Los aniversarios de Joe Biden. La debilidad, los tropiezos y lo que vendrá.

Se cumplió el 6 de enero el primer año del ataque al Capitolio y pronto Joe Biden celebrará el primer año de su gobierno, que coincidirá con aquel ambivalente “America is Back”, que fue a la vez promesa y amenaza. Las preguntas que se imponen entonces son ¿Cuánto ha cambiado la situación desde entonces? y ¿Peligra la “democracia americana”?

 

Si pretendemos responder esas preguntas será necesario que nos situemos en varios escenarios, atravesados todos ellos por la presencia ineludible de la pandemia, y sería imposible hacerlo en una sola nota, por lo que comenzaremos poniendo el foco en las consecuencias de lo sucedido aquel 6 de enero y en la dificultad que tiene la sociedad estadounidense no sólo para sanar las heridas abiertas sino incluso para poder reconocerlas como tales.

Hemos ilustrado esta nota con «Riña de gatos» de Francisco Goya, porque en todo lo que veremos a continuación sobre la política interna de los EEUU, el estado de su democracia, y su sistema de partidos, hay mucho del temor, el odio, la irracionalidad y la futilidad de ese enfrentamiento entre dos gatos callejeros amenazándose para lograr el dominio sobre un mísero muro de ladrillos derruído…

Irracionalidad, desacuerdo, y “Alternative Facts”

Como vemos en esta encuesta realizada por el Angus Reid Institute, un 26% del público estadounidense ve los sucesos del 6 de enero y la invasión y ocupación del Capitolio como un intento genuino, de parte de los atacantes, de defender la “democracia americana”. Un 25% opina que se trató de una ficción generada por la prensa. Y un desconcertante 15% admite que se trató de un ataque a la democracia, pero piensa que estuvo orquestado por potencias extranjeras.

Ya sabíamos, por otras encuestas, que más de un 60% de los votantes del Partido republicano aún sostiene que Donald Trump fue el verdadero triunfador en las elecciones celebradas en 2019 y eso es grave. Pero estos nuevas cifras dadas a conocer por el Angus Reid Institute nos indican algo aún más preocupante: sectores importantes del público norteamericano son incapaces de alcanzar un acuerdo mínimo acerca de lo que sucedió cuando hace exactamente un año una turba vociferante tomó el Capitolio exigiendo que se anulara el resultado electoral.

No sólo existen diferencias respecto a cómo interpretar la realidad. No sólo existen diferentes opiniones acerca de ella, algo que en una democracia es siempre saludable… Existen, como nos recordó Kellyanne Conway, aquella asesora de la Casa Blanca de triste memoria “Alternative Facts”. El reemplazo de la realidad por aquello que la niegue, por absurdo que sea. El equivalente colectivo a lo que son los estados alucinatorios o la discapacidad intelectual.

Si a eso le sumamos un Congreso que aún no ha sido capaz de establecer responsabilidades, un sistema legal que ha podido condenar a muy pocas personas a penas muy leves, y un nuevo presidente cuya debilidad no se expresa sólo en sus tropiezos sino en que no logra compensar con aciertos la legitimidad que se le niega, el resultado es no sólo desolador si miramos hacia el presente, sino francamente inquietante si miramos hacia el futuro.

A propósito de esta situación Colin Clarke, un reconocido consultor en temas vinculados al terrorismo y la seguridad global ha advertido desde el portal especializado Politico:

“Tras los sucesos del 6 de enero la administración Biden se preparó para enfrentar una serie de ataques puntuales de grupos organizados, pero en lugar de eso hemos presenciado una expansión masiva del ecosistema del extremismo de extrema derecha. Estudio el terrorismo y analizo regularmente la retórica que atraviesa las plataformas frecuentadas por extremistas de ese signo. Durante el año pasado, quedó claro que la ideología que sustentó la violencia de los manifestantes del Capitolio se ha filtrado en la cultura y la política dominantes. Como resultado de eso, muchas más personas están dispuestas a involucrarse en ideologías extremistas y esto aumentará, en el futuro próximo, los riesgos de actos de violencia y los hará más difíciles de rastrear y prevenir»

Lamentar el pasado o enfrentar el futuro

Tanto Joe Biden como Kamala Harris y otras voces autorizadas de la Casa Blanca y el Partido Demócrata han hecho referencia al tema en estos días, con una retórica indignada y monocorde empeñada en presentar lo sucedido como la consecuencia de la prédica irresponsable del ex-presidente y de la actitud sumisa de la casi totalidad de su partido, y si bien eso es parcialmente cierto, un análisis serio debería considerar el ataque al Capitolio como un jalón en un proceso, que ni comenzó ese día ni tiene miras de haber concluído. Y cuyos responsables no se agotan en Donald Trump y su elenco de figuras grotescas.

En este sentido Joan E. Greve en su nota Historians mark 6 January with urgent warning on threats to US democracy, ha destaca en The Guardian que:

El problema con la cobertura del aniversario de los eventos del 6 de enero de 2021 es que gran parte fue redactada en tiempo pasado. Es cierto que el intento insurreccional de una turba violenta que asaltó el Capitolio para anular una elección democrática ocurrió hace un año, pero el peligro sigue presente, y se cierne sobre el futuro. Porque la triste verdad es que si bien Donald Trump ha dejado de ser el presidente de los Estados Unidos, bien podría ser el próximo. Y la amenaza del trumpismo es más oscura ahora que antes debido, por un lado, a la debilidad de Joe Biden y por el otro, a la renovada fortaleza de su predecesor.

Las tácticas de Trump o su autoritarismo no han avergonzado o repelido a los republicanos, como algunos esperábamos que sucediera luego del 6 de enero, sino que han infectado a todo su partido. Lo que alguna vez fue la creencia excéntrica de un grupo de lunáticos (que Trump ganó una elección que más de 60 sentencias judiciales diferentes dictaminaron que había perdido) se ha convertido en el credo central de uno de los dos partidos gobernantes de Estados Unidos y es aceptado como verdad absoluta por dos tercios de sus votantes.

Más alarmante aún, las encuestas muestran que el 30% de los republicanos piensan que “los verdaderos patriotas estadounidenses deberán recurrir a la violencia para salvar al país”. Bastaría redactar la pregunta de manera ligeramente diferente, para que esa cifra se elevara al 40%. No en vano el editor de The New Yorker se preguntaba esta semana si nos estamos aproximando a una segunda Guerra Civil.”

Como destaca toda la prensa, incluída la más cercana al partido de gobierno, Biden tiene el índice de aprobación más bajo de cualquier presidente de EE. UU. en esta etapa de su mandato, si exceptuamos, en su momento, al propio Trump. Ha perdido el favor de los votantes independientes, que son quienes deciden las elecciones. Las encuestas sugieren que el Partido Demócrata perderá escaños en las elecciones intermedias de noviembre de 2022, lo que le quitaría el control de la Cámara de Representantes y quizás también del Senado.

Joe Biden, durante todo su primer año de mandato se ha mostrado incapaz de lograr que se aprueben las políticas de reactivación económica largamente anunciadas, ve con relativa pasividad cómo la Suprema Corte y los Estados dominados por el Partido Republicano hacen retroceder la legislación vinculada a los derechos civiles y el derecho al voto, no ha hecho lo necesario para cumplir con su apresurada promesa de transformar a los EEUU en el “arsenal mundial de la vacunas”, y no ha sabido o no ha querido imaginar soluciones al tema inmigratorio demasiado diferentes a las de su predecesor. Y si ha ocurrido todo eso mientras contó con mayoría en ambas cámaras, en el caso de que en 2022 las pierda, quedará a merced de lo que sus adversarios quieran hacer con él.

Por esas razones (y no estamos mencionando siquiera las turbulencias que el equipo presidencial ha estado provocando en el plano internacional) 2022 será un año decisivo. Si el delicado equilibrio se rompe, será su propia incapacidad la que posibilite el regreso de alguien que ya comprendió (por si no lo había comprendido ya) que en los EEUU el fascismo es posible.

Estaríamos entonces frente a un Trump recargado que sabrá que se pueden traspasar más límites sin que eso acarree consecuencias de ningún tipo y que, por el contrario, existen importantes sectores de la población dispuestos a aplaudirlo y a seguirlo en su deriva autócrata.

Rick Salutin trata este tema con lucidez (y con cierto optimismo) en su columna de esta misma edición: Looking to 2022: Democracy or Fascism? y lo expresa también con helada claridad Richard Falk, del Departamento de Estudios Internacionales y Globales de la Universidad de California:

La aterradora relevancia de los sucesos del 6 de enero está incrustada en el hecho concreto de que una muestra tal de violencia insurreccional no desanimó a la mayoría de la dirigencia del Partido Republicano ni a su base de votantes de seguir a Trump hacia el precipicio. De hecho, los afirmó en la dirección que han tomado. Esta cruzada delirante «para salvar a Estados Unidos», alimentada por falsedades y teorías conspirativas, ahora es creída o al menos respaldada por decenas de millones de estadounidenses. Y el respaldo va tan lejos como para expresarse individual y colectivamente en forma de “vigilantes” o milicias, que serán útiles para acceder y operar las palancas del poder, y para implementar una serie de medidas fascistas que aseguren que la molestia de un mandato electoral no vuelva a ser necesaria para encumbrar a quienes se autoproclamen guardianes del futuro de América.

Llevar a Joe Biden a la Casa Blanca en 2021 fue como una metáfora de una oposición moribunda que no captaba lo central: el país enfrentaba una creciente crisis de polarización tóxica. Biden obviamente no entendió que sus repetidos llamados a la unidad nacional no solo resultarían ineficaces, sino que eran la demostración palpable de lo desconectado que estaba de las mareas políticas que se extendían por todo el país y que anhelaban la confrontación, no la armonía social. Como nos viene advirtiendo Noam Chomsky, lo que pasó aquel día sigue ocurriendo. Aquello no fue solo un evento, sino un proceso que continúa amenazando nuestro futuro Y en ese proceso existen arquitectos que ya diseñan el plan que les posibilitará cumplir sus objetivos.”

Stephen Marche, autor de The Civil War -dispatches from the American Future, uno de los intelectuales canadienses consultados por el Globe and Mail al cumplirse el primer año del asalto al Congreso ha dicho que , “the American experiment is failing» with the only question being «how, not if, the republic will end.”

Sin caer en ese simplismo, sí se puede decir que los EEUU deberán encontrar formas de hacer coincidir la idea que tienen de si mismos con lo que realmente son… y eso no les será sencillo.

La fragilidad intríseca de la llamada American Democracy y el proceso que la ha llevado al estado de anomia y perplejidad en que hoy se encuentra, serán temas de nuestra próxima nota.

HORACIO TEJERA
Comunicador, activista por los derechos humanos,y el desarrollo sostenible, y diseñador gráfico - Editor de Diálogos.online