz, la única que puede comer al día una buena parte de la población.

Echen cuentas.

La inflación interanual en Cuba es del 20,70% respecto a julio de 2025.

Un cartón de 30 huevos (si encuentra huevos en el mercado) suman 5.000 pesos (6,3 €). Esto es, 1 huevo equivale a 167,67 pesos ( 0,2125 €).

“Menos mal que hoy no hay huevos para comprar, porque así no nos arruinamos”, ironiza una mujer en el mercado agropecuario del barrio de El Vedado, uno de los más caros de la ciudad. Desde que Trump decretara un nuevo embargo a la isla, se cuentan los céntimos como si fueran pepitas de oro.

La Libreta de abastecimiento es casi una leyenda urbana. Creada como medida provisional en 1962 para garantizar una distribución igualitaria de alimentos, ha sobrevivido 64 años. Ya venía renqueando desde la década de los 90 (el final de la ayuda soviética a Cuba), cuando la isla vivió el bautizado como “Período Especial en Tiempo de Paz”, pero el embargo petrolero de 2026 ha dejado las bodegas de distribución vacías. La libreta parece que recibe la puntilla.

Los productos básicos subvencionados que aportaba quedan en manos de la oferta y la demanda del mercado.

Echen cuentas.

1 kg de arroz, 800 pesos. 1 litro de aceite vegetal, 4.000 pesos (soya, palma, girasol o mezcla). La leche fresca no se encuentra en los mercados y el bote de leche en polvo de 1kg está a 3.600 pesos (unos 4 litros de leche). 1 kg de frijoles cuesta 800 pesos. 1 kg de pollo, 780 pesos. El kilo de carne de cerdo está a 1.850 pesos y el de patatas a 500. Una barra de pan de aproximadamente 500 gr., cocinada con harina de calidad, 1.000 pesos; y con harina de peor calidad, 800 pesos.

Y finalmente está la gasolina, el producto del que penden prácticamente todos los precios. Ningún proveedor internacional quiere exponerse a las sanciones norteamericanas y el suministro comenzó a interrumpirse en febrero. La gasolina B-90 (benzina de 90 octanos utilizados por los coches clásicos, viejos y motos) se mantenía entonces en 1,10 dólares el litro. La B-94 (para coches modernos), a 1,30. Las gasolineras estatales dejaron de suministrar combustible y el mercado informal se hizo cargo de establecer nuevos precios que en marzo llegaron a alcanzar los 10 dólares el litro… Echen cuentas.

Las medidas de Washington están dirigidas a asfixiar el funcionamiento del Estado cubano, pero no impiden el comercio entre particulares. Una creciente clase empresarial con el suficiente músculo financiero compra combustible procedente principalmente de Estados Unidos. Son micro, medianas y pequeñas empresas (mipymes, autorizadas con limitaciones desde 2021) las que se han hecho prácticamente con el control de la compra y distribución de la gasolina en Cuba. El término de “mipyme” se ha incorporado al lenguaje cotidiano, así como la palabra “isotanque” que son los contenedores en los que llegan, básicamente de EEUU, los galones de gasolina.

No es extraño encontrar gente en la calle o en la carretera vendiendo gasolina en botellas de plástico. Hay quienes la ofrecen a domicilio.

Para taxistas con licencia estatal y para particulares, la gasolina hoy está en torno a los 2,70 – 2,80 dólares. Para compras mayores a partir de 1.000 litros el precio está en torno a 2,30 – 2,50 dólares. En agosto y en septiembre, una mayor competencia entre las mipymes ha moderado el precio de la gasolina. Los márgenes de beneficio se desconocen, pero sin duda se trata de un gran negocio.

De esta manera, con los alimentos y el combustible rigiéndose por la ley de la oferta y la demanda, la sociedad cubana vive ya en la lógica capitalista, pero en una escenografía comunista.

No se pueden atribuir todos los males que sufre la población a las medidas coercitivas y de embargo decretadas por Estados Unidos.

Las decisiones tomadas desde Washington en enero y en mayo de este año son la razón de la inflación, la carestía de los alimentos y la falta de abastecimiento.

Pero Cuba arrastra sus propios problemas endémicos que pesan como una losa. Llegan tarde las 176 reformas aprobadas por el legislativo cubano el pasado junio.

Es cierto que suponen una apertura gradual de los derechos, la iniciativa y la propiedad privada. Incluso plantean la entrada de capital privado en la banca y en empresas estatales. Pero mientras se deciden, se redactan, se aplican y generan efectos, la degradación de la vida, la desesperación de la gente y el hambre avanzan con mayor velocidad y cruel eficacia.

La ayuda desde el exterior explica, en parte, la capacidad de supervivencia de las familias cubanas. Las remesas son el sustento básico y emigrar es la solución para la mayoría de las personas en edad de trabajar. Los principales destinos en América son México y Estados Unidos. En Europa, la mayoría busca a España solicitando la nacionalidad a través de la ‘ley de nietos’.

No se tienen cifras contrastadas de cuántos cubanos han emigrado en los últimos años. Sí se sabe que desde 2017 se produce un fuerte descenso de la población. En 2025 había censadas 9.434.593 personas. En 2017 eran 11.239.224, según la ONEI (Oficina Nacional de Estadística e Información).

Otros estudios ponen en duda las cifras oficiales y establecen el número de emigrantes entre 2022 a 2024 en más de 2 millones de personas. En su mayoría jóvenes… echen cuentas.

2. Electrificación de emergencia

Dele un kilovatio a un cubano y hará magia. Nadie sabe mejor qué da de sí un kilovatio ni cómo aprovecharlo en su máxima eficacia. En Cuba se habla con soltura de vatios, amperios-hora, inversores, ciclos de carga o paneles solares.

A la desesperada y con urgencia, los cubanos (los que se lo pueden permitir) se han lanzado a una transición verde forzada y traumática. Los paneles solares se han convertido en la alternativa para sortear las más de 20 horas de desconexiones eléctricas que se sufren a diario. A estas instalaciones se las conoce como “soporte eléctrico”, el concepto clave tras el que se ofrece aire acondicionado en verano, por ejemplo, o permite la conservación de los alimentos en las neveras. De noche, La Habana permanece a oscuras y desaconsejan el paseo nocturno a los escasísimos turistas que se dejan ver todavía. Se advierte con insistencia: “De noche, a la Habana Vieja y Centro Habana, ni pisarlas” y “transporte de puerta a puerta”.

El mítico restaurante “La Guarida” sobrevive con soporte eléctrico. Su oferta gastronómica ha menguado considerablemente, con la calidad del preparado de platos rozando el límite de lo que se espera de una carta con precios europeos. Apenas tiene clientes y desde su terraza elevada, en pleno Centro Habana, la ciudad a oscuras ya no transmite la vitalidad que le definía. A la belleza del lujo decadente stendhaliano, se le une ahora el desencanto y la incertidumbre.

No es el único establecimiento que desafía las dificultades del momento. Aún se hallan locales para escuchar música de noche y cenar. El César Jazz Club, otro clásico en la Habana Vieja, también tiene soporte energético propio. El aire acondicionado no se lo puede permitir, pero situado a la vera del puerto abre sus ventanales al aire del atlántico y se ilumina con lamparillas de mesa con carga usb.

Son excepciones. Otros muchos comercios y locales no han aguantado la falta de electricidad, de suministros y de turistas, principal fuente de divisas del país. “Descomercializado” es otro término que se ha incorporado al lenguaje cotidiano para designar el cierre de negocios. Y son muchos los negocios descomercializados. Por ejemplo, la famosa heladería Coppelia está descomercializada. Imposible hacer helados sin electricidad.

El transporte público prácticamente ha desaparecido y con él la posibilidad de acudir a trabajar a un precio asequible y subvencionado que no sobrepasaba los 2 pesos el billete. Hay gente que ha renunciado a su puesto de trabajo porque el salario no le alcanza para pagar el traslado diario. Ya sea en coches antiguos colectivos, motocarros o triciclos eléctricos autorizados para el transporte de personas. 200, 250, 300 pesos dependiendo de la distancia. Precios inasumibles para el salario del común de los cubanos, en torno a los 4.500 pesos mensuales (5,7 €).

El motocarro o triciclo eléctrico es el que más ha prosperado. La mayoría son marcas chinas, proveedores mundiales de placas solares y soluciones eléctricas. Hay quienes tuvieron la suerte de adquirir un vehículo completo y listo para su funcionamiento. Pero la incertidumbre del tráfico marítimo obliga a ensamblar por partes los vehículos, aportando soluciones técnicas que merecen premios a la creatividad, proverbial talento reconocido en los cubanos.

Se ven triciclos con paneles solares sobre el techo del vehículo. Motores de 1,5 kW a 3 kW capaces de transportar a 6 personas al mismo tiempo. Para los modelos sin placas incorporadas, cada cual se busca la manera de recargar las baterías. Cuando vuelve la luz hay una llamada general en busca de interruptores libres. Y si no vuelve, se acude a un particular, o a un conocido con soporte eléctrico doméstico; o se apela a la solidaridad, otro proverbial talento que el cubano aún no ha perdido.

Para esquivar gasolineras desabastecidas y los isotanques de precios prohibitivos, ha surgido la alternativa de las “solineras”. Estaciones de repostaje provistas con paneles solares, para recargar vehículos eléctricos que, en más de una veintena, intentan abrirse paso en el negocio de la energía. A ellas se acude también para recargar el móvil o terminar de cocinar la comida en ollas eléctricas.

Esta transición forzada alcanza también a los hospitales, donde la vida de los pacientes críticos, la unidad de cuidados intensivos o la conservación de los medicamentos dependen angustiosamente de la red eléctrica.

Algunos hospitales han sido dotados con generadores de diésel, paneles solares, baterías e inversores que suplen, solo parcialmente, las carencias del suministro eléctrico convencional. Los hospitales están sobrepasados. En la mayoría de ellos los pacientes aportan sus propias sábanas, toallas, comida y, por supuesto, las medicinas que se compran en el mercado negro.

De esta manera, en Cuba la transición energética no admite debate ni negociaciones políticas. No se habla de plazos, ni se negocia con petroleras, ni se planifica con proyectos medioambientales. Es una necesidad de supervivencia, una emergencia social. El sistema público está al borde del colapso.

3. Trump Island

En Punta Gorda, costa caribeña de la isla, se halla el antiguo Cienfuegos Yacht Club, hoy Club Cienfuegos, un edificio ecléctico, de aspecto palaciego, inaugurado en 1920 para las élites de la época.

Agosto es el mes por excelencia del turismo local en Cuba, aunque este año el cubano tampoco ha podido vacacionar. Sí lo hacen, sin embargo, los cubano americanos de Miami que, desde la apertura propiciada por Obama, visitan regularmente a familiares y amigos. Y organizan animadas fiestas en el Club Cienfuegos, con música en vivo para bailar, beber y cenar a golpe de ritmos caribeños y adaptaciones al español de canciones norteamericanas “de ayer y hoy”. Son grupos de gente mayor, en edades de jubilación, que lucen ropa suelta y alegre de verano. Un hombre con sombrero estilo Fedora viste una guayabera con la bandera americana, impresa en vertical al completo. Imposible pasar desapercibido. “Hoy día ya no pasa nada, no es como antes” aclara un empleado del club. Y remata: “aunque es innecesario… si no se la pone en Miami ¿a qué viene ponérsela aquí?”.

En las paredes del club cuelgan fotografías antiguas y modernas de los ilustres y famosos que han visitado el edificio. Hay fotos de Hugo Chávez y Raúl Castro en la IV Cumbre de Petrocaribe de 2007, celebrada en sus salones y en la amplia terraza que se abre a la bahía de Cienfuegos. De esa cumbre salió la decisión de reactivar la refinería de petróleo Camilo Cienfuegos, situada en la otra punta de la bahía. Con la caída de la URSS en 1991, la refinería dejó de funcionar y reanudó su actividad al amparo de un acuerdo con la petrolera venezolana PDVSA. Hoy ya es enteramente cubana, considerada la más eficiente de la industria petrolera estatal, aunque su actividad es muy escasa, tan escasa como el petróleo que no le llega.

La bahía de Cienfuegos es de aguas profundas. De 2016 a 2019, decenas de grandes cruceros turísticos procedentes de Florida fondeaban y transitaban por su agua, hasta que, en su primer mandato, Trump prohibió las escalas de cruceros en Cuba. Hoy, tres petroleros, con la línea de flotación muy alta, fondean aburridos desde enero en mitad de la bahía. Uno de ellos es el Vilma, petrolero cubano que antes transportaba crudo desde México. Forman parte del paisaje que se observa desde la amplia terraza del Club Cienfuegos, creando todo un conjunto simbólico, la metáfora del momento: una tormenta de verano descarga con fuerza sobre la bahía. La bandera americana se descoyunta bailando “my way” en versión salsa. Puro en mano que no falte. Se paga en dólares. Los petroleros vacíos y la refinería al fondo sin luz. Las fotografías de Chávez y Castro asisten mudas al evento, encapsulados en la suntuosa arquitectura de la vieja aristocracia de los locos años 20.

El empleado del Club Cienfuegos también quiere bailar, fumar puros y manejar el dólar. Pero reniega de Trump, rechaza convertirse en una nueva colonia y ya no cree en la revolución. En Cuba se vive el aquí y ahora. No hay quien no desee un cambio que les mejore la vida, pero nadie asegura nada, salvo la posibilidad de empeorar. Incertidumbre y rumores. “Dicen” que un empresario de Dubái ha pactado con el gobierno cubano una inversión millonaria, para convertir el cayo de Santa María en un complejo turístico de lujo.

Y que se llamará “Trump Island”. Y que Trump está de acuerdo. Que todos están de acuerdo: Raúl Castro, su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, al que llaman El Cangrejo, la familia Trump al completo y por supuesto el capitalista de los Emiratos Árabes Unidos. No hay nada como llevar la lógica capitalista a Cuba con tan buenas ideas y compañeros.

Dicen que El Cangrejo es el interlocutor cubano con Marco Rubio, el secretario de Estado norteamericano, y el que negocia a la sombra la claudicación final del gobierno de la revolución. Inversores, lobbistas, capital made in USA ya estarían en contacto con él para repartirse el enorme negocio de la modernización del país.

Pero Cuba ya es de Trump, “dicen”. Desaparecidas las grandes corporaciones hoteleras españolas (Meliá, Iberostar y Barceló) y la canadiense Blue Diamond, el negocio turístico quedaría en manos de empresarios norteamericanos para regocijo de Donald.

Y en paralelo, las infraestructuras, el negocio inmobiliario, construcción, importación, energía, carreteras … miles de kilómetros de fibra óptica … Todos son rumores que entusiasman a unos cuantos y angustian a una mayoría que ya no cree que el futuro sea suyo.

No hay más que darse un paseo por Centro Habana, donde conviven con montones de basura desde hace meses. El servicio de recogida dejó de funcionar y la situación de sus calles puede considerarse de emergencia sanitaria. Los más hambrientos se acercan a la basura, espantan a las moscas y comen lo que encuentran. No hay mantenimiento, escasea el agua, no hay luz ni soporte eléctrico que pueda permitirse el vecindario. En agosto el aire circula con dificultad en los interiores; viviendas de espacios compartimentados hasta el límite, en edificios centenarios de estado ruinoso. Un barrio de calles estrechas y tiendas descomercializadas que muestra el deterioro general que vive el país.

Fuera de la ciudad, en zonas agrícolas como Viñales, la casi desaparición del turismo ha dejado sin ingresos fijos a buena parte de la población. En la década de 2010 muchas familias abandonaron parcialmente el trabajo agrícola y encomendaron su economía al turismo. En aquellos años, la demanda de habitaciones era superior a la oferta. El agricultor ganaba más enseñando su finca, vendiendo puros directamente o paseando a los turistas a caballo, que entregando su producción al Estado. Hoy los caballos lucen famélicos en Viñales y se venden terrenos. Media hectárea a precios por debajo de los 50.000 €, con una casa de campo pensada para el alquiler vacacional de lujo, en pleno valle de Viñales, rodeada de árboles, verde y montañas en un paisaje excepcional, Patrimonio de la Humanidad. Una oportunidad para inversores nacionales o extranjeros que la nueva normativa facilita desde junio de este año.

La venta de terrenos (se entiende que en usufructo, ya que la tierra pertenece al Estado por ley) es una realidad en muchas zonas del país. Se anuncian ventas de fincas en Camagüey, Artemisa, en Villa Clara, en Matanzas o en Cienfuegos.

“Dicen” que las 176 nuevas leyes y reformas preparan al país para su venta, que comienza la especulación, las oportunidades del momento para atraer a la inversión más osada: desde sus guaridas calculan el precio que tendrán mañana las gangas que se ofrecen hoy. Y “dicen” que Cuba se abre al mercado, abandona sus dogmas revolucionarios a cambio de que su establishment se mantenga en el puesto privilegiado en que le ha colocado la historia, por el bien de la patria. Pero el país mientras tanto se encamina hacia el colapso. No hay situación, por mala que sea, que no sea susceptible de empeorar.

 

Diego de la Serna – Publicado originalmente en CTXT

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