Occidente/Sur Global. Diferentes formas de ver una misma y triste guerra

Hace ya tiempo se ha dejado de hablar de un Hemisferio Occidental (en el que América Latina estaba, para bien y para mal, incluída). Hoy la palabra de orden es Occidente, no como referencia a una región geográfica sino como sinónimo de un “nosotros” que apenas incluye (y no siempre) a un conjunto de no más de 10 naciones demasiado ricas y demasiado orgullosas. «Ellos«. Apenas un 12% de la población mundial. .

 

Y ese Occidente, que comprende básicamente a los EEUU, el Reino Unido y sus cuasi colonias predominantemente blancas (Canadá, Australia y Nueva Zelanda), sus aliados de la Europa atlántica y nord-mediterránea, y quizás Japón cuando la economía lo permite y la cultura no lo impide, que tuvo hasta hace no mucho el poder de definir qué era o qué no era el mundo libre, la democracia, el libre mercado, todo lo suyo y lo pobremente nuestro, el bien y el mal, está hoy en guerra de un modo peculiar, solapado y sórdido: sin jugarse nada que realmente le duela.

Ucrania, el país que hasta ahora -y mientras todo lo que ocurre no se agrave en un descontrol atómico- pone los muertos, las refugiadas, los niños sin hogar y el desastre, ha recibido en los últimos meses la oleada de armas más generosa, inconciente y pavorosa que registre la historia, y ha acumulado en el mismo período una deuda (precisamente con Occidente) que jamás podrá pagar si no vende hasta la última gota de soberanía cuando todo termine.

Y mientras eso sucede en un background incesante de dolor, fuego y miserias, en el primer plano se nos muestran a diario las visitas, los aplausos, los elogios, las declaraciones de solidaridad emocionadas de los líderes de un Occidente que al parecer nunca ha estado tan unido y tan firme ante la necesidad de defender al agredido… siempre que sea desde lejos.

Así las cosas y teniendo en cuenta las brutalidades de esta guerra y el flujo incesante de imágenes conmovedoras y noticias tremendas con los que la prensa nos sacude día tras día, hay sectores de las sociedades desarrolladas a los que les cuesta entender y aceptar que en el mundo “en desarrollo” las banderas amarillas y azules no emocionen como deberían, o que países tan dispares económica, ideológica y culturalmente como Brasil, México, China, Nigeria, Sud Africa, Indonesia, India o Singapur, no se plieguen a las iniciativas occidentales con el fervor o la docilidad con que solían hacerlo.

Ha pasado en éstos últimos días en las Naciones Unidas y hasta en el G20, y seguirá pasando. No hay más que ver los llamados de última hora de Pierre Trudeau al Presidente de México, o las infructuosas excursiones de Boris Johnson a la India para ver hasta qué punto en el mundo existe una tendencia generalizada a condenar la invasión rusa de Ucrania (porque por supuesto es condenable) pero sin que esa condena esté acompañada por el afan sansonatorio y el belicismo de Occidente. Para nosotros, con orígenes en una de las regiones que han estado más influenciadas por los vaivenes de las políticas occidentales puede ser comprensible y estar claro como el agua, pero para quienes miran el fenómeno desde los países centrales es más difícil verlo.

Trita Parsi es co fundador y Vicepresidente Ejecutivo del Quincy Institute for Responsible Statecraft, y en 2010 fue galardonado con el Grawemeyer Award for Ideas Improving World Order. Su visión es la de un integrante de pleno derecho del Establishment norteamericano y hemos recogido una parte sustancial de su artículo Why-non-western-countries-tend-to-see-russias-war-very-very-differently/ porque es una buena muestra de cómo se ve esa extraña situación desde el centro mismo del imperio cuando se dispone de una moderada honestidad intelectual, y cuando se hace necesario explicar el poco éxito que tiene hoy Occidente cuando trata de sumar voluntades «subdesarrolladas» a su bando.

Muchos de estos estados,dice Tarsi en referencia a los países que se negaron a respaldar la suspensión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU- ven una hipocresía flagrante al enmarcar la guerra de Ucrania en términos de la supervivencia del orden basado en reglas.

Many of these states dice Tarsi en referencia a los países que se negaron a respaldar la suspensión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU- see flagrant hypocrisy in framing the Ukraine war in terms of the survival of the rules-based order. From their vantage point, no other country or bloc has undermined international law, norms or the rules-based order more than the U.S. and the West.

There is no scarcity of examples. In recent years, America undercut the rules-based order when Donald Trump withdrew from the U.N. Human Rights Council over its criticism of Israel’s treatment of Palestinians and the World Health Organization amid the Covid pandemic, and he sanctioned senior officials of the International Criminal Court for seeking to investigate American war crimes in Afghanistan.

It doesn’t help that many of these countries perceive themselves as having been at the receiving end of American unilateralism and recklessness.

There is also the blatant illegality of the George W. Bush administration’s invasion of Iraq, the Obama administration’s regime-change intervention in Libya, the U.S. and the U.K.’s ongoing support for the Saudi war in Yemen (which has left 13 million people at risk of starvation) and the celebration of armed Ukrainian resistance against Russian invaders while not only condemning Palestinian resistance against Israeli occupation, but also outlawing nonviolent opposition to that decadeslong occupation. And then there is the “global war on terror,” which has destabilized much of the Middle East and North Africa while killing more than twice as many people as the terrorists themselves have murdered since the Sept. 11 attacks.

In fact, even though the U.S. played an instrumental role in establishing the rules and norms of the post-World War II order, it almost immediately began breaking them. During his two terms, President Dwight D. Eisenhower authorized no fewer than 104 covert operations, which included overthrowing governments and arming regional revolts.

But now the U.S. is demanding that countries in the Global South make massive and costly sacrifices — with little regard for their vulnerabilities and security needs — to save an order the U.S. itself has been at the forefront of eroding. To return to an order in which the U.S. can continue to act outside international law is equivalent to asking the Global South to make unbearable sacrifices to uphold American exceptionalism.

The damaging consequences of American interventionism play a significant role in the calculations of countries across the Global South. Most of them seek close relations with the U.S. But because of U.S. unilateralism, they desire options to find counterweights against U.S. power when needed. The emergence of a multipolar system provides countries of the Global South with a degree of protection against American adventurism. (…)

Getting entangled in that regional conflict makes little sense for many in the Global South — and certainly not for the sake of restoring a flawed order that gave undue advantage to the West. Indeed, the glee with which some Western analysts view the Ukrainian war as a “strategic opportunity” to reignite a Cold War between democracies and autocracies appears to only further push away the broader Global South.

For Ukraine, the support of the Global South may ultimately not be a high priority. But for the U.S., there’s an important lesson here. Had it pursued a more restrained foreign policy in the past few decades, it might have found it far easier to rally the global community to its side against the aggression of another nuclear power.

El análisis de Trita Parsi no incluye todo lo que sabemos que ha estado ocurriendo en el mundo desde la segunda gran conflagración europea. Deja de lado que los EEUU son el único país que arrojó no una sino dos bombas atómicas sobre la población civil de un país que, para colmo, se estaba rindiendo. Deja de lado los cientos de miles de muertos que han dejado a lo ancho y a lo largo del planeta sus aventuras bélicas y su voracidad por someter regiones enteras a su dominio. Y deja de lado que tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, los EEUU permanecieron al margen todo el tiempo que les resultó necesario para que durante meses y años fueran otros los que, en su propio territorio, murieran y mataran. Esas cosas también han minado la confianza en su liderazgo y también las deberían tener en cuenta los países europeos sin necesidad de que desde el Sur Global se las recordemos.

Pero hay cuestiones que aunque Parsi no aborda en su análisis vale la pena no perder de vista. Una de ellas es que, como han estado destacando numerosos analistas, Occidente no representa más que el 12% de la población mundial. Es decir que cuando se habla del Sur Global, no se habla sólo de países pobres o en desarrollo, sino que se habla del 88% de la humanidad. Más tarde o más temprano el poco deseo que esas naciones tienen de verse involucradas y/o perjudicadas en una guerra ajena, se verá reflejado de muchísimas formas. Otra es que, como han reconopcido incluso fuentes norteamericanas y de la OTAN, la guerra se está prolongando más de lo debido simplemente porque resulta conveniente.

Las armas que dona y que vende el diablo

Cuando el (aún) Primer Ministro del Reino Unido Boris Johnson declara que en su opinión la guerra podría extenderse hasta finales de 2023 y que probablemente Rusia resulte triunfadora, está admitiendo lo que ya todos intuímos. Las armas que llegan a Ucrania no tienen como fin ayudarla a ganar una guerra que ya estaba perdida antes de que comenzara, sino que cumplen con la necesidad occidental de prolongar el conflicto todo lo que sea posible.

Con el agravante de que dado que no se sabe con certeza quién recibe esas armas y hacia donde van, una vez finalizada este conflicto, bien podrían inciarse otros, que podrían extender la devastación hacia toda la región.

Juan Antonio Sanz, un periodista español especializado en temas internacionales, en una nota para el portal Público, El doble filo de las armas enviadas a ucrania, advertía esta misma semana sobre esa situación.

El presidente ucraniano ha dicho que “Estamos haciendo todo lo posible para asegurar el suministro de armas a nuestro Ejército». Y aclaró que esos esfuerzos se están concretando a través de «todos los canales posibles, oficiales y no oficiales, para acelerar la entrega de la ayuda».

Esta es una de las cuestiones que preocupan en el Pentágono y en Bruselas: que muchas de las armas adquiridas por canales «no oficiales», o incluso oficiales, no lleguen a las manos adecuadas. Un riesgo muy grande si, una vez que se alcance un armisticio, Ucrania queda reducida a un Estado fallido, dividido en una zona de influencia rusa y otra occidental, donde proliferen grupos paramilitares armados demasiado alegremente durante la guerra.

No es fácil rastrear los miles de armas antitanque Javelin ni los fusiles de asalto convencionales ni la munición de los mismos. Tampoco los drones tipo Switchblades o los Phoenix Ghosts, armas de ataque que, en una situación inestable podrían poner en jaque a cualquier administración. Y no solo en Ucrania, sino en sus países vecinos de la Unión Europea, y en toda la región ubicada al este y al sur del Mar Negro.

Como si una guerra y su corolario inevitable de destrucción y angustia no fueran suficientes, y como si sus repercusiones globales no estuvieran ya determinando que millones de personas en todo el mundo verán amenazada su seguridad alimentaria, y como si una nueva carrera armamentista no nos hiciera retroceder sensiblemente en todo lo que tiene que ver con la crisis ambiental, ahora estamos ante la posibilidad de que las armas que se le envían a Ucrania estén engrosando los arsenales del terrorismo y de las mafias que trafican drogas o personas. Volveremos a este tema en nuestra próxima edición.

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