La semana pasada, apenas regresado a Chile después de una prolongada ausencia inducida por la pandemia, mi rostro sufrió un desafortunado descalabro. Durante una caminata matutina, tropecé con una obstrucción rocosa en el pavimento desnivelado y, tambaleándome para recuperar el equilibrio, terminé golpeando mi nariz violentamente contra la ventana de un automóvil estacionado. .

 

Ninguna fractura, pero con torrentes de sangre empapando mi cara y cuerpo adoloridos y un profundo tajo encima de mi tabique nasal que requirió varios puntos de sutura, fuertes antibióticos y una inyección antiinflamatoria.

La culpa principal, por supuesto, radica en las aceras lamentablemente descuidadas de Chile, pero también puede atribuirse responsabilidad a mi mente errante que, en vez de estar atenta al entorno físico, se encontraba mirando hacia el cielo tan libre como el aire que llenaba mis pulmones en un país cuyos votantes habían dado en diciembre una victoria rotunda a Gabriel Boric, creyendo en su promesa de crear entre todos una patria más justa, equitativa y digna. No era extraño que, mientras yo deambulaba distraído y alucinado por el amanecer tan esperanzador que se avecinaba para nuestro pueblo, fuera imposible concebir que algo malo pudiera sucederme.

Aunque mi topetazo puede entenderse como un evento aislado y aleatorio, solo notable en términos del padecimiento y el desbarajuste de un individuo, soy propenso, como escritor, a interpretar toda experiencia excepcional como un portal hacia una revelación de algo más significativo. Y, en este caso, me inspiré en Pablo Neruda que había cantado las maravillas del mundo mineral de Chile, la música inscrita en roqueríos y arena, guijarros y pedernales. En sus odas a las piedras de su nación, Neruda les pedía que hablaran desde su silencio. ¡Qué sabiduría no contendrían si habían existido aquí antes de que los humanos habitaran esta comarca volcánica! Habían sido testigos de las penas, sueños y frustraciones de hombres y mujeres que trabajaron para hacer del país una verdadera Residencia en la Tierra (usando el título de esa obra magna de Neruda), patriotas que lucharon y a menudo murieron para que la tierra fuera, en efecto, una residencia para todos y no solo para unos pocos.

Resultó, entonces, natural preguntarme, ¿qué estaban tratando de susurrarme las piedras proféticas de Chile cuando una de ellas interrumpió bruscamente mi optimista caminata?

La respuesta más obvia es que, en vista de que nos estamos aventurando en un experimento social y político que intenta arrebatar el control de la economía a la minoría súper rica que ha explotado a nuestro pueblo durante toda nuestra historia, es mejor que mantengamos los pies firmemente en el suelo y avancemos lentamente, ya que el camino está lleno de celadas y las cosas no serán suaves ni fáciles. Un mensaje de prudencia: si no pisamos con cuidado corremos el riesgo de quedar ensangrentados, maltratados y magullados por los giros y las trampas de la dura realidad.

Pero, ¿por qué no leer en la piedra que me dañó la nariz un mensaje menos cauteloso y más imaginativo?

Durante las tres décadas desde que la democracia retornó a Chile, mientras recorría las calles de Santiago y Valparaíso y otras ciudades, pasando por tantas casas anónimas, me preocupaba el desconocimiento de lo que había sucedido en ellas a lo largo de los diecisiete años de la dictadura de Pinochet: quién había sido arrastrado por ese umbral en las largas noches de terror, quién nunca había regresado del centro de detención o regresó destruido por lo que le habían hecho a él, a ella, qué dolencias se escondían detrás de cada puerta y en las entrañas de los que habían sobrevivido.

Por eso me alegró saber, por parte de mi amigo y exalumno, Francisco Estévez, Director del Museo Chileno de la Memoria y los Derechos Humanos, que el Museo había iniciado un programa piloto de conmemoración de las víctimas de la dictadura. Se trataba de imitar la iniciativa Stolperstein que comenzó en Alemania en 1992 y se ha extendido por Europa para conmemorar a judíos y otros (gitanos, comunistas, homosexuales) exterminados por los nazis. (Una práctica que también se puede ver en Argentina). Se trataba de que en la vereda de la casa donde alguna vez vivieron, comieron y amaron esos seres desaparecidos se colocara sus datos en una placa, para que los transeúntes fueran sorprendidos por ese «stein» y ese tropezón los forzara a darse cuenta de los secretos y transgresiones que encubría ese sitio. En el caso de Chile, se inauguraron, a fines del 2018, cinco placas en la localidad de Limache. El programa se denominó «Residencia de la Memoria». Además de expresar que la memoria ahora residía efectivamente en aquellos lugares, el nombre aludía a los magníficos poemas de Neruda, respondiendo a su demanda de que consagráramos en piedra perdurable lo que recordamos en forma colectiva.

De manera que, en los días que han seguido a mi propio encontronazo con una piedra, se me ha ocurrido que tal vez, ahora que Chile está a punto de inaugurar a un Presidente que pone los derechos humanos en el centro de su política, ha llegado el momento de masificar estas Residencias de la Memoria, desbordar a Chile con placas que aporreen los dedos de los pies de nuestros conciudadanos, irrumpiendo a mansalva y con gentileza en su desmemoriada vida cotidiana. Después de todo, el 44 % del electorado, millones de mis compatriotas, votaron en contra de Boric y por José Antonio Kast, un admirador ultraderechista de la dictadura, un político retrógrado que había prometido, entre otros desmanes, cerrar el Museo de la Memoria. Si hubiéramos sembrado por cada aldea y villa y rincón del país placas con los nombres de quienes fueron dañados irreparablemente por esa dictadura, tal vez Kast hubiera tenido menos apoyo, tal vez viviríamos en una sociedad donde sería imposible que alguien aspirara a la Presidencia sin haber repudiado tajantemente a Pinochet y sus crímenes de lesa humanidad. Tal vez las piedras cantarían para que todos las oyéramos.

Dada mi avanzada edad, probablemente sea inevitable que en un futuro cercano vuelva a chocar contra alguna persistente piedra chilena. Además de esperar que en esa ocasión no me lastime, sería un consuelo si la razón por la que me sufra ese tropiezo fuera debido a la intervención de una Residencia de la Memoria, colocada allí para hacerme a mí y a tantos otros conscientes de la trágica historia de nuestro país, recordando la perentoria necesidad de nunca más olvidar un pasado traumático, garantía irremisible para que haya un futuro diferente.

 

* Ariel Dorfman, autor de La Muerte y la Doncella, acaba de publicar una novela “Apariciones”, y la reimpresión de su libro de viajes, “Memorias del Desierto.”

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