En la Primera Parte de esta nota retrocedimos en el tiempo para analizar la eclosión de los cuerpos negros como elemento central en el fútbol de nuestro tiempo. En esta Segunda Parte, trataremos de poner el foco en la desconfianza, la marginación y la espectacularización de esos cuerpos. Y en la vocación de nuestras sociedades por prohijar la desigualdad y las asimetrías. .
Quizás deberíamos comenzar diciendo que cuando hablamos de fútbol no estamos hablando de cualquier deporte. Estamos hablando de un deporte popularizado durante la Revolución Industrial. Entre trabajadores. El primero en haberse profesionalizado, es decir el primero en haber transformado lo que hasta entonces había sido un juego, en un trabajo.
Y el primero en haber transformado el «campo de juego» en un centro fabril que produce y comercializa no cosas sino espectáculo. Siempre el mismo. Siempre renovado. El mayor espectáculo del mundo.
Un espectáculo/industria que, como destaca el antropólogo español Guillermo Alonso Meneses en su En busca de la poesía del fútbol:
«Sólo es posible si los buenos jugadores son extraídos de las comunidades donde aprenden a jugar, con el pretexto de profesionalizarlos e hiper-especializarlos».
Es necesario tener en cuenta esas dos palabras que aparecen destacadas: son extraídos, ya que serán esenciales en lo que viene.
Pero como siempre nos ocurre, para seguir adelante, nos hará falta dar un rodeo. Fijaremos nuestra atención, por algunos minutos, en una historia casi reciente, y en un niño que aunque aún no lo sabe, está a punto de dar un gran salto.
Negros y árabes en el ojo de una «tormenta barrial»
Retrocedamos 16 años. La selección francesa de fútbol ha regresado humillada de Sud África 2010. Ha sido eliminada en la primera ronda. Ha sido la última de su grupo. Ha cosechado apenas un punto de nueve. Y sobre finales del año, como si todo aquello no bastara, se desata un escándalo de proporciones: el «Affaire des Quotas».
Todo comienza cuando el sitio web de investigación Mediapart publica transcripciones de una reunión secreta celebrada el 8 de noviembre de aquel año en la Federación Francesa de Fútbol, en la que habían participado, entre otros, el Seleccionador Nacional Laurent Blanc y el Director Técnico, François Blaquart.
La transcripción revelaba que se estaba considerando el establecimiento -ilegal- de una couta que limitaría al 30% la participación de jóvenes de origen africano o árabe en los centros de formación futbolística de todo el país.
«Qu’est-ce qu’il y a actuellement comme grands, costauds, puissants? Les blacks. C’est le cas actuellement. C’est un fait. Ce qui me gêne énormément, (…) Il faut limiter ça. (…) Je crois qu’il faut recentrer, surtout pour des garçons de 13-14 ans, 12-13 ans, avoir d’autres critères, modifiés avec notre propre culture», advertía y aconsejaba Blanc en aquellas grabaciones.
Que los negros aparecieran frente al público como altos, fuertes y poderosos -vale destacarlo- era un problema no para el juego, no para el deporte, sino para el espectáculo que se vendía. Era un problema de decoro. De envidia soterrada y mal llevada. Y de necesidad de ocultamiento del otro, del ajeno, del considerado inferior, como forma de darle sostén a la pretendida superioridad de lo blanco. Un dogma central de las sociedades coloniales.
Pero hubo un argumento más, que tendrá relevancia cuando hayamos avanzado más en nuestro análisis. Una de las razones que adujeron los partidarios de limitar el acceso de los niños de origen árabe o subsahariano a los centros de formación deportiva, fue que, dado que esos niños tenían por lo general doble nacionalidad, podían irse.
El ser hijos o nietos de inmigrantes africanos les daba una ventaja por sobre los jugadores blancos: la libertad de pertenecer a dos mundos. Una libertad que los franceses «auténticos» no estaban dispuestos a darles.
En aquellos días, al calor de las discusiones, una cadena de televisión salió a la calle para recabar opiniones sobre el tema, y quiso el azar que se haya conservado la respuesta de un niño de 12 años que, con una camiseta bastante andrajosa del Milan, parado en un campo de entrenamiento de tierra del suburbio parisino de Bondy, dijo lo que todos -incluyendo a Blanc y a Blaquart- sabían:
«Si on regarde l’histoire, les meilleurs footballeurs français, c’étaient les Noirs et les Arabes, à part Platini et Cantona». «Los mejores futbolistas franceses han sido siempre los negros y los árabes».
Aquel niño era, no hace falta que lo aclaremos, Kylian Mbappé. Que pocos años después estaría en condiciones de demostrar cuánta razón tenía.
Colonialismo, asimetría y desigualdad
Nos preguntábamos en la Primera Parte de esta nota por qué una selección como la de Francia -y nos hemos enfocado en el caso francés no porque sea excepcional sino porque es algo así como un libro abierto- tiene un 80% de jugadores de origen africano cuando el porcentaje de la población de ese origen en el país no pasa del 14%, y ya tenemos una primera respuesta. Porque aunque muchos lo quisieron, no pudieron evitarlo.
Pero por supuesto no es esa la única respuesta. Otra, es que haberlo evitado habría sido una política muy poco inteligente.
La inmensa mayoría de los futbolistas de la Selección de Francia proviene de centro de formación deportiva situados en los distritos demográficamente más jóvenes y diversos, de mayor natalidad, de menores ingresos, con mayor desempleo estructural, con menor acceso a la educación terciaria, y con mayores índices de inseguridad y delincuencia.
La promoción del deporte es una válvula de seguridad convenientemente colocada en una olla a presión.
Y a esos datos que veíamos antes, debemos sumarle otros, no menos impactantes.
En el Mundial 2026, 98 futbolistas nacidos y formados en Francia compiten representando a 13 países diferentes. En primer lugar, por supuesto, sus excolonias: Argelia y Haití, con 13 jugadores cada una. Cerca del 10% de todos los jugadores del torneo nacieron en territorio francés y son hijos o nietos de hombre y mujeres que debieron emigrar a la metrópoli por las pésimas condiciones de vida en que sus países -y toda África- quedaron sumidos tras siglos de despojo esclavista y colonial.
En el caso de Francia, pero lo mismo aplica para otros países europeos, los deportistas negros que vemos brillar en ese campo de juego transformado en factoría espectacular y deslumbrante, son el resultado de políticas de contención de la conflictividad social a través del deporte. Pero en el fondo, y sobre todo, son las manifestaciones inocultables de una historia de expolio, engaños y traiciones, tráfico de personas, guerras, migraciones, desplazamientos, exclusión, precariedad y desprecio.
Y no podemos decir que se trate de políticas integradoras exitosas. Porque si lo que buscan es integrar comunidades, no lo consiguen.
El resultado, como veíamos al principio, es que se extrae de entre los suyos a aquellos individuos que tienen habilidades extrardinarias. Se los potencia y se los hiper-especializa. Se los transforma en exepciones espectaculares. Se los vuelve espectacularmente productivos… y se los hace espectacularmente ricos.
Luego, se los presenta como ejemplo, inspiración y sueño a seguir (inalcanzable), y se condena al resto de los que no llegan o los que ni siquiera tienen las capacidades como para intentarlo, a la frustración y al anonimato. Al consumo ávido de lo que nunca fueron y no serán nunca.
Y cabe entonces que nos preguntemos si no será ésta otra demostración de que nuestras sociedades fomentan y construyen -porque por alguna razón las necesitan- la desigualdad y las asimetrías.
Negritud, pertenencia y espectáculo
La palabra negritud, que tanto hemos utilizado en estas reflexiones, la introdujo en el vocabulario de las ciencias sociales y la literatura el escritor y político martiniqueño Aimé Cesaire en 1939, en un largo poema titulado Cahier d’un retour au pays natal, cuando tras completar sus estudios en Francia regresaba por fin a su isla y a su gente.
En aquel «Cuaderno de un retorno al país natal», Aimé evocaba las terribles miserias y las maravillosas bellezas de las Antillas, las contrastaba con los costos emocionales de haber sido un negro en la metróplis, y reclamaba para sí una identidad cultural africana, con la que llenar el vacío dejado por una afiliación nacional «francesa» siempre falaz e incompleta, y casi siempre hostil.
Aimé Cesaire fue también un apasionado del fútbol. Y no cabe duda de que hubiera disfrutado viendo que las esperanzas de España en las instancias finales de este torneo mundial están en lo que pueda hacer un chico de 19 años, nacido en Esplugas de Llobregat, llamado Lamine Yamal Nasraoui Ebana, indudablemente español, pero de ascendencia marroquí y guineana, que ha sido criticado en su país por no tener la piel que debería y por haber festejado triunfos de su equipo agitando en las calles una bandera palestina.
Habría disfrutado también escuchando los apellidos sonoramente árabes o subsaharianos de los jugadores franceses, o viendo el porcentaje de futbolistas negros en las selecciones de Suiza o los Países Bajos. Y en las de Ecuador, Colombia, los EEUU o Canadá.
Y no se habría sorprendido de que los reaccionarios y los racistas del mundo se obstinen en negarles a los nuevos ídolos -de color indebido y procedencia sospechada- sus nacionalidades.
Pero Aimé Cesaire creó el concepto de negritud como herramienta para la costrucción de sociedades más integradas, más igualitarias, más justas. Liberadas de las consecuencias todavía visibles de la colonialidad y la explotación.
Y seguramente, frente a la espectacularización de cuerpos excepcionales y la construcción de hombres jóvenes hiper-especializados, separados por las aspiraciones y el dinero de su propia gente, tendría el mismo moderado optimismo -porque es bueno que estén allí- y la misma mirada razonablemente escéptica -porque no son sus comunidades las que deciden qué es bueno para ellas- que hemos tratado de imprimirle a esta nota.
