Cerramos 2025 previendo que durante 2026 escucharíamos con frecuencia la palabra «aciago». Y así será. Pero ante los acontecimientos que se han desatado a partir del 3 de enero en Venezuela, no estará de más recordar otra palabra, antigua, que nos llega del griego y nos será útil para aproximarnos a lo que hoy sucede a nuestras puertas: Pleonexía. .
Sin embargo, antes de entrar al tema de qué es la pleonexía y para que sirve, vale una recomendación: no será fácil comprender la magnitud ni la gravedad de lo que por ahora padece Venezuela pero pronto podríamos sufrir todos, desde la Tierra del Fuego hasta el Ártico, si no se le presta debida atención a la National Security Strategy, publicada por la Casa Blanca a fines del mes de noviembre.
Basta hacer click en el link. Son 35 páginas plagadas de apetito por lo ajeno, soberbia y amenazas que si alguna vez pudieron parecer dislates de un empresario inmobiliario devenido emperador, hoy son una realidad que deja sin aliento.
Allí está todo explicado con meridiana claridad y sin ambages. Allí están los objetivos que la America de Donald Trump (no muy diferente a la que siempre conocimos, pero más desinhibida y más grotesca) se ha trazado para torcer la vara del destino y esquivar una decadencia cada día más notoria. Allí están los medios con lo que se propone alcanzarlos: «the world’s most powerful, lethal, and technologically advanced military to protect our interests«. To protect our interests, por si no se entiende.
Nuestros intereses como bien superior
En diciembre, en una nota que titulamos Tragedia y farsa de un imperio en busca de lo que no es suyo, repasamos el marco histórico y los antecedentes de la National Security Strategy, y aventurábamos una hipótesis. El avance de los EEUU sobre América Latina y el Caribe, pero también sobre Canadá y Groenlandia, un variado conjunto de realidades disímiles pero que el documento define y simplifica como «our hemisphere«, no es sino la contracara de su retroceso a nivel global.
La búsqueda febril de un refugio seguro de donde extraer o robar lo que en resto del mundo comienzan a retacearle (energía, minerales, pasos interoceánicos, alimentos, pleitesía), con la consiguiente amputación de toda pretensión de decencia, decoro y apego a las normas.
Por citar apenas un ejemplo: en referencia a la vocación intervencionista, que en el pasado EEUU intentó siempre esconder tras el manto de la defensa de la democracia, la «rule of law», o los Derechos Humanos, se aclara sin vergüenza alguna:
«In the Declaration of Independence, America’s founders laid down a clear preference for noninterventionism in the affairs of other nations and made clear the basis: just
as all human beings possess God-given equal natural rights, all nations are entitled by “the laws of nature and nature’s God” to a “separate and equal station” with respect to one another. For a country whose interests are as numerous and diverse as ours, rigid adherence to non-interventionism is not possible«.
En otras palabras, nuestros Padres Fundadores habrán podido tener algunos principios. Y habrán creído que esos principios emanaban del mismísimo Dios. Pero nosotros tenemos algo de orden superior: intereses. Muchos y diversos.
Y la letalidad necesaria para hacer de nuestros sueños húmedos, tus pesadillas.
Pleonexía y desintegración social
Vayamos hacia atrás en el tiempo. Nos servirá de descanso.
Transcurre el año 385 antes de Cristo. Platón -pues de él vamos a hablar en los siguientes párrafos- ha regresado a Atenas tras un exilio prolongado en la soleada Sicilia y después de haber sido capturado y vendido como esclavo en la isla de Egina por órdenes de Dionisio I de Siracusa. Continúa dolorido por la muerte de Sócrates, su maestro, está desilusionado con la política de su tiempo, y ha comenzado a escribir los Diálogos que serán, a partir de entonces, la columna vertebral del pensamiento occidental.
En uno de esos trabajos, titulado Gorgias, los protagonistas abordan cuestiones realmente acuciantes, como si es preferible padecer un dolor a provocarlo, qué tipo de vida merece ser vivida, cuáles son las fuentes legítimas del placer, qué implica el ejercicio del poder, o qué nos aguarda en el más allá. Y en un momento dado dos de ellos -Sócrates y Calístenes- sostienen un debate acerca de los límites que han de ponerse al deseo de poseer lo que es de otros.
La pleonexía, en esa discusión imaginaria entre Sócrates y Calístenes, es algo más que la codicia. Es la voluntad de hacerse con lo ajeno no tanto porque lo ajeno nos sea necesario, sino porque tenemos la fuerza para tomarlo y porque necesitamos que esa fuerza nos sea reconocida para que tenga sentido. Poseer como acto inseparable de causar temor. Causar temor para poseer mas.
Platón identifica en la pleonexía una patología del alma individual, una pulsión enfermiza e innoble que, al ser legitimada socialmente, imposibilita la justicia y la armonía en la polis. Un mal con el que no es posible transar sin arriesgarlo todo.
Veinticuatro siglos después…
Debemos ahora dejar a Platón deambulando cabizbajo frente a la Acrópolis de la antigua Atenas, desilusionado pero lúcido, preguntándose siempre por el valor de la esperanza, y regresar al hoy, por desalentador que nos parezca.
Pero sírvanos este paseo por el pasado para darnos cuenta de que en Donald Trump, en el equipo de personajes faltos de toda ética que lo rodea, y en la actualización de la Doctrina Monroe que ha bautizado con su nombre, hay algo más que sólo codicia.
Hay algo más desembozado que el imperialismo «de puertas abiertas» que conocíamos, y más explícito que el colonialismo Kipling-style que escondía sus apetitos indecentes tras una fachada civilizatoria. Hay una ya vieja pero reconstruída vocación por hacer de «our hemisphere» un coto de caza o un harén al que no entre nadie. Una posesión. Y en este sentido Venezuela ha recibido el primer cachetazo y es la gran advertencia.
Más allá de cuántos barriles de petróleo yacen bajo los pies de los venezolanos. Más allá de si se los venden a China por yuanes debilitando al dolar o se los cambian a Cuba por azúcar, vacunas o cursos de marxismo caribeño. Más allá de si en la cuenca del Orinoco hay oro y amatistas o sólo indígenas pobrísimos, orquídeas y cocodrilos. Más allá de quién haya ganado las elecciones de 2024 en las que seguramente perdieron todos y en las que Nicolás Maduro dejó caer la poca respetabilidad internacional que le quedaba. Más allá de una oposición que -como María Corina Machado y su Premio Nobel de la Paz-, sólo puede a dar vergüenza ajena. Más allá de si hubo traición, entrega, estupidez, una superioridad técnica apabullante o todo eso a la vez. Más allá de lo que sabremos algún día o sus protagonistas se llevarán a la tumba, lo que se manifestó ante nuestros ojos el 3 de enero es la profunda pulsión antisocial made in USA. La pleonexía MAGA de poseerlo todo. Una enfermedad que les pudre el alma.
Delcy y los lobos
El primer día de enero, mientras los comandos que secuestraron a Nicolás Maduro esperaban la orden y la suerte ya estaba echada, se cumplían exactamente 50 años de la nacionalización del petróleo venezolano, decretada bajo la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez, el 1º de enero de 1976.
Venezuela era por entonces y seguiría siendo por munchos años un país en el que la pobreza y la marginación superaban lo imaginable y en el que una pequeña parte de la población derrochaba a manos llenas la renta derivada del petróleo.
Pocas semanas después, el 27 de febrero de aquel año, un comando armado de la Liga Socialista de Venezuela, secustraba al ciudadanoo estadounidense William Niehous, presidente de la filial local de la empresa Owens-Illinois, en su residencia de Caracas, acusándolo de ser agente de la CIA.
Y en el mes de julio, tras ser detenido bajo la acusación de haber participado en el secuestro, Jorge Antonio Rodríguez, maestro rural de 36 años, murió a causa de las torturas a las que fue sometido durante varios días en la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención.
Delcy Rodríguez, hoy Presidenta de Venezuela, que por entonces tenía 7 años, había quedado sin padre.
Su historia es larga. Su biografía incluye desde licenciaturas, maestrías y doctorados en derecho, en economía y en relaciones internacionales dentro y fuera de su país, hasta haber tomado la embajada de Venezuela en Londres en 2002 cuando siendo estudiante supo que habían secuestrado al Comandante Hugo Chávez -a quien por entonces no conocía-.
Después y desde aquel gesto simbólico -y enaltecedor-, hubo la friolera de 24 años de torbellino en cargos de gobierno. Con todo lo bueno y lo malsano, lo torpe y lo innovador, lo humano y lo insensible, lo incluyente y lo tiránico, lo razonable y lo patético, el amor y el odio que acarrean consigo las revoluciones, especialmente las revoluciones fallidas y con mala prensa.
Y si traemos a cuento aquella vieja historia de nacionalizaciones petroleras, secuestro de empresarios, guerrilleros asesinados con las costillas rotas y el corazón destrozado, y niñas que vieron su vida marcada por lo violento, lo injusto y lo contradictorio, no es sólo para condolernos -que también- sino para contextualizar una existencia atravesada, como pocas, por la Historia. Y para justificar el subtítulo que elegimos para introducirla en este relato: Delcy y los lobos.
Porque si entre lobos se deslizó toda su vida, entre peores alimañas deberá sobrevivir ahora mientras el mundo la mira expectante pero despreciativo, la prensa especula, los suyos sospechan, los enemigos se afilan las dientes, las empresas petroleras preparan sus apuestas, los indiferentes se ríen con sorna porque piensan que ya saben cómo termina todo este teatro, algunos analistas se llenan la boca hablando de «extracción» y «captura» como si eso los acercara al cielo, el nuevo tirano se vanagloria, la humilla y la amenaza, los liberados levantan los dedos en V, como debe ser y como debió suceder antes de ahora, y los que fueron aliados se lavan prudentemente las manos, o en el mejor de los casos, esperan.
Venezuela es más que ayer, un inmenso signo de interrogación.
